El retiro de Yuste de Carlos I

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eljoines
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Pequeño relato del libro "lecturas de España 7" ediciones Santillana.

 

Introducción:

 

Poco después de haber abdicado del gobierno de todos sus dominios. Carlos I se retiró en febrero de 1557 al monasterio de Jerónimo de Yuste. Aunque su apartamiento no fue completo porque aún tuvo que atender graves asuntos de estado, allí el que había sido el rey más poderoso del mundo aguardó su muerte en paz y rodeado de sus lecturas preferidas.

 

Relato:

Allá en tierras de Extremadura se encuentra un valle, al pie de la sierra de Plasencia, que aún hoy día nos admira por su placidez, por la frescura de sus riachuelos y la viveza de sus bosquecillos, de robles y castaños.

En aquel rincón del imperio pasó sus últimos días Carlos I; hizo construir un pequeño palacio que le fuera lo más cómodo posible. En las terrazas de Poniente tomaba el sol en primavera, y desde los balcones de sus habitaciones podía tranquilamente pescar en el estanque del parque sin salir de palacio.

Bajaba a la planta inferior cuando el calor apretaba, y volvía a subir a la planta principal en los días de invierno, donde se acurrucaba al amor de una estufa que era copia exacta de las que había conocido en Flandes, cuando era joven.

 Paseaba por el jardín de naranjos, del que se ocupaba personalmente, y, si se encontraba enfermo, podía oír misa cómodamente desde la cama, a través de una ventana que daba a la iglesia.

Un caballero de la corte describía así una jornada de Carlos I en Yuste:

<La vida que allí tuvo fue que la mañana, en despertando entre la seis y las siete todo el año, concertaba por sus manos los reloxes, en lo cual gastaba una hora, observando un cuadrante o relox de sol, que e´l había mandado hacer en una vedriera, al levante desde su cama.

Y con aquel otro de piedra que tenía a la entrada de su aposento a la poniente concertaba todos los que tenía. Luego se lavaba la boca con vino puro del Rhin y después con agua fría, porque la tenía muy seca.

 Hecho esto tomaba una hoja de simpreviva en la boca, la cual tenía de noche y de día, refrescándola de rato en rato. Acomodábase en la cama para rezar y tardaría casi dos horas.

Estando con dolor leía las devociones de Guillermo Malineo….. Después se vestía camisa y se vestía sobre ella una almilla de Lienço colchada de plumas de Indias, de invierno…. Y decía que hallaba aquel calor muy suave y gastaba en esto mucho tiempo, y así, cuando acababa de vestirse, era mediodía y oía misa….Luego él comía, que duraba hora y media.

Después de comer quería conversación con sus criados y para esto pidió a los frailes que le enviasen un confesor que supiera francés para confesar a sus criados.

Entre las seis y las siete enviaba a sus criados a cenar, mandando que no tardaran más de una hora, y así los mandaba llamar y hacía colación. Y después quedaba en colación  con sus criados hasta cerca de (las) nueve, que se iba a dormir.

La cama se hacía en su presencia y por causa de su gota era menes (ter) que estuviese muy blanda y muy estiradas las sábanas….>>

Aquello era todo lo que podía necesitar un corazón cansado y un cuerpo de 57 años, agotado por los duros años de gobierno. Sin embargo no todo era retiro en el monasterio de Yuste. El rey se permitía alguna vez el ceder a los placeres de la buena mesa, a pesar de que por su enfermedad de gota lo tenía prohibido.

Mandaba a sus criados que le procurasen las mejore perdices y las más suculentas longanizas.

Además, le preocupaba enormemente la marcha del imperio. Recordaba su propia insistencia en que el príncipe se hiciera cargo poco a poco de los asuntos del gobierno, y la solemne renuncia a su favor de Felipe años atrás, había tenido lugar en su tierra natal de Flandes, que tanto amaba.

 Una tarde de octubre, en el palacio de Bruselas y en presencia de los Estados Generales, pronunció un discurso que conmovió hasta las lágrimas al auditorio, y también el emperador las derramó. Desde entonces había pasado a Felipe todos aquellos territorios en los que tanto había luchado, muchas veces sin acierto:

Su amada herencia borgoñona, la Corona de Castilla y León junto con el reino de Navarra y las Indias. Después, la Corona de Aragón- Cataluña, con los reinos de Cerdeña y Sicilia, el reino de Nápoles y el ducado de Milán.

Desde entonces, Carlos no había tenido otra ilusión que refugiarse en Yuste y encontrar allí la paz que durante toda su vida le había faltado. Ello no obstaba para que con cierta frecuencia llegaran mensajeros desde los lugares más dispares del imperio, trayendo mensajes y llevando el consejo del gobernante experimentado.

Desde Yuste, Carlos aconsejaba a su hijo, reunía para él el dinero que este le pedía para nuevas campañas y escribía cartas a Juana, la regente en España.

En el verano de 1558 se llegaron hasta Yuste el mayordomo imperial, el fiel Quijada y su mujer. Traían consigo a un muchacho al que llamaban Jeromín y que era, en realidad, hijo natural del emperador, el futuro Juan de Austria. La presencia de aquel mozuelo, que le hizo las veces de paje, fue la última alegría de Carlos.

Aquella misma temporada su enfermedad se agravó. Su cansancio y sus dolores eran tales que no salía de su cámara y tampoco quería recibir visitas de nadie. Desde aquel momento le rodearon sus más fieles cortesanos, entre los que se encontraba el propio Quijada.

Recibió la Extremaunción con gran recogimiento, mientras mantenía entre sus manos el mismo crucifijo que tuviera entre las suyas la emperatriz Isabel el día de su muerte.

Ante su secretario Gaztelu, que hacía las veces de notario, expresó su última voluntad, insistiendo en que se sofocaran lo antes posible los brotes de luteranismo en Valladolid y Sevilla. El 21 de septiembre del año 1558, y en medio de una gran serenidad, Carlos I expiró.

 

FIN