La Casa de Austria reina en España

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Prólogo:

La Casa de Austria reinó en España desde 1517 hasta 1700. Durante este periodo, España vivió su mayor esplendor político (reinados de Carlos I y Felipe II) y una prolongada decadencia que llevó a nuestro país a la decrepitud a  la ruina ( reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II).

Relato:

La tarde de septiembre, brumosa y fresca, caía ya sobre el pueblecito de Tazones, olvidado rincón asturiano próximo a Villaviciosa.

En aquel momento, sus vecinos se apiñaban asustados en el pequeño puerto, que la costa dibujaba en el mar. Vestían toscos trajes y se armaban de palos y cuchillos. La alarma había cundido entre ellos al avistar una poderosa flota que a buena velocidad se acercaba al puerto.

El temor era explicable. Corría el año 1517 y, en enero del año anterior, había muerto el buen rey don Fernando del Católico. En su testamento dejaba las tierras de España a su hija doña Juana, Y el encargo de gobernarlas al hijo de esta, su nieto Carlos de Gante, mientras durara la locura de la madre.

El cardenal Cisneros se hacía cargo de la regencia de los reinos desde la muerte del rey, hasta que el príncipe don Carlos llegara desde Flandes.

Por eso, los humildes vecinos de Tazones temían que la flota que se acercaba hacia ellos pudiera ser de un país enemigo, que aprovechaba que España no estaba << preparada ni provista de defensa, como solía estar en tiempos del rey Católico>>.

 

La llegada a España de Carlos de Gante

 

Pero cuando los barcos se acercaron a tierra, el miedo desapareció de aquellas gentes. Nada hacía sospechar en ellos que fueran en son de guerra. Todo lo contrario: de las naves, que lucían las armas de Castilla, descendieron elegantes personajes de alta alcurnia.

Su importancia se adivinaba en sus gestos, en sus ricos trajes, en las lujosas cadenas de oro que colgaban de sus cuellos, en las deslumbrantes insignias que cubrían sus pechos. El miedo se cambió en admiración y sorpresa entre los habitantes de Tazones.

 ¿Quienes eran los poderosos magnates que ahora llegaban a su humilde lugar?, ¿Cuál era el sentido de tan inesperada visita?- se preguntaban.

 

En realidad, aquella flota, que había salido de Flandes (Bélgica) hacía diez días, tenía que haber entrado en el puerto de Santander, donde se la esperaba.

 

Pero la travesía había sido muy accidentada. Durante el viaje, uno de los barcos se había incendiado y se había hundido en el mar con toda su tripulación. Luego, los vientos habían sido contrarios y habían torcido el rumbo de las naves, conduciéndolas a Tazones (Asturias).

 

Entre los poderosos personajes que pisaban tierra asturiana se distinguía uno, al que los demás prestaban todas sus atenciones. Se trataba de un joven de apenas 17 años. Su rostro alargado acababa en pronunciada barbilla, sobre la que se dibujaba una boca entreabierta.

 

Su mirada era enérgica, pero evidenciaba inexperiencia. Vestía el joven con lujo borgoñón y hablaba un idioma que las gentes de Tazones no habían escuchado hasta entonces. También hablaban esa lengua la mayor parte de los nobles que lo rodeaban.

 

Aquellos buenos asturianos, agolpados en el pequeño puerto, estaban ante su nuevo rey, ante Carlos de Gante, que enseguida se convertiría en Carlos I de España y, dos años más tarde en Carlos V de Alemania. Ellos, pobres pescadores, se encontraban, sin saberlo, ante el personaje más grande del mundo.

 

El histórico desembarco traía a España al nieto de los Reyes Católicos, que venía a hacerse cargo de los reinos de España. Con él llegaban su hermana Leonor, el canciller Juan de Sauvage, lo más principal de la nobleza flamenca y la crema y nata de los caballeros del Toisón de Oro.

 Carlos, rey de las Españas

Después de descargar la impedimenta de los barcos, la expedición de puso en marcha. Don Carlos tenía prisa en llegar a Valladolid para jurar allí ante las Costes como soberanos de los reinos de Castilla.

