El Acorazado Tirpitz

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Karl Topp

A primeros de abril de 1939, Alemania estaba dando los últimos toques a su máquina guerrera y en Wilhelmshaven resuenan, vibrantes, las notas de los himnos. La botella de champaña se estrelló contra el casco de aquel acorazado que Hitler contemplaba con admiración. La madrina, Frau von Hassel, era la hija del gran almirante Alfred von Tirpitz, y éste era también el nombre que, con caracteres góticos, ostentaba el buque cuya botadura se celebraba aquella fría mañana primaveral. Ninguno de los que asistían emocionados a aquella ceremonia triunfal podía imaginar en aquellos momento el trágico final del impresionante navío, cuatro años y medio más tarde, con la quilla al aire en un lejano fiordo noruego y herido de muerte por las bombas más potentes hasta entonces conocidas. 
Casi dos años después de su botadura, el 25 de febrero de 1941, cuando las armas alemanas aún seguían cosechando victorias en todos los frentes, el Tirpitz fue entregado oficialmente a la Kriegsmarine y el comandante Karl Topp asumió el mando del buque. El mando naval alemán tenía sus motivos para esperar que la balanza de la guerra naval en el mar del Norte se inclinase a su favor, pues aquel titán de los mares era una obra maestra. A pesar de tener declarado un tonelaje Washington de 35.000 toneladas, su verdadero desplazamiento era de 42.900 toneladas y 56.000 a plena carga, con una eslora de 251 metros y 36 metros de manga. Podía alcanzar una velocidad máxima de 31 nudos y su autonomía era de 9.000 millas a 19 nudos. Las factorías Krupp, habían suministrado un blindaje que alcanzaba hasta 380 mm. de espesor y la obra viva iba protegida por una coraza de 100 a 200 mm. de grosor. Como armamento montaba ocho piezas de 380 mm. distribuidas en cuatro torres dobles («Anton» y «Bruno», a proa; «César» y «Dora», a popa), y seis torres dobles de 150 mm, con una formidable artillería antiaérea compuesta por 16 cañones de 105 mm, también en doble montaje; 16 piezas de 37 mm. y 16 ametralladoras cuádruples de 20 mm. Dos tubos lanzatorpedos de 53,3 cm. y cuatro hidroaviones Arado 196 completaban este arsenal flotante. Verdaderamente, en aquella época no podía pedírsele más a la técnica de construcción naval. 

El Tirpitz

Pasó casi un año antes de que el Tirpitz, con su dotación de 2.400 hombres, levase anclas para abandonar los astilleros de Wilhelmshaven, ya excesivamente visitado por los bombarderos británicos. El 14 de enero, el acorazado hizo su aparición en el fiordo de Trondheim., creando con ello una nueva y gravísima amenaza contra los convoyes aliados que se dirigían a Murmansk y que ya contaban con enemigos tan encarnizados como la Luftwaffe y los submarinos germanos. 
Con fecha del 25 de enero, Churchill comunicó al Comité de jefes de su Estado Mayor: «Hace tres días que es conocida la presencia del Tirpitz en el fiordo de Trondheim. La destrucción o, por lo menos, la inutilización de este buque, constituye el máximo objetivo naval del momento, y ningún otro se le puede comparar». Y el primer ministro añadía en la misma nota: «Sólo con que consiguiéramos inutilizarla... la situación naval del mundo entero podría cambiar de modo radical». 
Tal vez nunca un buque haya sido tan vigilado y celosamente controlado como lo fue el Tirpitz durante sus dos años escasos de servicio activo, o sea desde su llegada a los fiordos noruegos hasta su destrucción total en aquellas mismas aguas. Casi cada semana fue fotografiado por aviones británicos especializados de la A. C. I. U. (Allied Central Interpretation Unit), que informaban constantemente al alto mando acerca de sus maniobras y desplazamientos. 
En territorio noruego, la eficiente organización «Lark», formada por resistentes, observaba todas las actividades de la dotación. Björn A. Rörholt, un joven noruego adiestrado por los servicios de información británicos, regresó a su patria con la misión expresa de formar una auténtica red de observadores alrededor del acorazado. Uno de estos agentes, Magne Hassel, habitaba en el mismo recinto de la fortaleza naval alemana de Agdenes, en el fiordo de Trondhelm, y desde su casa emitía periódicamente para informar acerca de los movimientos del Tirpitz o de cualquier otro buque enemigo. Más tarde, en Tromsoe, el patriota noruego Egil Lindberg transmitiría la noticia del final del Tirpitz con su emisora instalada en el hospital central de la ciudad, precisamente sobre el depósito de cadáveres. 

Leif Larsen

Leif Larsen el sobrio y audaz héroe de la resistencia noruega, no titubeó en sustraer un pesquero, el «Arthur», que más tarde intentaría una de las más arriesgadas operaciones realizadas contra el coloso. 
En Fort Blockhouse, la base de submarinos escocesa, un puñado de voluntarios «para misiones arriesgadas», realizaba constantes entrenamientos con una nueva arma, los submarinos enanos o «midgets» que un día permitirían asestar un golpe casi definitivo al coloso Tirpitz. 
Por su parte, la Royal Navy maniobraba inquieta, buscando el modo de atacar al Tirpitz y, al propio tiempo, tratando de contrarrestar cualquier maniobra amenazadora de éste. En los portaaviones, los pilotos esperaban el momento de lanzar sus proyectiles contra el acorazado alemán, oportunidad que no tardaría en presentarse. En las bases de la R.A.F., los bombarderos Halifax, Stirling y Lancaster esperaban también la orden de sobrevolar los fiordos de Noruega, en busca del enemigo, pero había una pregunta ansiosa en los «mess» de los pilotos: ¿podrían sus bombas, aun en el caso de impacto directo, dañar en serio al formidablemente blindado Tirpitz? 
