La disputa iconoclasta en el Imperio Bizantino
Uno de los hechos más destacados de la edad oscura del Imperio Bizantino fue el de como los emperadores se insmicuyeron en un asunto teológico aparentemente menor creando una fractura en la Iglesia, convirtiendo la veneración de los iconos religiosos en un asunto político. Y es que en unos tiempos en los que la existencia del Imperio estaba en juego, y ésta se encomendaba a la providencia divina, cualquier proceder que pudiera "disgustar" a Dios era asunto de estado.
Prólogo (año 726)
En el año 726 el volcán submarino de la isla de Thera -activo de manera intermitente desde el 718- tuvo una violenta erupción. La erupción vino a aumentar el desasosiego en un Imperio que no pasaba por sus mejores momentos. En el 717 León III el Isauro, había logrado una gran victoria poniendo fin al asedio árabe de Constantinopla; sin embargo era claro que el Imperio seguía bajo la amenaza de ser arrollado por los árabes.
León III era un competente general y un gobernante enérgico y autoritario. Además estaba dotado de un profundo espíritu renovador. Es muy posible que en ese mismo año del 726 viera la luz la primera gran revisión legislativa desde los tiempos del Código de Justiniano: la Ecloga. Además de simplificar y actualizar unas leyes que en algunos casos no se aplicaban o se habían vuelto difíciles de interpretar, se aprovechó para introducir modificaciones con evidentes tintes religiosos: se prohibió el aborto, se endureció el castigo a la homosexualidad y se limitó la pena de muerte sustituyéndola en muchos casos por la de mutilación.
En este contexto de renovación moral del Imperio, también promovió una campaña pública contra la veneración de los iconos y de fomento del aniconismo. Para dar ejemplo ordenó retirar el icono de Cristo que adornaba la puerta de entrada al Gran Palacio en Constantinopla: la puerta Chalke (puerta de Bronce) y sustituirlo por una cruz. El Cristo Chalkites era un icono muy popular y su retirada degeneró en un tumulto que acabo con el linchamiento de alguno de los oficiales encargados de su remoción. Sorprendido por la violenta reacción, León III trató de no agitar demasiado las aguas y los detenidos por el tumulto al parecer no fueron ejecutados, siendo según el caso multados o mutilados.
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El incidente en la puerta Chalke (fuente: euratlas.net)
Antecedentes.
Origen de la controversia acerca de los iconos.
En torno a los iconos rondaban varias cuestiones teológicas que vamos a tratar de simplificar.
La primera gran cuestión es su misma existencia.
El Señor no soporta que se haga de Cristo un retrato sin voz, privado de aliento, hecho de materia terrestre, despreciado en las Escrituras. Así pues León, con su hijo el nuevo Constantino, graba en las puertas de los reyes el modelo bienaventurado de la cruz, la gloria de los fieles.
Inscripción en la puerta Chalke
Lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen.
San Juan Damasceno
Para los iconoclastasi el que un artista presumiera de poder representar a los santos, ángeles.., era algo pretencioso e incluso insultante ya que nunca la imagen material podría representar con exactitud a un ser lleno de vida. En el caso de Cristo la cosa era más grave ya que ¿como podía un artista representar sus dos naturalezas: la divina y la humana?.
Por contra los iconófilos defendían la labor pedagógica de las imágenes. La prohibición bíblica de realizar imágenes había quedado anulada con la venida de Cristo y en cuanto a la propia imagen de Cristo, lo que se representaba era la encarnación de Dios en este mundo y no era necesario tratar de representar la invisible naturaleza divina.


Izquierda: Cristo Pantokrator (“Todopoderoso”), icono del siglo VI (Wikimedia Commons). El icono muestra dos expresiones faciales diferentes para simbolizar la naturaleza dual de Cristo (Dios/hombre)
Derecha: San Lucas realizando el primer icono de la historia, el de la Theotokos (“Madre de Dios”), icono del siglo XVI (Wikimedia Commons).
La segunda gran cuestión era la de su culto.
No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto; porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen;
Éxodo, 20-5.
Si alguno no ofreciere culto a los santos iconos, no adorándolos como si ellos fuesen dioses, sino venerándolos con amor como imágenes del arquetipo, que sea anatema.
