El príncipe don Carlos

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Prólogo:


Don Carlos, hijo de Felipe II, y de su primera esposa María Manuela de Portugal, fue un personaje enfermizo, con síntomas ocasionales de locura, cuya prematura muerte en la cárcel a dado pie a numerosas obras literarias, entre las que destaca la obra “Don Carlos”, del poeta alemán Schiller, quien, contradiciendo la historia, supone que el príncipe murió asesinado por su propio padre Felipe II.


Relato:

 


El 8 de julio de 1545 nacía en Valladolid el príncipe don Carlos. Era de cuerpo raquítico, cabeza desproporcionadamente grande y algo deforme. A pesar de que dispuso de excelentes preceptores, su aprovechamiento en los estudios fue muy escaso. Conforme fue creciendo se acentuó su carácter impulsivo, irascible y orgulloso.

Cuando el emperador Carlos I se hallaba retirado en el monasterio de Yuste, el príncipe Carlos, que admiraba profundamente a su abuelo, fue a visitarlo. Al viejo emperador se le llenaron de alegría sus días, pero dos incidentes protagonizados por el príncipe le enojaron profundamente.

Cuando el emperador regaló a su nieto en cuadro que representaba su fuga de Metz para no ser capturado por el elector de Sajonia, el joven Carlos consideró como propia de cobardes la huida de su abuelo y comentó en tono muy despectivo: “yo no hubiera huido”.

Otro día, el príncipe se encaprichó de la estufa de su abuelo y pidió que se la regalara. El césar se negó porque no disponía de otra para calentarse en el crudo invierno. El príncipe gritó, pataleó y apretaba los puños en un repentino ataque de ira. Dicen que su abuelo comentó:

“Que desgracia de príncipe para estos reinos”.

En 1560, las Cortes de Castilla juraron a don Carlos como heredero. Su padre intentó también que fuera reconocido como tal por las Cortes de Aragón, Cataluña y Valencia, pero, reunidas estas en Monzón el año 1563, se negaron a jurar como heredero a un príncipe cuya enfermiza salud le había impedido desplazarse a la ciudad aragonesa.

Felipe II, consciente de las limitaciones de su hijo, apenas le confió misión alguna de importancia.

Su debilidad era tal que, en el bautizo de su hermana Isabel Clara Eugenia, de la que era padrino, no pudo sostener a la criatura y tubo que ayudarle su tío don Juan de Austria. El embajador de Francia escribió en una carta a su reina: “el príncipe no tiene fuerza más que en los dientes”.

Por si fuera poco, en 1562, mientras perseguía a una muchacha de la corte, cayó por la escalera en el palacio de Alcalá de Henares, donde convalecía de unas fiebres. El rey corrió a la cabecera de su hijo y ordenó rogativas por su salud. Los médicos le hicieron la trepanación y, a duras penas, lograron salvarle la vida a don Carlos, que solo pesaba entonces 33 kilos.

Felipe II tubo la intención de viajar con don Carlos a los Paises Bajos, para que fuera también allí reconocido como heredero, pero, en vista de la precaria salud de su hijo, y se sus pasajeras muestras de enajenación, tubo que desistir de ello.

El carácter de don Carlos no era menos enfermizo que su cuerpo: en una ocasión intentó asesinar al duque de Alba, pero el ilustre soldado lo desarmó sin dificultad. Otra vez insultó a don Juan de Austria y desenvainó la espada para matarlo. También fue fácil desarmarlo. Don Carlos se sumió inmediatamente en un ataque de ira acompañado de gritos y convulsiones.

 Don Carlos ambiciona ser nombrado gobernador de los Paises Bajos y, como veía que su padre no estaba decidido a mobrarlo, preparó una fuga a aquellas tierras y pidió a don Juan de Austria que lo llevara en su galeras. Enterado Felipe II, fue fácil evitar la fuga del príncipe, lo que acrecentó el odio que don Carlos sentía hacia su padre.

Desde entonces, el príncipe se hizo todavía más receloso. Veía enemigos por todas partes, puso cerraduras especiales en su aposento, dormía con una espada bajo la almohada.

En aquellos días de 1567, su confesor le negó la absolución porque don Carlos manifestó que “tenía un odio mortal a una persona”, entendiéndose que se trataba de su propio padre.


Felipe II, agotada su paciencia, decidió encarcelar a don Carlos. El día 19 de enero de 1568, el propio rey, con casco, coraza y espada, acompañado de varios nobles, procedió a la detención del príncipe. El furor de don Carlos llegó al paroxismo. Llamó a su padre “tirano”, y entonces Felipe II dijo:


-En vista de vuestra conducta no os trataré como padre, sino como rey.


El príncipe reaccionó con una huelga de hambre e incluso intentó suicidarse tragándose el diamante de su anillo. Luego sufrió una indigestión de perdices de la que no pudo reponerse, muriendo el 25 de julio de 1568.


Trece años más tarde, el caudillo flamenco Guillermo de Orange, enfrentado en guerra con Felipe II, escribió un libro titulado “Apología”, en el que decía que don Carlos había sido asesinado por orden su padre Felipe II. Esta es la versión, nada conforme con la Historia, que Schiller plasmó en el libreto de la ópera “Don Carlos”.


FIN