Por último, en su modesto laboratorio situado en las factorías Wellington, un hombre llamado Barnes Wallis trabajaba en la preparación de una bomba más destructora que todos los artefactos conocidos hasta entonces: la «Tallboy». Sin embargo, al principio, sus ideas carecieron de todo apoyo oficial... 
El Tirpitz, siempre anclado en Trondheim, esperaba a su vez el momento de medir sus fuerzas contra un contrincante digno de él. Su comandante y su tripulación conocían bien el poder de la nave que se les había confiado y esperaban demostrarlo contundentemente. Sus esperanzas no llegarían a convertirse en realidad... 
Tras varias semanas de monótona rutina, sólo truncada por, el ataque de 16 cuatrimotores británicos que no consiguieron ni un solo blanco, el 6 de marzo llegó, por fin, la orden tan ansiada. Un gran convoy aliado había sido avistado por un avión alemán, cerca de la isla de Mayen. La tripulación del Tirpitz, que hasta entonces sólo había podido dedicarse a tareas de limpieza y engrase y a ejercicios de adiestramiento, dio rienda suelta a su entusiasmo. El enemigo iba a experimentar, por fin, los efectos de aquel poderoso armamento, hasta entonces silencioso. 
Acompañado por los destructores Z-55, Friedrich Ihn y Hermann Schoenemann, el acorazado se hizo a la mar enarbolando la enseña del almirante Ciliax. La presencia del almirante a bordo era una nueva garantía, pues tres semanas antes, Ciliax había conducido a. los cruceros Gneisenau,- Scharnhorst y Prinz Rugen, sanos y salvos a puerto alemán, después de zarpar de Brest y cruzar el canal de la Mancha ante las mismas barbas de los ingleses. 
Pero el Tirpitz no tendría su bautismo de fuego, por lo menos en la forma que su tripulación anhelaba. Dos días de navegación no permitieron localizar el codiciado y escurridizo convoy; en cambio, la presencia del Tirpitz en el mar del Norte no pasó inadvertida, y el día nueve dos aviones de reconocimiento británicos, pertenecientes al Victorious, descubrieron al Tirpitz, que navegaba en compañía del destructor Friedrich Ihn, y se pegaron tenazmente a él, mientras informaban con todo detalle acerca de su posición. Topp comprendió el peligro que le amenazaba: la Flota británica convergía hacía él con toda la potencia de ataque de sus aviones embarcados y la artillería de sus grandes acorazados, lo que representaba un encuentro de abrumadora desigualdad. Unas órdenes tajantes y el Tirpitz puso proa hacia el angosto paso del Moskenesstraumen, en las islas Lofoten, en busca de un refugio que, minuto a minuto, le era más vital. Los dos hidroaviones del acorazado se habían lanzado en persecución de los aparatos de reconocimiento británicos y uno de éstos cayó envuelto en llamas. El Victorious había recibido sus mensajes y, poco después, doce aviones torpederos Albacore se dirigieron hacia el Tirpitz, volando a escasa altitud sobre el encrespado mar. Toda la artillería mediana y ligera del acorazado abrió fuego mientras el coloso zigzagueaba desesperadamente para esquivar los torpedos. Desde el puente de mando, el almirante Cillax y el comandante Topp contemplaban las mortíferas estelas que convergían hacia su navío. Hubo un momento en que el almirante dio una orden al timonel, contradiciendo la que acababa de proferir Topp unos momentos antes, pero, con respeto no exento de firmeza, éste le recordó que él, y sólo él, era la autoridad suprema a bordo, y revocó las instrucciones del almirante. No puede negarse que Topp supo maniobrar acertadamente, pues, con una facilidad asombrosa para un buque de su desplazamiento, el Tirpitz consiguió sortear todos los torpedos lanzados contra él. Los aviones británicos volaban tan bajos que algunos de ellos llegaron incluso a hostigar con fuego de ametralladora las cubiertas del acorazado. Dos aparatos fueron abatidos y los demás se retiraron sin haber conseguido un solo blanco. Indemne, el Tirpitz cruzó el peligroso Moskenesstraumen, otra hazaña increíble para una navío de tanto calado, y oportunamente avisado por su asdic, esquivó también los torpedos que le lanzó un submarino ruso Que patrullaba aquellas aguas. 
A las cinco de la tarde, el acorazado entraba en el Bogenbugt, cerca de Narvik, a salvo por el momento. Sin embargo, el comandante Topp sabía que la escuadra británica trataría de embotellarlo allí y que la salida del Vestfjord se haría cada vez más peligrosa. Por lo tanto el día 12 ordenó levar anclas y, a la mañana siguiente, estaba de nuevo en el más seguro fondeadero del Faettenflord, en Trondheim. Su primera salida se saldaba con un resultado nulo, si se exceptúa su eficaz defensa contra el ataque de los aviones del Victorious. 
El mando de la R.A.F. había estudiado también la posibilidad de asestar un golpe demoledor al acorazado alemán. Los técnicos no ignoraban que era muy difícil averiar seriamente al Tirpitz, protegido como estaba por su grueso blindaje. Por otra parte, el ataque diurno, mucho más efectivo gracias a las buenas condiciones de visibilidad, quedaba descartado a causa de la poderosa defensa antiaérea del acorazado, bien respaldada por las baterías de tierra, así como por la posible intervención de los cazas germanos. Por lo tanto, se optó por el ataque nocturno, y en cuanto a los explosivos empleados, fueron minas que, lanzadas sobre las colinas que rodeaban el fiordo, descendieran hasta el mar y estallasen junto a los flancos del Tirpitz. 
