Guerras de Religión en Francia: San Bartolomé

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Autor:  Galland

 

Domingo 1 de marzo de 1562, el duque de Guisa y su hermano, el cardenal Carlos de Lorena, adalides del catolicismo francés, cabalgaron acompañados de su guardia hasta el municipio de Vassy, al este de París, donde decidieron oír misa.

De súbito, oyeron himnos que provenían de un cobertizo, donde celebraban sus oficios religiosos centenares de protestantes. Al irrumpir los soldados en la ceremonia, se suscitó una reyerta en la que primero se lanzaron insultos y luego piedras, hasta que la guardia abrió fuego. Varias decenas de protestantes murieron y unos cien quedaron heridos.

¿Qué condujo a la matanza? ¿Cómo reaccionaron los protestantes?

Trasfondo histórico

En la primera mitad del siglo XVI, Francia era una nación próspera y populosa. El auge económico y demográfico vino acompañado de intentos de practicar un catolicismo más espiritual y fraterno. La gente deseaba una Iglesia menos rica y más santa. Algunos clérigos y doctos humanistas planteaban reformas religiosas ante los abusos de las altas jerarquías y la ineptitud del clero regular. Uno de los religiosos que defendían la renovación era el obispo Guillaume Briçonnet.

Briçonnet alentaba la lectura de las Escrituras entre sus diocesanos de Meaux. Llegó a patrocinar una nueva versión francesa de las Escrituras Griegas Cristianas, aunque cejó en su empeño al convertirse enseguida en blanco de las iras de la Facultad de Teología de la Sorbona (París), guardiana de la ortodoxia católica. No obstante, Briçonnet contaba con el amparo de Francisco I, rey de Francia de 1515 a 1547, que a la sazón favorecía las reformas.

Ahora bien, el monarca toleraba la crítica al catolicismo en tanto no perturbara el orden público ni la unidad nacional. En 1534, ciertos extremistas protestantes fijaron carteles en los que denunciaban la misa como idolátrica y hasta clavaron uno en la puerta de la alcoba real. La reacción de Francisco I fue cambiar radicalmente de actitud y lanzar una intensa campaña para erradicar el protestantismo.

Brutal exterminio

En breve hubo ejecuciones de protestantes en la hoguera. Salieron del país muchos humanistas y sus partidarios, así como seguidores del incipiente protestantismo. Se instauró la censura de libros y el control de la docencia, la edición y la impresión.

La oposición oficial se cebó en los valdenses, colectividad minoritaria de amantes de la Biblia que vivía en los pueblos pobres del sudeste del país. Algunos acabaron en la hoguera, centenares murieron en matanzas y una veintena de sus aldeas fueron desoladas.

Consciente de que había que reformar la Iglesia Católica desde dentro, un concilio de obispos se reunió en diciembre de 1545 en la ciudad italiana de Trento. Según la obra Historia del mundo en la Edad Moderna, de la Universidad de Cambridge, “el efecto general del concilio fue fortalecer las manos de los que se hallaban decididos a desarraigar el protestantismo”.

Los preliminares de la guerra

Hartos de esperar cambios, muchos partidarios de la reforma en el seno de la Iglesia Católica se adhirieron al protestantismo. En torno a 1560, un buen número de aristócratas galos y sus partidarios se unió a los hugonotes (protestantes), cuya voz era cada día más fuerte. A veces sus reuniones eran causa de irritación y antagonismo, como en 1558, cuando se congregaron por millares en París para cantar salmos durante cuatro días.

Todo ello enfureció a los poderosos jerarcas, así como a las masas, de la Iglesia Católica. Por instigación del cardenal Carlos de Lorena, Enrique II, hijo y sucesor de Francisco I, promulgó en junio de 1559 el Edicto de Écouen, cuyo propósito expreso era erradicar la “infame canalla luterana”. El edicto desató en París una campaña de terror contra los hugonotes.

Semanas después falleció Enrique II a consecuencia de las heridas que sufrió en un torneo. Le sucedió su hijo, Francisco II, que a instancias de la familia Guisa renovó el edicto que condenaba a muerte a los protestantes que no abjuraran de su fe. Al año siguiente murió Francisco II, y como el sucesor, Carlos IX, tenía 10 años, asumió la regencia su madre, Catalina de Médicis, cuya actitud conciliadora no era del agrado de los Guisa, que estaban decididos a exterminar el protestantismo.

