La Revolución Francesa

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Desde: 19 Feb 2010

Autor: Histoconocer

 

En 1789, Francia cayó en la Revolución, y el mundo ya nunca volvió a ser el de antes. La Revolución Francesa fue, con gran diferencia, el más importante movimiento de toda la época revolucionaria. Sustituyó el “antiguo régimen” con la “sociedad moderna”, y en su última fase se hizo tan radical, que todos los movimientos revolucionarios ulteriores la tuvieron como antecedente. En aquel tiempo, en la época de la Revolución Democrática desde los años sesenta del siglo XVIII hasta 1848, el papel de Francia fue decisivo. Incluso los americanos, sin la intervención militar francesa, difícilmente hubieran conseguido de Inglaterra un arreglo militar conveniente, ni habrían sido lo suficientemente libres para instaurar los nuevos estados y las nuevas constituciones. Y si bien los conflictos revolucionarios en Irlanda y en Polonia, o entre los holandeses, los italianos y otros no eran provocados en absoluto por el ejemplo francés, era la presencia o la ausencia de la ayuda francesa lo que generalmente determinaba los resultados conseguidos, cualesquiera que fuesen.

 

La revolución francesa, al contrario de las revoluciones rusa o china del siglo XX, se produjo en el que en muchos sentidos constituía el país más avanzado de aquel tiempo. Francia era el centro del movimiento intelectual de la Ilustración. La ciencia francesa dirigía entonces el mundo. Los libros franceses se leían en todas partes. El francés era una especie de lenguaje hablado internacional en los círculos ilustrados y aristocráticos de muchos países. Francia era también potencialmente antes de 1789 y realmente después de 1793, el país más rico de Europa. Puede ser el más rico, pero no per cápita.

 

 

Antecedentes: 

 

 

El antiguo Régimen: los tres estados

 

 

Así se llamó a pasar la sociedad prerrevolucionaria tras su desaparición. El hecho esencial respecto al Antiguo Régimen consistía en que aún era legalmente aristocrático y, en algunos aspectos, feudal. Todos pertenecían a un “estado” u “orden” de la sociedad. El primer Estado era el clero, el segundo era la nobleza y el tercero incluía a todos los demás (desde las más ricas clases de negocios y de los profesionales hasta los más pobres campesinos y obreros). Estas categorías eran importantes en el sentido de que los derechos legales del individuo y el prestigio personal dependían de la categoría a que se perteneciese. Políticamente, estaban anticuados; desde el año 1614, los estados no se habían reunido en unos Estados Generales, de todo el reino, aunque en algunas provincias habían seguido  reuniéndose como corporaciones provinciales. Socialmente, estaban también anticuados, porque la división de tres categorías no correspondía ya a la auténtica distribución de los intereses, de la influencia, de la propiedad o de la actividad productiva entre el pueblo francés.

 

La situación de la Iglesia y la posición del clero han sido muy exageradas como causa de la Revolución Francesa. La Iglesia de Francia cobraba un diezmo por todos los productos agrícolas, pero también lo cobraba la iglesia de Inglaterra; los obispos franceses intervenían a menudo en los asuntos del gobierno, pero también los obispos ingleses intervenían a través de la Cámara de los Lores. Los obispos franceses de 1789 no eran en realidad más ricos que los de la Iglesia de Inglaterra., según se descubrió mediante la investigación llevada a cabo cuarenta años después. Pero si bien la importancia del clero se ha exagerado con frecuencia, es preciso señalar, sin embargo que la iglesia se hallaba profundamente implicada en el sistema social predominante. En primer término, las instituciones eclesiásticas poseían alrededor del 10% de la tierra del país, lo que significaba que colectivamente, la iglesia era el mayor de todos los terratenientes. Además los ingresos procedentes de las propiedades de la iglesia, como todos los ingresos, se repartían muy desigualmente, y una gran parte de ellos iba a parar a manos de los aristócratas que ocupaban los más elevados cargos eclesiásticos.

 

El orden de la nobleza había experimentado un gran resurgimiento tras la muerte de Luis XIV en 1715. Los servicios públicos distinguidos,  los más altos puestos de la iglesia, el ejército y casi todos los demás hombres públicos y semipúblicos estaban punto menos que monopolizados por los títulos de la nobleza en tiempos de Luis XVI. A través de los Parlamentos de los Estados Provinciales o de la asamblea del clero dominada por los obispos nobles, la aristocracia había bloqueado proyectos impositivos del rey y había mostrado el deseo de controlar la política del estado. Al propio tiempo, la burguesía, la capa más alta del Tercer Estado, nunca había sido tan influyente. El aumento del comercio exterior francés, entre 1713 y 1789, hasta hacerse cinco veces mayor, revela el crecimiento de la clase de los comerciantes y de las clases de juristas y funcionarios a ella asociadas. A medida que los miembros de la burguesía se hacía más fuertes, más ampliamente agraviados por las distinciones de que gozaban los nobles. Algunas de aquellas distinciones eran económicas: los nobles estaban exentos, por principio, del más importante impuesto directo (la taille), mientras a los burgueses les costaba más esfuerzo obtener la exención; pero eran tantos los burgueses que gozaban de privilegios en los impuestos, que el interés puramente monetario no ocupaba un lugar fundamental en su psicología. El burgués miraba al noble con resentimiento, por su superioridad y por su arrogancia. Lo que antes había sido un respeto habitual, se sentía hora como una humillación. Y consideraban que estaban siendo excluidos de cargos y honores y que los nobles, como clase, trataban de alcanzar más poder en el gobierno. La Revolución fue el choque de dos fuerzas que se desplazaban, una aristocracia descendente y una burguesía ascendente.

 

Pero esta clase burguesa solo se mostró revolucionaria en los países donde constituía una clase social poderosa y bien organizada; por ello se mantuvo pacífica y conservadora tanto en el oriente de Europa como en las penínsulas mediterráneas, donde el comercio y la industria estaban poco desarrolladas, y en Inglaterra, donde la revolución del siglo XVII había dado completa satisfacción a sus deseos políticos y sociales, mientras que se mostró fuerte y revolucionaria en Holanda, Bélgica y sobretodo en Francia y el norte de Italia.

 

Este nuevo espíritu liberal e individual, que se desarrolla en el Tercer Estado, se pone de relieve en la desintegración de los gremios, que la propia burguesía había creado, porque limitaban las posibilidades económicas burguesas al evitar la competencia, eran inmovilistas. Por ello, las corporaciones y los gremios, perdieron fuerza y vitalidad al ser combatidos por la nueva burguesía. Ahora el mercantilismo y la economía nacional van a ser sustituidos por el librecambismo y la economía mundial.

 

El pueblo común, por debajo de las familias de comerciantes y de profesionales del Tercer Estado, se encontraba en una situación tan buena como en la mayoría de los países. Pero no era  tan buena, si se comparaba con la de las clases más altas. Los jornales no habían participado en absoluto de la ola de prosperidad de los negocios. Entre los años 1730 y 1780, los precios de los artículos de consumo se elevaron aproximadamente en un 65%, mientras los jornales solo subían en un 22%. En consecuencia las personas que dependían de un jornal se hallaban en difícil situación, pero eran menos numerosas que hoy, porque en el campo había muchos granjeros pequeños y en las ciudades muchos pequeños artesanos, y ambos grupos no vivían de unos jornales, sino de la venta de los productos de su propio trabajo, a precios de mercado. Pero tanto en la ciudad como en el campo había un importante elemento asalariado o proletario, que había que desempeñar un papel decisivo en la Revolución.

 

 

El sistema agrario del Antiguo Régimen

 

 

Más del 80% del pueblo pertenecía al campo. El sistema agrario se había desarrollado de tal modo, que en Francia no había servidumbre, como era bien sabido en la Europa oriental. La relación de señor y campesino en Francia no era la relación de amo y hombre. El campesino no estaba obligado a prestar trabajo alguno al señor, a excepción de unos pocos servicios simbólicos, en algunos casos. El campesino trabajaba para si mismo, en su propia tierra o en tierra arrendada, o trabajaba como aparcero, o se contrataba a jornal con el señor o con otro campesino.

 

El señorío continuaba manteniendo ciertos rangos supervivientes de la época feudal. El noble proletario de un señorío gozaba de “derechos de caza”, o del privilegio de mantener reservas de caza, y el de cazar en su propia tierra y en la de los campesinos. Solía tener un monopolio sobre la panadería o sobre la prensa del lugar del pueblo, por cuyo uso cobraba unos derechos, llamados banalités. Tenía ciertos poderes residuales de jurisdicción en el tribunal del señorío y ciertos poderes de policía local, que le permitían cobrar tributos y multas. Estos privilegios señoriales eran las supervivencias de unos días en los que el señorío local había sido una unidad de gobierno y el noble había representado las funciones de gobierno, de una época que había pasado hacía mucho tiempo con el desarrollo del estado moderno centralizado.