Durante la noche del 30 al 31 de marzo de 1942, 33 aviones Halifax atacaron Faettenfjord, ataque que se repitió a la noche siguiente con una formación de 12 Lancaster y 31 Halifax. El resultado fue negativo y los atacantes perdieron diez cuatrimotores. En cuanto a las minas, obstaculizadas por los árboles, estallaron en las mismas colinas. La suerte del Tirpitz seguía siendo favorable. 
El día 2 de julio de 1942, los tripulantes del Tirpitz se entregaron a una febril actividad. Se había recibido la orden de hacerse a la mar. Aquellos hombres, cuya moral empezaba a verse afectada por la monotonía del servicio a bordo y su forzosa inacción, apenas interrumpida por breve estancias en una tierra enemiga cuyos habitantes les eran hostiles, presintieron que por fin había llegado el gran momento. En efecto, un gran convoy formado por más de treinta buques mercantes con fuerte escolta, el PQ 17, había sido avistado en su ruta hacia Murmansk y los submarinos y aviones alemanes se disponía ya a darle caza. Era evidente que la intervención de una poderosa fuerza naval de superficie podía causar al enemigo un completo desastre; tal era, por lo menos, el objetivo de la Operación Rosselsprung. 
Esta vez, las islas Lofoten presenciaron el majestuoso desfile de una escuadra alemana más que considerable en fuerza y número. La componían el gigantesco Tirpitz el crucero pesado Admiral Hipper, y los destructores Friedrich Ihn, Galster, Eckholt, Lody, Steinbrink y Riedel. 
El día 4 la poderosa escuadra se encontraba en Altafjord, cerca del cabo Norte, preparada para zarpar y entrar en combate. La orden llegó a las 11 de la mañana, coincidiendo con los comunicados alemanes que anunciaban las primeras bajas entre los buques del convoy. Verdaderamente, el PQ 17 estaba sufriendo demoledores ataques, por parte de la Luftwaffe y de las manadas de submarinos, hasta el punto de que llegó a ser aniquilado casi por completo. Pero tampoco esta vez el Tirpitz consiguió establecer contacto con el enemigo. La tarea corrió por entero a cargo de la Luftwaffe y los submarinos; la flota de superficie recibió a las 22 horas la orden de regresar al Altafjord sin haber efectuado un solo disparo ni haber avistado siquiera el maltrecho convoy. A media tarde, el submarino soviético K-21 había disparado unos torpedos contra el Tirpitz, lo que más tarde haría correr el rumor de que éste había sido averiado, pero lo cierto es que el Tirpitz regresó a Bögenfjord, el día siete, sin el menor rasguño. 
Sin embargo, la moral de la dotación nada había ganado con aquella inútil salida. Churchill comentaría más tarde la orden de retirada de la Flota alemana y la calificaría de lógica, puesto que, en realidad, su intervención era innecesaria, toda vez que la aviación y los submarinos habían rematado cumplidamente la tarea de destruir el convoy PQ 17. 
Entretanto, en la base británica de las Shetland se ultimaban los preparativos para una audaz operación destinada a poner fuera de combate al Tirpitz. Siguiendo el ejemplo de los italianos, los británicos habían perfeccionado también un modelo de torpedo tripulado por dos hombres, el «chariot», que, con la condición de ser trasladado cerca del objetivo, bien podía realizar lo que los ataques aéreos no parecían capaces de lograr por el momento. 

El pesquero de Artur 


La operación era audaz y exigía la cooperación de la eficiente red de resistentes noruegos. Se trataba de cargar dos «chariot» a bordo del pesquero Arthur, requisado por Leif Larsen en su propio país, y remolcarlos después bajo el agua para cruzar los controles alemanes ante el litoral noruego. Una vez a la vista del Bögenfjord, los especialistas británicos que hasta entonces habrían permanecido ocultos en un compartimiento especial, se encargarían de llegar con los torpedos junto a los flancos del acorazado y ajustar el mecanismo de relojería que provocaría su explosión retardada. A continuación, la organización clandestina noruega facilitaría la fuga del equipo de sabotaje hasta Suecia, para lo cual se habían previsto ya dos rutas de evasión. 
Había motivos para suponer que el Tirpitz permanecería aún, durante algún tiempo, en Bögenfjord, pero la noticia de que había zarpado y se dirigía hacia el sur, apresuró la partida del Arthur en dirección a Trondheim, donde el acorazado alemán volvería a echar anclas en Faettenfjord. La tripulación del Arthur era noruega, al mando de Larsen, y la mercancía que debía justificar su viaje ante las autoridades alemanas era un cargamento de turba. Los especialistas británicos, seis en total, embarcaron junto con los «chariots» que durante la primera parte de la travesía, permanecieron en cubierta muy bien disimulados con redes. A 75 millas de su objetivo, un pistón del motor sufrió una grave avería y Larsen tuvo que desembarcar en Vestviken, a las once de la mañana, para agenciarse herramientas que permitieran al mecánico Bjornoy efectuar la reparación, lo que consiguió gracias a la ayuda inmediata de un resistente noruego. Finalmente, a las 10 de la mañana del 31 de octubre, con los dos torpedos sumergidos y a remolque, el Arthur entró en Trondheimfjord, donde tuvo que detenerse para pasar el control alemán. Un oficial subió a bordo, examinó la documentación y el cargamento, e incluso tomó asiento a poca distancia del escondrijo de los especialistas británicos, Para redactar con toda minuciosidad la autorización de tránsito. Pasó el peligro y el pesquero se adentró en el fiordo, aproximándose cada vez más a su objetivo, Un guardacostas alemán pasó junto a ellos y los británicos, que esta vez se hallaban sobre cubierta, tuvieron el tiempo justo para ocultarse dentro de la caseta del timonel.