En 1561, la regente organizó un coloquio en Poissy, cerca de París, con teólogos católicos y reformados. En el edicto publicado en enero de 1562, Catalina concedió a los protestantes la libertad de congregarse fuera de las ciudades, medida que suscitó la indignación católica. Así se dispuso la escena de los sucesos que ocurrieron dos meses después, la mencionada matanza de protestantes en un cobertizo del municipio de Vassy.

Las tres primeras guerras

La carnicería de Vassy fue el detonante de la primera de ocho guerras religiosas que hundieron a Francia en una vorágine de matanzas mutuas desde 1562 hasta mediados de los años noventa. Si bien estaban en juego asuntos de orden sociopolítico, el baño de sangre tenía una motivación eminentemente religiosa.

Después de la batalla de Dreux, en diciembre de 1562, que segó 6.000 vidas, concluyó la primera guerra de religión. La paz de Amboise, firmada en marzo de 1563, otorgó a los nobles hugonotes cierto grado de libertad religiosa, aunque limitaba sus lugares de culto.

“La segunda guerra tuvo su origen en los temores hugonotes a una conjura católica internacional”, señala la obra The New Encyclopædia Britannica. Entonces no era raro que los magistrados católicos ahorcaran a ciudadanos solo por ser protestantes. En 1567 hubo una intentona hugonota de apoderarse del rey Carlos IX y su madre, Catalina, hecho que desató el segundo conflicto.

Después de referirse a una de las batallas más sangrientas, la de Saint-Denis, librada a las afueras de París, los historiadores Will y Ariel Durant comentaron: “Francia se preguntó de nuevo qué religión era aquella que llevaba a los hombres a semejante carnicería”. Poco después, en marzo de 1568 se firmó la paz de Longjumeau, que reconocía a los hugonotes la misma tolerancia relativa de la paz de Amboise.

Los católicos, indignados, rehusaron aceptar el acuerdo, de modo que en septiembre de 1568 estalló la tercera guerra religiosa. Fue seguida de un acuerdo de paz que hacía mayores concesiones a los hugonotes. Se les cedieron varias fortalezas, entre ellas el puerto de la Rochela. Además, se designó para el Consejo de Estado del rey a un importante príncipe protestante, el almirante Coligny. Nuevamente, los católicos se enfurecieron.

La “Noche de San Bartolomé”

Un año después, el 22 de agosto de 1572, Coligny iba caminando por las calles de París, del Palacio del Louvre a su casa, cuando sufrió un atentado del que logró reponerse. Los protestantes, furiosos, amenazaron con vengarse implacablemente si no se hacía justicia de inmediato. En un consejo privado, el joven rey Carlos IX, su madre Catalina de Médicis y varios príncipes decidieron eliminar a Coligny. A fin de evitar represalias, también ordenaron el asesinato de todos los protestantes que se hallaban en París para la boda de Enrique de Navarra, protestante, y la hija de Catalina, Margarita de Valois.

La noche del 24 de agosto, las campanas de la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, situada frente al Louvre, dieron la señal de que comenzara la matanza. El duque de Guisa y sus hombres irrumpieron en el aposento donde dormía Coligny, lo mataron, arrojaron por la ventana el cadáver y luego lo mutilaron. El duque católico dio esta consigna: “Matadlos a todos; lo ordena el rey”.

Del 24 al 29 de agosto se sucedieron escenas horribles en las calles de París. Llegó a decirse que las aguas del Sena bajaban rojas con la sangre de miles de hugonotes. También corrió la sangre en otras poblaciones. Aunque los cálculos oscilan entre diez mil y cien mil muertos, la mayoría de los historiadores coincide en señalar que fueron como mínimo treinta mil.