Dictado de la asamblea imperial del año 843
Una de las principales cuestiones que se discutía sobre los iconos era si estos tenían capacidad para obrar como intermediarios con el personaje sagrado al que representaban. Ésta capacidad ya había sido admitida para las reliquias (huesos, trozos de tela que habían estado en contacto con santos, etc) a finales del siglo IV, lo cual no dejaba de representar un gran salto en materia de culto religioso y no dejaba de tener opositores. Lo mismo pasaba con los iconos aquiropoetas (imágenes no hechas por mano humana) de Cristo y la Virgen María, como el famoso Mandylion (la Santa Faz de Edesa) y el Keramidionii.
Para los primeros cristianos resultaba cuando menos chocante pensar que un icono hecho por un artista pudiera servir de vehículo de contacto con los santos y ser objeto de veneración. De hecho se parecía demasiado a los cultos paganos o al antiguo culto al emperador de Roma, como para ser visto con buenos ojos por muchos Padres de la Iglesia. No sería hasta el final del siglo VII cuando se asentara la idea de que la veneración de los iconos (iconodulia) era una opción aceptable en el culto religioso.
Los iconófobos o iconoclastas veían esta “innovación” religiosa con gran preocupación y objetaban entre otras cosas que la inmensa mayoría del pueblo carecía de sutilezas teológicas y que la iconodulia tendía a derivar en iconolatría (adoración de los iconos) o lo que es lo mismo en el pecado de idolatría.
En cambio para los iconódulos esa acusación era considerada ridícula ya que un idolo es por definición un objeto perteneciente a otra religión con lo que un icono cristiano en ningún caso puede ser un ídolo; correspondiendo a la propia iglesia definir y explicar a los cristianos la forma correcta de culto que podía recibir un icono.
Iconofilia en el Imperio antes de León III.
Parece que la decisión de tener y venerar o no los iconos religiosos en el mundo cristiano en general, quedó al albur de la conciencia de los distintos individuos o de las comunidades religiosas. Aunque había teólogos partidarios de una u otra postura, el debate parece haber sido bastante marginal y de escasa importancia para las altas jerarquías eclesiásticas. En general y salvo casos aislados se puede decir que hubo tolerancia en este aspecto.
No debe sorprender que el tema de las iconos empezara a adquirir relevancia cuando los emperadores orientales empezaran a interesarse por ellos e introducirlos como un aspecto más de su política “religiosa”. Originalmente los sucesores del emperador Constantino el Grande no parecen haber sentido especial interés por los iconos al menos en el sentido de asociarlos a la iconografía y devocionario oficiales del Imperio, inclinándose por el monograma de Cristo (crismón) o en todo caso por la cruz.
Será en torno a la mitad del siglo VI cuando aparezcan de forma claras iconos religiosos asociados al ámbito imperial, como por ejemplo la representación del emperador al lado de la imagen de Cristo. En esa misma época se empieza a fomentar la idea de guerra “religiosa” presentando la lucha contra los sasánidas como un conflicto no sólo por unas fronteras sino por unas ideas: cristianismo versus zoroastrismo. Los ejércitos bizantinos empiezan a usar regularmente iconos aquiropoetas de Cristo como lábaro (estandarte imperial), así en el 622 Heraclio se hacía acompañar por un icono aquiropoeta (probablemente el Cristo de Camuliana) y lo mostraba a las tropas afirmando que estaban bajo su protección. Otro ejemplo famoso es la presencia de estandartes con la imagen de la Theotokos (Madre de Dios) en las murallas de Constantinopla en el sitio ávaro-sasánida del 626, a cuya protección se atribuyó la salvación de la ciudad.
A los sasánidas les sustituirían los árabes como enemigos del Imperio, pasando la lucha a ser entre cristianos y musulmanes. El gran éxito del Islam en el siglo VII y la amenaza creciente de los pueblos bárbaros del Danubio, provocaría cierta crisis de identidad dentro del Imperio que debía reajustarse a una nueva situación en esta “edad oscura”. Se ha afirmado que esto sería la causa de la propagación de la veneración de los iconos.

El Emperador Heraclio portando personalmente un icono aquiropoeta de Cristo con el que arengó a las tropas en la batalla de Nínive. Ilustración de Giorgio Albertini (Concord Publications).
Resulta problemático tratar de afirmar hasta que punto había calado la iconofilia dentro del Imperio y sobre todo dentro de las clases populares. La parte oriental del Imperio parece de hecho haber sido predominantemente anicónica.
