Finales de la Edad del Bronce: En todo el Próximo Orienta, desde Elam hasta Grecia y desde Anatolia hasta Egipto triunfa el bloque histórico conformado por guerreros, terratenientes y burócratas estatales.
Podemos observar una reconstrucción ideal de Osprey que muestra al faraón preparado para la batalla y acompañado de su león mascota y su guardia personal
Un avance tecnológico fundamental está detrás de este predominio de los palacios; el carro de guerra. Tirado por caballos, en lugar de onagros, su introducción modifica la estrategia bélica tanto como lo hará el tanque en el siglo XX. Hasta el momento el peso del combate recaía en la infantería; los carros pesados eran empleados solamente en la persecución y conducidos por un solo hombre.
Imagen abajo muestra una reproducción de Ramsés II en su carro de combate, luchando en solitario en la batalla de Qadesh

Los hurritas, los casitas y, sobre todo, los indoiranios
[1]mejoran sustancialmente esta arma. Aligeran la caja, ahora construida con un armazón de maderas resistentes y livianas, la fijan sobre un eje provisto de llantas radiales y acondicionan la plataforma para que sea ocupada por un auriga y un guerrero a la vez. Un nuevo arnés, con lanza, permite un enjaezado más sencillo pero, la principal innovación, es el empleo de caballos, “los asnos de la montaña” para los escribas sumerios, como animales de tracción.
Esta verdadera revolución tecnológica transforma a la guerra en un ejercicio de movimientos; los carros se convierten en una pieza esencial de la estrategia por su capacidad de romper el frente enemigo y maniobrar rápidamente en las tácticas de pinzas.
Lanzando una lluvia de flechas los carros abrían la batalla, para cargar luego rápidamente contra las filas de infantes. El ruido atronador, el piafar y la polvareda eran un elemento psicológico no desdeñable, generalmente la desbandada era la respuesta a esta carga. Sólo un terreno accidentado, o un río, podían detener este avance arrollador. Después de abrir la brecha era posible o bien perseguir, rodear y aniquilar a los fugitivos, o bien apearse del carro y trabar la lucha cuerpo a cuerpo como se hace en la Ilíada
[2]y como lo cuenta César de los británicos.
[3]
Derecha: Imagen de un poderoso carro de guerra asirio de cuatro caballos, el efecto de este tipo de carros en el combate era demoledor gracias a su tripulación de élite y su velocidad-
Otras innovaciones bélicas colaboran para este declinar de la infantería. El arco compuesto que permitía un mayor alcance y, como su contraparte, la coraza formada por varias placas móviles de bronce; esta última aplicable tanto a los guerreros como a la nueva pieza primordial de la maquinaria táctica de los palacios; el caballo.
Como consecuencia de estos cambios tecnológicos, que afectan sobre todo al terreno de la lucha armada pero inciden también en otros campos, se modifica también la estructura social, sin alterar sus componentes esenciales. En efecto, el carro requería para su construcción y conservación una gran cantidad de materias primas de diversa procedencia (madera, cuero, bronce, lana, forraje...) y la cooperación de artesanos especializados en distintos trabajos. Del mismo modo, se hacía necesario crear unidades del ejército destinadas al mantenimiento, entrenamiento y puesta a punto de los escuadrones. Los jefes militares no sólo tienden a ser permanentes, sino que forman una casta basada en la cría y cuidado del caballo, signo de grandeza y distinción. El carro, sin embargo, no era propiedad del combatiente que lo utilizaba, sino del Palacio, y sólo una economía centralizada como la de éste podía construirlo y mantenerlo en razón de su costo y complejidad.
A las prestaciones personales que debían cubrir los aldeanos, la nueva arma viene a añadir el suministro de materiales y artesanos para su construcción, además de proporcionar campos y gramíneas para el ganado equino. Obviamente los miembros de la casta noble de los guerreros de carro, cuyo apelativo maryannu es de origen indoeuropeo, estaban exentos de estos servicios y hasta podían aprovecharlos personalmente. Al formar un grupo de elite hereditario, recibiendo lotes de tierra con colonos a su servicio como personal dependiente del Palacio, se constituyeron en la aristocracia de los estados palatinos del Bronce Reciente.
Imagen izquierda reconstrucción de un poderoso carro britano;columna vertebral del ejército britano que tantos quebraderos de cabeza dio a César y a Claudio
La elite de los carristas compartía un nuevo “ethos” con el soberano, cuya expresión ideológica era la exaltación del héroe individual, del guerrero valiente y temerario que arrasa con su carro a cuanto se le pone adelante y encuentra en la lucha la justificación de su vida[4]. De buen pastor, el monarca pasa a ser un “señor de acción”, como rezan los anales de Tutmosis:
Año 23, primer mes, tercera estación, día 21... Su Majestad partió en un carro de guerra de oro fino, revestido de sus arneses de combate, como Horus, El Del Brazo Poderoso, un señor de acción, como Montu, el Tebano... Por lo tanto Su Majestad prevaleció sobre ellos al frente de su ejército... luego entregaron el botín que habían recogido: manos, prisioneros vivos, caballos y carros de oro y plata... Los príncipes de este país extranjero vinieron sobre sus vientres a besar el suelo para la gloria de Su Majestad...
Esta nueva alianza entre el soberano y los guerreros, que también son terratenientes y prestamistas, trae aparejado el abandono de la práctica de los edictos de condonación de deudas que, primero son expresamente previstos e invalidados en los contratos (“en caso de liberación el deudor no será liberado”, aclaran), y luego dejan de publicarse. Las masas campesinas ya no son tan necesarias como antaño, han dejado de ser las protagonistas del combate y pasan a convertirse en una clase servil, endémicamente endeudada.
[1] El término hace alusión a un grupo de pueblos definidos por sus características lingüísticas, es decir, hablantes de una lengua que resulta predecesora de las lenguas indias e iranias. Presentes en Oriente desde por lo menos medio milenio antes (sino desde la prehistoria como sugieren Renfrew y Gamkrelidze – Ivanov, véase RENFREW, Colin. Arqueología y Lenguaje, Barcelona, Crítica, 1995 y el artículo “La protohistoria de las lenguas indoeuropeas” de los autores rusos en Investigación y ciencia, N° 167, 1990, págs. 80-86) los indoiranios asentados en el norte de Mesopotamia no fueron, de ninguna manera, la fuerza invasora destructora y terrible que se ha creído anteriormente.
[2] Cf. Ilíada 4, 491ss y 11, 91-147. Un fresco micénico del “Palacio de Néstor” muestra a un arquero descendiendo de su carro, el cual se retira de la lucha. Ver BLEGEN Y RAWSON, The Palace of Nestor at Pylos in Western Messenia,Princeton, 1966; lámina 123.
[3] De Bello Galico IV,33.
[4] Como de costumbre nadie mejor que Homero puede describir este “ethos” aristocrático: antes de partir al combate (y a la muerte) Sarpedón le dice a Glauco: “...nos honran en Licia con asientos preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como a dioses, y poseemos campos grandes y magníficos a orillas del Janto, con viñas y ‘parcelas reservadas’, por eso es nuestro deber tener el primer lugar entre los licios y tomar parte en la ardiente pelea”. Ilíada 12, 311-316 (traducción de L. Segalá y Estalella, modificada).
Por: Kaltrum
Imágenes: Oznerol-1516
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