Economía en tiempos de Carlos V
Es posible seguir el proceso en que se frustró el naciente y promisorio movimiento ascensional de la vida económica española y se afirmó el tradicional estilo de vida de los peninsulares.
Por obra de la fatal conjunción de los grandes problemas históricos que suscitaron los desembarcos de Colón en San Salvador y de Carlos de Austria en Tazones (Villaviciosa).
Sobran datos para comprender por qué ni pudo desenvolverse la economía castellana, ni florecer la burguesía y el espíritu burgués en Castilla durante el reinado, de Carlos V.
Muchas fueron las causas que provocaron el incendio en que se consumieron todas las posibilidades de despliegue y eclosión de la riqueza nacional y de cambio y reforma de la psiquis de los peninsulares, precisamente al iniciarse la mayor coyuntura económica y espiritual que había conocido Europa desde hacía más de un milenio.
Nunca había sido próspera la agricultura castellana. Las alternativas de la guerra contra el moro y las plagas anejas a tan áspera y prolongada contienda, con frecuencia impidieron al agricultor recoger y gozar los frutos de sus trabajos; y por la pobreza del suelo nacional y por las condiciones climáticas de las dos mesetas, rara vez pudieron los labradores obtener cosechas óptimas.
Para favorecer la exportación de lanas los Reyes Católicos mimaron a la ganadería tanto como descuidaron a la agricultura de sus reinos; dueños de Sicilia, contaban con los granos sicilianos para salvar el déficit hispano de trigo. La acumulación de muchos estados distintos bajo la soberanía de Carlos V y las grandes necesidades que sufrió de soldados y de dinero agravaron los males del agro español. Según Carande, para contar con el material humano que precisaba en sus campañas y poder realizar levas frecuentes en tierras peninsulares, frenó el desarrollo del cultivo más generalizado y que mayores brazos abarca: el de los cereales.
Los banqueros de quienes solicitaba año tras año sumas cada vez más cuantiosas obtuvieron como prenda de sus préstamos las dehesas de pasto de las órdenes Militares, y Carlos no pudo ni pensar en favorecer la transformación, en tierras de pan llevar, de los pastos en manos de sus acreedores. En 1552 llegó a ordenarse que fueran dedicados de nuevo a pastos los terrenos que se habían entregado al cultivo en los últimos doce años.
Ni se procuró ampliar las superficies sembradas de cereales ni se ayudó a los agricultores a mejorar e intensificar la producción. Mientras Francisco I dedicaba atención especial a la riqueza agrícola de Francia, Carlos V desatendía y aun dañaba la de sus reinos españoles.
Fue preciso importar granos de otros señoríos del César: de Sicilia, de Flandes y aun de Alemania del Norte, a través de los Países Bajos. Y hasta se compró trigo a la enemiga Francia.
Gran parte de las tierras de labor eran de propiedad señorial o eclesiástica, por lo que los cultivadores se hallaban obligados al pago de rentas que mermaban sus parvos ingresos.
Ya a principios de siglo las deudas atosigaban a los labradores y la agricultura carecía de capitales y de crédito. En los muy frecuentes años malos los labradores, para no morir de hambre, tenían que caer entre las garras de la usura, y como en los años de buenas cosechas se ponían tasas para cortar la carestía, no les era posible salir jamás a flote. Arrastraban por ello una vida miserable.
En 1552 el príncipe Felipe escribía a su padre que los labriegos castellanos estaban "reducidos a tan extrema calamidad y miseria que muchos de ellos andaban desnudos sin tener con qué se cubrir". Esa miseria engendró una creciente emigración del proletariado rural hacia las ciudades a lo largo del siglo XVI. Sólo ese ausentismo explica el aumento de población de todas ellas en el curso del mismo. Mas esa inmigración no hizo sino acrecentar el número de las gentes que luchaban ásperamente con la vida en la corte y en las mayores urbes del reino.
Los Reyes Católicos juzgaron la crianza y conservación del ganado "principal sustancia de estos reinos". Lo eran en verdad. La ganadería ofrecía a la Corona grandes ingresos. Los procuraban a los ganaderos, a los compradores y revendedores de la lana, a los arrieros que la transportaban y a los armadores de las flotas cantábricas. Y los brindaba en general también a toda Castilla, al permitirle disponer de algunas divisas extranjeras para la importación de los muchos productos foráneos que necesitaba.
El desarrollo de la industria textil castellana durante el siglo XV había movido a los antecesores de Isabel y de Fernando a decretar que un tercio de la lana nacional quedara en el país para facilitar materia prima a los telares de Castilla. Durante el reinado de Carlos V se habría debido aprovechar la maravillosa riqueza lanera de España para impulsar la fabricación de tejidos españoles.
Era preciso evitar el drenaje que la riqueza hispana sufría con las forzadas adquisiciones de paños flamencos o italianos. Drenaje que fue creciendo rápidamente al aumentar en forma extraordinaria la demanda de tejidos: por las necesidades del mercado americano y por el crecimiento de la población y el triunfo del lujo en España
Los Reyes Católicos más favorecieron la exportación de lanas que cuidaron de promover el desarrollo de la industria textil, pero no dejaron de interesarse por ella; don Fernando la unificó y centralizó en 1511. Varios embajadores y viajeros italianos del primer tercio del siglo XVI dieron ya noticia del desarrollo de la misma en diversas ciudades castellanas.
Y el tirón dado por las crecientes necesidades de las Indias contribuyó en seguida al considerable aumento de los telares en las más diversas poblaciones del reino de Castilla y aun a su difusión por campos y sierras. Para el arraigo definitivo de la industria textil entre nosotros habría sido necesaria su protección aduanera, el celoso cuidado de la calidad de su producción y la consagración de nuevos capitales a su ampliación y mejora. Así logró Inglaterra crear y desarrollar su industria pañera.
Carlos ejercía soberanía sobre Castilla exportadora de lanas e importadora de tejidos y sobre Flandes que compraba la primera materia castellana y exportaba a la Península sus paños. Naturalmente no pudo tener especial interés en perjudicar la riqueza de su país nativo -atestiguó gran celo por ella- patrocinando el desarrollo intensivo de la fabricación castellana mediante el doble gravamen de la lana que salía del reino y de los paños flamencos que entraban en él.
Autor: cosmos12
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