Una Reina derrota a un Obispo maquinador

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Autor:  Galland

 

Una reina derrota a un obispo maquinador

Catalina Parr de Inglaterra se encuentra segura en la compañía de sus leales damas, a pesar de que la enfermedad del rey Enrique VIII y las intrigas palaciegas afectan al monarca. Mientras la reina conversa con una amiga, una de sus damas entra corriendo con una hoja de papel en la mano y, jadeante, se la entrega. Al ver la expresión de angustia de la dama, Catalina acepta la hoja con aprensión. Parece que se le había caído a algún funcionario cerca de los aposentos de la reina.

Al leer el papel, Catalina palidece. Su incredulidad se convierte en horror. Se trata de una lista de acusaciones de herejía contra ella, firmada por el rey. Da un grito y casi se desploma en el suelo, pero sus amigas la sostienen. Aunque trata de calmarse, de pensar con claridad, está demasiado inquieta. Sus damas se compadecen de ella y la ayudan a tenderse en la cama.

Catalina se acuesta, pero no puede descansar. Le vienen a la memoria algunos sucesos de su matrimonio con el rey Enrique VIII: tenía 31 años, se había casado y quedado viuda dos veces, y pensaba contraer matrimonio con el apuesto Thomas Seymour. No obstante, el rey tenía otros planes. Le pidió que se casara con él. ¿Cómo iba a negarse? Era un gran honor, aunque conllevaba muchos problemas. El 12 de julio de 1543, Catalina se convirtió en la sexta esposa del rey.

Enrique ya no era el joven apuesto y atlético que combatía en los torneos. Tenía 52 años, era obeso, de carácter temperamental, y sus piernas estaban tan llenas de úlceras que a veces no podía ni andar y había que transportarlo en una silla.

No obstante, Catalina utilizó la gran inteligencia y los muchos talentos que poseía para hacer que el matrimonio prosperase. Hizo de dama de compañía de los tres hijos que el monarca había tenido de anteriores nupcias. Se esforzó por ser una esposa amena. Cuando al rey le dolían las piernas, ella lo distraía conversando animadamente, a menudo sobre temas religiosos. Aportó un poco de serenidad a los últimos años de vida del monarca.

Catalina trata de repasar su vida como esposa del rey. ¿Qué había hecho mal? Reflexiona sobre una ocasión reciente en la que había conversado con él. Aquella noche se encontraban presentes algunos cortesanos, y Enrique parecía estar de buen humor. Ella, como era su costumbre, planteó una cuestión religiosa de la que habían hablado antes. Él respondió de mala manera y no la dejó terminar. Aunque la reacción le extrañó, la achacó al carácter temperamental del rey. Él solía disfrutar de aquellas conversaciones y no se oponía a que ella se interesara en cuestiones religiosas.

Catalina hace un esfuerzo por recordar quiénes estaban presentes en aquella ocasión. En su memoria se destaca un hombre: Stephen Gardiner, consabido enemigo.

Un obispo maquinador

Gardiner, obispo de Winchester y secretario real, es un hombre influyente y un opositor de la reforma religiosa. Siente rencor contra Catalina debido al interés que esta tiene en que la religión cambie, y también por la influencia que ejerce sobre el rey.

Cuando Thomas Cromwell, consejero principal de Enrique, logró sacar a Gardiner de su puesto de secretario del rey, Gardiner buscó la oportunidad de vengarse, y finalmente lo consiguió participando en la conspiración que provocó la caída y la ejecución de Cromwell. Gardiner también se había disgustado porque Enrique no le nombró arzobispo de Canterbury y escogió en su lugar a Thomas Cranmer, un hombre que, en comparación, no era muy conocido y, además, simpatizaba con los protestantes. Afortunadamente para Cranmer, Enrique frustró una conspiración de Gardiner y otros en su contra.

El peligro que corren Catalina y sus damas de la corte se ve acentuado por otra maquinación reciente del obispo Gardiner. Una joven llamada Anne Askew, franca defensora de la reforma religiosa, se encontraba en prisión a la espera de ser ejecutada por herejía. Pero Gardiner se interesaba en ella por otra razón. Quería pruebas de que la joven se había relacionado con damas influyentes de la corte, lo cual también podría incriminar a la reina. Thomas Wriothesley, asociado de Gardiner y uno de los principales consejeros del rey, fue a interrogar a Anne Askew.

Torturada en el potro

Wriothesley interrogó extensamente a Anne sin conseguir las pruebas incriminatorias que procuraba. Finalmente ordenó que la ataran al potro, aunque era ilegal utilizar este instrumento para torturar a una mujer. Al ver que así tampoco la hacía hablar, Wriothesley y otro consejero accionaron personalmente el potro hasta tensar al máximo el cuerpo de la víctima, pero no obtuvieron la información deseada.

Catalina llora al pensar en los sufrimientos de Anne Askew. De pronto oye entrar a alguien en su aposento. Una de sus damas se le acerca y le dice que el rey ha enviado a su médico de cabecera, el doctor Wendy, para que la examine. El bondadoso doctor le pregunta a Catalina cómo se encuentra, y le transmite la preocupación que el monarca siente por la salud de ella.