“Tan horrible como la matanza dijo un historiador fue el júbilo que se suscitó.” Al enterarse de lo sucedido, el papa Gregorio XIII organizó una ceremonia de acción de gracias y dio su pláceme a Catalina de Médicis. Además, acuñó una medalla especial en conmemoración de la carnicería y autorizó que se representara en una pintura con la leyenda “El Pontífice aprueba la ejecución de Coligny”.

Cuentan que, una vez perpetrada la matanza, Carlos IX tuvo visiones de sus víctimas, y que gritaba a su enfermera: “¡Qué mal me aconsejaron! ¡Oh, Dios, perdóname!”. Falleció en 1574 a la edad de 23 años, y le sucedió su hermano Enrique III.

Más guerras de religión

Entre tanto, la jerarquía católica azuzaba a la población contra los hugonotes. El clero de Tolouse exhortó a sus fieles: “Matadlos y saquead; somos vuestros padres. Os protegeremos”. Las violentas campañas de exterminio dirigidas por el rey, los parlamentos, los gobernadores y los capitanes sentaron el ejemplo que imitaron las masas católicas.

Pero los hugonotes contraatacaron. A los dos meses de la “Noche de San Bartolomé” iniciaron la cuarta guerra religiosa. En los lugares donde superaban en número a los católicos destruyeron imágenes, crucifijos y altares en las iglesias católicas, y llegaron a verter sangre. “Dios no quiere que se exima ni ciudades ni gente”, dijo Juan Calvino, caudillo del protestantismo francés, en su Declaración para mantener la verdadera fe.

Se sucedieron otras cuatro guerras de religión. La quinta terminó en 1576 al firmar Enrique III una paz que concedía a los hugonotes plena libertad de culto en toda Francia. Pero la ultracatólica ciudad de París se rebeló y expulsó al rey, a quien consideraba demasiado conciliador con los hugonotes. Los católicos formaron un gobierno de oposición, la Santa Liga, capitaneada por Enrique de Guisa.

Por último, en el octavo conflicto, la guerra de los Tres Enriques, el rey Enrique III (católico) se alió con su futuro sucesor, Enrique de Navarra (protestante), contra Enrique de Guisa (católico). El monarca logró que se asesinara a Enrique de Guisa, pero él mismo cayó víctima de la agresión de un dominico en agosto de 1589. Así, Enrique de Navarra, que diecisiete años antes se había librado de la “Noche de San Bartolomé”, subió al trono como Enrique IV.

Dado que era hugonote, París se negó a acatarlo. La Santa Liga católica organizó sus huestes por todo el país para luchar contra él. Aunque el soberano ganó varias batallas, cuando los católicos recibieron refuerzos de España acabó abjurando del protestantismo y convirtiéndose a la fe católica. Tras su coronación, el 27 de febrero de 1594, Enrique entró en París, donde el pueblo, exhausto de tanta guerra, lo aclamó como rey.

Así concluyeron las guerras religiosas de Francia, tres decenios largos de matanzas mutuas de católicos y protestantes. El 13 de abril de 1598, Enrique IV publicó el histórico Edicto de Nantes, que reconocía la libertad de conciencia y de culto a los protestantes. Según el Papa, el edicto era “lo más malvado que podía imaginarse, [pues] concedía a toda la gente la libertad de conciencia, que era la peor cosa del mundo”.

Por toda Francia hubo católicos que creyeron que con el edicto el rey había quebrantado su promesa de defender su fe. La Iglesia no descansó hasta conseguir, casi un siglo más tarde, que Luis XIV revocara el edicto, lo que suscitó una persecución de los hugonotes aún más implacable.

El fruto de las guerras

A fines del siglo XVI, la prosperidad de Francia se había desvanecido. Medio reino había sido asediado, saqueado, extorsionado o devastado. Los soldados exigían demasiadas cosas al pueblo, lo cual desató revueltas del campesinado. La población protestante, diezmada por ejecuciones, matanzas, expatriaciones y abjuraciones, entró muy mermada en el siglo XVII.

Todo indicaba que los católicos habían ganado las guerras de religión en Francia. Pero ¿contaba su triunfo con la bendición divina? Obviamente, no. Hastiados de las matanzas en nombre de Dios, muchos franceses se hicieron irreligiosos. Fueron los precursores de la denominada orientación anticristiana del siglo XVIII.