Al final del periodo iconoclasta los victoriosos monjes iconódulos que escribirían la historia del periodo fomentarían la idea de que los iconos gozaban de gran apoyo popular y que los iconófobos eran minoría, teniendo por ello que recurrir a un brutal ejercicio de la violencia para imponerse. Sin embargo los historiadores más modernos tienden a poner en duda la visión de estos cronistas y se sospecha que la mayoría de la gente fuera de la capital, era relativamente indiferente a la cuestión o al menos no consideraba la cuestión de la suficiente importancia como para oponerse a los distintos giros religiosos que daría el Imperio en el tema de los iconos.
¿Los motivos de León III?
León III provenía de la zona oriental del Imperioiii y ya mencionada como más anicónica. Se han dado muchas explicaciones a su decisión de promover la iconoclasia, más allá de la tradicional de la “mala influencia” de los anicónicos judíos y musulmanes.
A comienzos del siglo VIII, dentro del Imperio, había voces contra la iconodulia como las de varios obispos (Constantino de Nacolia, Teodosio de Éfeso, Tomás de Claudiópolis...), sin embargo no parecen haber tenido la suficiente importancia como para haber movido a actuar al emperador simplemente para “agradar” a una facción poderosa. Por tanto parece más probable que León obraba según su conciencia y en la creencia de que como emperador debía preocuparse por la “salud moral” de sus súbditos, no sólo por su propio bien sino por el de todo el Imperio ya que se podía pensar que los últimos desastres eran un castigo de Dios a los bizantinos por sus malas practicas religiosas.
Así no solo se promovió el aniconismo, sino que León III trató de forzar la conversión de judíos y persiguió a herejes como los paulicianos.
Primer periodo iconoclasta.
Bajo León III
El 7 de enero del 730 un silention (consejo cortesano) convocado por León III, acordó convertir el aniconismo en la postura oficial del Imperio y tomar en consecuencia medidas para forzar su cumplimiento, empezando pues oficialmente la iconoclasia.
Germán I -patriarca de Constantinopla- expresó su rechazo no sólo al fondo de la decisión sino también a que la decisión no se hubiera tomado en un concilio eclesiástico y renunció al puesto. Su sustituto -Anastasio- se mostró más dispuesto a complacer los deseos del emperador. Varios obispos iconódulos también renunciaron, aunque muchos parecen haber seguido en sus puestos guardándose prudentemente sus opiniones.

León III el Isauro y el Patriarca San Germán.
Sería fuera del Imperio de donde vendrían las reacciones más adversas que cortarían por lo sano los deseos de León III de que el aniconismo se extendiera fuera de sus fronteras. El Papa Gregorio II -desde una Roma en la que el Imperio ya no ejercía un control efectivo- ya había rechazado las ideas de León III con anterioridad y ahora se negó a reconocer a Anastasio. Juan, el patriarca de Jerusalén se opuso firmemente a León III; contaba con el apoyo del notable teólogo Juan Damasceno que acusó de sacrílegos a los iconoclastas y reafirmó la utilidad de los iconos. En el 731 el sínodo italiano -convocado por Gregorio III- declararía como herejía a la iconoclasia.
En ejecución de la política imperial se redecoraron -con la cruz o con motivos animales y naturales- o destruyeron iconos en iglesias, confiscándose numerosos y valiosos objetos litúrgico adornados con ellos. Sin embargo los historiadores modernos consideran una exageración los relatos de persecuciones hechos por los cronistas monásticos (e iconódulos) del siglo IX. No se cree que se aplicaran con especial dureza los decretos iconoclastas, sobre todo con los iconos “privados”, y no hay evidencia de martirios. Podríamos hablar de un periodo iconoclasta “blando”.
Para los amantes de la búsqueda de signos de la providencia divina, el año 740 dejaría dos contradictorios para marcar el fin del reinado de León III. Por un lado León III obtendría una importante victoria defensiva sobre los árabes en Akroinon y por otro un devastador terremoto afectaría a las zonas costeras de Tracia, Bitinia y la propia Constantinopla. Al año siguiente León III moriría en la cama, después de un largo reinado de 24 años.
Constantino V (741-775).
En sus crónicas los monjes del siglo IX asignaron al hijo de León III el cariñoso apodo de Coprónimo (“nombre de excremento”)iv. Su sucesión al igual que la de los siete últimos emperadores no estuvo exenta de problemas. Su cuñado Artabasdo le disputó el trono -estallando una guerra civil-, y consiguió ser coronado en Constantinopla. Artabasdo trató de atraerse a los iconódulos restableciendo el uso de los iconos, aunque no parece haber condenado explícitamente la iconoclasia. En el 743, Constantino logra imponerse en la guerra civil y captura a Artabasdo que como castigo es cegadov.
