El tercer amanecer en la colina (retrato literario del frente oriental)

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El tercer amanecer en la colina

Por Abraham  Gershovitz

-¡Pelotón atención! ¡Eichmann, prepare su culo y el de sus hombres para avanzar a esa colina! ¡Rudolf haga sonar esa MG!

La MG 34 comenzó a disparar ráfagas de balas que pasaban sobre  las cabezas del sargento y las dos secciones que avanzando al asalto corrían a bayoneta. Las trazadoras iluminaron el aire como luciérnagas de muerte y la colina -que estaba ocupada por una docena de rusos- comenzó a llenarse de polvo que se levantaba al recibir la tierra los impactos de las balas.

El sargento al llegar a la colina ordeno aventar algunas granadas que explotaron estrepitosamente llevándose miembros, brazos y piernas. Acto seguido se lanzaron a combate cuerpo a cuerpo contra los rusos supervivientes. La MG dejo de escupir muerte y fue desmontada a toda prisa por Rudolf que se preparo para avanzar con su asistente.

Atravesaron el campo. 150 metros lisos. Estaban tratando de no pensar en lo que vendría. Para Rudolf y su asistente el combate cuerpo a cuerpo era algo ajeno. Como ametralladores siempre gastaban cintas de 100 balas en ráfagas de 5 disparos a distancias de 100 o 200 metros. Nunca habían estado lo suficientemente cerca como para ver la expresión de un enemigo al ser alcanzado.

A la mitad el asistente tropezó con el cuerpo destrozado de Harold, que había sido alcanzado en el cuello. Estando la cabeza solo unida al cuello por una tira de nervios. Aun botaba un chorro de sangre por la arteria totalmente abierta que alimentaba el charco negro formado sobre su tronco.

Al llegar a la colina encontraron a la mitad del pelotón mal herido o muerto. El sargento Steiner agonizaba con un disparo en el pulmón. Los rusos yacían en la colina. Baleados, desmembrados o atravesados. Steiner permanecía tendido. Cada aspiración llenaba un poquito más sus pulmones de sangre. Cada aspiración lo acercaba más a la muerte.

El resto del pelotón se dividió entre los que cuidaban a los caídos y los que preparaban la defensa para el eventual contraataque soviético. Rudolf cargó la MG con una cinta nueva y buscó cobertura junto con su compañero.

-¡ KATIUSHKAS!-gritaron algunos señalando una nube de humo que se formaba en el horizonte.

Todos se tiraron al suelo, y esperaron… Rudolf presintió, algo como aquella vez en Francia. A sus espaldas- el campo donde yacía Harold- se lleno con explosiones masivas llenando el aire de metralla, gases calientes y fuego. Las explosiones que comenzaron en la posición que originalmente ocupaban se acercaban a la colina. La tierra comenzaba a temblar y la fuerza de las ondas expansivas ejercía una opresión sobre sus cuerpos. El espectáculo -que para Rudolf ocurría en cámara lenta- era multicolor y lleno de majestuosidad. A veces podía sentir la metralla a centímetros de su cara, como un viento cálido que rosaba sus mejillas. Por una millonésima de segundo el sintió la seguridad de estar fuera del rango de fuego de la mortal descarga de artillería.  

Un error del radio operador ruso -Que hubiese bombardeado su propia posición- hizo que la colina recibiera media docena de impactos haciendo volar los cuerpos por los aires y esparciendo las tripas, los sesos y la mierda por la colina. Rudolf vio pasar frente a sus ojos la cabeza del sargento Steiner. Esa cabeza con una mirada que no era, pues saltados fuera de sus orbitas, estaban colgando. Se desmayó mientras sus oídos sangraban al escuchar gritos y estruendo.

Al despertar solo encontró los restos del pelotón chamuscados. No podía reconocer a ninguno. Pero todos estaban desnudos. Buscó caóticamente entre la carne asada su ametralladora ligera. Solo la encontró bajo el cuerpo negruzco de un ruso. Era aun media tarde y faltaban 4 horas de luz. La MG estaba intacta al igual que la cintilla de munición. El no pensó demasiado y se emboscó entre los restos humanos vaporizados.

Solo entonces pudo pensar con claridad y sentir la desolación de estar completamente solo frente a la muerte, no habría nadie que le ayudara ¿Por qué él estaba vivo y los demás no?  Su mirada se perdió en una expresión patética y comenzó a llorar  amargamente. Llorar como un niño puede llegar a ser incluso terapéutico cuando hay alguien que te consuele. Pero en soledad  -y rodeado del horror de la guerra- es desmoralizador. Mientras su espíritu gemía, sus ojos se secaron. 