 

Había otro rango especial del sistema de propiedad del Antiguo Régimen. Todo proletario de un señorío (había burgueses e incluso campesinos ricos, que habían comprado señoríos) poseía lo que se llamó un derecho de “propiedad eminente”, respecto a todas las tierras situadas en el pueblo del señorío. Esto significa que los propietarios menores que se encontraban dentro del señorío “poseían” sus tierras, en el sentido de que podían libremente comprarla, venderla, arrendarla y legarla o heredarla, pero debían al propietario del señorío, en reconocimiento de los derechos de su “propiedad eminente” ciertas rentas, pagaderas anualmente, así como unos honorarios de transmisión, que debían abonarse cada vez que la tierra  cambiase de propietario, por venta o por muerte. La propiedad de la tierra sometida a estos derechos de “propiedad eminente” era muy extensa. Los campesinos poseían directamente unas dos quintas partes del suelo del país; los burgueses un poco menos de una quinta parte. La nobleza poseía tal vez un poco más de la quinta parte y la iglesia, un diez por ciento, siendo el resto las rentas de la corona, yermos o comunales. Por último, es de señalar que todos los derechos de propiedad estaban sometidos también a unos ciertos derechos “colectivos”, en virtud de los cuales los campesinos podían cortar leña o meter sus cerdos en los comunales, o apacentar el ganado en tierras pertenecientes a otros propietarios, una vez hecha en ellas la recolección ya que no había cercas ni vallas.

 

En el siglo XVIII, propiedad significaba tierra, todavía más que hoy. Incluso la burguesía, cuya riqueza estaba constituida en tan alto grado por barcos, mercancías o valores comerciales, hacía grandes inversiones en la tierra, y en la Francia de 1789 disfrutaba de la propiedad de casi tanta tierra como la nobleza, y de más que la iglesia. La Revolución había de revolucionar la ley de la propiedad, liberando a la posesión privada de la tierra, de todos los gravámenes indirectos descritos (tribunos señoriales, derechos de propiedad eminente, prácticas agrícolas comunales de los pueblos y diezmos de la iglesia). Había de abolir también otras formas antiguas de propiedad, como la propiedad de los cargos públicos o de la jefatura de las ligas, que habían sido especialmente útiles a ciertos grupos cerrados y privilegiados. Por último, la Revolución estableció las instituciones de propiedad privada en el sentido moderno, y benefició, por tanto y muy especialmente a los campesinos terratenientes y a la burguesía.

 

Los campesinos no solamente poseían las dos quintas partes del suelo, sino que lo ocupaban casi todo, trabajándolo según su iniciativa y con su propio riesgo. Es decir, la tierra perteneciente a la nobleza, a la iglesia, a la burguesía y a la corona se dividía y se arrendaba a los campesinos en pequeñas parcelas. Francia era ya, un país de pequeños granjeros. No había una “gran agricultura”, como en Inglaterra, en Europa oriental o en las plantaciones de América. El señor del feudo no desempeñaba una función económica. Vivía no de administrar una hacienda y de vender sus propias cosechas y su ganado, sino de la recaudación de innumerables tributos, foros e impuestos. Los señores de los feudos, ante los crecientes costes de la vida y situados en niveles de vida más altos a causa del progreso material general, cobraban sus tributos más rigurosamente o restablecían otros viejos, que habían caído ya en desuso. Los arrendamientos y los contratos de aparcería se hicieron también menos favorables para los campesinos. Los granjeros, al igual que los jornaleros, se encontraban sometidos a una presión cada vez mayor. Al propio tiempo, los campesinos soportaban más difícilmente cada día los “impuestos feudales”, porque se consideraba a sí mismo el verdadero propietario de la tierra, y veían en el señor a un caballero de la vecindad, que sin razón alguna gozaba de unos ingresos especiales y de una posición diferente de la suya. El problema consistía en que una gran parte del sistema de propiedad ya no guardaba relación alguna a utilidad o con la actividad económica realcon l.
 
 
 
La Revolución y la reorganización de Francia

 

 

La crisis financiera:

 

 

La Revolución se precipitó a causa de un colapso financiero del gobierno. Lo que sobrecargaba al gobierno no era en absoluto la costosa magnificencia de la corte de Versalles. En 1788, solo el 5% de los gastos públicos estaba dedicado al mantenimiento de toda la institución real. Lo que sobrecargaba a todos los gobiernos eran los gastos de guerra, el normal sostenimiento de ejércitos y armadas y el gravamen de la deuda pública, que en casi todos los países era consecuencia casi en su totalidad, de los costes de la guerra del pasado. En 1788, el gobierno francés dedicaba alrededor de una cuarta parte de su gasto anual al normal sostenimiento de sus ejércitos, y la mitad aproximadamente al pago de sus deudas. Los gastos británicos presentaban casi la misma distribución. La deuda francesa sumaba alrededor de cuatro mil millones de libras. Se había visto considerablemente aumentada por la Guerra de la Independencia Americana. Pero no era más que la mitad de la deuda nacional de Gran Bretaña e inferior a una quinta parte en cuanto a su carga per capita.

 

Pero no podía afrontarse la deuda, por la sencilla razón de que el presupuesto francés no se equilibraba. Los impuestos y otros ingresos no cubrían los gastos necesarios. Esto no se debía a la pobreza nacional, sino a las exenciones y a las evasiones de impuestos de los elementos privilegiados, especialmente de los nobles. El impuesto más importante, la taille, solo era pagado por los campesinos, pues los nobles estaban exentos en virtud de sus privilegios de clase, y los funcionarios públicos y los burgueses conseguían la exención por diversos procedimientos. La iglesia insistía en que sus bienes no podían ser gravados con impuestos por el estado, y su periódica y “libre donación” al rey, aunque sustancial, era inferior a lo que podría obtenerse mediante un impuesto directo de las tierras de la iglesia. Aunque el país era rico, el tesoro público estaba vacio. Las clases sociales que disfrutaban de casi toda la riqueza del país no pagaban unos impuestos adecuados a sus ingresos y, lo que era aún peor, se resistían a los impuestos por considerarlos como signos de una posición inferior.

 

Una larga serie de personas responsables, había visto la necesidad de imponer tributos a las clases privilegiadas. Jacques Necker, un banquero suizo nombrado director de las finanzas en 1777 por Luis XVI, dio algunos pasos en esa dirección y fue destituido. Su sucesor Calonne, como la crisis se agravaba, llegó a conclusiones más revolucionarias todavía. En 1786, trazó un programa en el que el despotismo ilustrado se moderaba mediante un discreto recurso a instituciones representativas. En lugar de la taille, el proponía un impuesto general que recayese sobre todos los terratenientes sin exención, una suavización de los impuestos indirectos y la abolición de los aranceles interiores para estimular la producción económica. La confiscación de algunas propiedades de la iglesia y la instauración como medio de interesar en el gobierno a los elementos adinerados, de asambleas provinciales en las que todos los terratenientes (nobles, clericales, burgueses y campesinos) estarían representados, independientemente de su estado u orden.

 

Este programa, si se llevase a la práctica, podría haber resuelto el problema fiscal y conjurado la Revolución. Pero atacaba no solamente los privilegios en los impuestos, sino también la triple organización jerárquica de la sociedad. Sabiendo por experiencia que el Parlamento de Paris no lo aceptaría, Calonne convocó en 1787 una “asamblea de notables”, con la esperanza de ganar el apoyo de estos para sus ideas. Los notables insistieron en obtener concesiones a cambio, porque deseaban participar en el control del gobierno. Se produjo un punto muerto; el rey destituyó a Calonne y nombró como sucesor suyo a Lomenie de Brienne, el arzobispo de Toulouse. Brienne trató de hacer pasar el mismo programa en el Parlamento de Paris. El Parlamento lo rechazó, declarando que solamente los tres estados del reino, reunidos en Estados Generales, tenían autoridad para permitir nuevos impuestos. Brienne y Luis XVI, al principio, se negaron, creyendo que los Estados Generales, si se convocaban, estaría dominados por la nobleza. Entonces trataron de acabar con los parlamentos, sustituyéndolos con un modernizado sistema judicial, en el que los tribunales de justicia no tuvieran influencia alguna en la política. Esto provocó una auténtica rebelión de los nobles. Todos los parlamentos y los Estados Provinciales se resistieron, los nobles empezaron a organizar clubs políticos y comités de relaciones. Con su gobierno paralizado e incapaz de obtener dinero a préstamo y de recaudar impuestos, Luis XVI, el día 5 de julio de 1788, prometió  convocar los Estados Generales para el mes de mayo siguiente. Las diversas clases fueron invitadas a elegir representantes y también a redactar sus listas de agravios.

 

 

De los Estados Generales a la Asamblea General

 

 

Como los Estados Generales no se habían reunido en más de siglo y medio, el rey pidió a todos que estudiasen el tema e hiciesen propuestas  acerca de la forma en que debía organizarse aquella asamblea, en unas condiciones modernas. Esto dio origen a una erupción de discusiones políticas. Aparecieron cientos de folletos políticos, muchos de los cuales pedían que se desechasen el viejo sistema de las tres cámaras y que cada uno votase como un todo porque, de aquella manera, la cámara del tercer estado siempre era superada en número. Pero en septiembre de 1788 el Parlamento de Paris decidió que los Estados Generales debían reunirse y votar como en 1614, en tres órdenes separados.

 

La nobleza, a través del Parlamento, revelaba así su propósito. Había forzado la convocatoria de los Estados Generales y de este modo la nobleza francesa iniciaba la Revolución. La Revolución empezó como otra victoria del resurgimiento aristocrático frente al absolutismo del rey. Los nobles tenían realmente un programa liberal: pedían un gobierno constitucional, garantías de libertad personal para todos, libertad de expresión y de imprenta y garantías frente a las detenciones y a los confinamientos arbitrarios. Muchos ahora estaban incluso dispuestos a renunciar a sus especiales privilegios en materia de impuestos. Pero en compensación, esperaban convertirse en el elemento político preponderante del estado. Su objetivo consistía no solo en reunir los Estados Generales de 1789, sino en que Francia fuese gobernada en el futuro mediante estos Estados Generales.