Al igual que su padre, Constantino era un emperador enérgico. Durante 10 años se limitó a continuar con la política iconoclasta de su padre, mientras se ocupaba de asentar su reinado y hacer frente a los problemas exteriores.
En el 754 -a instancias de Constantino- se reunió durante seis meses el Concilio de Hieria. Era un concilio extraño sin representantes del Papa ni de los otros patriarcados; por no haber, no había siquiera un patriarca de Constantinopla ya que éste había muerto y no había sido sustituido. El concilio se convirtió pues en una clara muestra de poder del emperador sobre la Iglesia Bizantina. Los 338 obispos presididos por el arzobispo de Éfeso confirmaron la política imperial acerca de los iconos elevando la iconofilia a la categoría de herejía en vez de dejarla como un mero abuso.
Según el concilio al hacer un icono de Cristo se caía o bien en la herejía monofisita al representar confundidos los aspectos de Dios y hombre o bien en la herejía nestoriana al representar a Cristo sólo como hombre; resultando imposible representar las dos naturalezas de Cristo -divina y humana- sin confusión y sin separación. Respecto a los santos parece que Constantino estaba personalmente en contra de la capacidad de las reliquias para servir como elementos de intercesión, pero el Concilio prefirió limitó a los iconos.

Constantino V Coprónimo y San Esteban el Joven.
Al elevar a la categoría de herejía a la iconofilia Constantino la ascendió a problema de primer orden dentro del Imperio y justificaba una mano más dura con los iconódulos. A su vez por parte de los iconódulos lo que generó es que ahora salieran a oponerse abiertamente al emperador.
El núcleo de oposición iconódula se articuló en torno a algunos monasterios . Los cuales, además de la iconoclasia no dejaban de tener otros motivos para oponerse al emperador ya que éste estaba decidido a acabar con en su opinión excesiva independencia y sobre todo al parecer con el excesivo número de monjes y monjasvi.
Las persecuciones de monjes “rebeldes” empezaron en la década del 760. La más famosa fue la de Esteban el Joven, un monje del monte Auxentios que se había convertido en el líder moral de los iconódulos. Preocupado por la admiración que estaba consiguiendo incluso entre sus cortesanos, Constantino ordenó encarcelarle. Esteban permaneció más de un año en prisión -supuestamente sufriendo abusos- hasta finalmente ser ejecutado en el año 765 (ó tal vez 764), convirtiéndose en uno de los principales mártires del periodo iconoclasta.
En el 766 Constantino descubriría una conjura de importantes oficiales iconófilos liderados por los hermanos Podopagurus -uno era un ministro al cargo de la seguridad interna y el otro el comandante de uno de los regimientos imperiales. Los dos hermanos fueron ejecutados y sus compañeros cegados.
Fuera del entorno la capital la persecución iconoclasta fue irregular. En muchos casos sería bastante leve aunque hubo casos de oficiales provinciales entusiastas como el del strategos Miguel Lachanodrakon, que se cuenta que llegó incluso más lejos que el propio Constantino eliminando en su provincia de Tracia todos los monasterios y conventos, obligando a todos los monjes y monjas a casarse.
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La persecución iconoclasta en Constantinopla, ilustración de Giorgio Albertini (Concord Publications). La ilustración plasma la visión tradicional de violencia generalizada que se dio de este periodo.
Constantino V moriría en el año 775, para alivio de los iconódulos. Sin embargo sería echado en falta por un buen número de bizantinos sobre todo en el ejército. Al igual que su padre tuvo un largo reinado, que aunque no se puede calificar exactamente de rotundo éxito, si contribuyó a alejar la idea de una destrucción inminente del Imperio.
León IV (775-780).
León IV el Jázaro, ascendió al trono a los 25 años. No poseía la capacidad de avasallar a sus súbditos de su padre y su abuelo, pero era un joven inteligente. Partidario de subsanar las heridas dentro de la iglesia bizantina optó por la moderación. Acabó con la persecución de los monjes y permitió a los deportados regresar a sus monasterios. En el 780 a la muerte del patriarca Nicetas nombró a un nuevo patriarca del que se sabía que simpatizaba con los iconódulos: Pablo de Chipre (Pablo IV).
