Catalina de Erauso - La monja alférez
Catalina de Erauso nace según consta en su partida bautismal, el 10 de febrero de 1592 en la ciudad de San Sebastián, como hija legítima del caballero Don Miguel de Erauso y Doña María Pérez de Galárraga y Arce.
Siendo todavía una niña, ingresa junto con algunas de sus hermanas en el convento de las Dominicas en San Sebastián, en donde su tía hace a las veces de priora.

La vida intramuros, sedentaria y sumisa, no parece adaptarse al temperamento inquieto y belicoso de nuestra entonces adolescente protagonista y así, estando a punto de profesar, se fuga de su reclusión tras una pelea con otra monja, la viuda Catalina Aliri. En sus memorias, Erauso cuenta cómo tras salir a la calle “que nunca había visto y sin saber por dónde echar ni adónde ir” se refugia en un bosque cercano, arroja su hábito “por no saber qué hacer con él”, corta sus cabellos y se viste de hombre.
Su nueva identidad varonil (desarrollada bajo diferentes nombres tales como Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso) le abrirá las puertas a una existencia diferente, libre y aventurera, el tipo de vida que ella anhelaba y que en la época estaba reservada de forma exclusiva al mundo masculino.
A partir de entonces comienza un ir y venir por diversos pueblos y ciudades, trabajando como criado o paje de diferentes personalidades, entre las que se cuentan el catedrático Francisco de Cerralta o Juan de Idiaquéz, secretario del rey. Tras múltiples andanzas, llega a Sanlúcar de Barrameda, en donde decide sentar plaza como grumete en el galeón de su tío, Esteban Eguiño, partiendo a América el lunes santo del año 1603.
La nave toca tierra en Cartagena de Indias, y tras un breve periplo por la costa, espera para partir de regreso hacía España en la entonces decadente ciudad de Nombre de Dios, en el istmo de Panamá. Pero Catalina tiene otros planes, deserta de la vida marinera, roba quinientos pesos a su tío y se queda trabajando como mancebo de un comerciante, Juan de Urquiza, con el cual parte hacía Trujillo.
Allí tiene el primero de sus muchos problemas con la justicia al matar a un hombre en duelo. Huye a Lima y comienza a trabajar como criado al servicio del rico mercader, Diego de Lasarte, el cual “al cabo de nueve meses dijo que buscase mi vida en otra parte, y fue la causa que tenía en casa dos doncellas, hermanas de su mujer con las cuales, y sobre todo con una que más se me inclinó, solía yo jugar y triscar”. No será esta la última vez que Catalina muestre en sus memorias una clara inclinación hacía el género femenino.
A consecuencia de este incidente, la vasca se alista en el ejército y parte hacia Chile, donde se encuentra con su hermano, Miguel de Erauso, a la sazón secretario del gobernador Alonso de Ribera. Miguel, sin reconocerla, la emplea en el servicio de su casa en donde permanece casi tres años hasta que, de nuevo por un lío de faldas (Catalina flirtea con la dama de su hermano), es desterrada a Paicabí, plaza militar avanzada que los españoles poseían en territorio indio para hacer la guerra a las indomables tribus araucanas.
Su carácter violento y su destreza con las armas hacen que Catalina tenga una participación destacada en el ejército, pues tal y como afirman sus coetáneos, “con desprecio de su vida se lanzó en medio del campo enemigo en los llanos de Valdinia, mató al cacique que mandaba y recuperó la bandera del Rey. (…) Esta acción le mereció el grado de alférez en las compañías del capitán Alonso Moreno, cargo que tuvo por cinco años”.
Pronto ese mismo carácter violento haría cambiar su fortuna al matar al auditor general en una casa de juego. Prófuga de la justicia, pasa seis meses de acogida a sagrado hasta que consigue salir libre. A partir de ese momento, su vida continúa entre borracheras y pendencias hasta que un día, siendo padrino en un duelo, mata por error a su propio hermano, Miguel de Erauso (hecho que Tito no se traga, jaja). De nuevo, perseguida por la justicia y tras una increíble travesía por los Andes, llega a Tucumán. Pasados dos meses, Catalina vuelve a escapar, esta vez debido al compromiso adquirido con una mestiza, a la que había dado palabra de casamiento. En Potosí, se hace ayudante de sargento mayor y vuelve a participar en campañas contra los indios.
Sus memorias continúan en este punto relatando un vagar incesante por diversas ciudades a lo largo de buena parte de la geografía de Bolivia y Perú entre innumerables trifulcas debidas a la bebida o deudas de juego. Sus continuas fechorías facilitan el cerco de las autoridades y así, en la ciudad de Guamanga es descubierta y perseguida por el corregidor Baltasar de Quiñones. Herida y a punto de ser apresada, la monja pendenciera confiesa su verdadera identidad al obispo, fray Agustín de Carvajal.
Éste la hace examinar por dos matronas, que certifican su naturaleza femenina y virginal. El obispo decide entonces protegerla, internándola en el convento de Santa Clara. La vida de la monja soldado cambia a partir de ese instante, para transcurrir de nuevo entre el convento y la visita a distintas autoridades, ya que al haberse hecho público su descubrimiento, muchos eran los que querían conocer de primera mano a la monja guerrera, creciendo rápidamente su popularidad a ambas orillas del Atlántico.