Soplaba un viento del este bastante fuerte, pero Larsen no lo juzgó peligroso. Sin embargo el pequeño pesquero sufrió poco después los embates de dos olas muy crecidas y consecutivas. El Arthur cabeceó con violencia y Larsen notó que los cables que remolcaban los «chariots» se tensaban y después volvían a aflojarse súbitamente. El movimiento de su embarcación le confirmó sus sospechas: los dos «chariots» habían desaparecido. Aquella operación que había exigido casi dos años de adiestramiento fracasaba por un golpe de mala suerte a pocas millas de su objetivo. Es más, al soltarse uno de los «chariots», había chocado con fuerza contra la hélice, por lo que el propio Arthur quedó irremediablemente averiado. Apelando a todos sus recursos, tuvieron que maniobrar para acercarse a un punto donde la mar no fuese tan gruesa y les permitiera desembarcar. Aún quiso Evans sumergirse para comprobar la desaparición de los torpedos, pero sólo consiguió confirmar el veredicto dado por Larsen. 
Divididos en dos grupos, noruegos y británicos iniciaron entonces la peligrosa travesía en dirección a la frontera sueca. Tras numerosas peripecias, consiguieron llegar sanos y salvos a Sandvika, donde las autoridades suecas los internaron. Hubo una sola excepción, la del inglés Evans, que fue capturado por los alemanes, juzgado y, más tarde fusilado. 
A su regreso a Gran Bretaña, Leif Larsen fue condecorado con la «Conspicuous Gallantry Medal», por primera vez concedida a un extranjero. 
El Tirpitz, siempre incólume, seguía anclado en Faettenfjord. Pasaría algún tiempo antes de que sus mandos se enterasen del peligro que se había cernido sobre él. 
El 14 de noviembre de 1942, el gran almirante Raeder tuvo una entrevista tempestuosa con su Führer. Este no había digerido aún la no intervención de su Flota de superficie en la destrucción del convoy PQ 17, y el éxito que obtuvieron en aquella ocasión sus aviones y submarinos no había bastado para compensar su decepción. En vano le señaló Raeder el hecho de que los aliados habían suspendido prácticamente los convoyes a Murmansk después del desastre del PQ 17, pero Hitler decidió que los grandes buques no saldrían de puerto sin órdenes expresas suyas. El Tirpitz permanecería constantemente en Noruega, en previsión de un intento de desembarco aliado, Raeder, desmoralizado, tuvo que escuchar en silencio las disquisiciones técnicas de su jefe supremo, sin atreverse a explicarle que el hecho de tener que esperar una orden suya podía suponer un retraso fatal para cualquier tipo de operación naval. Es más, de las palabras de Hitler se desprendía claramente que los grandes buques habían caído en desgracia y que, de ser posible, incluso serían desguazados para aprovechar su armamento y una serie de materiales valiosos y necesarios para otras actividades. 
Raeder salió de esta entrevista en el Bergdorf desalentado y francamente inquieto por la suerte de su Flota, pero sería mucho peor la reunión del 6 de enero de 1943, en Rastenburg, donde el Führer tenía su cuartel general. Durante la misma, Hitler trazó un amplio resumen de la historia de la Marina de guerra alemana, hizo alarde de su conocimiento de las unidades navales y, en el momento más inesperado, pronunció una inequívoca sentencia contra las grandes unidades de superficie. Bush y Brennecke citan algunas de las frases del dictador: «Estos acorazados no sirven ya para nada. Haré construir unas casamatas y desarmaré estos monstruos de hierro para que sus cañones puedan defender las costas de Noruega ( ... ). Estos acorazados pertenecen ya a otra época».
Alegando su avanzada edad y motivos de salud, el almirante Raeder presentó poco después su dimisión y presentó como plausible sustituto al almirante Karl Doenitz. Hitler se avino a ello y entonces fue Doenitz, que hasta su promoción sólo se había ocupado de la Flota submarina, quien tuvo que enfrentarse a las singulares teorías del Führer. Sin embargo, Doenitz, con su espíritu firme y voluntarioso de prusiano, se opuso animosamente a las veleidades de su jefe, alegando la necesidad de que las grandes unidades de la Flota estuvieran siempre dispuestas a hacerse a la mar si se presentaba un objetivo que valiese la pena. Puntualizó, además, ante un Hitler cada vez más enfurruñado, la condición indispensable de que todo comandante debía disponer de plena libertad de acción, sin cortapisas ni restricciones de ninguna clase. El dictador se apresuró a contestar que él nunca había tratado de mermar la actividad de sus comandantes ante el enemigo. Narra Léonce Peillard que Doenitz salió de esta entrevista convencido de que iba a perder su cargo de Jefe de la Kriegsmarine, pero no fue así, sino muy al contrario. A partir de entonces, Hitler prodigó muestras de cortesía y respeto a su gran almirante, y éste pudo jactarse de haber conseguido una modesta victoria. De momento, las grandes unidades navales alemanas quedaban a salvo de Hitler, ya que no de los aliados. 
Entretanto, en Loch Cairnbawn, en Escocia, el tenaz e infatigable mando británico, siempre pendiente de su antiguo enemigo, el Tirpitz, preparaba la «Operación Bource», que debía ser cumplimentada con unos medios de ataque revolucionarios. La Royal Navy poseía unos submarinos enanos, la llamada serie «X», con una dotación de cuatro hombres, dieciséis metros de eslora y un desplazamiento de 39 toneladas a plena carga. Divididos en cuatro compartimientos aprovechados hasta el mínimo detalle, estos submarinos disponían de motores Diesel de notable potencia y podían permanecer hasta 36 horas en inmersión. Habían sido perfeccionados hasta el punto de que los expertos los consideraban incluso como muy «marineros». 