 

Y esto era precisamente lo que el Tercer Estado quería evitar. Juristas, banqueros, hombres de negocios, acreedores del gobierno, tenderos, artesanos, obreros y campesinos no tenían el menor deseo de ser gobernados por los señores temporales y espirituales. Sus esperanzas de una nueva era, formadas por la idea de la Ilustración y estimuladas por la revolución americana, alcanzaron su máxima excitación cuando el rey Luis convocó los Estados Generales.  La decisión del Parlamento de Paris de septiembre de 1788, les sentó una bofetada (un insulto de clase, no provocado). Todo el Tercer Estado se volvió contra la nobleza con odio y desconfianza. El Abad Sieyès, en enero de 1789, lanzó su famoso folleto ¿Qué es el tercer Estado?, declarando que la nobleza era una casta inútil, que podía ser abolida sin inconveniente alguno, que el Tercer Estado era el único elemento necesario de la sociedad. Ya antes de que se reuniesen los nobles y los plebeyos se miraban con miedo y con recelo. El Tercer Estado, que había apoyado inicialmente a los nobles contra el “despotismo” de los ministros del rey, les atribuía ahora los peores móviles posibles. El antagonismo de clase envenenó la Revolución en sus comienzos, hizo imposible una reforma pacífica y arrojó a muchos burgueses, inmediatamente, a una actitud radical y destructiva.

 

Como estaba previsto los Estados Generales se reunieron en mayo de 1789 en Versalles. El Tercer Estado, cuyos representantes en su mayoría, eran juristas, boicoteó la organización en tres cámaras separadas. Insistió en que los diputados de los tres órdenes debían reunirse como una sola cámara y votar como individuos; este procedimiento supondría una ventaja para este Tercer Estado, porque el rey le había concedido tantos diputados como a los otros dos juntos. Durante seis semanas se mantuvo un punto muerto. El día 13 de junio unos pocos sacerdotes, abandonando la cámara del Primer Estado, cruzaron y fueron a sentarse con el Tercero. Fueron muy bien recibidos con una jubilosa bienvenida. El 17 de junio, el Tercer Estado se declaró “Asamblea Nacional”. Luis XVI, bajo la presión de los nobles, cerró la sala de sesiones en que se reunía. Los miembros encontraron una sala vecina, en la que se jugaba a la pelota, y allí se pronunciaron y firmaron el Juramento del Juego de la Pelota, el 20 de junio de 1789, afirmando que dondequiera que ellos se reunieses, allí estaba la Asamblea Nacional, y que no se disolverían hasta que hubiesen redactado una Constitución. Aquello era un paso revolucionario, porque suponía virtualmente el poder soberano de una institución cuyos miembros carecían de una legítima autoridad. El rey ordenó a los miembros de los tres estados que se reuniesen en sus cámaras separadas. Ahora, el rey, presentaba un programa de reforma propio, pero era demasiado tarde. La autotitulado Asamblea Nacional se negó a volverse atrás. El rey vaciló, no logró imponer sus órdenes con la necesaria prontitud, y dejó que la Asamblea continuara existiendo. En los días siguientes, a finales de junio, convocó en Versalles a unos 18.000 soldados.

 

En la disputa sostenida entre los nobles y los miembros de la cámara baja, optó por los nobles. En Francia era tradicional que el rey se opusiese al feudalismo. Durante siglos la monarquía francesa había encontrado su fuerza entre la burguesía. A lo largo de todo el siglo XVIII, los ministros del rey habían mantenido la lucha contra los intereses de los privilegiados. En 1789 no logró hacer valer sus derechos. Perdió el control sobre los Estados Generales, no ejerció su autoridad y no ofreció ningún programa hasta que fue demasiado tarde. No supo hacer uso de la profunda lealtad que hacia él sentían la burguesía y el pueblo llano, que deseaban un rey que los defendiese contra una aristocracia de nacimiento y de posición. En lugar de ello trató de arbitrar y aplazar una crisis; después se encontró en la situación de haber dado unas órdenes que el Tercer Estado se atrevía a desafiar y en ese trance aceptó las sugerencias de María Antonieta, de sus hermanos y de los nobles cortesanos, que le decía que su dignidad y su autoridad estaban siendo ultrajadas y socavadas. A finales de junio, el rey, se propuso decididamente disolver los Estados Generales por la fuerza militar. Pero lo que el Tercer Estado temía era un futuro en el que la aristocracia controlase el gobierno del país. Ahora ya no había posibilidad de retroceso; la revuelta del Tercer Estado había aliado a Luis XVI con los nobles y el Tercer Estado temía a los nobles ahora más que nunca pues creía que estos tenían ahora al rey en sus manos.

 

 

Las clases inferiores en acción

 

 

Mientras tanto el país estaba cayendo en la descomposición. Las clases inferiores, más bajas que la burguesía, estaban levantiscas. También a ellas les parecía que la convocatoria de los Estados Generales anunciaba una nueva era. Los agravios de siglos salían a la superficie. Las circunstancias a corto plazo eran malas. La cosecha de 1788 había sido pobre; el precio del pan en julio de 1789 era más alto que nunca. También fue un año de depresión; el rápido crecimiento del comercio a consecuencia de la guerra americana se había detenido repentinamente, de modo que los jornales cayeron y el desempleo se extendió, mientras la escasez hacía subir los precios de los artículos alimenticios. Las masas estaban inquietas en todas partes. La revuelta obrera estalló; en abril un gran motín de trabajadores devastó una fábrica en Paris. En los distritos rurales había muchos trastornos. Los campesinos declaraban que no pagarían más tributos señoriales y se negaban también a pagar impuestos. Ahora, la depresión en los negocios reducía el ingreso de los campesinos honrados, que se dedicaban al tejido o a otras industrias domésticas en sus hogares; el desempleo y la indigencia se extendían por el país; la gente abandonaba sus pueblos y el resultado era que el número de vagabundos se elevaba en proporciones alarmantes. Las crisis económica y social se hacían así agudamente políticas.

 

Las ciudades tenían miedo de verse saqueadas por mendigos y malhechores. Incluso Paris estaba alarmada por la concentración de tropas en torno a Versalles. Y empezaron a armarse para su propia defensa. Todas las clases del Tercer Estado lo hicieron. Las multitudes comenzaron a buscar armas en los arsenales y en los edificios públicos. El día 14 de julio se dirigieron hacia la Bastilla, una fortaleza construida en la Edad Media para intimidar a la ciudad. El gobernador había colocado cañones en las troneras. La multitud le requería para que quitase los cañones y les facilitase armas. El gobernador se negó. La multitud se transformó en un populacho que asaltó la fortaleza e indujo al gobernador a que se rindiese. La muchedumbre, indignada por la muerte de noventa y ocho de sus miembros, entró y dio muerte a seis soldados de la guarnición. El gobernador fue muerto también. El alcalde de Paris corrió la misma suerte. Sus cabezas fueron cortadas con cuchillos, clavadas en unas picas y paseadas por la ciudad. Mientras esto ocurría, las unidades del ejército regular de los alrededores de Paris no se movieron, porque se ponía en duda su lealtad.

 

La toma de la Bastilla vino a salvar la Asamblea de Versalles. El rey aceptó la nueva situación de Paris. Reconoció a un comité de ciudadanos como el nuevo gobierno municipal. Despidió a las tropas que había convocado y ordenó a los nobles y clérigos que se incorporasen a la Asamblea Nacional. En Paris se creó una guardia burguesa o nacional para mantener el orden. El marqués de Lafayette recibió el mando de la guardia de Paris. Como insignia combinó los colores de la ciudad (rojo y azul) con el blanco de la casa de Borbón.

 

En los distritos rurales las cosas iban de mal en peor. Una vaga inseguridad alcanzaba las proporciones de pánico, que se extendió por el país a finales de julio, al paso de los viajeros, de los correos, etc. De un punto a otro se corría la voz de que “venían los bandidos”, y los campesinos, armados para proteger sus hogares y sus cosechas, a menudo fijaban su atención en las casas de los señores, una veces quemándolas y otras veces destruyendo los archivos señoriales. El Gran Miedo formó parte de la insurrección agraria general. Trataban de destruir por la fuerza el régimen señorial.
 
 
 
Las reformas iniciales de la Asamblea Nacional

 

 

La Asamblea de Versalles solo podía restablecer el orden satisfaciendo las demandas de los campesinos. La eliminación de todos los impuestos señoriales privaría a la aristocracia terrateniente de una gran parte de sus ingresos. Muchos burgueses también tenían señoríos. Un pequeño grupo de diputados preparó un movimiento de sorpresa en la Asamblea, eligiendo una sesión nocturna de la que estaban ausentes muchos miembros. De ahí vino “la noche del 4 de agosto”. Unos pocos nobles liberales se levantaron y renunciaron a sus derechos de caza, a sus derechos en los tribunales señoriales y a los privilegios feudales y señoriales en general. Lo que quedaba de servidumbre y de todo tipo de vasallajes personales se declaraba acabado. Los diezmos fueron abolidos. Otros diputados repudiaron los privilegios especiales de sus provincias. Todos los privilegios de impuestos personales fueron abandonados. Se llegó al acuerdo de abolirse todos aquellos tributos derivados de la propiedad eminente en los señoríos, pero los campesinos tenían que pagar una compensación a los antiguos propietarios. En la mayoría de los casos la compensación nunca se pago. Esta cláusula de la compensación fue abolida en 1793.