En el año 1624 Catalina decide embarcar de nuevo hacía la península con el objeto de solicitar al rey una pensión por sus servicios militares. En este viaje, a bordo de una de las naves de la armada de Tomás de Larraspuru, redacta la primera Relación verdadera de las grandes hazañas y valerosos hechos que una monja hizo en veinte y cuatro años, que sirvió en el reyno de Chile y otras partes al Rey nuestro señor, en ábito de soldado y los honrosos oficios que tuvo ganados por las armas, sin que la tuvieran por tal mujer hasta que le fue fuerza el descubrirse. Esta autobiografía será numerosas veces recompuesta por la propia heroína, que en los próximos años se dedicará a recrear sus aventuras y engrandecer su leyenda.
Catalina desembarca en Cádiz y, tras pasar por Sevilla, se dirige a Madrid. La expectación debía ser grande y los comentarios jugosos en los mentideros de la Corte. No en vano, Juan Pérez de Montalbán estrena, con motivo de esta visita y con gran éxito, una comedia basada en su historia y titulada precisamente La monja alférez. Felipe IV, tras recibirla y estudiar el memorial redactado al efecto, le concede una pensión de ochocientos escudos mientras la conmina a que asuma su condición femenina. Catalina viaja entonces a Roma para ver al Papa Urbano VIII del que obtiene licencia para seguir portando ropas de varón y continuar su existencia andariega (para que luego digan de la Iglesia…el Papa permitiendo un caso de transexualidad, jaja)
Andando el tiempo, la monja alférez siente nostalgia de las tierras americanas y hacia el 1630 embarca de nuevo para instalarse en México. En su viaje escolta a una doncella de la que parece enamorarse seriamente, algo que le traerá no pocos problemas, pues la dama viajaba a América precisamente para casarse con su prometido. Después de su desembarco en Veracruz nada sabemos de su vida con seguridad. Probablemente se gana la vida como comerciante o arriero hasta la fecha de su muerte, acaecida en torno al año 1650 en la ciudad de Cuatxala.
La potencialidad dramática de la historia de la monja aventurera ha sido desaprovechada por sus numerosos biógrafos, que se han movido más en el campo de la recreación literaria que en el del análisis histórico. Aparte de las numerosas reediciones comentadas de su autobiografía, existen dos películas y un sin fin de novelas basadas en el relato de Catalina de Erauso. Citaremos solo a modo de ejemplo, la archiconocida novela realizada por Thomas de Quincey a mediados del siglo XIX, las obras de Mª del Carmen Ochoa y Armonía Rodríguez de los años 60 y, mas recientemente, las novelas publicadas por Ricard Ibáñez y Juanita Gallardo.
El campo de la Historia le ha dedicado, sin embargo, mucha menos atención. Ignorada durante años por la historiografía tradicional, en la mayor parte de los casos se la ha considerado como un fenómeno aislado, raro, inadaptado o psicótico. Por otro lado, muchos autores han cuestionado la verosimilitud de su historia. Y es que sabemos que Catalina miente en sus memorias desde el principio, al datar su fecha de nacimiento en 1585, esto es, siete años antes de la fecha que consta en su partida bautismal.
Poniéndose años, la monja alférez puede afirmar haber participado en diversos episodios bélicos cuando todavía estaba recluida en el Convento de San Sebastián, tales como la batalla de Araya contra los holandeses o la de Purén contra los indios.
Las fuentes primarias tampoco parecen aclarar todas las dudas: en el monasterio de las Dominicas de San Sebastián existen documentos certificando su permanencia en el convento hasta 1607. En cambio, en el “expediente relativo a los méritos y servicios de Doña Catalina de Erauso” conservado en el Archivo de Indias, Francisco Pérez Navarrete, capitán de infantería, declara:”… y cuando llegué al reyno de Chile que fue en el año seiscientos y ocho, le hallé sirviendo en el estanco de Arauco, en la compañía del capitán Miguel de Casanova, con nombre de alférez reformado”. Tal y como varios autores han señalado, parece improbable que en apenas un año esta mujer consiguiera atravesar todo el subcontinente americano e investirse como militar en grado en tierra chilenas.
Dejando a un lado incongruencias cronológicas que todavía han de ser aclaradas, es irrefutable que la monja alférez supo fabricarse una identidad a la medida y representarla con éxito en la sociedad patriarcal e intolerante del siglo XVII. En este sentido, lejos de ser un fenómeno “extraño” a su contexto, la monja soldado encarna la vivencia barroca de la realidad como conflicto, como tensión permanente entre apariencia y sustancia. No debemos olvidar que Catalina bien podría haber sido objeto de proceso inquisitorial por vestir por vestir y obrar en contra de su “naturaleza femenina” y, en cambio, consigue obtener cierto status y reconocimiento, saltando por encima de todas las convenciones sociales y culturales de la época. Esto es, desde mi punto de vista, lo verdaderamente relevante de su historia.
Autor: Conchi_83
Bibliografia
- Artículo “La Monja Alférez: una mujer de armas tomar” de Ana Isabel País.
- El nº 25 de la Revista de Historia de España: Historia de Iberia Vieja.
- Eljoines's blog
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Debe ser de los primero casos reportados de liberacion femenina ehhh.
Lo que si no me trago es que su hermano no la haya reconocido, podra haberse cortadoe l cabello pero las facciones no cambian. Y para colmo luego lo mata en duelo uffff..