Aquí hay gato encerrado

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 Autor: J_Peiper, 11/Feb/2006 00:22 GMT+1:



Verano de 1941 

Al final de su crucero submarino por el Atlántico Sur, donde hundió catorce barcos, todos identificados, con un total de 96.700 toneladas, el teniente de navío Hessler, comandante del U-106, fue a estacionarse frente a Freetown, al acecho del tráfico enemigo. 

En aquel tiempo, Freetown era uno de los más importantes y frecuentados puertos del África Occidental. Tanto los barcos más rapidos que doblaban el cabo de Buena Esperanza rumbo a Inglaterra, como los grandes convoyes, normalmente se abastecían de combustible en aquel puerto. Los submarinos alemanes habían empezado recientemente a operar en aquella zona, muy alejada de sus bases pero que ofrecía, a cambio, muchas oportunidades. 

El domingo 1 de julio de 1941, el cuaderno de bitácora del U-1O6 registró: «Viento Oeste fuerza 2. Marejadilla. Cielo en parte cubierto. Por la parte de Africa, espesa bruma..." 

Hacía calor. Dentro del barco, la temperatura era insoportable, y en el puente, aunque soplaba una ligera brisa, los rayos del sol quemaban la piel de los hombres de guardIa. 

- ¡Barco a la vista! - anuncia un serviola. 

Los palos de un vapor han aparecido subitamente entre la bruma. El sol está detrás del enemigo, y Hessler piensa que podrá acercarse sin ser visto. Pero no será tarea fácil. Poco después, los palos desaparecen, y miéntras el submarino cambia el rumbo, vuelven a aparecer. 

¿Estará loco el capitán - piensa Hessler -, o es un viejo lobo de mar más listo que el hambre? Durante más de una hora, el comandante y el oficial de derrota observan asombrados las endiabladas maniobras del barco, procurando descubrir sus intenciones y su ritmo de zigzag, a fin de poder interceptarlo. Pero por más que lo intentan no consiguen averiguar su verdadera derrota; tanto los tiempos como los rumbos empleados en. cada bordada son completamente desordenados y caprichosos. Desde luego, no parece tener mucha prisa por llegar a ningún lado. 

El oficial de derrota, inclinado sobre la carta, se devana los sesos ante la confusión de líneas y ángulos, que representan los extravagantes movimientos del extraño buque. No comprende como el mismo barco puede entenderse. Una cosa es cierta: ningún barco neutral se conduciría de ese modo, sino que andaría lo más rápidamente posible para llegar á su destino. 

Debe de ser británico. Pero, aun así, ¿por qué estará dando estas vueltas de vals? ¿Para asegurarse contra un ataque con torpedos, en estas aguas tan alejadas de las zonas normales. de operaciones de los submarinos alemanes? Ciertamente, es muy extraño. 

Después de una hora de esta especie de caza de pato loco, Hessler consigue ponerse a cota periscópica en situación favorable. 

La gente está sobreexcitada. Las continuas órdenes a las máquinas y a los timoneles han hecho comprender a todos, excepto quizás a los novatos, que esta vez no es cosa fácil situarse en posición de ataque y que tienen que habérselas con un viejo zorro lleno de experiencia.

Al U-1O6 le quedan sólo tres torpedos. En este crucero han hechado a pique 96.000 toneladas. Con otras cuatro mil, ya se pueden ir tranquilos para casa. ¿Pero cuánto desplazará este barco tan raro? 

Están a punto de sumergirse, cuando Hessler ve que el mercante toma uno de sus imprevistos nuevos rumbos. Lanzando juramentos, ordena que pongan los motores eléctricos a toda velocidad e intenta acercarse de nuevo. Por fin consigue tenerlo dentro del ocular del periscopio. 

Siempre que la situación lo permite, Hessler informa a la dotación de lo que ocurre. Por los altavoces van llegando al interior del submarino sus comentarios. 

- Veo algo raro. 

La alta velocidad que ahora lleva el submarino no es ninguna diversión para la gente. Con el calor que se desprende del compartimiento de motores, la temperatura interior ha subido hasta los 50°. A esto hay que añadir la molesta humedad del trópico. Pero con las observaciones y comentarios del comandante todos vuelven a animarse. ¿ Qué es lo que ve el 
«viejo»? ¿Humo? 

- En cubierta hay un cañón. 

