La rebelion de Pugachev

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El episodio al que hacemos referencia tuvo lugar en el interior del Imperio Ruso entre los años 1773 y 1774, durante el reinado de Catalina II la Grande.

 

¿Quién era Pugachev?


Yemelián Ivánovich Pugachev nació en Zimoveiskaya, una stanitsa (aldea de cosacos) cercana al Don, en el año 1742.

Se inscribió en el servicio militar a la edad de diecisiete años. Al año siguiente se casó con Sofia Nedyuzheva, con la que tendría cinco hijos;  poco después se unió al Segundo Ejército Ruso para luchar contra Prusia en la Guerra de los Siete Años.

La primera misión que le encomendaron fue la vigilancia del caballo del coronel, pero éste se le escapó y fue azotado vilmente hasta la extenuación.

Después que el ejército ruso se retiró de Berlín, en 1762, Pugachev regresó a su tierra y disfrutó de unos pocos años de tranquilidad, dededicándose a la agricultura y al transporte fluvial. Algunas veces fue llamado al ejército, pero siempre para periodos cortos de tiempo.

En 1769 volvió a las filas para batirse contra los otomanos; esta vez se iba por un tiempo indefinido, así que se despidió de su mujer y sus hijos y abandonó el próspero negocio de transportes del Don.

Al principio de la guerra todo le fue bien: fue elogiado por su valentía en el asedio de Bender (1770) y fue ascendido a khorunzhy (teniente). Pero poco después enfermó y abandonó el ejército, no sin antes contratar algunos hombres para que sirviesen en su lugar. Se había convertido en un desertor y se hallaba al margen de la ley. Así es que fue al único lugar de Rusia donde podía ir: el sich de Zaporozhia.

El sich era una especie de población autónoma ubicada en la isla de Jortytsia, en el cauce del río Don. Este asentamiento, integrado por cosacos en su mayor parte y por campesinos descontentos emigrados de otras zonas, gozaba de cierta independencia legislativa y administrativa, aunque estaba bajo la protección del Zar y tenía algunos compromisos con él. Muchos delincuentes rusos aprovechaban la inmunidad que les ofrecía este singular paraje para huir de la ley.

El Sich Zaporogo en la actualidad

Pugachev encontró allí algunos hombres que, como él, trataban de eludir el castigo que merecían sus actos y manifestaban con libertad sus diferencias con el modelo de política imperial.

Los ánimos estaban muy caldeados: en ese mismo año 1771 se había producido un alzamiento cosaco en el río Yaik (actual Ural) y había sido reprimido con gran atrocidad. La zona que rodeaba el sich, colmada también de cosacos, estaba bajo la atenta vigilancia del general Cherepov, a quien no tenían demasiada estima. Por otra parte, los siervos de la gleba estaban descontentos con Catalina porque había abolido unas leyes “menos perjudiciales” para ellos, que promulgara en su día el destronado zar Pedro III.

En efecto, las leyes de Pedro gustaban más que las de Catalina; el zar Pedro había sido destronado por su propia esposa y enviado al destierro donde muchos ignoraban qué había sido de él. Algunos creían que había muerto asesinado, otros que se encontraba preso y con vida en algún lugar remoto y otros, con ilusión y esperanza, creían que podía haber escapado de su cautiverio y que tarde o temprano volvería para recuperar el trono. No eran pocos los impostores que decían ser Pedro III y que aprovechaban el apoyo social para reivindicar sus derechos y los de su pueblo, y Pugachev fue uno de ellos.

Pedro III, Catalina II y el futuro Pablo I, retrato de autor desconocido

Se dice que un ex-soldado de la Guardia Imperial de San Petersburgo le comentó a Pugachev que guardaba cierto parecido con el antiguo soberano; al principio Yemelián no hizo demasiado caso, pero después usó éso como pretexto para encabezar una revuelta y tratar de llegar al trono.

Al parecer, Pugachev tenía una marca de nacimiento que acreditaba su autoridad imperial y su predisposición divina para el cargo. Pronto empezó a ser conocido.