Le explica que el rey le confió que se estaba tramando un complot contra Catalina y que le hizo jurar que no revelaría el secreto. Pero el doctor Wendy le cuenta todo lo que sabe: que cuando ella dejó al rey aquella noche, este dijo en tono sarcástico que a sus años le resultaba muy reconfortante “recibir instrucción de su esposa”.

Gardiner vio la oportunidad, y la aprovechó. Dijo que la reina refugiaba a herejes y que obraba con traición, lo que suponía una amenaza contra la autoridad del rey. Añadió que si se le concedía tiempo, él y los suyos podrían presentar pruebas de ello al rey. El airado monarca concordó en firmar un documento de acusaciones contra Catalina.

Tras relatar estos sucesos, el doctor Wendy anima a Catalina a dirigirse al rey lo antes posible y pedirle humildemente perdón. Esa es la única manera de burlar a sus enemigos, los cuales no descansarán hasta verla presa en la Torre de Londres y poseer suficientes pruebas para condenarla a muerte.

Catalina percibe la sensatez de este consejo y, una noche, ya tarde, al enterarse de que el rey se encuentra en sus aposentos, se atavía con esmero y ensaya lo que va a decir. La acompañan su hermana y una amiga llamada lady Lane.

Una reina inteligente y discreta

El rey está sentado y bromeando con algunos de sus gentileshombres. Recibe a su esposa con una sonrisa, y cambia la conversación a cuestiones religiosas. Le pide a Catalina que le resuelva unas dudas que tiene sobre algunos puntos. Ella percibe inmediatamente que se trata de una trampa, y hace todo lo posible por responder con sinceridad y honradez.

Dice que Dios creó a la mujer después que al hombre, inferior a él. Añade: ‘Desde entonces Dios ha establecido tal diferencia natural entre el hombre y la mujer, y puesto que vuestra majestad sobresale tanto en sabiduría mientras que yo soy tan inferior en todo sentido a vos, ¿cómo va vuestra majestad a requerir mi opinión en cuestiones religiosas tan complejas?’. A continuación Catalina reconoce que el rey es su cabeza en todo, y que por encima de él solo está Dios.

‘No es así —responde el rey—. Te has hecho una maestra para instruirnos, y no para recibir nuestra instrucción o dirección.’

Ella contesta: ‘Si vuestra majestad lo ve así, entonces vuestra majestad no me ha interpretado bien, pues siempre he considerado sumamente indecoroso y absurdo que la mujer tome el puesto de instructora o maestra de su señor y marido; ella debe aprender de su marido y ser enseñada por él’. Prosigue diciendo que cuando ella trataba cuestiones religiosas con él y a veces expresaba una opinión, no lo hacía para promover sus propias ideas. Más bien, esperaba que la conversación lo distrajera del dolor que le causaba su enfermedad.

‘¿De veras, querida? —dice el rey—. ¿Y tus argumentos no tenían ningún fin malo? Entonces volvemos a ser verdaderos amigos, como siempre lo hemos sido.’ Todavía sentado, le pide que se acerque, la abraza con ternura y la besa. Afirma que haber oído aquello ha sido mejor que recibir de pronto un obsequio de cien mil libras. Continúan conversando amigablemente hasta que el monarca le da permiso para retirarse a eso de la medianoche.

Al día siguiente, el rey da su paseo acostumbrado por los jardines reales, acompañado de dos de sus gentileshombres de cámara. Ha mandado llamar a la reina para que se reúna con él, y ella acude puntualmente con tres de sus damas. Enrique no le ha dicho a Catalina que esa era la ocasión que se había fijado para arrestarla. Tampoco le ha informado a Wriothesley, quien tenía que llevar a cabo el arresto, de su reconciliación con la reina. Estando el rey y Catalina disfrutando de su paseo, aparece Wriothesley con 40 guardias reales para arrestar a la reina y sus damas.

Enrique se separa del grupo y llama a Wriothesley, quien cae de rodillas ante él. Los demás no pueden oír lo que el rey dice, pero sí le oyen gritar airado: ‘¡Truhán! ¡Salvaje! ¡Necio!’. Entonces el monarca ordena a Wriothesley que se aleje de su vista.

Cuando el rey regresa donde Catalina, esta trata de apaciguarlo con palabras dulces. Incluso habla en favor de Wriothesley, diciendo que lo que sea que haya hecho posiblemente haya sido por equivocación.

A esto el monarca responde: ‘La verdad, querida, es que ha sido un redomado truhán contigo; que se vaya, pues’.

Así fue como Catalina se salvó de sus enemigos y el obispo Gardiner perdió el favor del rey. La reina había derrotado al maquinador obispo y salido vencedora.

[Notas]

Este relato ficticio se basa en diversas fuentes, en particular en la obra Foxe’s Book of Martyrs.

“Instrumento de tortura que consistía en un marco de madera con un rodillo a cada extremo, a los que se ataban las muñecas y los tobillos de la víctima para descoyuntarle los huesos dando vuelta a los rodillos.” (Oxford Advanced Learner’s Dictionary.)

Catalina Parr sobrevivió a Enrique y después se casó con Thomas Seymour. Murió en 1548, a la edad de 36 años, poco después de dar a luz. Gardiner, tras cumplir condena en prisión y en la Torre de Londres, fue depuesto de su obispado en 1550. Recuperó el favor bajo el reinado de la monarca católica María I (1553) y falleció en 1555.