Aparecieron a la distancia un pelotón de rusos que se acercaba la colina con la intención de recuperarla. Se acercaron en formación de línea -como se suele avanzar al asaltar una posición- con pasos lentos y observando cuidadosamente. Rudolf pudo observar a la distancia que el pelotón carecía de alguna ametralladora siendo únicamente soldados de línea armados con viejos fusiles de cerrojo Nagant. Avanzaron lentamente mientras Rudolf apuntaba cuidadosamente y muy bien camuflado por el humo que la colina desprendía. Cada paso acercaba  una docena de rusos a la línea de tiro de la MG34  que con presteza y pulso se disponía a repartir muerte al ritmo de 5 disparos por ráfaga.

Los soviéticos se acercaban a la colina. A medio centenar de metros comenzaron a pensar que no había sobrevivientes.  

-¡VZVOD OSTAKNOVA!

El grito fue acompañado por una señal con la mano arriba. ¡Ese era el oficial! Los rusos bajaron las armas y el oficial llamo a tres adolescentes soldados que se acercaron corriendo a el. Rudolf apunto leeeentamente. Respiro hondo. Su corazón se paró…

-¡TACA TACA TACA TACA TACA TACA!

Una ráfaga larga arranco de tajo la vida de 4 hombres, el resto naturalmente se echaron al suelo para evitar ser acribillados. Sin embargo al caer todos a tierra otro par había sido alcanzado por el fuego. Desmoralizados y con su oficial a cargo muerto los sobrevivientes quedaron tendidos buscando parapetarse.

El sol se metía en el horizonte y el temía lo peor. Pensaba en la posibilidad de sufrir un ataque nocturno. De modo que toda la noche observo con cuidado cualquier movimiento, ignorando los bombardeos que a la distancia iluminaban el horizonte.

Al amanecer estuvo atento para ver qué movimiento se podía observar, pero pasado el medio día no soporto la tensión y decidió, explorar el terreno. Los rusos habían huido, habían escapado en la noche. Dejaron atrás a un herido que permanecía desmayado. Rudolf le arrastro con la intención de interrogarle.

Al llegar a la trinchera pudo observar sus facciones, ¡Qué  bello era!: Nariz  fina y labios carnosos y rosados, el pelo rojo y salvaje de un muchacho del Cáucaso. Surgió en su mente una idea. Idea negra. Idea demoniaca. Sacó su bayoneta y comenzó a cortar lentamente su  cuello siguiendo la línea de la tráquea. Una delicada capa blanca, como  la natilla de la leche apareció cubriendo la carne roja y sangrante. Un órgano tubular cálido  estaba a su alcance, insertando el filo de la bayoneta empezó a sentir la respiración  del chico en los dedos de sus manos y prosiguió debajo de la tráquea. Al topar la bayoneta con el esternón, el muchacho volvió en sí. Comenzó a respirar agitadamente por el boquete en su cuello. El aire cálido que silenciado, no podía emitir un grito de terror y muerte. Rudolf sintió un placer al ver la expresión de dolor en los ojos y la boca retorcida del joven. Finalmente clavó la bayoneta repetida pero lentamente en el hígado y estomago del desgraciado. La sangre que manaba profusamente, comenzó lentamente a formar un mar pequeñito, negro, caliente. Auguraba el fin de un tormento dantesco. Se puso pálido como una muchacha y con una expresión de dolor sus ojos miraron a la nube de tiernas formas, aquellas que gustaba cuando niño. El aire cálido cesó de emitir por la apertura de la tráquea expuesta.

Rudolf se sentó a ver los rasgos del cadáver y de forma cambiante ahora eran poco pacíficos, el rictus de dolor fue lo último que su rostro mostraba. A él no le importo y pensando que ya no tenía munición y que los rusos no tardarían en venir con refuerzos. Aparto el cadáver colina abajo. Lo dejo con la cara al cielo, junto a un arbusto de flores negras y se sentó. Mirando el firmamento se quedo profundamente dormido. Ya no le importaba defenderse. Ya no tenía nada por que pelear.

Esa noche soñó con la última expresión del niño antes de morir y como brotaba la sangre del hígado al ser apuñalado por una bayoneta. Al despertar comenzó a sentir los primeros aromas de la putrefacción impregnando el aire veraniego de la campiña ucraniana. A él no le importaba.