Sin embargo el aniconismo seguía siendo la postura oficial y cuando se enteró en el 780 que su esposa Irene -de tendencias iconófilas-, y algunos cortesanos, estaban introduciendo iconos en la Corte a sus espaldas, enfureció. Los cortesanos implicados fueron flagelados y uno llegó a morir en el castigo. En cuanto a Irene, decidió apartarla de su lado.
A los pocos meses del suceso moriría. El entorno de Irene declaró que León se había apropiado de una corona votiva donada por Heraclio a la Iglesia y al ponersela Dios le había mandado una fiebre mortal. Esta historia provoca que se especule si Irene no lo hizo asesinar.
Irene.
Dado que Constantino VI tenía sólo 9 años de edad, su madre Irene asumió la regencia. Demostrando una extraordinaria habilidad política consiguió asentarse firmemente en el poder a pesar de los intentos de dejarla a un lado y de la hostilidad inicial del ejército -bastión iconoclasta- hacia alguien que era a la vez mujer e iconódula. Cuando se sintió lo bastante fuerte empezó con los movimientos encaminados a condenar la iconoclasia.
En el 784 Irene consiguió que su secretario Tarasio, fuera nombrado sucesor del patriarca de Constantinopla, teniendo que ser rápidamente ordenado como sacerdote ya que era un seglar. El siguiente paso lógico era convocar un concilio para que anulara las decisiones del Concilio de Hieria. La primera convocatoria acabó abruptamente cuando las tropas se amotinaron y exigieron la cancelación del concilio.
El Segundo Concilio de Nicea (787) marchó según los deseos de Irene y con una sorprendente facilidad se restableció la ortodoxia, restableciendo la presencia en el culto religioso de los iconos tanto de Cristo, como de la Virgen María, los Santos, etc. Buena parte de los obispos presentes habían sido “oficialmente” iconoclastas, pero no parece haber habido ninguna resistencia por su parte. En compensación y a instancias de la propia emperatriz se desestimó cualquier tipo de represalia sobre ellos. Unos 60 años de iconoclasia fueron borrados como si nunca hubieron existido y la propia Irene ordenó reponer en la puerta Chalke el icono del Cristo Chalkites.

Segundo Concilio de Nicea. San Tarasio (a la izquierda de la cruz) y Constantino VI (a la derecha) acompañados de los obispos y un personaje que representa a la iconoclasia condenada. Miniatura del Menologium de Basilio II (Wikimedia Commons).
Segundo periodo iconoclasta.
León V (813-820).
El general León el Armenio se hizo con el trono en el año 813 en una época turbulenta marcada por el desastre de Pliska (enlace). Al echar la vista a sus inmediatos predecesores se le presentaba el siguiente panorama:
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Emperador |
Afiliación |
Causa del fin de reinado |
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León III (717-741) |
Iconoclasta |
Muerte natural |
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Constantino V (741-775) |
Iconoclasta |
Muerte natural |
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León IV (775-780) |
Iconoclasta |
Muerte natural (oficialmente) |
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Constantino VI (780-797) |
Iconódulo |
Exiliado |
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Irene (797-802) |
Iconódula |
Exiliado |
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Nicéforo (802-811) |
Iconódulo |
Muerte en combate |
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Estauracio (811) |
Iconódulo |
Exiliado |
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Miguel I (811-813) |
Iconódulo |
Exiliado |
No era muy alentador que ninguno de los emperadores iconódulos hubiera muerto en su propio Palacio. El recuerdo de los emperadores iconoclastas seguía vivo como lo demuestra que poco antes de acceder al trono León, uno soldados habían abierto la tumba de Constantino V para suplicar al autoritario emperador que resucitara y salvara a los bizantinos de la destrucción. El hecho es que todavía había partidarios de la iconoclasia, hasta el punto de que Miguel I había organizado su persecución para ganarse el favor de la Iglesia.
León V se convenció de que la iconofilia no sentaba muy bien a los emperadores. Para dar algo de peso teológico a su convicción reunió una comisión liderada por el joven monje Juan el Gramático. Además hizo retirar de nuevo el icono del Cristo Chalkites.
En el 815 forzó al patriarca Nicéforo a abdicar, reemplazándolo por uno de los oficiales de la Corte, Teodoto I. El nuevo patriarca convocó un sínodo en el que se reafirmó la validez de lo declarado en el Concilio de Hieria.