 

En un decreto en el que se resumían las resoluciones del 4 de agosto, la Asamblea declaraba sencillamente que el “feudalismo queda abolido”. Con el privilegio legal sustituido por la igualdad legal procedía a razar los principios del nuevo orden. El 26 de agosto de 1789 hizo pública la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

 

La Declaración de 1789 pretendía afirmar los principios del nuevo estado que eran el dominio de la ley, la ciudadanía individual igual y la colectiva soberanía del pueblo. El artículo I declaraba:”Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Se afirmaba que los derechos naturales del hombre eran “la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”. Se garantizaba la libertad de pensamiento y la de la religión; nadie podía ser detenido ni castigado, excepto mediante un procedimiento legal; todas las personas eran declaradas elegibles para cualquier función pública, siempre que estuvieran capacitadas para ella. La libertad se definía como el poder de hacer todo lo que no perjudique a otro. La ley debía ser igual para todos. La ley era la expresión de la voluntad general, y había de ser elaborada por todos los ciudadanos o por sus representantes. La única soberana era la nación, y todos los funcionarios públicos y las fuerzas armadas actuaban solamente en su nombre. Los impuestos no pueden establecerse más que mediante común consentimiento, todos los funcionarios públicos eran responsables de su conducta en el cargo y los poderes del gobierno se separaban en diferentes ramas. Por último, el estado podía confiscar, con fines públicos y mediante la ley, la propiedad de las personas privadas, pero solo con una justa compensación. La Declaración, impresa en miles de hojas, folletos y libros, leídos en voz alta en las plazas públicas, o colgados en las paredes, se convirtió en el catecismo de la revolución en Francia. Al traducirse a otros idiomas llevó inmediatamente el mismo mensaje a toda Europa.

 

Entre los que había dirigido la Revolución, comenzaron a manifestarse divergencias, cuando en septiembre de 1789, la Asamblea inició la verdadera planificación del nuevo gobierno. Algunos querían un fuerte poder de veto para el rey y un cuerpo legislativo bicameral. Otros los “patriotas”, querían solo un veto de demora para el rey y un cuerpo legislativo de una sola cámara. También aquí había un recelo frente a la aristocracia, que resultó decisivo. Los “patriotas” temían que una cámara alta reintegrase a la nobleza como una fuerza colectiva, y temían también que el rey se hiciese constitucionalmente fuerte, al darle una facultad de veto total, porque creían que estaba de acuerdo con los nobles. En aquel momento dudaba en aceptar los decretos del 4 de agosto y la Declaración de Derechos. Su hermano, el conde de Artois, seguido por muchos aristócratas, había emigrado ya al extranjero y estaba tratando de levantar contra la Revolución a todos los gobiernos de Europa. El partido patriota no concedería nada, el partido más conservador no podría ganar nada. El debate fue interrumpido nuevamente por la insurrección y la violencia. El día 4 de octubre una multitud de verduleras y de militantes revolucionarios, seguidos por la guardia nacional de Paris, emprendieron el camino de Paris a Versalles. Asediando el palacio obligaron a Luis XVI a trasladar su residencia a Paris, donde podía ser vigilado. La Asamblea Nacional se trasladó también a Paris, donde muy pronto cayó bajo la influencia de elementos radicales de la ciudad. Triunfaron los defensores de un cuerpo legislativo de una sola cámara y de un veto de aplazamiento para el rey.

 

Los revolucionarios más conservadores decepcionados al ver las cuestiones constitucionales resueltas por el populacho, comenzaron a desaparecer de la Asamblea. Sentían que la Revolución estaba cayendo en manos indignas. Algunos incluso emigraron. Así cobraba fuerza la contrarrevolución.

 

Pero los que querían seguir adelante empezaron a organizarse en clubs y el más importante de todos era el que comúnmente llamaban el Club Jacobino, porque se reunían en un viejo monasterio jacobino de Paris. Las cuotas eran tan altas al principio, que solamente los grandes burgueses pertenecían a él; después se redujeron pero nunca lo suficiente para incluir a personas de las clases más pobres que formaban clubs propios, menos importantes.

 

 

Cambios constitucionales

 

 

En los dos años transcurridos desde octubre de 1789 hasta septiembre de 1791, la Asamblea Nacional (o Asamblea Constituyente, como había pasado a llamarse, porque estaba preparando una Constitución) continuó simultáneamente su trabajo de gobernar el país, de proyectar una constitución escrita y de destruir circunstancialmente las instituciones del Antiguo Régimen. Los antiguos: ministerios, organización de despachos gubernamentales, títulos de nobleza, parlamentos, sistemas legales de las regiones, tarifas internas, provincias y municipalidades urbanas, todo iba siendo desechado.

 

Las provincias, como todo lo demás, se hallaban insertas en el sistema conjunto del privilegio especial y de los derechos desiguales. Todo tenía que desaparecer, si había de mantenerse la esperanza de una ciudadanía igual bajo una soberanía nacional. En lugar de las provincias, la Constituyente dividió a Francia en ochenta y tres “departamentos” iguales. Todas las ciudades tendrían la misma forma de gobierno. Todos los funcionarios públicos eran elegidos localmente. Desde el punto de vista administrativo el país se descentralizó como reacción frente a la burocracia del Antiguo Régimen. Fuera de Paris, nadie actuaba ahora legalmente en nombre del gobierno central y las comunidades locales hacían cumplir la legislación nacional o renunciaba a hacerla cumplir, según ellas mismas decidiesen Esto resultó ruinoso cuando estalló la guerra, por lo tanto se mantiene a los funcionarios locales bajo un estrecho control de los ministros de Paris.

 

Con la Constitución que se preparó solo se concedía al rey un derecho suspensivo de veto, por el que la legislación deseada por la Asamblea podía ser pospuesta. En julio de 1791, con la “huida a Varennes”, Luis XVI intentó escapar del reino, reunirse con los nobles emigrados y solicitar ayuda de las potencias extranjeras. Dejaba tras él un mensaje escrito en el que repudiaba explícitamente la Revolución. Arrestado en Varennes, en la Lorena, fue reconducido a Paris y obligado a aceptar su situación de monarca constitucional. La actitud de Luis XVI desorientó considerablemente la Revolución, porque hizo imposible la creación de un poder ejecutivo fuerte y dejó que el país fuese gobernado por unos círculos de discusión que en las circunstancias revolucionarias contaban con un número de agitadores superior al habitual.

 

No toda la maquinaría del estado era democrática. Como los individuos del pueblo eran en su gran mayoría ignorantes, se daba por supuesto que no podían tener puntos de vista políticos razonables. El hombre bajo solía ser un criado doméstico o depender sus  trabajo de un salario. La Constituyente distinguía en la nueva Constitución entre ciudadanos “activos” y “pasivos”. Unos y otros tenían los mismos derechos civiles, pero solamente los ciudadanos activos tenían derecho al voto. Estos ciudadanos activos elegían a los electores, sobre la base de un elector por cada centenar de ciudadanos activos. Los electores se reunían en la capital de su nuevo “departamento”, y allí elegían los diputados para la legislatura nacional, así como ciertos funcionarios locales.

 

Para actuar como tal, un hombre necesitaba tener suficiente instrucción, bastante fortuna y todo el tiempo libre preciso para asistir a una asamblea electoral, lejos de su casa, y para permanecer en ella durante varios días.

 

 

Políticas económicas

 

 

Las políticas económicas favorecían a las clases medias, más que a las bajas. La deuda pública había precipitado la Revolución, pero los dirigentes revolucionarios, ni aún los jacobinos más extremados, nunca dejaron de reconocer la deuda del Antiguo Régimen. La razón consistía en que las personas a quienes se debía el dinero componían la clase burguesa. Para garantizas la deuda y pagar los gastos corrientes del gobierno, la Asamblea Constituyente, ya en noviembre de 1789, recurrió a un procedimiento que no era nuevo en Europa, pero que nunca se había llevado a tan gran escala. Confiscó todas las propiedades de la Iglesia. Contra aquellas propiedades emitió instrumentos negociables, considerados primero como bonos y emitidos solo en grandes títulos, y después considerados como moneda corriente y emitidos en pequeños billetes. Los poseedores podían hacer uso de ellos o de cualquier moneda para comprar parcelas de las antiguas tierras de la iglesia. Ninguna de las tierras confiscadas fue transferida gratuitamente; todas fueron vendidas porque el interés del gobierno era fiscal más que social. Los campesinos, aunque tuviesen el dinero,  no podían comprar fácilmente las tierras, porque las fincas se vendían en subastas distantes o en grandes bloques indivisos.  Los campesinos estaban descontentos, aunque compraron una gran cantidad de las antiguas tierras de la iglesia, valiéndose de intermediarios. Y también se concedió un plazo a los campesinos terratenientes, hasta 1793, para pagar una compensación para sus viejos foros y por otros muchos bienes señoriales. Los campesinos sin tierras se mostraron inquietos cuando el gobierno estimuló la división de los bienes comunales de los pueblos y la extinción de distintos derechos colectivos vecinales, en beneficio de la propiedad privada individual.

 

La dirección revolucionaria favorecía el libre individualismo económico.

 

El pensamiento económico de aquel tiempo (Adam Smith y su riqueza de las naciones) sostenía que los intereses especiales organizados eran malos para la sociedad y que todos los precios y los salarios debían ser determinados mediante libre acuerdo entre los individuos interesados. Los dirigentes más destacados de la Revolución francesa creían firmemente en esta libertad exenta de control. Los conflictos laborales de 1789 continuaron durante la Revolución. Las huelgas organizadas eran muy frecuentes. Los negocios decaían en aquella atmósfera de desorden. En 1791 hubo una oleada de huelgas. La Asamblea restableció las viejas prohibiciones. Declaró que todas las profesiones eran de entrada libre para todos. Todos los hombres tenían derecho a trabajar en cualquier ocupación o negocio que eligiesen. Todos los salarios debían ser acordados privadamente por el obrero y su patrono. Aquello no era en absoluto lo  que realmente quería el trabajador.

