Marruecos y la II República
La llegada de la II Republica española causó cierta expectación en el Marruecos español, ya que era conocida la oposición de la izquierda a la participación de los soldados españoles y en general a la política del protectorado que la calificaban de aventura colonial.

En un principio, los republicanos estuvieron de acuerdo en no alterar los compromisos internacionales contraídos con Francia y las demás potencias implicadas en los acuerdos de Algeciras con respecto al Protectorado.
No ocurrió lo mismo en el aspecto “nacional” administrativo-militar, pues al mes siguiente del advenimiento de la República, Azaña inicia el plan de reestructuración del Ejército en donde va a primar, además del intento de transformar al Ejercito español en una fuerza moderna y bien pertrechada, el deseo de desmantelar todo lo que anteriormente hiciera la Dictadura ya que el desarrollo de la fuerza republicana nace con ese sentimiento muy arraigado.
Azaña introdujo inmediatamente una serie de reformas básicas en las fuerzas armadas. La más importante ofrecía a todos los oficiales y mandos la opción de retirarse inmediatamente con toda la paga con carácter vitalicio. En los seis meses siguientes, la mitad al menos del cuerpo de jefes y oficiales renunció a su carrera militar. En 1930 había unos 22.000 oficiales y unos 100.000 soldados; en 1932, el número de oficiales ascendía a 10.000 escasos.
Una cosa que no consiguió fue reducir el presupuesto del Ejército, que en realidad aumentó al poco tiempo debido al coste de las reformas y al gran volumen de las pagas a los mandos en activo y retirados. En 1933 era un 10 por ciento superior al de 1929.
Las intenciones de Azaña eran la desmilitarización del territorio y crear una administración civil para Marruecos con la reducción de la guarnición a un pequeño ejército profesional que fuera bastante móvil para acudir a los puntos conflictivos, para ello contaba con una carretera central, entonces en construcción, que comunicara todo el territorio. El fin de la larga guerra marroquí debía culminarse con la inauguración de un Protectorado civil, capaz de colonizar un territorio definitivamente pacificado.
Este enfoque del problema era, naturalmente, ajeno a la óptica de los africanistas. Su vida era Marruecos. Cualquier lesión a las unidades coloniales, cualquier modificación del propio sistema de vida repercutía dolorosamente en su moral.
La casi inmediata dimisión, al advenimiento del nuevo régimen, de la Alta Comisaría por el general Gómez Jordana al negarse a colaborar con la República y el abandono de su puesto marchándose de Tetuán para acompañar al Rey al exilio, dejó a Marruecos desasistido del poder coordinador civil y militar que representaba su Alto Cargo.
Los marroquíes, entre los que se encontraban importantes contingentes nacionalistas, ante la llegada de un nuevo régimen que siempre se había mostrado beligerante con los militares y quizás animados por las declaraciones de Largo Caballero apoyando la equiparación de las demandas de los obreros nativos de la administración española a sus homólogos peninsulares, y viendo como transigía de inmediato con la independencia de Cataluña, creyeron llegado el momento de tantear sus posibilidades, que en este sentido tenían, con las del Principado, produciéndose los primeros desordenes y actos de anarquía.
Lo que comenzaron siendo unos movimientos sindicalistas de la izquierda socialista, vinieron al poco a degenerar en los primeros actos violentos, desordenes y huelgas en el protectorado.
Ante el cariz que tomaban los sucesos, no dudó la República en recurrir de nuevo a los militares y el Gobierno dispuso el 25 de abril, que el general Sanjurjo saliera inmediatamente para Marruecos con poderes especiales y el encargo de restablecer el orden. La población de Tetuán le tributó un recibimiento «grandioso», según lo calificó el propio Alcalá Zamora pero la subversión había hecho extraordinarios progresos y alcanzaba incluso a zonas consideradas hasta entonces como invulnerables; tal, Dar Riffien, campamento donde estaban concentradas las Banderas de la Legión, un cuartel de Xauen y el campamento legionario de Larache. El 3 de mayo declaraban la huelga los obreros de la conducción de agua a Tetuán y los trabajadores de la construcción, y al día siguiente se manifestaban los huelguistas en actitud levantisca en la plaza de España, secundados por grupos de moros, soliviantados por los nacionalistas. Unos y otros acogieron a pedradas a las fuerzas de la «mehalla» mandadas por el coronel Capaz cuando hicieron su aparición en la plaza, y ocasionaron un muerto y varios heridos entre la tropa. El general Sanjurjo, previsor, había abandonado a tiempo la Residencia y desde la oficina Central de Asuntos Indígenas dispuso la ocupación militar de la ciudad, principalmente del barrio moro; de esta suerte logró desbaratar totalmente los planes de los rebeldes. Desde aquel momento comenzó a encauzarse la desbordada vida social de Tetuán, y pocos días después Sanjurjo iniciaba el recorrido de la zona del Protectorado.
Con acertadas y enérgicas medidas cortó de raíz los conatos de sublevación iniciados en algunas bases militares, y evitó que prendiera por el momento en Marruecos, el desorden y la anarquía que perturbaban a la península. Su viaje duró hasta mediados de mayo. El decreto de reorganización del Protectorado se publicó el 4 de julio de 1931. Se simplificó la organización militar. La estructura del mando se redujo. Desaparecieron algunas unidades y otras perdieron efectivos. Este proyecto lesionaba la protección de la zona ante las posibilidades de una nueva sublevación de las cábilas.
Cuando Sanjurjo abandonó la Alta Comisaría, el cargo recayó en un civil. Luciano López Ferrer que fue nombrado máxima autoridad en Marruecos; como jefe de tropas fue designado el general Cabanellas, que le quedó subordinado.
Autor: Cosmos12
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