El plan consistía en remolcar a los diminutos navíos «X», por medio de submarinos de tipo convencional hasta llegar a las cercanías del litoral noruego. Una vez allí, tripulados por dotaciones debidamente adiestradas, los submarinos enanos continuarían el viaje por sus propios medios y tratarían de penetrar en la madriguera del acorazado para depositar junto al casco de éste potentes cargas explosivas. La operación era arriesgada, pero había sido estudiada con minuciosidad y la posición del Tirpitz era señalada a diario por los Spitfire británicos de la base soviética de Vaenga, así como por los miembros de la Resistencia noruega. Uno de éstos, el joven Torstein Raaby, que en 1947 tomaría parte en la célebre travesía de la balsa Kon-Tiki, había instalado su observatorio en una casa desde la que dominaba el fondo del intrincado Altafjord y, por medio de una emisora, confirmó la presencia del coloso en el Kaafjord en la fecha señalada para el ataque. 
A principios de septiembre de 1943, el Tirpitz, acompañado por el crucero de batalla «Scharnhorst» y cinco contratorpederos, había efectuado una incursión contra la base de Barentsburg, en Spitzberg, donde destruyó una batería costera, la estación de TSH y los depósitos de petróleo. Un objetivo ínfimo para aquel gigante de los mares, pero la travesía y el satisfactorio resultado obtenido no dejaron de ejercer una beneficiosa influencia sobre la moral de su desalentada tripulación. De nuevo en el Kaafjord, bien protegido por redes antisubmarinas y por una poderosa DCA, el Tirpitz seguía esperando su gran oportunidad, mientras convergía hacia él una extraña fuerza naval compuesta por seis submarinos británicos, cada uno de los cuales llevaba a remolque un diminuto pero mortífero buque «X». 
El 20 de septiembre, los seis submarinos enanos fueron abandonados a sus propios medios se dirigieron su objetivo, pero solo dos de ellos, el "X 6", mandado por el teniente Donald Cameron y el "X 7", al mando del teniente Basil Charles Place, llegarían a establecer contacto con el enemigo. 
El día 22, Cameron en aguas de Altafjord, se dispuso a aprovechar la oportunidad que le brindaba la entrada de un buque de en el fiordo. Eran las 4,45 y Cameron decidió seguir la estela del barco que, oportunamente, lo pilotaba en aguas enemigas. La visibilidad era escasa y el "X-6" navegó en superficie hasta hallarse dentro del fiordo. De nuevo en inmersión, pasó junto a un petrolero y rozó la amarra de un destructor. Cameron navegaba a ciegas pero sabía que el Tirpitz se hallaba ante ellos a menos de dos millas de distancia y que todo consistía en atravesar una nueva barrera de redes antisubmarinas, el último obstáculo. 
Con el periscopio casi inutilizado, el «X 6» siguió avanzando audazmente, A su alrededor, sombras negras y sinuosas, cables y boyas indicaban que el pequeño buque se había adentrado en lo que bien podía ser una trampa fatal, pero la suerte lo acompañó y, a las 7.05. Cameron pudo observar ante él sin barrera alguna que impidiera su paso, la gigantesca silueta de su objetivo. Sin embargo la violencia de las maniobras y la red de cables protectores habían causado averías que impedían toda posibilidad de escapatoria del submarino enano. Cameron comprendió la situación y, a las 7,21 dio la orden de soltar las dos toneladas de cargas explosivas junto a la popa del acorazado y, una vez ejecutad maniobra, el «X 6» subió rápidamente a la superficie donde fue abordado por una lancha rápida alemana. El pequeño submarino, saboteado por sus tripulante se hundió mientras éstos lo abandonaban y eran capturados por el enemigo. 
El «X 7», por una extraordinaria casualidad, también había conseguido cruzar la barrera antisubmarina a las 7.05 y se había encontrado exactamente delante del Tirpitz, hasta el punto de a las 7.10, debido a una falsa maniobra, chocó contra el casco de éste, a 3 metros de profundidad. Place soltó entonces las dos cargas y emprendió la retirada, pero una lluvia de granadas y balas cayó sobre él. La suerte que le había acompañado al entrar lo abandonó al intentar forzar el paso de la red de cables. A 30 metros de profundidad, el «X 7» pugnó una y otra vez, efectuando maniobras de lanzadera para hallar el orificio providencial que le permitiese salir de la trampa. Todo fue inútil y, a las 8.12, una formidable explosión, sin que se supiera entonces si se debía a sus propios explosivos o bien a una carga de profundidad lanzada por el enemigo, hundió al «X 7» a más de cuarenta metros por debajo de la superficie. Todo estaba perdido y sólo cabía tratar de salvar la vida de la dotación. 
Place ordenó la emersión y, bajo un diluvio de ráfagas de ametralladora, agitó su jersey blanco en señal de rendición. ¿Qué había ocurrido a bordo del acorazado alemán? ¿Cómo habían podido los dos submarinos enanos situarse debajo de su casco para depositar junto a él sus cargas explosivas, sin reacción alguna por parte de la dotación del Tirpitz? En realidad, casi se puede atribuir esta relativa inactividad a un exceso de celo por parte de la tripulación del acorazado. Eran tan frecuentes las alarmas a bordo, reales unas, imaginarias otras y a efectos de maniobras de alerta las más, que los oficiales del Tirpitz escucharon con una sonrisa en los labios la voz de alerta del vigía que anunció la presencia de un «pez muy grande» dentro de la última red de protección del buque. Sonó la alarma, sí, como es lógico en un navío con una tripulación disciplinada y unos mandos eficientes, pero hubo órdenes que se demoraron y después el nerviosismo se apoderó de todos, cuando ya era demasiado tarde. 