 

 

El conflicto con la Iglesia

 

 

La confiscación de los bienes de la Iglesia fue, naturalmente, un golpe para el clero. Los sacerdotes de los pueblos, cuyo apoyo había hecho posible la revuelta del Tercer Estado, veían ahora que los mismos edificios en que ellos habían oficiado con sus feligreses, pertenecían a la nación. Las pérdidas de unas propiedades que les producían unos ingresos socavaban a las órdenes religiosas y arruinaban las escuelas, en las que miles de niños habían recibido educación libre antes de la Revolución. Los miembros de la Asamblea Constituyente tenían de la Iglesia, se hallaban muy ajenos a la idea de separación de la Iglesia y del estado. Consideraban la Iglesia como una forma de autoridad pública y subordinada al poder soberano. Para las escuelas se elaboraron muchos proyectos generosos y democráticos de instrucción, costeados por el estado, aunque fueron pocos los que se llevaron a cabo debido a las turbulentas condiciones de la época. Para el clero el nuevo programa estaba extraído de la Constitución Civil del Clero de 1790.

 

Aquel documento fue un gran paso hacia la instauración de una iglesia nacional francesa. Los párrocos y los obispos eran elegidos por los mismos electores políticos. Se abolieron los arzobispados, el número de diócesis se redujo a una por cada departamento, solo se permitió a los obispos que notificasen su elevación al Papa, se les prohibió que reconociesen ninguna autoridad papal en su toma de posesión y no se publicaría ni se impondría en Francia ninguna carta ni decreto papales, a no ser con permiso del  gobierno. Todo el clero recibía sus salarios del estado, reduciéndose algo el ingreso medio de los obispos y elevándose el del clero parroquial. La Asamblea Constituyente prohibió la toma de votos religiosos y disolvió todos los conventos.

 

Antiguamente la autoridad civil del rey habían designado los obispos franceses y decidido acerca de la admisión de documentos papales en Francia. Los obispos franceses eran tradicionalmente celosos del poder papal en Francia y ahora muchos estaban dispuestos a aceptar algo semejante a la Constitución Civil, siempre que se asentase sobre su propia autoridad. La Asamblea se negó a conceder tanta jurisdicción a la iglesia y acudió al Papa, con la esperanza de imponer sus planes al clero mediante la invocación de la autoridad del Vaticano. Pero este declaró que la Constitución Civil era una inmoral usurpación del poder en perjuicio de la iglesia católica y, además, el Papa llegó más allá, condenando la Revolución en su conjunto y toda su obra. La Asamblea Constituyente replicó exigiendo a todo el clero francés que prestase un juramento de lealtad a la Constitución, incluida la Civil del Clero. La mitad presto ese juramento y la otra mitad no y de los obispos solo siete lo prestaron.

 

Ahora había dos iglesias en Francia, una clandestina y otra oficial, una sostenida por donaciones voluntarias o por fondos que entraban del contrabando desde el exterior, y la otra financiada y protegida por el gobierno. La primera comprendía a todo el clero que se había negado al juramento, que era desleal o “refractario”, se hizo violentamente contrarrevolucionaria. Para protegerse contra la Revolución sus miembros insistían en la supremacía religiosa universal del romano pontífice. Denunciaron a los miembros del clero “constitucional” como cismáticos, que despreciaban al Papa y deseosos de ocupar unos cargos en la administración pública.

 

El clero constitucional estaba formado por los que habían prestado el juramento y que apoyaban la Constitución Civil, a la vez que se consideraban a sí mismos como patriotas y defensores de los derechos del hombre. La gente estaba indecisa porque era adicta a la Revolución y preferían al clero constitucional, pero eso significaba desafiar al Papa.

 

Los buenos católicos tendían a poyar al clero “refractario”. El ejemplo más elocuente era el propio rey. Utilizaba los servicios de sacerdotes “refractarios” y así daba un nuevo motivo a los revolucionarios que desconfiaban de él. Los antiguos aristócratas también preferían el clero refractario.

 

La constitución civil del clero ha sido llamada el más grave error táctico de la Revolución y sus consecuencias fueron desafortunada y se extendieron a gran parte de Europa.

 

Con la proclamación de la Constitución, en septiembre de 1791, se disolvió la Asamblea Constituyente. Antes de disolverse acordó que ninguno de sus miembros pudiera sentarse en la siguiente Asamblea Legislativa. Esta se compuso de hombres que aún deseaban imponer su sello en la Revolución. El nuevo régimen entro en vigor en octubre de 1791, era una monarquía constitucional, en la que la Asamblea Legislativa unicameral se enfrentaba q un rey que no se había convertido al nuevo orden. Destinada a ser la solución permanente de los problemas de Francia, había de hundirse al cabo de diez meses, en agosto de 1792, como resultado de una insurrección popular, cuatro meses después de verse Francia implicada en una guerra. Un  grupo de jacobinos conocido como los girondinos,,se convirtió en el partido avanzado de la Revolución y en la Asamblea Legislativa condujo a Francia a la guerra.
 
 
 
La revolución y Europa: la guerra y la “segunda2 Revolución, 1792

 

 

El impacto internacional de la Revolución

 

 

Los gobiernos europeos eran muy reacios a intervenir en las cuestiones francesas. Se hallaban sometidos a una presión considerable. De una parte, aparecieron inmediatamente grupos pro-franceses y pro-revolucionarios en muchas regiones. Las doctrinas de la Revolución Francesa era altamente exportables: adoptaban la forma de una filosofía universal que proclamaba los derechos del hombre. En Polonia, los que estaban tratando de reorganizar el país contra una nueva partición saludaron el ejemplo francés. Los terratenientes húngaros lo aclamaron, en su reacción contra José II. En Inglaterra los que controlaban el Parlamento se complacían en creer que los franceses estaban  tratando de imitarles.

 

Pero fueron las clases marginadas de la sociedad europea las que se sintieron más estimuladas. Los tejedores más oprimidos de Silesia esperaban que “vinieran los franceses”. En Hamburgo se declararon huelgas y los campesinos se rebelaban en todas partes. El ejército prusiano tenía “un fuerte contagio de democracia”. En Bélgica, los elementos privilegiados estaban ya en rebeldía contra el emperador austriaco, estalló una segunda rebelión. En Inglaterra, los “radicales” deseaban una total revisión del  Parlamento británico  Los hombres de negocios de cierta importancia, incluidos los inventores de la máquina de vapor, eran también profranceses, porque no tenían representación en la Cámara de los Comunes. Los irlandeses estaban excitados y no tardaron en rebelarse. Los jóvenes despertaban en todas partes. Uno de ellos escribió al recordar aquellos tiempos: Fue una dicha estar vivo en aquella aurora, pero ser joven fue un don del cielo.

 

Por otra parte el movimiento antirrevolucionario cobraba fuerza y ya en 1790 se publicaba en Inglaterra: Para Francia se predicaba anarquía y dictadura, para Inglaterra se aconsejaba severamente que aceptasen una lenta adaptación de sus propias libertades inglesas. Ello provocó, también en Inglaterra, una réplica y una defensa de Francia en los Derechos del hombre. Se empezó a predicar la necesidad de una guerra, urgiendo una especie de lucha ideológica contra la barbarie y la violencia francesas.

 

El rey Gustavo III de Suecia, ofrecía dirigir una cruzada monárquica. En Rusia, la vieja Catalina estaba aterrada; prohibió nuevas  traducciones de Voltaire y envió a Siberia a un personaje que en su viaje de San Peterburgo a Moscú señalaba los males de la servidumbre. Los terrores se vieron incrementados por los lastimosos mensajes de Luis XVI y de María Antonieta y por los emigrados capitaneados  por el propio hermano del rey, el conde de Artois. Los emigrados se instalaron en diversas partes de Europa y predicaban una especie de guerra santa, y comenzaron a hacer uso de sus relaciones internacionales (eran la mayoría aristócratas), deploraban la triste situación del rey, pero lo que mas deseaban era recuperar sus rentas señoriales y otros derechos.

 

En resumen, Europa pronto se vio escindida por una división que alcanzaba todas las fronteras. Lo mismo ocurría en América: en los Estados Unidos el partido de Jefferson fue calificado de jacobino y profrancés; el de Hamilton de reaccionario y probritánico, mientras en la América española colonial las ideas de independencia se fortalecían y un venezolano llegaba a general en el ejército francés. En todos los países del mundo europeo había elementos revolucionarios o profranceses, que eran temidos por sus gobiernos. En todos los países, incluida Francia, había implacables enemigos de la Revolución Francesa.

 

 

La llegada de la guerra, en abril de 1792

 

 

Pero los gobiernos europeos eran lentos a la hora de moverse. Catalina no tenía intención alguna de intervenir en Europa occidental. Solo quería que interviniesen sus vecinos. El primer ministro británico se resistía a los gritos de guerra del filósofo Burke; había tratado de realizar una reforma del Parlamento sin conseguirlo y ahora estaba concentrándose en una política de ordenamiento financiero. Su programa se vería desbaratado por la guerra. Insistía en que los asuntos internos de Francia no eran de la incumbencia del gobierno británico. Pero la figura clave era el emperador austriaco Leopoldo II, hermano de la reina francesa. Leopoldo respondía a las demandas de ayuda de María Antonieta diciéndole que se ajustase a las circunstancias de Francia y se resistía a las demandas de los emigrados, a los que el conocía perfectamente, por haber heredado de José II una aristocracia levantisca. 