 

Tras largo vieje llegó a Tordesillas, a orillas del río Duero, y allí se entrevistó lleno de emoción con su madre doña Juana, sumida en profunda locura. Luego partió para Valladolid, donde juró su oficio de rey de Castilla. Meses más tarde hizo lo mismo en Zaragoza, donde juró como rey de sus estados aragoneses.

 

Comenzaba así el reinado de Carlos I, y con el se entronizaba en España una nueva dinastía, la Casa de Austria, que reinaría hasta el final del siglo XVII.

 

Sobre el adolescente Carlos recaía una herencia universal, una pesada carga de responsabilidad histórica a la que dedicaría, desde ahora, toda su vida. Hijo de Felipe el Hermoso y de doña Juana la Loca, recibía un gran número de estados:

 

-De su abuela materna, Isabel, Carlos heredaba el reino de Castilla, diversas plazas africanas y la inmensidad de la América recién descubierta.

 

-De su abuelo paterno, Maximiliano de Austria, emperador de Alemania, recibiría los Estados patrimoniales de la familia de los Austrias, asó como el prestigio suficiente para hacer posible que en 1519, Carlos accediera al Imperio alemán.

 

-De su abuela paterna, María de Borgoña, el joven príncipe ya había heredado los Países Bajos, el Franco Condado y las tierras del ducado de Borgoña.

 

Una pesada caravana recorría valles y montañas para adentrarse en la llanura castellana sin concederse un descanso.

 

Un Imperio universal

 

Carlos I acumuló un inmenso poder territorial, pero muy variado, heterogéneo y con dominios separados por enormes distancias.

Ese gran imperio era la consecuencia final de una noble y hábil política matrimonial seguida desde España por los Reyes Católicos y practicada desde hacía mucho por la Casa de Austria.

 Pero también el destino ayudó al joven príncipe a recoger tan colosal herencia.

La muerte se había llevado a sus familiares más próximos que, antes que él, podían haber heredado los reinos españoles. Primero fue la muerte de su tío carnal, el príncipe don Juan, en 1497. Luego, unos años más tarde, la de su primo, el príncipe don Miguel, que había sido ya jurado heredero de Castilla, de Aragón y de Portugal.

Y aún había más. Hasta el último momento, su abuelo, Fernando el Católico, había preferido dejar los Estados de España a su otro nieto, hermano de Carlos, el príncipe don Fernando, que había crecido junto a él, que se había educado en España y por el que sentía una clara predilección.

Pero, al fin, la razón de Estado se había impuesto y el trono recaía sobre él, en Carlos de Gante (ciudad de Bélgica), que nada sabía de España; por no conocer nada de ella, ni conocía su lengua.

Destino e historia unidos hicieron posible en Carlos el viejo sueño de los Austrias. Sueño presentido por su bisabuelo, el emperador alemán Federico III, cuando eligió como divisa la leyenda del A.E.I.O.U. (<< Austriae est imperare orbi universo>>), en la que expresaba la esperanza de que la Casa de Austria habría de dominar el mundo.

Sueño ese que inspiró a Matías Corvino de Hungría los versos dedicados a Federico, en los que aludía al éxito de su política matrimonial:

Deja hacer la guerra a los más fuertes, Tú, pía y feliz Austria, cásate. Porque lo que otros Estados reciben del dios Marte, a ti te lo entrega la diosa Venus.

La profecía de poder, así expuesta entre los Austrias, se cumplía en Carlos. Pero también llevaba a la realidad el presentimiento que, por el lado de España, tuviera el marqués de Santillana, expresado en unos versos de su <<Comedia de Ponza>>.

En ellos auguraba a la Casa de los Trastámaras, la de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, los días próximos en los que sería dueña del mundo. Los versos decían así:

Y de este linaje, infinitos días, vendrá quien posea gran parte del mundo.

Con esta nueva dimensión de dominio universal se abría para Carlos y para España la acción histórica de la nueva dinastía, la de la Casa de Austria.

Todo comenzó aquella tarde de septiembre de 1517, cuando unos preocupados asturianos presenciaron de Tazones el histórico desembarco de Carlos de Gante.

 

FIN