Españoles en Trento

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eljoines
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Prólogo:

 

En Trento, pequeña ciudad al norte de Italia, se estaba celebrando al fin, en 1545, el Concilio esperado desde hacía décadas por católicos y protestantes. Era un sentir común la necesidad de restaurar la antigua disciplina de la iglesia y sobre todo el volver a la unidad de todos los creyentes cristianos, quebrantada por la reforma de Lutero.

 

Relato:

 

La ciudad imperial de Trento conoció aquellos años un inusitado esplendor. Cardenales, obispos, embajadores de los reyes, frailes y soldados habían llegado desde todos los rincones de Europa atendiendo a la convocatoria del papa Pablo III y del emperador Carlos I.

En la cabecera de la iglesia, los representantes del papa ocupaban la presidencia; a derecha e izquierda se sentaban los cardenales de la Curia; eran miembros de las principales familias italianas y vestían con majestuosidad sus brillantes ropajes de color púrpura. Detrás de los cardenales se situaban los teólogos y consultores de los obispos, que procedían de las principales universidades de Europa; los obispos llenaban la nave central del templo.

El atrio y las calles que rodeaban el templo eran custodiados por las tropas imperiales, ataviadas con sus mejores galas.

En el Concilio se sucedieron sesiones interminables en las que intervinieron los diferentes legados. Se expresaban en latín, lengua de la unidad, de la iglesia. Sus disertaciones largas y llenas de distinciones evitaban fórmulas que disgustasen a los obispos presentes o que ahondasen las diferencias entre católicos y protestantes.

Fue el día 26 de octubre de 1546 cuando un clérigo humilde, vestido con sencillez, subió a la tribuna de los oradores. Era el español Diego Laínez; nacido en Soria y miembro de la recién fundada Compañía de Jesús. Pronunció un discurso brillante que avalaba su fama de gran predicador. Abordó con claridad y energía la cuestión de si eran necesarias las buenas obras para salvarse, cuestión que enfrentaba radicalmente a protestantes y católicos, y que después derivó en polémicas políticas y sociales que tanto preocupaban al emperador Carlos I.

 Las palabras de Laínez fueron tajantes:

<<es cierto que el hombre pecador no puede alcanzar la salvación por sí mismo. Esa salvación es obra de la gran misericordia de Dios. Pero también es cierto que Dios ha querido que el hombre sea libre y responsable y, por tanto, ha de merecer la salvación divina con sus propias buenas obras.>>

El joven jesuita, durante horas, defendió sus proposiciones con toda clase de argumentos. Citó a los Santos Padres, a Santo Tomás de Aquino, Leyó los Evangelios y las Cartas de San Pablo y recordó las tesis de los grandes maestros.

Tras la sesión, los claustros de la iglesia se llenaron de una nerviosa agitación. Laínez y otros teólogos españoles eran el centro de todas las discusiones. Algunos los rechazaban, porque, siendo simples teólogos, parecían suplantar la autoridad de los obispos; otros, porque sus vestidos pobres y su sencillez echaban en cara el lujo cortesano de la curia romana, y otros querían ver sus doctrinas espirituales antiguas desviaciones heréticas. Incluso muchos obispos españoles no veían bien a aquel grupo que había empezado a influir en el mismo papa.

Pero, poco a poco, los contactos personales fueron quebrando el ambiente de hostilidad. Muchos obispos comenzaron a buscar la compañía de los teólogos españoles: al principio en secreto y después abiertamente, les propusieron ser sus asesores personales y les rogaron que pusieran por escrito lo que pensaban que había que sostener en cada sesión.

En el Concilio, tras las declaraciones doctrinales, vinieron las reformas del culto, a los sacramentos, a la formación de los sacerdotes.

Los españoles siguieron teniendo intervenciones destacadas.

 El citado Diego Laínez y sus compañeros jesuitas Alfonso Salmerón y Francisco Torres, los dominicanos Domingo de Soto y Melchor Cano y los franciscanos Juan de la Vega y Alfonso Castro brillaron a gran altura.

La aportación española al Concilio fue tan grande que a España se la llamó con razón <<Luz de Trento>>.

Después se emprendió la reforma de la disciplina eclesiástica. Aquí también destacaron los obispos españoles entre los padres conciliares. La reforma iniciada por el cardenal Cisneros había dado sus frutos, y en España, al menos en parte, se habían desterrado algunos abusos eclesiásticos.

Ni el espíritu feudal de los obispos alemanes, ni la corrupción mundana de los prelados italianos o el servilismo a su rey de los franceses, habían penetrado tanto en los obispos españoles.

Al concluir cada sesión, un personaje no eclesiástico, militar de gran cultura, poeta o historiador, convocaba en su palacio a los representantes de la iglesia española. Era Diego Hurtado de Mendoza, el embajador del emperador Carlos I. Su misión consistía en informarse y tener al corriente al rey de España de lo que en Trento sucedía y de garantizar que el Concilio cumpliese con sus fines en aquella ciudad italiana.


FIN