 

Además el nuevo  gobierno francés era un fenómeno perturbador. Estimulaba abiertamente a los descontentos de toda Europa y mostraba tendencia a resolver los asuntos internacionales mediante la acción unilateral.

 

En agosto, Leopoldo se reunió con el rey de Prusia en Pillnitz, en Sajonia. La Convención de Pillnitz que de ello resultó tenía por base un famoso “si”: Leopoldo daría pasos militares para restaurar el orden en Francia, si todas las demás potencias se unían a el. Conociendo la actitud de Pitt (el primer ministro inglés), creía que el “si” nunca podría hacerse realidad. Su propósito era principalmente el de desembarazarse de los “emigrados” franceses.

 

En Francia los defensores de la Revolución estaban alarmados. Ignoraban lo que realmente se proponía Leopoldo, y tomaron las terribles amenazas de los “emigrados” por lo que parecían. Esta Convención lejos de acobardar a los franceses, les enfureció contra todos los reinos europeos y dio una ventaja política a la facción dominante de los jacobinos, conocida como los girondinos.

 

Los girondinos se convirtieron en el partido de la revolución internacional. Declararon que la Revolución nunca podría estar segura en Francia, mientras no se extendiese al mundo. En su opinión, una vez estallase la guerra, los pueblos de los estados que entrasen en la guerra contra Francia no apoyarían a sus gobiernos, ya que existían elementos revolucionarios en varios países. Una vez derrocados los reyes de esos países, se formarían una federación de repúblicas.

 

La guerra también era apoyada por un grupo muy diferente, acaudillado por Lafayette, que deseaba refrenar la Revolución, manteniéndola en la línea de la monarquía constitucional.

 

Cuando el espíritu de guerra hervía en Francia, murió Leopoldo II. Le sucedió Francisco II, que era mucho más inclinado a ceder a los clamoreos de la vieja aristocracia. Francisco reanudó las conversaciones con Prusia. En Francia, todos los que temían un retorno del Antiguo Régimen estaban más dispuestos a prestar oídos a los girondinos. El 20 de abril de 1792, sin oposición importante, la Asamblea declaraba la guerra al rey de Hungría y Bohemia, es decir a la monarquía austriaca.

 

 

La “segunda” Revolución: el 10 de agosto de 1792

 

 

La guerra intensificó la inquietud y la insatisfacción existente entre las clases desposeídas. Tanto los campesinos como los obreros de las ciudades pensaban que la Asamblea Constituyente y la Legislativa habían servido a los intereses de la gente adinerada y habían hecho poco por ellos. Los campesinos estaban descontentos ante las inadecuadas medidas adoptadas para facilitar la distribución de la tierra;  los obreros acusaban especialmente la presión de la subida de los precios. El oro se lo habían llevado del país los “emigrados”. La inflación subía constantemente y los campesinos preferían guardar los alimentos antes que venderlos a cambió de un papel moneda que cada día valía menos. Pero, por descontentos que estresen, cuando la guerra comenzó se vieron amenazados por un retorno de los “emigrados” y con una restauración del Antiguo Régimen, que era la peor de las noticias. Las clases  trabajadoras se adhirieron a la Revolución, pero no al gobierno revolucionario que ocupaba el poder.

 

Además la guerra al principio se desarrolló muy desfavorablemente para los franceses. Prusia se unió inmediatamente a Austria, y en el verano de 1792 la dos potencias estaban a punto de invadir Francia. Lanzaron una proclama al pueblo francés, el Manifiesto de Brunswick declarando que si el rey y la reina franceses sufrían algún daño, las fuerzas austro-prusianas, a su llegada a Paris, impondrían el más duro castigo a los habitantes de la ciudad. Tales amenazas, combinadas con la emergencia militar, solo hacían el caldo gordo a los activistas más violentos. Las masas del pueblo francés, excitadas y dirigidas por los jefes burgueses jacobinos (Dantón y Robespierre), estallaron en una pasión patriótica y se volvieron contra el rey porque le identificaron con las potencias que luchaban contra Francia.

 

La exaltación se caldeó en aquel verano de 1792. Los reclutas afluían a Paris desde todas las regiones, en su camino hacia las fronteras. Un destacamento procedente de Marsella, traía una nueva canción de marcha, conocida desde entonces como “La Marsellesa”, una llamada a la guerra contra la tiranía.

 

El 10 de agosto de 1792, los barrios obreros de la ciudad se alzaron en una revuelta, apoyados por los reclutas de otras provincias. Asaltaron las Tullerías, frente a la resistencia de la guardia suiza, muchos de cuyos miembros fueron muertos, y apresaron y encarcelaron al rey y a toda la familia real. En Paris se estableció un gobierno municipal revolucionario. Usurpando los poderes de la Asamblea Legislativa, impuso la derogación de la Constitución y la elección de una Convención Constitucional. Que gobernaría Francia y prepararía una nueva Constitución más democrática. Mientras tanto en Paris reinaban la histeria, la anarquía y el terror; un puñado de voluntarios insurrectos, declararon que ellos no lucharían contra los enemigos en las fronteras mientras no se hubieses desecho de los enemigos que tenían en Paris, sacaron de las cárceles de la ciudad a uns 1.100 personas (sacerdotes refractarios y otros contrarrevolucionarios) y les dieron muerte, tras unos juicios sumarísimos. Estos hechos son conocidos como “las matanzas de septiembre”.

 

Desde octubre de 1789, se habría producido un descenso de la violencia popular, la inminencia de la guerra y el descontento de las clases bajas con el curso de los acontecimientos, habían conducido a nuevas explosiones. La insurrección del 10 de agosto de 1792, la “segunda” Revolución Francesa, iniciaba la fase más avanzada de la Revolución.

 

 

La república de emergencia, 1792-1795: el terror

 

 

La Convención General

 

 

La Convención  Nacional se reunió el 20 de septiembre de 1792, para un periodo de tres años. Se proclamó el año primero de la República Francesa. También ese día, los desorganizados ejércitos franceses obtuvieron una gran victoria moral en el “cañoneo de Valmy” Que obligó al mando prusiano a abandonar su marcha sobre Paris. Los franceses no tardaron en ocupar Bélgica (países bajos austriacos), Saboya (que pertenecía a Cerdeña y que se había unido a los austriacos), Maguncia y otras ciudades de la orilla izquierda alemana del Rhin. Los simpatizantes revolucionarios de aquellas zonas solicitaban la ayuda francesa. La Convención Nacional decretó loa asistencia a “todos los pueblos que deseasen recobrar su libertad”. También ordenó que los generales franceses disolviesen los antiguos gobiernos y confiscasen las propiedades de esos gobiernos y de la iglesia, aboliesen los diezmos, los derechos de caza, etc. Así la Revolución se extendía siguiendo la estela de los ejércitos franceses victoriosos.

 

Los ingleses y los holandeses se prepararon para resistir. Pitt insistía en que los franceses podían tener en su país el régimen que desearan, pero declaraba que Gran Bretaña no podía tolerar la ocupación francesa de Bélgica. Ingleses y holandeses iniciaron conversaciones con Prusia y Austria, y los franceses les declararon la guerra el 1 de febrero de 1793. Pocas semanas después la República se había anexionado: Saboya, Niza, Bélgica y tenía bajo su mando militar una gran parte de la Renania alemana. En Europa oriental, a la vez que denunciaban la rapacidad de los bárbaros franceses, los gobernantes de Rusia y Prusia llegaron al acuerdo de repartirse Polonia en enero de 1793. Los austriacos, excluidos del reparto, se mostraron preocupados por sus intereses en Europa oriental. La República Francesa, ahora en guerra con toda Europa, se salvó gracias a la debilidad de la coalición. Inglaterra y Holanda no tenían importantes fuerzas de tierra. Prusia y Austria tenían demasiados recelos recíprocos y se hallaban excesivamente preocupados con Polonia para comprometer el grueso de sus ejércitos contra Francia.

 

En la Convención, todos los dirigentes eran jacobinos, pero estos estaban divididos. Los girondinos ya no eran el grupo revolucionario más avanzado. Al lado de los girondinos surgió un nuevo grupo, cuyos miembros preferían los asientos más altos de la cámara, por lo que recibieron el nombre de la “Montaña”. Los dirigentes girondinos procedían de las grandes ciudades de provincias, mientras los dirigentes “montañeses” eran representantes de la ciudad de Paris y debían casi toda su fuerza política a los elementos radicales y populares de la capital.

 

Aquellos revolucionarios del pueblo, fuera de la Convención, se daban a si mismos, orgullosamente, el nombre de “sans culottes”, porque llevaban los pantalones largos de los obreros y no los calzones hasta la rodilla o “culottes” de las clases media y alta. Constituían la clase obrera de una época pre-industrial. Durante dos años, su militancia y su activismo impulsaron la Revolución. Pedían una igualdad que tuviera un significado para gentes como ellos. Exigían un gran esfuerzo contra las potencias extranjeras que se atrevían a intervenir en la Revolución y denunciaban al rey y a la reina por confabulación con el enemigo austriaco. Los “sans culottes” temían que la Convención fuese demasiado moderada. Los girondinos, en la Convención,  comenzaban a desechar a aquellos militantes populares como anarquistas.