Un suspiro de alivio recorre todo el barco. Si el enemigo va armado, se le puede atacar sin previo aviso y hundirlo. Nada de desembarcos de dotaciones de presa ni reconocimientos de papelotes. No sucederá lo que con el americano «indefenso» que hubo que dejar escapar sin hacerle nada mientras estaba transmitiendo por radio la situación del submarino. 

- Es una motonave - continúa el comandante -. Tendrá sus buenas... tres mil toneladas. 

¿Sólo tres mil? ¡Qué lástima! No se podrá llegar a las cien mil. Y si gastan los tres torpedos que quedan, ¿ qué harán entonces? 

- Vamos a lanzar dos torpedos. Guardaremos uno en reserva - comenta el «viejo» para tranquilizarlos. 

Hessler ordena izar el periscopio y gradúa el objetivo de gran aumento para observar los menores detalles; coloca sus ojos ante los oculares, con la frente apoyada en las defensas de goma, todo su cuerpo en tensión, con la excitación que produce siempre la inminencia del combate. 

Pasan unos instantes y se oye nuevamente la voz de Hessler: 

- No observo nada de particular. Sólo unos «inocentes» marineros que pasean por cubierta en zapatillas. 

El comentario es acogido con grandes risas. 

- ¡Calar periscopio! Ahora silencio. 

Hessler ordena un ligero cambio de rumbo. A pesar de sus sospechosas maniobras, no ha visto nada anormal a bordo de la motonave. A popa, un solitario cañón, que llevan ya todos los buques británicos. Por cubierta, unos marineros de color, probablemente hindúes, yendo de un lado a otro a su servicio o apoyados indolentemente en la borda. En el puente; el capitán, con su pipa en la boca, sentado en su banqueta, en un alerón: una perfecta estampa pacífica. Pero ¿por qué esas nerviosas y complicadas evoluciones? 

- ¡Atención! ¡Listos torpedos tres y cuatro!

El segundo da las últimas instrucciones para la graduación de las «anguilas», y poco después llega de la cámara de proa, por los tubos acústicos, la novedad de que la orden ha sido cumplida. 

- ¡Iza periscopio! 

A través de los poderosos lentes, la motonave aparece con todo detalle. Hessler comprueba que su maniobra de acercamiento ha sido perfecta y que se encuentra en posición ideal para atacar. En este momento, el puente coincide exactamente con la cruz reticular del periscopio. El capitán sigue adormecido y pegado a su pipa... 

- ¡Atención...! ¡Tubo tres, fuego! ¡Tubo cuatro, fuego! 

Los dos torpedos salen de sus tubos casi al mismo tiempo. 

Inmediatamente, en la cámara de mando, un torpedista abre las válvulas de inundación para restaurar el trimado, y el agua irrumpe en los tanques de compensación de torpedos. En el periscopio, Hessler observa, apretando con los dedos las defensas de goma de los oculares. 

Uno de los torpedos ha salido a superficie y, brincando como un tiburón hambriento, se dirige hacia su presa; no tardará en ser descubierto. En efecto. Un gran revuelo se produce de pronto a bordo del barco enemigo. La tripulación corre alocada de un lado a otro y el capitán pega un salto desde su banqueta... Demasiado tarde. La distancia de tiro es muy corta, y apenas el barco ha empezado a meter a una banda para sortear el peligro, una columna de agua se levanta a su costado, y antes de que ésta se desplome estalla el segundo torpedo, casi en el mismo punto. Dos tremendas explosiones se oyen desde el submarino, y cuando las columnas de agua se derrumban en la superficie pueden verse las explosiones entre trozos de botes salvavidas y otros confusos restos. 

Un momento más tarde, toda la parte de popa queda envuelta en nubes de fuego, vapor y humo, y en el costado se advierte un enorme boquete de más de diez metros de diámetro. Al entrar el agua tumultuosamente en el agujero, el barco se escora un poco a un costado, pierde velocidad y finalmente se para, fuertemente inclinado a estribor. Pero, cosa extraña, no se hunde. 

Acercándose hasta veinte metros de su popa, Hessler puede leer su nombre, y en el registro del Lloyd's encuentra que tiene un desplazamiento de 4020 toneladas. Exactamente las necesarias para completar sus 100.000. 

Sobre cubierta se distingue claramente un cañón de 105 mm. y otro antiaéreo de 76 rnm., que ya no pueden ser utilizados, por la escora del barco. Sin embargo, Hessler, precavido, sigue en inmersión periscópica. 