El 17 de septiembre de 1773 el impostor del Don, Yemelián Pugachev, envía un comunicado a sus partidarios en el que se declara Emperador Autócrata, el Gran Señor Pedro Fedórovih de Todas las Rusias. Cabe señalar que dicho documento no fue firmado por el impostor dado que no sabía leer ni escribir. Pero nadie objetó nada.

Pugachev hizo un llamamiento a los cosacos, kamilkos y tártaros. Prometió dinero y armas, que serían facilitados por algunos compañeros ricos. No había nada que perder.

                           

Pugachev según una película soviética del año 1978

 

La Rebelión 

 

La decisión de sublevarse no se había tomado a la ligera; el momento oportuno llegó cuando la zarina abandonó su residencia peterburguesa y salió de Rusia para personarse en el teatro de operaciones turco. Ésto retrasaría considerablemente la respuesta del Gobierno una vez iniciada la sedición.

Con una fuerza cercana a los 300 hombres Pugachev se movió sobre su primer objetivo: la ciudad cosaca de Yaitsk (actual Uralsk, Kazajstán). El coronel Simonov, encargado de proteger la ciudad, dio la orden a 500 cosacos para que salieran al paso del atamán rebelde antes de que éste llegara a la ciudad; sin embargo la inmensa mayoría de los hombres enviados se unió a la rebelión y ayudó a ajusticiar a la pequeña minoría objetora.

Pugachev llegó a la ciudad y exigió su entrega. La negativa de Simonov no provocó el efecto esperado: en lugar de sitiar y atacar, los rebeldes sortearon la fortaleza y siguieron su camino.

En las inmediaciones de Iletsk volvieron a encontrarse dos ejércitos de cosacos, un atacante y un defensor, que después se convertirían en uno solo y que entrarían en la ciudad como héroes y libertadores. Las puertas se abrieron de par en par y las campanas de la iglesia tocaron en señal de bienvenida. Pronto serían tomadas las fortalezas de Rassypnaya (24 de septiembre), Ozernaya (26) y Tatischev (27). El siguiente objetivo sería más complicado.

                                                                     

Mapa de la zona. Click aqui para agrandar

Pugachev puso sitio a la ciudad de Orenburgo el 5 de octubre de 1773. Contaba entonces con 3000 hombres y con algunas piezas de artillería tomadas de las fortalezas sometidas.

Sintiéndose inseguro y previendo que la cosa iría para largo, pues se acercaba el invierno, el Impostor estableció su base en Berda y empezó a tomar algunas medidas:

Primeramente constituyó una especie de Corte Imperial con la que se reuniría a menudo para discutir sobre el estado de las cosas y los movimientos a realizar. También se encargó de hacer crecer la tropa y la nutrió de mercenarios; reclutó campesinos, guerreros tribales y hasta mineros de los Urales, y se cuidó de entrenarlos e instruirlos, creando una auténtica escuela militar.

Según La Rusia de los zares, de Alejandro Muñoz-Alonso:

Cita:

 

Pugachev se rodeó de una especie de Corte Imperial como la de San Petersburgo. Organizó una cancillería eficaz y montó un hábil servicio de propaganda, que manejaba ideas muy modernas acerca del poder y de las relaciones entre los gobernantes y el pueblo.

Contó con una especie de Colegio de Guerra

En Oremburgo los ciudadanos se comían literalmente los gatos. La miseria y la suciedad se unían a la incertidumbre y el dolor por la pérdida de familiares en las escaramuzas contra las partidas que enviaba de vez en cuando Pugachev. Reinsdorp, el gobernador, había pedido a la población que resistiese el asedio mientras esperaba la llegada de las tropas imperiales desde la capital. Las noticias, empero, eran alarmantes: la rebelión se había propagado y los campesinos, cosacos y otros amohinados del Volga se habían levantado en armas; en total sumaban unos 25.000. Rusia daba la espalda a Catalina.