Se procedió pues de nuevo a destruir iconos. En cuanto a los más notables iconódulos se optó más bien por su exilio que por una verdadera persecución. En cualquier caso parece que buena parte de la población aunque no favorable a lo iconoclasia aceptó tranquilamente este giro en la política religiosa. No dejó de haber una oposición iconódula a León, cuya figura principal era el exiliado Teodoro el Estudita, antiguo abad del monasterio de Studion, cuya red iconódula llegaba hasta la propia Corte.
Para decepción de León, su reinado no iba a acabar como él esperaba después de su conversión a la iconoclasia. Una conjura cortesana terminaría con el brutal asesinato del emperador en la iglesia en la mañana de Navidad del 820.

León V el Armenio y San Teodoro el Estudita.
Miguel II (820-829).
Simpatizantes iconódulos habían formado parte de la conjura para poner a Miguel el Amoriano en el trono. Sin embargo cuando un entusiasmado Teodoro el Estudita -al igual que otros exiliados- recibió la respuesta del nuevo emperador a su petición de acabar con la iconoclasia, se llevó un buen “chasco”. Miguel permitió a los exiliados regresar pero no reocupar sus antiguas posiciones. Y en lo que respecta a la iconoclasia, afirmó que no era su intención interferir con la política “oficial” de la Iglesia Bizantina.
La postura de Miguel parece haber sido de cierto desinterés por las bondades o maldades teológicas de la iconoclasia, tirando más bien a lo práctico. Había una guerra civil en el Imperio -rebelión de Tomás el Eslavo (820-823)-, y no era muy recomendable agitar el avispero de un nuevo giro religioso. A los iconódulos se les permitió la posesión de iconos sobre todo si si se encontraban lejos de Constantinopla y los usaban con discreción (como adornos y no como objetos centrales de veneración).
La persecución de los iconódulos fue casi nula con la notable excepción del arresto del destacado y problemático monje iconódulo Metodio.
Teófilo (829-842).
A la muerte (fallo renal) de Miguel, le sucedió en el trono su hijo Teófilo. Aunque su madre era una iconódula, el joven Teófilo había tenido de preceptor al ya mencionado iconoclasta Juan el Gramático. A sus 16 años, Teófilo era un joven muy culto, decidido, y un convencido iconoclastavii. Sus convicciones no fueron óbice para que su madre consiguiera convencerle de casarse con una bella pero iconófila joven: Teodora.
Uno de los primeros pasos de Teófilo fue poner a su preceptor Juan como asistente del Patriarca, una posición que le permitiría convertirse fácilmente en el Patriarca a partir del año 837.

Teófilo y San Metodio.
Metodio había sido puesto en libertad e incluso se le había dado un puesto en la Corte, presumiblemente para tenerlo mejor controlado. En el 831 circularon panfletos iconódulos anunciando la muerte del emperador. Teófilo sospechando que su impulsor era Metodio lo hizo apalear junto al menos a un ex-obispo, muriendo éste último como consecuencia de la paliza. A partir de ese momento empezó a ver a los iconódulos con abierta hostilidad.
Se reanudó la persecución de los iconódulos acompañada de confiscaciones de las propiedades de aquellos que les dieran refugio. Los líderes iconódulos serían encarcelados, en algún caso apaleados hasta la muerte u obligados a ocultarse.
Sus primeros éxitos militares los atribuyó a su postura iconoclasta por lo que cuando llegaron las derrotas sufrió una severa depresión. Sin embargo al final de su reinado parece que entendió que la victoria reside más bien en unos buenos preparativos militares y una reforma a fondo del ejército unida a un tesoro saneado volvió a poner a los bizantinos en la senda del triunfo militar. Fallecería en el año 842 de disentería.
Teodora.
En el año 842 el Imperio tuvo un déjà vu: un emperador niño -Miguel III-,y de regente una joven, resuelta e iconódula madre. Teodora, a diferencia de Irene, no tenía que enfrentarse a una seria oposición a su regencia por lo que pudo acelerar el regreso a la iconofilia.
En el 843, una asamblea formado por cortesanos y clérigos declaró la restauración de los preceptos del Segundo Concilio de Nicea. Además se decidió destituir a Juan el Gramático y nombrar Patriarca a Metodio. La asamblea tuvo lugar el primer domingo de Cuaresma, el cual pasaría a conmemorarse como el día del “Triunfo de la Ortodoxia”.

Las dos emperatrices-viudas que pusieron fin a los dos periodos iconoclastas: Irene (izquierda) y Teodora (derecha).