Por la banda de babor, muy levantada, se efectúa el abandono del buque. Como está fuera de su vista, Hessler da la vuelta por la popa, y ve entonces como están arriando presurosamente tres botes salvavidas, que, colgados de las tiras de los pescantes, van golpeando el costado y cayendo de cualquier manera al agua, mientras la tripulación los sigue gateando o resbalando sobre las planchas con sus posaderas. Una vez en el agua, empiezan a nadar desesperadamente hacia los botes. 

Pero ¡qué asombroso número de tripulantes para un mercante! No cesan de aparecer hombres y más hombres, que, saltando por la borda, bajan por el costado. Hessler cuenta más de ochenta en el agua, nadando hacia las embarcaciones, aparte de los que ya están en ellas... ¿ Qué es eso? Hessler no da crédito a sus ojos y se acerca un poco más para cerciorarse. En contraste con los sucios e indolentes marineros que había visto antes en cubierta, muchos llevan impecables uniformes blancos. 

Más desconfiado aún que antes, Hessler continúa dando vueltas alrededor del barco enemigo, sin asomarse fuera del agua, intentando descifrar aquel misterio. Como todos los comandantes de submarinos, ha oído multitud de relatos de los buques-trampa ingleses de la primera guerra mundial, los barcos «Q», como los llamaban... 

Mientras tanto, el agua que entró en el mercante se había corrido sin duda por todo el barco, y, aunque ligeramente más hundido, se ha adrizado por sí solo, a pesar del gran agujero de su costado, que parece la puerta de un pajar. Tal vez lleva a bordo un cargamento de corcho o barriles vacíos. 

Siguiendo su atenta observación a través del periscopio, Hessler se da cuenta de que en la superestructura de las cubiertas superiores hay una serie de ranuras. Una de ellas se entreabre de pronto un poco y se cierra seguidamente como 
si fuese una persiana. Un instante después ve en el puente una especie de palo, chato y corto, que se está moviendo. ¡Un telémetro! 

En el U-1O6, Hessler continúa haciendo para la tripulación comentarios de lo que ve:

- Ahora, un fulano escondido en el puente asoma su narizota; aquí hay gato encerrado. 

¿Por qué están los dos cañones abandonados en cubierta? ¿ O habrá otros más peligrosos escondidos, con sus sirvientes esperando agazapados? 

Hessler se siente menos inclinado que nunca a salir a superficie para comprobarlo. Muchos submarinos fueron así cazados en la primera guerra mundial. Al salir a superficie para terminar de destruir al enemigo con proyectiles de cañón (más bara-tos que los torpedos), el «abandonado» mercante descubría su artillería y una lluvia de granadas caía sobre el incauto submarino... 

¿ y qué hacen en cubierta esas grandes cajas de madera tapadas con lonas? Ha pasado ya más de media hora, y con toda seguridad el sospechoso barco habrá dado por radio su situación. La aviación de Freetown puede llegar en cualquier momento. Hay que decidirse. 

Hessler ordena disparar el último torpedo contra el castillo de proa, directamente debajo de una de aquellas grandes cajas. La explosión lanza la caja de madera por los aires a más de cincuenta metros de altura y cae encima mismo del cañón de 6 pulgadas que estaba ocultando. Otras cuatro piezas aparecen alineadas en cubierta además de una docena de cañones de tiro rápido del 40. El buque-trampa ha desvelado su misterio. 

Rápidamente se escora a estribor y empieza a hundirse de popa y desaparece bajo las aguas. 

Pero antes ha aparecido por cubierta más gente que, saltando al agua por la borda, se dirige nadando hacia los botes salvavidas. Todos llevan uniformes blancos. 

Sin duda, por ser domingo, la tripulación estaría formada o pasando revista -como en todos los buques de guerra británicos -, para asistir a los oficios divinos. Con la repentina escora tomada por el barco al estallar los dos torpedos, sobrevendría la confusión, y además de la docena de marineros hindúes que, figurando como «dotación de pánico», debían echarse al agua, abandonaron también el barco una parte de los que tenían que quedarse escondidos. Los demás se quedaron a bordo con la esperanza de que el submarino saliera a la superficie y poderle disparar con los cañones de 6 pulgadas. Pero su espera fue en vano. La trampa preparada por los ingleses era muy astuta, pero más astuto fue Hessler. 
 


Autor: sigpro, 11/Feb/2006 13:48 GMT+1:



Buen relato. La cautela es una virtud a considerar siempre. 

50 grados en un submarino...me lo creo, eso debe ser inhumano. Sé lo que es algo parecido y eso te mina moralmente... 

Un saludo.