 La sentencia de Pugachev, de Vasili Perov (1879)

La respuesta de la zarina, quien ya se hallaba de vuelta en San Petersburgo, estaba a punto de llegar. El 14 de octubre la soberana había nombrado Comandante General a Vasili Alekseyevich Kar, y le había puesto al frente de dos mil soldados y mil quinientos milicianos. Este ejército avanzaría desde el noroeste; otro, comandado por el general Korf, atacaría por el este. Un último ejército, bajo las órdenes del coronel Chernyshev, se encargaría de tomar Tatischev para evitar que Pugachev escapara en caso de ser derrotado. Las tropas de Chernyshev sumaban unas dos mil ochocientas unidades, de las cuales más de la mitad eran cosacos. También tenía quince cañones.

Pero los ejércitos no llegaron a la región de Orenburgo hasta noviembre. El día 7 Pugachev decide adelantarse a sus oponentes y envía a los atamanes Andrei Ovchinnikov y Zarubin Chaika al encuentro del general Kar; ambos ejércitos se ven las caras en la campiña de Yuzeeva (a 98 verstas de Orenburgo, unos cien kilómetros) y emprenden un combate que durará tres días y que acabará con las tropas de Kar retirándose a Kazán.

El 13 de noviembre el Impostor y Chernyshev se enfrentan en campo abierto no muy lejos de Orenburgo. El gobernador Reinsdorp rehusó apoyar a las tropas gubernamentales, quizás por falta de confianza. La batalla fue una debacle total para los imperiales; Pugachev no sólo ganó el combate sino que además se quedó con prácticamente todo.

El falso Pedro se había salvado, aunque la paz duraría poco. De momento tenía trabajo por hacer: Oremburgo, sitiada, aún no era suya. Sabía que los ciudadanos estaban sucios, hambrientos, enfermos, moribundos; estando en las condiciones que estaban no podrían ofrecer mucha resistencia si Pugachev atacaba. Además su ejército era superior en número. Tenía todas las de ganar.

Tenía que espabilarse. Según algunos contactos tenía muchos partidarios en San Petersburgo; tenía que atacar y avanzar, tenía que liberar las grandes ciudades y tomar el poder en la capital. Todo ésto antes que llegaran nuevos refuerzos del enemigo. Era el momento, sin embargo no atacó.

 

 

El retrato más conocido de Pugachev

Catalina estaba desesperada. Estaba perdiendo, con increíble facilidad, el poder que tantos ardides le costó. El pueblo alzado en armas, ¡su querido pueblo ruso! ¡No! ¡Aquéllo no podía haberlo ingeniado un ruso! Seguramente habría espías y malechores polacos, turcos, suecos quizá. No podía ser.

Pero no era tiempo para conjeturas, después se hallarían los culpables, ahora había que actuar. Lo primero que hizo fue relevar del cargo de Comandante General a Vasili Kar y sustituirlo por un hombre más competente: Aleksandr Ilich Bibikov. Lo segundo era poner orden: las cosas se habían hecho mal por culpa de la mala organización interna y el mal estado de las tropas. En diciembre de 1773 Bibikov pone rumbo hacia Kazán. Su misión: gobernar.

El general puso los pies en la capital tártara el día 25 de diciembre. El espectáculo era deprimente: los oficiales habían abandonado sus puestos, los terratenientes se hallaban escondidos a la espera de lo que pudiera suceder y las comunicaciones de la ciudad estaban colapsadas. Había mucho movimiento y nerviosismo.

 

Aleksandr Ilich Bibikov

Bibikov empezó a organizar aquella amalgama de terratenientes temerosos y los integró en una hermandad. Luego la fraccionó y envió destacamentos a distintas partes de Rusia, como fuerza disuasoria para los campesinos inquietos. Intentaba crear un cerco enorme para cortarle las salidas a Pugachev.

Envió entonces al Príncipe Aleksandr Mijaílovich Golitsyn a Orenburgo para tratar de destruir a Pugachev o, almenos, provocar su huida y cercarlo en un punto concreto.