Metodio procedió a deponer a la mayoría de los obispos por su apoyo o cuando menos aceptación de la iconoclasia, a pesar de una abjuración masiva a la que no se prestó Juan el Gramático. Los iconoclastas fueron concienzudamente erradicados y se puede decir que a partir de la década de 850, la iconoclasia había dejado por fin de ser una cuestión relevante en el Imperio.
Epílogo.
La historia la escriben los vencedores y en éste caso los hicieron los monjes iconódulos como Teófanes el Confesor. Es comprensible que consideraran que el tema de la iconoclasia había sido lo más importante que le había sucedido al Imperio durante un periodo que abarcaba más de un siglo ya que los monjes habían estado en el centro de la disputa. Sin embargo es más discutible si hay que considerarlo como el aspecto más importante del Imperio en esos años, hasta el punto de denominar a esa época como “el periodo iconoclasta”. No se puede afirmar rotundamente que el Imperio fuera iconódulo antes de León III, aunque ciertamente sí lo sería en los siglos posteriores al siglo IX.
Una de las preocupaciones de estos monjes historiadores era que no se volviera a repetir la historia, lo que hace natural que se cargaran las tintas contra los emperadores iconoclastas hasta el punto de negarles algunos de los logros que evidentemente tuvieron. Ya el Patriarca Nicéforo había expresado en su día su malestar porque la mayoría de la gente no “entendía” la maldad de los iconoclastas; siendo la respuesta lógica tratar de representarlos en las crónicas de la peor forma posible.
En cualquier caso lo que quedó patente era el poder del emperador para dictar el rumbo de la Iglesia y la escasa oposición que presentaban una mayoría de obispos cuyas familias estaban después de todo vinculadas al servicio imperial.

Ilustración del Salterio Chludov de mediados del siglo IX (Wikimedia Commons). Juan el Gramático -con los pelos erizados para simbolizar su “salvajismo”- aparece atacando a un icono de Cristo, junto a la obvia comparación del martirio del propio Cristo en la cruz.
Autor: Flavius Stilicho
Fuentes:
-
Fortescue, A – Iconoclasia – Enciclopedia Católica (ec.aciprensa.com).
-
Haldon, J. - Iconoclasm in Byzantium: myths and realities – medievalists.net (PDF).
-
Treadgold, W. - The History of the Byzantine State and Society.
-
Web Fordham University – Internet Medieval Sourcebook Selected Sources: Byzantium.
Notas:
iIconoclasia viene del griego Eikonoklasmos (ruptura de imágenes).
iiEl Mandylion era un lienzo con el que Cristo se habría enjuagado la cara, trasladándose milagrosamente su imagen a él. El Keramaidon era un trozo de cerámica en el que se habría impreso la cara de Cristo por contacto con el Mandylion. Se aceptaba que una reliquia tenía cierta capacidad de multiplicarse por contacto con otro objeto.
iiiDe Isauria o de Siria.
ivAlegaron que siendo un bebé habría defecado en la pila bautismal durante su bautismo.
vAquí se ve en acción el rechazo ya mencionado a la pena de muerte y su sustitución por la mutilación, en este caso una que incapacitaba al reo para ser emperador y que se convertiría en una pena común para crímenes de estado.
viUna preocupación constante de la época era la despoblación de muchas zonas del Imperio. Un monasticismo masivo se veía como una amenaza para la supervivencia del Imperio y se obligó a muchos monjes a dejar los hábitos.
viiUna de sus primeras decisiones llama especialmente la atención sobre su carácter ya que ordenó la ejecución de los asesinos de León V, a pesar de que a ellos debía su padre el trono y su vida, ya que durante el asesinato de León, Miguel estaba en una celda a la espera de ser quemado vivo. La explicación de Teófilo era que alguien que se hubiera atrevido a atentar contra un emperador no debía quedar impune, independientemente de las circunstancias.
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Gracias Manolillo tanto por tus felicitaciones como por tus aportaciones.
Debo empezar con una fe de erratas: donde ponía "factura" lo correcto era "fractura". Aunque claro el asunto también le paso factura a la Iglesia sobre todo agudizando la separación entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla.
Respecto a la primera puntualización, me temo que mi afirmación es un tanto ambivalente. No es que considere exactamente raro la intervención del emperador en los asuntos eclesiásticos, de hecho desde que el cristianismo fue religión oficial del Imperio se puede decir que era inevitable. Lo raro es que hiciera "caballo de batalla" de un asunto teológico del que se nos dice que en la época no era considerado importante.