Lo cierto es que las explosiones de las cargas depositadas por Cameron y Place (no se ha sabido con exactitud si estallaron todas) causaron averías de suma gravedad en el casco, en la maquinaria y en cuatro torres de artillería, aparte de innumerables daños de menor cuantía, y que el Tirpitz no llegó a reponerse nunca de ellas, a pesar de los esfuerzos desplegados por los especialistas e ingenieros. 
El 22 de febrero de 1944, se concedió la «Victoria cross» a los tenientes Place y Cameron, ambos prisioneros de los alemanes, por su valor al cumplimentar la difícil misión que se les había asignado. Los demás tripulantes del «X 6» y «X 7» fueron también condecorados. 
Triste Navidad fue aquella para la sufrida dotación del Tirpitz con el navío mermado en su capacidad ofensiva y defensiva y expuesto a nuevos ataques de un enemigo ingenioso e implacable. El año 1943 terminó para ella con una nueva aflicción, al enterarse de que, el 26 de diciembre, el «Scharnhorst» había sucumbido al enfrentarse con una poderosa escuadra británica. 
Pero el mando aliado no desdeñaba al Tirpitz como enemigo de poca monta. Muy al contrario, el nombre del acorazado alemán salía a relucir en todos los planes operativos que tenían el mar del Norte como escenario, y nadie ignoraba que el tesón de los técnicos alemanes bien podía cicatrizar las heridas sufridas por el navío durante el ataque de los submarinos enanos. 
 
El Tipiz escondido en un fiordo 

En efecto, el 15 de marzo de 1944, el Tirpitz, ya convaleciente, efectuó una salida con el fin de probar sus fuerzas. Los resultados fueron altamente alentadores. La velocidad, si bien algo disminuida -pues el casco había quedado ligeramente deformado- podía considerarse como satisfactoria y las piezas de artillería, reajustadas, demostraron que el acorazado se hallaba aún en condiciones de medirse con sus poderosos enemigos. 
En vista de ello - toda maniobra del Tirpitz era conocida casi al momento a través de los diversos servicios de información aliados-, el mando naval británico, que planeaba el envío de un imponente convoy a Murmansk, quiso asegurar esta operación y, aparte de disponer los medios necesarios para hacer frente a los ataques de los submarinos y los aviones alemanes, decidió descargar otro golpe paralizante contra el acorazado para impedir que éste se sumase a la ofensiva contra el convoy. 
La «Operación Tungsteno» se preparó con gran abundancia de medios. Nada menos que dos escuadras, con la protección de los grandes portaaviones «Victorious» y «Furious» y otros cuatro portaaviones de escolta asumieron la misión de proteger al convoy y, al propio tiempo, desencadenar un ataque preventivo contra el Tirpitz. El bombardeo de éste sería efectuado por 42 bombarderos ligeros «Barracuda», aviones de un modelo nuevo y capaces de transportar cada uno bombas de hasta 750 kilos, protegidos por 51 cazas «Corsair», «Hellcat» y «Wildcat», que también debían participar en el ataque con el fuego de sus ametralladoras. 
Amanecía el día 3 de abril y el Tirpitz se disponía a zarpar para efectuar nuevas maniobras. La tripulación ocupaba sus puestos cuando, de pronto, se dio la señal de alarma. Un enjambre de aviones, a baja altura, acababa de sobrevolar las montañas y picaba sobre el acorazado. La DCA del buque abrió fuego, pero ya las primeras bombas caían sobre el Tirpitz y el fuego de las ametralladoras de los cazas barría la cubierta. El comandante Meyer, alcanzado por la metralla se desplomó en el puente de mando. Varias piezas de la artillería ligera habían quedado reducidas al silencio con sus servidores muertos o heridos junto a ellas. El fragor de la batalla era terrible y los hombres que ocupaban sus puestos en el interior del acorazado, aunque momentáneamente a salvo, comprendían que en cubierta ocurría un verdadero desastre. El segundo comandante tomó el mando cuando el Tirpitz, que ya había levado anclas, derivaba peligrosamente hacia las rocas de la costa, y gracias a su pericia consiguió restablecer la situación en este aspecto. El ataque duró exactamente pocos segundos, pero a bordo del Tirpitz» había una verdadera carnicería y era de esperar que una segunda oleada, acaso de aviones torpederos, tratase de terminar la obra que la primera había iniciado. En efecto, a las 5 de la madrugada, el rugido de los aviones británicos volvió a dominar los aullidos de las sirenas de alarma a bordo del acorazado. Una nueva lluvia de bombas cayó sobre el Tirpitz y, otra vez los cazas, volando rasantes, ametrallaron la cubierta y las posiciones de la DCA de tierra. La sangre volvió a correr sobre cubierta y una densa humareda impidió una clara visión de lo que ocurría. Después, volvió a reinar el silencio. Todo había terminado, pero el Tirpitz, alcanzado por 14 impactos directos de bombas de mediano y grueso calibre, con varias piezas de artillería inservibles, y con 122 muertos y más de 300 heridos a bordo, había sufrido un nuevo vapuleo que le impedía toda acción inmediata. 
En esta ocasión, el mando británico se apuntó un doble éxito, pues, aparte del castigo infligido al acorazado, el convoy, tras rechazar enérgicamente todos los ataques de los submarinos y los aviones germanos, consiguió llegar a su destino con una sola baja. 