El 22 de marzo de 1774 tiene lugar una batalla en principio decisiva, entre los diez mil hombres del Impostor y las fuerzas imperiales de Golitsyn. Los rebeldes tenían unos mandos competentes y una buena posición defensiva, además habían sabido protegerse bien de las descargas de artillería; pero aún así fueron masacrados. Más de tres mil jinetes perdieron la vida y otros tantos fueron heridos y capturados. El resto se retiró primero a Berda, donde fueron nuevamente derrotados, luego a Sakmara y finalmente a los Urales, desde donde pensaban penetrar en Asia. Pero no lo hicieron.

El sitio de Oremburgo pudo ser levantado al fin. Los soldados imperiales celebraron esa victoria como el fin de la rebelión, aunque les pesaba el no haber podido capturar al rebelde. Habían enviado al coronel Ivan Mikhelson, quién contaba con un regimiento de caballería y una batería, en su busca y captura.

Pugachev había arribado a Bashkortostan y se había vuelto a hacer fuerte: bashkires, mineros y campesinos de los Urales se habían unido a su causa y sumaban ahora unos veinte mil. Sin embargo el Impostor no pudo organizarse en condiciones porque debía escapar constantemente de las acometidas de Mikhelson; quería evitar la batalla.

En su travesía hacia el norte el falso Pedro volvió a saquear y destruir multitud de fortalezas; llegó a la altura de Perm y luego viró al oeste, a Kazán, donde se estaba llevando a cabo un juicio contra los traidores de Rusia. El 12 de julio Pugachev entró en la ciudad, la saqueó y la incendió, aunque no logró hacerse con su joya: el baluarte donde se guardaban los cañones y las armas.

  

Ivan Ivánovich Mikhelson

Intranquilo por la inminente llegada de Mikhelson y consciente de que tenía que obrar rápido si quería conseguir algo, el día 15 anunció que iba a tomar Moscú. Se puso en marcha.

La segunda ciudad más poblada de Rusia estaba en peligro, el trono de Catalina se tambaleaba. Pero todo quedó en éso, en un susto, una advertencia. Mikhelson sorprendió a Pugachev en el camino y le presentó batalla. Aunque tenía una fuerza ligeramente menor en número, el coronel ganó la batalla y puso al Impostor en retirada.

El Atamán había sido derrotado por segunda vez.

Sin embargo hubo lugar para una tercera revuelta. Pugachev volvió al sur y reconstruyó su ejército con más siervos volguenses; nuevas ciudades fueron arrasadas: Saransk (donde colgaron a los hacendados), Penza (donde el gobernador y su familia ardieron vivos) o Saratov son algunas de esas aldeas. Mikhelson le seguía los pasos.

Catalina estaba desquiciada. Si el rebelde no caía desde fuera, desde las batallas contra el Imperio, debería caer desde dentro. Ideó un plan: Sabía que Pugachev obtenía apoyo porque decía ser el zar Pedro y la gente le creía; pues si esta presunción se desmentía ya nadie le ofrecería su ayuda.

 

Campesinas rusas del río Sheksna (afluente del Volga). Principios de siglo XX. Foto a color de Prokudin-Gorskii

Buscó a la esposa del Impostor y a sus hijos entre las gentes de Kazán, e hizo que llamaran públicamente al amor de Pugachev, quien los había dejado abandonados. El Atamán ya se había buscado otra chica más joven y le había prometido el trono. Después que se corriera la noticia del llamamiento de su esposa e hijos afirmó que, efectivamente, esas personas debían estar bajo la protección de Pugachev, su amigo y leal partidario. Él no respondía a ese nombre, pues se llamaba Pedro Fedórovich.

No por ésto pero sí por el tiempo ya transcurrido y lo poco que se había conseguido, la gente empezó a desconfiar del líder cosaco. Pero daba igual. La promesa de acabar con la servidumbre y los impuestos, fuese bajo el nombre de quien fuese, era un buen aliciente para seguir luchando. Había que llegar hasta el final.