Permaneció observando el horizonte y los cadáveres que atraían moscas, despidiendo olores a muerte y descomposición. Ya no había diferencia entre humanos o subhumanos. Ahora eran un montón de carne apestosa y llena de insectos. Todos estaban en una fiesta. La fiesta después de una batalla. Cuando los músculos comienzan a endurecerse y los gestos se vuelven involuntariamente festivos. Todos están de  juerga. Las barbas les crecen. Los dientes se asoman. Al recordar el cadáver que en el crepúsculo anterior había acomodado junto a los arbustos de negras flores. Pensaba en su cara al morir, y como los dientes parecían mostrar la desesperanza de no volver a ver a sus padres, a su novia, a sus hermanos. ¡Si ellos supieran!

Se acerco lentamente al cadáver intentando observarle, la caminata era eterna y el realmente quería no llegar a verle, algo le obligaba, algo le llevaba. Los hilos del destino le arrastraban hasta los arbustos, entre mil flores primaverales y pastos vírgenes. La bruma invadió su vista. Se sorprendió de sobre manera. El cadáver que había dejado de cara al cielo, estaba ahora boca abajo. Se alejo con horror. Al llegar a su cráter intento tranquilizarse a sus adentros. Pensaba que algún perro debía haberlo movido. Pensaba que ayer realmente lo había dejado boca abajo pero no lo recordaba. No sabía que pensar. Quería ver la cara del joven. Quería observar sus ojos de lucha y muerte. No se atrevió a voltearle.

La tercera noche después de haber tomado la colina, resulto intranquila. El solamente observaba a la zona de los arbustos pensando en el joven que él había asesinado. Pensaba en la cantidad de cosas que él había hecho. Pero al fin y al cabo era la guerra. El era un enemigo, su deber era matarlo. Finalmente después de un rato durmió, sin percibir la putrefacción impregnando cada centímetro de la colina.

Al despertar el sol estaba en lo alto del firmamento. Lleno el cielo de buitres. Las larvas saltando de los orificios de los cadáveres que estaban algo negros. Fue de nuevo lentamente a los arbustos intentando buscar algo. Algo que sabía muy bien; estaría ahí. La caminata permanecía intranquila y constante. Al llegar no se encontró con demasiado: solo un charco de sangre pero ningún cadáver.

Pudo entonces pensar que los lobos,  un perro salvaje o algún oso le habían movido de su lugar. Extrañamente pensaba que al ser devorado el cadáver, era devorada su culpa por sus acciones. Su maldad se estaría disolviendo entre los jugos gástricos de algún carnívoro oportunista. Su sadismo en la mañana sería un montón de mierda en la campiña, entre flores negras. Su impiedad fertilizaría los tallos de las flores. Redimido, esa tarde se dedico únicamente a recoger -sin ningún asco- a los cadáveres – enteros  y en pedazos- lo más lejos que pudiera de la colina.  Hinchados, expulsaban porquerías por arterias y orificios de balas. Dejando un rastro de inmundicia, que se revolcaba en la tierra, un rastro vivo de cresas evocando  el lugar de descanso: Un gran cráter abierto en el campo. Lentamente el cráter se llenó de huesos, dientes de oro y carne putrefacta. Esa noche durmió tranquilamente.

Pudo soñar con Baviera, pudo soñar con esas cúpulas bañadas por el sol. Caminatas por las plazuelas y cenas con sus padres. El ferrocarril acercándose lentamente a la estación para abordarlo y llegar al balneario de Scharhoff. Tomar cerveza. Chapotear y coquetear con jovencitas: con una Erika, una Joan, una Lorenne, una Anne, perfumadas, de cara dulce y de pechos exuberantes, firmes en juventud. Caminar entre pinos y abedules verdes, aromáticos y  al sonido de las chicharras. Mirar las montañas nevadas, blancas: como la vida antes de las balas. Cenar filete y salchichón. Vivir de nuevo.

Al despertar sus ojos  se abrieron lentamente. El no sabía que estaba mirando. Algo de formas difusas que se aclaraban: unos dientes, unos ojos, una nariz torcida, una sonrisa… Esa sonrisa.

Abrió sus ojos grandes y una expresión de terror inundo sus facciones. El cadáver pelirrojo. Negro e hinchado. Estaba en su cráter. Estaba Acostado junto a él. Volteaba con su mirada enigmática y sus ojos blancos, opacos. Ojos que clamaban venganza. Una sonrisa grande, mostrando  dientes imperfectos. Una sonrisa post-mortem, tenebrosa, macabra. La sonrisa macabra fue lo último que Rudolf vio. No hubo más paseos por Scharhoff.

 


"Debes de ser lento al planear rapido en la ejecucion esa es la escencia del

arte de la guerra". Napoleon