Doenitz, determinó entonces convertir el Tirpitz en batería flotante. Por una parte, el riesgo de un desembarco aliado en Noruega crecía a diario; por otra, la superioridad aplastante de los aliados en el mar y en el aire anulaba por completo toda posibilidad de salida del acorazado. Tal vez, con suerte, la poderosa artillería del maltrecho Tirpitz podría desempeñar un papel importante en un eventual asalto aliado contra las costas del norte; esta era, por lo menos, la intención del gran almirante Doenitz pero el destino decidiría que ni siquiera esta suerte relativa merecería el infortunado buque. 
La construcción naval alemana alcanzó merecida fama ya en la primera contienda mundial, cuando algunos de sus buques, especialmente en la batalla de Jutlandia, soportaron tremendas averías ocasionadas por los proyectiles enemigos y consiguieron llegar a puerto por sus propios medios. Algo parecido sucedía entonces con el Tirpitz que, a pesar de los durísimos castigos que le habían sido infligidos, seguía manteniendo un potencial, disminuido si se quiere, pero, con todo, digno de ser tenido muy en cuenta. 
El alto mando británico, conocedor de la deportiva rivalidad existente entre la R.A.F. y la Royal Navy, seguía creyendo que el mazazo definitivo contra el acorazado alemán debía serle asestado desde el aire. Hasta entonces, los medios convencionales habían resultado insuficientes, pues las averías causadas por las fuerzas de la «Operación Tungsteno» en modo alguno podían ser consideradas como decisivas. Se necesitaba algo más, algo que existía ya en los arsenales de la R.A.F. Un hombre modesto y reservado, un tal Barney Wanis, había conseguido perfeccionar una bomba de extraordinaria potencia, la llamada «Tallboy» un monstruo de seis toneladas, con un explosivo desconocido hasta entonces, el RDX, cuyos resultados pavorosos, pudieron apreciar los alemanes en la destrucción de los embalses de Mohene y Eder y en la perforación increíble del túnel de Saumur. 
 
 
La bomba y Lancaster al fondo 

El mariscal del aire sir Arthur Harris y el «vice marshal» Ralph Cochrane estudiaron entonces un nuevo proyecto. La cuestión apremiaba, pues dos importantes convoyes iban a cruzarse en aguas del Artico y ningún cabo podía quedar, suelto. Tal vez fuese esta la ocasión que el Tirpitz había esperado durante tanto tiempo y, por consiguiente, era del todo imperativo que la amenaza del famoso acorazado quedase anulada para siempre. Había, empero, un problema muy serio. Solo un avión, el bombardero cuatrimotor «Lancaster», era capaz de volar con una carga de seis toneladas de alto explosivo y, de todos modos, no podía ejecutar la misión y regresar a su base debido a la insuficiencia del carburante que llevaba consigo. La única alternativa consistía en enviar los cuatrimotores a la base soviética de Yagodnik, a 600 millas de Altafjord, y en efectuar el ataque contra el Tirpitz desde dicha base, para regresar después los bombarderos a sus aeródromos de las Islas Británicas. 
Una vez aprobado el plan, 39 «Lancaster» y 2 «Liberator» despegaron el día 11 de septiembre rumbo a Yagodnik. Después de un vuelo de diez horas, los poderosos cuatrimotores, cada uno de los cuales llevaba una tonelada de sobrecarga, cruzaron el golfo de Finlandia y aterrizaron, con una visibilidad prácticamente nula, en la base soviética o en las cercanías de la misma. Hubo una larga espera llena de ansiedad, hasta que se obtuvieron noticias de todas las tripulaciones. Algunos de los aterrizajes se habían efectuado en condiciones particularmente difíciles, pero no hubo baja alguna entre las tripulaciones, si bien seis aparatos quedaron inutilizados. El «wing commander» Tait, Jefe del escuadrón, decidió desencadenar el ataque contra Altafjord el 15 de octubre y, entretanto, los aviadores británicos fueron agasajados por sus anfitriones soviéticos, quienes les invitaron a asistir a la proyección de una película de guerra que resultó interminable, y a tomar parte en un partido de fútbol en el que los rusos les batieron por siete a cero. 
Llegó por fin la madrugada del día 15. La visibilidad parecía ser óptima y 28 «Lancaster» despegaron del aeródromo de Yagodnik Y se dirigieron hacia Altafjord. Volando a unos 4.000 metros de altitud, la. formación alcanzó su objetivo y Tait pudo ver claramente la silueta inconfundible del acorazado. En aquel momento, un centenar de dispositivos preparados por los alemanes empezaron a emitir una densa niebla artificial que, en pocos momentos, ocultó por completo el buque. A ciegas, varios bombarderos lanzaron su «Tallboy», entre ellos el del teniente Daniels, quien actuó siguiendo un cálculo más instintivo que exacto. El «wing commander» Tait observó una columna de humo negro que ascendía como una flecha entre la niebla artificial, pero creyó que se trataba de la explosión de una de las bombas en la costa. El escuadrón de bombarderos regresó entonces a Yagodnik, donde los rusos no ocultaron una sonrisa irónica ante el resultado negativo de la incursión. Sin embargo, había quien aseguraba que Daniels había conseguido un impacto directo, pero nadie dio crédito a semejante afirmación. 
No obstante, era verdad que Daniels había dado en el blanco con su bomba gigantesca. El Tirpitz no era ya más que un inválido renqueante, con su casco perforado por la tremenda explosión, aunque las excelencias de su construcción prevalecieron una vez más sobre las averías y el comandante Junge pudo llevarlo hasta Tromsoe por sus propios medios y con toda su poderosa artillería prácticamente intacta. 