 

La Convención juzgó a Luis XVI por traición en diciembre de 1792. El 15 de enero pronunció, unanimamente, se sentencia de culpabilidad, pero al día siguiente solo la mitad más uno votaron a favor de una inmediata ejecución. Luis XVI murió en la guillotina el 21 de enero de 1793. Desde entonces, esos diputados que votaron a favor, fueron llamados regicidas y por su propia seguridad no podían permitir que la monarquía volviese a Francia. El resto no estaban comprometidos de igual modo y sus rivales les llamaron girondinos “moderados”, contrarrevolucionarios. Todos los que esperaban más de la Revolución, miraban ahora al ala “montañesa” de los jacobinos.

 

 

Antecedentes del terror

 

 

En abril de 1793 el general francés, que había obtenido las victorias de  Bélgica, desertó a Austria. Los ejércitos aliados expulsaron ahora de Bélgica a los franceses y de nuevo amenazaron con la invasión y los contrarrevolucionarios se entusiasmaron. Entre posrevolucionarios, se escuchó el clamor: “estamos siendo traicionados”.

 

Los precios seguían subiendo, el valor de la moneda bajaba, los alimentos eran difíciles de conseguir y las clases trabajadoras estaban cada vez más inquietas. Los “sans culottes” exigían controles de precios, controles de moneda, racionamiento y requisa de los mismos para su obligada circulación. Denunciaban a la burguesía como usureros y explotadores del pueblo. El día 31 de mayo de 1793, la Comuna de Paris, bajo presión de los “sans culottes” reunió una multitud de manifestantes e insurrectos que invadieron la Convención y ordenaron el arresto de los dirigent4es girondinos, otros consiguieron huir a provincias.

 

Ahora la “montaña” gobernaba en la Constitución, pero la Convención gobernaba muy poco. No solo eran los ejércitos extranjeros y los emigrados que se acercaban a las puertas los que tenían interés en destruir la Convención como una banda de regicidas y de incendiarios sociales, sino que la autoridad de la Convención era ampliamente repudiada en la propia Francia.

 

Las grandes ciudades de provincias como Lyon, Burdeos y Marsella se habían rebelado después de haber llegado a ellas los refugiados girondinos. En el campo los agentes británicos, los sacerdotes refractarios y los emisarios realistas del conde de Artois, levantaban al pueblo y aquellas rebeliones se hicieron contrarrevolucionarias.

 

La Convención tenía que defenderse también contra los extremistas de la izquierda. A la acción de masas de los “san culottes” se unían las voces de los militantes todavía más excitados. Todos declaraban que los métodos parlamentarios eran inútiles. Eran hombres y mujeres ajenos ala Convención. Las mujeres eran especialmente sensibles a la crisis de escasez de alimentos y de subida de precios, y una organización de Mujeres Republicanas originó un breve motín en 1793.

 

 

Ascenso de Robespierre

 

 

El programa que siguió la Convención durante más de un año fue el de Maximilien Robespierre, jacobino, pero no siempre se mantuvo al lado de la revolución popular o de la anarquía.

 

Robespierre es uno de los hombres más discutidos y menos comprendidos de los tiempos modernos. Las personas acostumbradas a condiciones de estabilidad le desechaban como a un sanguinario fanático y un dictador. Otros le han considerado un idealista y un ferviente patriota cuyos objetivos e ideales eran sinceramente democráticos. Todos están de acuerdo en reconocer su honestidad e integridad personales y su celo revolucionario.

 

Fue, al principio, un abogado del norte de Francia, educado con becas en Paris. En 1789 había sido elegido para representar al Tercer Estado en los Estados Generales y en la inmediata Asamblea Constituyente desempeñó un papel menor, aunque llamó la atención por sus puntos de vista contrarios a la pena de muerte y favorables al sufragio universal. Durante el periodo de la Asamblea Legislativa, en 1791-92 continuó luchando por la democracia y alzándose inútilmente contra la declaración de guerra. En la Convención de septiembre de 1792 representó a un distrito de Paris. Llegó a ser un destacado miembro de la “montaña” y asistió, complacido, a la purga de los girondinos. Siempre se había visto limpio de cohechos y malversaciones y por esta razón era conocido como “el incorruptible”. Fue un gran creyente en la importancia de la virtud.

 

Robespierre se decidió en 1793 y 1794 a hacer realidad una república democrática hecha de buenos ciudadanos y hombres honestos.

 

 

El programa de la Convención, 1793-1794: el Terror

 

 

El programa de la Convención, que Robespierre contribuyó a elaborar, consistía en reprimir la anarquía, la lucha civil y la contrarrevolución en el interior,, y ganar la guerra mediante una gran movilización nacional de los hombres y de los recursos del país. Prepararía una Constitución democrática e iniciaría una legislación para las clases inferiores. Para dirigir al gobierno, la Constitución otorgaba amplios poderes a un Comité de Salvación Pública.

 

Para reprimir la “contrarrevolución”, la Convención y el Comité de Salvación Pública establecieron lo que popularmente se conoce como el “reinado del terror”.Se instituyeron tribunales revolucionarios, se creó un Comité de Seguridad General, como una especie de policía política suprema. Destinado a proteger la República Revolucionaria frente a sus enemigos interiores, el Terror golpeó a los que conspiraban contra la República, y también a los que eran sospechosos de actividades hostiles. Sus víctimas eran desde María Antonieta y otros realistas hasta los antiguos colegas revolucionarios de la “montaña”, los dirigentes girondinos. El número de personas que perdieron sus vidas durante el terror desde finales del verano de 1793 hasta julio de 1794 fue de 40.000 personas, aparte de varios cientos de millares que fueron arrestados. 

 

El terror no mostraba respeto ni interés alguno por los orígenes de clase de las víctimas, ya que un 70% era de clase campesina y trabajadora. El Terror dejó en Francia prolongados recuerdos y antipatías respecto a la Revolución y al republicanismo.

 

Para dirigir el gobierno en medio de la emergencia bélica, el Comité de Salvación Pública operó como una dictadura conjunta o gabinete de guerra. Preparó y guió la legislación a través de la Convención. Logró el control sobre los miembros de la Convención que se hallaban en servicio con los ejércitos y en las áreas insurgentes de Francia. Estableció un boletín para que todas las personas pudieran saber que leyes se suponía que tenían que cumplir y centralizó la administración.

 

Para ganar la guerra, el Comité llamó a filas a todos los hombres físicamente útiles. Reclutó a hombres de ciencia para que trabajasen en armamentos y municiones. Los más destacados científicos franceses de la época trabajaban para el gobierno o eran protegidos por él contra el Terror, aunque en 1794 fue guillotinado nada menos que Lavoisier (padre de la química moderna), por haber estado implicado en un arrendamiento de impuestos antes de 1789. Entre los protegidos estaban el matemático Lagrange y el biólogo Lamarck.

 

Por motivos militares, el Comité instituyó también controles económicos que satisfacían a la clase trabajadora. La moneda dejó de desvalorizarse y el gobierno protegía su propio poder adquisitivo y el de las masas. Lo consiguió mediante el control de la exportación del oro, mediante la confiscación de efectivo y de moneda extranjera de los ciudadanos franceses y ante al acaparamiento de artículos de mercado. Los alimentos y los suministros para los ejércitos, así como para los civiles se recogían y se asignaban mediante un sistema de requisas. Se fijaba los techos de los precios y de los salarios. Eso contribuyó a frenar la inflación durante la crisis, pero no resultó muy efectiva, porque carecía de la maquinaria técnica y administrativa para imponer controles completos.

 

En junio de 1793, el Comité redactó una Constitución republicana, adoptada por la Convención, que estableció el sufragio universal masculino. Pero esta nueva Constitución fue aplazada indefinidamente. Los controles de precios y otras disposiciones económicas respondían a las demandas de los “sans culottes”. Se acabaron los vestigios del régimen señorial; los campesinos quedaron exentos del pago de la compensación por las obligaciones que habían sido abolidas al comienzo de la Revolución. Se concedió una mayor facilidad para la compra de la tierra por los campesinos. El comité se ocupó también de los servicios sociales y de medidas de mejoras públicas.: publicó folletos para enseñar a los granjeros a mejorar sus cosechas, seleccionó a jóvenes prometedores para que recibieses instrucciones en oficios útiles, abrió una escuela militar y trató de introducir la instrucción elemental universal. Fue abolida la esclavitud en las colonias francesas y los negros fueron declarados libres, tras haber obtenido los derechos civiles.

 

El comité de Salvación Pública quería concentrar la Revolución en si mismo. No transigía con la violencia revolucionaria no autorizada. Con un programa democrático propio, condenaba la democracia turbulenta de las asambleas locales. En otoño de 1793 prohibió las organizaciones de mujeres revolucionarias y arrestó a los extremistas. El revolucionario extremado tomó el nombre de hebertismo (de Hebert de la comuna de Paris), que era el partido del terror extremado; fue un hebertista el que llevo a cabo los hundimientos de Nantes (donde 2000 personas fueron metidas en barcazas, salidas al mar y hundidas deliberadamente), lanzaron el movimiento de descristianización. La Convención adoptó incluso un calendarios revolucionario y su principal objetivo era el de borrar de las mentes de los hombres el ciclo cristiano de los domingos, días festivos, Navidad y Pascua. Los años se contaban desde la fundación de la República Francesa, dividiéndose cada año en nuevos meses de treinta días y eliminando la semana.

 

El calendario revolucionario se adoptó en octubre de 1793, aunque computaba el año I de la República Francesa desde el 22 de septiembre de 1792. Los nombres de los meses era: Nivôse, Pluviôse, Ventôse,  Germinal, Floréal, Prairial, Messidor, Themidor, Fructidor, Vendémiare, Brumaire, Frimaire.