Si es verdad que el emperador tenía una posición dentro de la Iglesia, cuyos límites en algunos aspectos no estarían demasiado claros. Se dice que León III le replicó al Papa que él era a la vez sacerdote y emperador (hiereus kai basileus) y este termino también fue utilizado en alguna vez para Constantino, Teodosio, Marciano y Justiniano. También a veces se le llamaba "obispo imperial" o términos similares. Se aceptaba que el emperador era sagrado y como dices "igual a los apóstoles".
La cuestión era que implicaciones reales tenía eso. O sea donde estaba la línea. Más tarde se definió la posición del emperador dentro de la Iglesia como la de un epistemonarches que debía defender los decretos de los concilios (pero no crearlos) y regular la jerarquía de la Iglesia.
En cualquier caso aquí lo que considero destacado no es tanto que el emperador se interesara por asuntos (meramente) teológicos sino que los regulara como diríamos ahora por Decreto-Ley: la iconodulia es al principio no una herejía sino una especie de delito "civil" ya que hasta Constantino no hay un Concilio que debata el tema que hubiera sido lo ortodoxo. De hecho la organización del propio Concilio se puede calificar de irregular y creo que sin precedentes dentro de la Iglesia. Como leí por ahí: la misión tradicional asignada al emperador era la de "unir a la Iglesia" y no la de ir abriendo heridas que no existían.
Saludos.
Fantastico trabajo Flavius y muy bien expuesto!![]()
Una preocupación constante de la época era la despoblación de muchas zonas del Imperio. Un monasticismo masivo se veía como una amenaza para la supervivencia del Imperio y se obligó a muchos monjes a dejar los hábitos.
Cosa curiosa este dato fijate que Carlomagno tuve que realizar una seria de edictos(si se le puede llamar así) que restringia la cantidad de nobles que ingresaban en el clericato, lo que ocurria era que justamente gran parte de la nobleza ingresaba a los monasterios para safar de entrar en el ejercito e ir a la guerra...
Un saludo!
Gracias Wallace.
Si resulta curioso y claro además cuando un noble ingresaba en un convento lo haría normalmente acompañado de una donación en dinero y/o tierras, convirtiendo a los monasterios en sitios cada vez más independientes y poderosos.
Como cosa curiosa todavía perviven los monasterios ortodoxos del Monte Athos como un estado autónomo dentro de Grecia pero exento de muchas leyes.
Saludos.
Excelente el documento, gracias por compartirlo, me interesa el arte bizantino, ya que la historia no es mi formación académica, te agradezco el conocer toda esta información.
Saludos MVR30
Gracias MVR30. El fin del periodo iconoclasta supuso un "boom" para el arte bizantino de los iconos, adquiriendo ahora sí, verdadera popularidad, y es un estilo que todavía pervive con fuerza en las naciones ortodoxas. También supuso que se crearan unas normas a la hora de hacer el icono para garantizar su "legitimidad" cara a su uso religioso. Te dejo un par de regalitos:
Saludos.
Gracias, que delicadeza de tu parte, si te interesa he subido algún video sobre arte bizantino en el grupo de Arte, Música etc. Un saludo MVR30
Magnífico artículo Flavius Stilicho, ameno y maravillosamente redactado, desde luego tenía que leérmelo pues la lectura que me ocupa en estos instantes es una historia bizantina del siglo XV junto a otras de dicho Imperio, y me dije que se merecía una vistazo detallado este trabajo tuyo. Me ha encantado. Lo único que he echado en falta es una imagen del interior de prácticamente el último ejemplo de iconoclasia bizantina en la arquitectura, Santa Irene, cuya única decoración absidial es una cruz que ha sobrevivido a reformas iconófilas y a la conquista otomana.
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Gracias Merakli, me alegro de que te haya gustado y aun más de la aportación que haces.
Tienes razón en lo de la cruz de Santa Irene, es sin duda el principal ejemplo de arte del periodo iconoclasta. Creo que existen restos de mosaicos anicónicos con figuras geométricas en las iglesias de Naxos que podrían datar también de este periodo.
Saludos.
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Magno el relato, como siempre, Flavio. Da gusto leerte, de verdad.
Sólo 4 puntualizaciones, si me permites, ahora que me estoy empapando un poquillo en historia altomedieval:
Otra vez, felicitaciones, Flavio!!!