En el puerto noruego de Tromsoe, la llegada del acorazado causó consternación entre los habitantes. Un siniestro presagio pesaba sobre aquel buque condenado a muerte y su presencia anunciaba bombardeos, ruinas y desolación, tanto más cuanto que el deseo de Hitler era ya una realidad y el Tirpitz se convertía definitivamente en batería flotante, destinada a defender con sus cañones las costas noruegas. 
Por otra parte, el emplazamiento no estaba mal elegido, pues a un centenar de kilómetros de Tromsoe, la base aérea de Bardufoss disponía de una treintena de cazas que bien podían desbaratar cualquier intento de bombardeo del acorazado. En el hospital de Tromsoe, encima del depósito de cadáveres, el resistente noruego Egil Lindberg disponía de una emisora clandestina y él fue el primero en anunciar la llegada del Tirpitz, al parecer con grandes averías en su casco. Esta noticia fue debidamente tenida en cuenta por los mandos de la R.A.F., ya que la zona de Tromsoe permitía un ataque directo desde las bases británicas, sin tener que recurrir a la ayuda de los aliados soviéticos. El 29 de octubre, los escuadrones 617 y 9, constituidos por 36 «Lancaster» despegaron de la base de Losslemouth, volaron sobre la costa noruega, pasaron después sobre Suecia para mantener las montañas entre ellos y el radar alemán de Tromsoe y evitar el contraataque de los cazas de Bardufoss. A las 14,30 fue avistado el Tirpitz, pero treinta segundos más tarde, la niebla, natural esta vez, había ocultado del todo su silueta inconfundible. Fue inútil que algunos de los bombarderos efectuaran hasta cuatro pasadas para tratar de alcanzar al coloso con sus «Tallboys», pues la suerte estuvo esta vez al lado del acorazado y los escuadrones británicos regresaron sin haber conseguido el menor resultado. 
Surgió entonces una complicación de carácter técnico, por no decir burocrático. Alegando el peligro que representaba la presencia de los cazas alemanes en la base de Bardufoss, el alto mando quiso suspender la operación con las bombas gigantes de Wallis y recomendó el empleo de bombas, comparativamente mucho más ligeras, de una tonelada. Ello provocó la indignación de Ralph Cochrane, convencido de que sólo la «Tallboy» podía acabar con el Tirpitz, y la persistencia del «vice-marshall» y la contundencia de sus argumentos consiguieron que se preparase un nuevo ataque con los medios usados hasta entonces. 
El 11 de noviembre llegó, por fin, una buena noticia. Un avión «Mosquito», en vuelo de reconocimiento, había anunciado que la niebla se disipaba en la región de Tromsoe y que todo parecía anunciar una visibilidad clara y despejada. El domingo, 12 de noviembre, a las 2.30 de la madrugada, los escuadrones de Talt despegaron de nuevo. Eran 32 los «Lancaster» que salieron de la base de Lossiemouth y esta vez todo parecía pronosticar un resultado óptimo. Las escuadrillas se reunieron sobre el lago de Tornea Trask, en Suecia, y seguidamente Tait ordenó poner rumbo hacia el objetivo, que fue alcanzado a las 8.40. Parecía un sueño, pero no cabía duda en cuanto a su realidad. En una atmósfera nítida, la silueta del Tirpitz se ofrecía a los puntos de mira de los bombarderos y, por otra parte, no había ni el menor indicio de la presencia de los temidos cazas alemanes de la base de Bardufoss, La DCA reaccionaba con violencia, pero Talt, sin titubear, ordenó el ataque. Era la gran oportunidad tan anhelada y los pilotos británicos supieron aprovecharla. Una tras otra, las bombas «Tallboy» cayeron sobre el acorazado. Se levantaron gigantescas columnas de agua y barro y el Tirpitz se estremeció, con sus entrañas desgarradas por aquellas explosiones espantosas. A las 9.42, el buque empezó a escorar. En sólo tres minutos 18 bombas de 6.000 kilogramos habían encuadrado al Tirpitz, pero cuatro o cinco de ellas consiguieron impactos directos. A las 9.45 cesó el fuego de la artillería antiaérea de a bordo. Un inmenso chorro de vapor se elevó a una altura de 150 metros, y la torre de artillería «César», con sus 700 toneladas de peso, salió despedida del buque y cayó al agua. Los cuatrimotores británicos se alejaron y ello les impidió asistir al impresionante final de su enemigo. El Tirpitz, prosiguiendo su escora cada vez más acentuada, se inclinó bruscamente, volcó y quedó con la quilla al aire. Docenas de noruegos, observadores de la Resistencia y simples curiosos, contemplaron este último acto de la tragedia de aquel navío que con tanto orgullo había enarbolado la bandera de su país y que parecía destinado a tan grandes empresas. Setecientos hombres de su dotación habían perecido con él. Desde su emisora secreta, sobre el depósito de cadáveres. Lindberg anunciaba ya el resultado de la operación: «Tirpitz hundido. Numerosas bajas a bordo». Horas más tarde, los equipos de salvamento alemanes consiguieron salvar a unas docenas de hombres que parecían irremediablemente condenados a muerte en su ataúd de acero. 
Aquel mismo año se constituyó una sociedad, la «Hovding Ship Breakers Ltd», que, por 100.000 coronas compró al Gobierno de la recién liberada Noruega los restos del «Tirpitz», realizando con ello un negocio redondo, Fue un punto final tan irónico como prosaico, magistralmente concretado por Lennart Nilson, comentarista del «Illustrated», quien escribió el 9 de julio de 1944: «Los alemanes no habían comido mantequilla para construir el Tirpitz, pero fueron los noruegos quienes supieron aprovecharse de ella.»
 
Autor: Cosmos12