Pugachev bajó al Don para nutrirse de partidarios; sin embargo nadie se le arrimó porque era un mentiroso, él no era Pedro III. Nadie mejor que ellos lo sabía, le habían visto nacer y lo reconocieron enseguida.

Volvió al Volga sin saber ya qué hacer. Pero pronto lo supo: al volver hacia el norte se había encontrado frente a frente con el coronel Mikhelson. Éste movió su columna rápida y dividió en dos el ejército de Pugachev, derrotándolo de forma aplastante. 25 de agosto de 1774.

 

 

El Impostor huyó de nuevo, esta vez acompañado de 400 cosacos, de los cuales la mitad fue abandonada en una orilla del Volga dado que no había botes suficientes para trasladarlos a todos.

Pugachev y sus restos llegaron descolocados a Uzen. Pronto empezaron a abandonarle, algunos tenían ideas propias y rehusaban correr más peligros.

Se puso precio a la cabeza del Impostor: 10.000 rublos y la absolución de los pecados.

 

El final de Pugachev

El Atamán se sentía inseguro aunque estuviera rodeado de sus más leales servidores. Trató de huir de Rusia, nuevamente a través de los Urales. Pero no llegaría tan lejos: Iván Tvorogov y un par de amigos de confianza dieron con él y lo capturaron, ataron y entregaron al primer oficial ruso que pasó por delante. Era el 15 de septiembre de 1774.

 

Pugachev enjaulado

El Impostor fue encerrado en una jaula y fue enviado a Simbirsk y a Moscú. Después del juicio, en el cual careció de sensatez y, cobardemente, acusó a los demás de sus propios actos, se dictó su sentencia de muerte para el diez de enero de 1775.

Catalina había querido acabar con la pena de muerte en su país, de acuerdo con las ideas ilustradas de Voltaire. Pero éste era un caso especial. Sin embargo se suele decir que la zarina tuvo un gesto de humanidad con el rebelde:

La sentencia establecía que Pugachev debía morir descuartizado delante del gentío en Moscú. Pero antes de mutilarle, se le cortaría la cabeza. Así su dolor duraría menos. Gran detalle de la soberana.

 

Ejecución de Pugachev

 

Consecuencias

El pueblo llano había manifestado su descontento por la situación precaria en que se encontraba. No se sabe el alcance real de la rebelión, no se sabe si todos sus partidarios lo fueron en realidad, o sólo le apoyaban para evitar la represión.

La destrucción fue brutal. Después de las batallas, los muertos se contaron por millares. La represión del gobierno no fue demasiado dura, no así los excesos de los terratenientes para con los campesinos; los ricos se tomaron la justicia por su mano y se ensañaron con los pobres.

La política de Catalina cambió después de la rebelión; viró hacia un término más despótico. Lo primero que hizo fue buscar agentes extranjeros que pudieran haber incitado a la revuelta. Se vigilaron de cerca los turcos y polacos que vivían en el Imperio.

Se exterminó a los cosacos zaporogos (los del sich), y los del Volga se enviaron al Cáucaso (al río Terek). El río Yaik pasó a denominarse Ural y se estableció una fuerza de ocupación imperial. La región del Don, sin embargo, permaneció impune.

Cabe apuntar que los hijos de Pugachev, que no habían tomado parte alguna en la rebelión, fueron enviados a una fortaleza remota y allí encarcelados durante más de cincuenta años.

Según Riasonovsky: “La revuelta de Pugachev mostró de una manera tan brutal como trágica el abismo que separaba la filosofía francesa de la realidad rusa”.

 

Fuentes

Rusia, de los zares a los soviets. Robin Milner-Gulland. Ediciones folio, 1990

La Rusia de los zares. Alejandro Muñoz-Alonso. Ed. Espasa Caple. 2007

Los cosacos, John Ure. Ed. Artel pueblos 2002

http://yqyq.net

http://www.answers.com/topic/yemelyan-pugachev

Enlace

Wikipedia

Biografía de Catalina la Grande, Canal Historia