 

Otra forma de la descristianización fue el culto a la razón, que se extendía por toda Francia a finales de 1793. El obispo de Paris renunció a su cargo, dclarando que había sido engañado. Pero esta descristianización no fue bien vista por Robespierre, convencido de que apartaría a la gente de la República.

 

Mientras tanto el Comité procedía implacablemente contra los hebertistas, a cuyos principales jefes envió a la guillotina, en marzo de 1794. Se dominó a los “ejércitos revolucionarios” paramilitares. Se retiró de las provincias a los terroristas extremados. La revolucionaria Comuna de Paris fue destruida y Robespierre ocupó los cargos municipales de Paris con hombres de su propia elección. Y esta comuna parisina desautorizó las huelgas y trato de mantener bajos los salarios, alegando necesidades militares, pero no logró atraerse a los extremistas y a los representantes de la clase trabajadora, que se vieron decepcionados por la Revolución y la desecharon como un movimiento burgués. Quizása para impedir esta conclusión, Robespierre y el Comité, después de liquidar a los hebertistas, liquidaron a ciertos miembros del ala derecha de los “montañeses” y Danton y sus seguidores fueron acusados de deshonestidad financiera y de tratar con los contrarrevolucionarios.

 

En la primavera de 1794, la República Francesa poseía un ejército de 800.000 hombres, el más grande sostenido hasta la fecha por una potencia europea. Era un ejército nacional que representaba a un pueblo en armas, mandado por oficiales que habían sido ascendidos rápidamente por sus méritos, y compuestos por soldados que se consideraban ciudadanos que luchaban en defensa de su propia causa y su intensa formación política lo hacia temible y contrastaba profundamente con la indiferencia de los ejércitos adversarios, algunos de los cuales estaban integrados realmente por siervos, y sin que los soldados de ninguno de ellos se sintieran miembros de sus sistemas políticos correspondientes. Los gobiernos aliados se hallaban todavía distraídos por sus ambiciones en Polonia y no podían combinar sus fuerzas contra Francia. En junio de 1794, los franceses ganaron la batalla de Fleurus, en Bélgica. Los ejércitos republicanos invadían de nuevo los Países Bajos y su caballería entraba en Ámsterdam. Las provincias holandesas no tardaron en ser sustituidas por una República revolucionaria.

 

A causa de sus éxitos militares, los franceses se sentían menos dispuestos a soportar el gobierno dictatorial y la disciplina económica del Terror. Robespierre y el Comité de Salvación Pública se habían malquistazo con todos los partidos importantes. Los radicales de la clase trabajadora de Paris ya no lo soportaban y tras la muerte de Danton, la Convención Nacional tenía miedo de sus propios dirigentes. Se consiguió la proscripción de Robespierre y el día 28 de julio de 1794 fue guillotinado. Muchos pensaron que estaban dando un impulso a la Revolución, otros pensaban que estaban cerrando el paso a un dictador y a un tirano y todos estaban de acuerdo en cargar todas las culpas sobre los hombros de Robespierre. La idea de que era un monstruo se debió más a sus antiguos compañeros que a los conservadores de la época.

 

 

La reacción thermidoriana

 

 

La caída de Robespierre asombró al país, pero sus efectos se manifestaron, durante los meses siguientes, como la “revolución thermidoriana”. El terror se calmó. La Convención resdujo los poderes del Comité de Salvación Pública. Se abolieron el control de precios y otras regulaciones. La inflación reanudó su carrera, los precios volvieron a subir, y las clases trabajadoras sufrieron más que nunca. Estallaba motines esporádicos y por primera vez desde 1789 fueron llamadas  las tropas a París. El ejército se impuso sin mucho derramamiento de sangre, pero la Convención arrestó, encarceló o deportó a diez mil insurgentes. Unos pocos fueron guillotinados. Este levantamiento de mayo de 1795 tuvo un sabor anticipado a revolución social moderna.

 

El elemento vencedor fue la burguesía, que en realidad no había sido desplazada ni siquiera durante el Terror. No era una burguesía de capitalistas modernos preocupados por obtener ganancias con el desarrollo de nuevas fábricas o de nueva maquinaria. Los vencedores políticos eran burgueses en el sentido más antiguo, los que no habían sido nobles o aristócratas con anterioridad a 1789, pero que habían tenido una posición sólida bajo el Antiguo Régimen. Muchos eran abogados o funcionarios públicos y obtenían unos ingresos de la propiedad de la tierra. A estos se les agregaban ahora los nuevos ricos que habían ganado dinero mediante los contratos con el gobierno o que se habían beneficiado de la inflación o de antiguas tierras de la Iglesia a precios de ganga. Tales individuos implantaron y turbulento y ostentoso estilo de vida que dio mala fama al nuevo orden. También desataron un terror contra los jacobinos en el que muchos fueron asesinados.

 

Desecharon la Constitución elaborada en 1793 y redactaron la Constitución del año III, que entró en vigor a finales de 1795. En el aspecto militar se había firmado la paz, por separado, con España y Prusia, pero se mantenía en guerra contra Inglaterra, el Imperio austro-húngaro y Rusia.

 

 

La República Consittucional: el Directorio; 1795-1799

 

 

La debilidad del Directorio

 

 

La primera República Francesa, formalmente constituida, conocida como el Directorio, solo duró cuatro años. Su debilidad consistió en que se sostenía sobre una base social extremadamente estrecha y que presuponía unas determinadas conquistas militares. La Constitución de 1795 comprometía a la República a un programa de expansión victoriosa.  Concedió el voto a casi todos los adultos varones, pero los votantes solo votaban a los “electores” y esas personas solían ser hombres de ciertos recursos, capaces de dedicar su tiempo y su voluntad tomar parte en la vida pública y esto en realidad significaba hombres de clase media alta. Los electores elegían a todos los funcionarios importantes de los departamentos, incluidos los miembros de la Asamblea Legislativa nacional y que estaba dividida en dos cámaras.

 

El gobierno estaba constitucionalmente en manos de los propietarios importantes, tanto rurales como urbanos. La Convención, para proteger a sus miembros, estableció que dos tercios de los miembros elegidos en ambas cámaras fuesen exmiembros de la Convención. Esta interferencia en la libertad de las elecciones provocó graves trastornos en Paris, instigados por personas llamadas realistas; pero la Convención, que ahora se había acostumbrado a utilizar al ejército, ordenó a un joven general que se encontraba en Paris, llamado Bonaparte, que reprimiese al populacho realista, y así lo hizo. La república constitucional dependía ya desde el principio de la protección militar.

 

El régimen tenía enemigos a la derecha y a la izquierda. Por la derecha los realistas no se recataban en su labor de agitación en Paris e incluso en los dos Consejos y estaban en contacto directo con el hermano del rey, el Conde de Provenza, al que ellos consideraban Luis XVIII. Este se había instalado en Verona donde dirigía un centro de propaganda ampliamente financiado por los británicos. El peor obstáculo para el resurgimiento del realismo en Francia era el propio Luis XVIII, puesto que en 1795 cuando asumió el título, anunciaba su propósito de restaurar el Antiguo Régimen y de castigar a todos los implicados en la Revolución desde 1789. Si Luis XVIII hubiera ofrecido en 1795 lo que ofreció en 1814, es muy probable que sus partidarios en Francia hubieran podido llevar a cabo su restauración y terminada la guerra.

 

La izquierda estaba formada por personas de diversos niveles sociales, que apoyaban todavía las ideas más democráticas expresadas en momentos anteriores de la Revolución. Algunos de ellos creían que la caída de Robespierre había sido un gran desastre. Un pequeño grupo de extremistas formó la Conspiración de los Iguales, en el que su propósito era el de derrocar el Directorio y sustituirlo con un gobierno dictatorial en el que se aboliría la propiedad privada y se decretaría la igualdad (por estas ideas y su activismo ha sido considerado como un precursor del comunismo moderno). El Directorio reprimió sin dificultad la Conspiración de los Iguales y guillotino a sus cabecillas. Mientras tanto no hacia nada por aliviar la dura situación de las clases inferiores que sufrían los estragos de la escasez y de la inflación.

 

 

La crisis política de 1797

 

 

En marzo de 1797, tuvo lugar la primera elección verdaderamente libre celebrada nunca en Francia bajo los auspicios republicanos. Los candidatos victoriosos fueron monárquicos constitucionales. Parecía inminente un cambio del equilibrio dentro de la dos Cámaras a favor del realismo. Esto era lo que la mayor parte de los republicanos de 1793 no podían soportar, aunque impedirlo  tuvieran que violar la Constitución. Ni era soportable tampoco, por otras razones, para el general Napoleón Bonaparte.

 

Bonaparte había nacido en 1769 en el seno de una familia de la pequeña nobleza de Córcega, poco después de la anexión de Córcega a Francia. Había estudiado en escuelas militares francesas y había sido destinado al ejército borbónico, pero nunca había alcanzado un alto rango en la condiciones del Antiguo Régimen. En 1793, era un ferviente y joven oficial jacobino, que había sido útil a la hora de expulsar de Tolón a los ingleses y por ello fue ascendido a general de brigada por el gobierno del Terror. En 1795 sirvió a la Convención acabando con una manifestación de realistas. Al año siguiente recibió el mando de un ejército con el que en dos brillantes campañas cruzó los Alpes y expulsó del norte de Italia a los austriacos. Como otros generales se salió del control del gobierno de Paris, que estaba demasiado apurado económicamente para pagar a sus  tropas o para abastecerlas. Vivía de las requisas locales en >Italia, se convirtió en autosuficiente e independiente y en realidad fue el gobierno de civiles de Paris el que pasó a depender de él.

 

Desarrolló una política exterior propia. Muchos italianos estaban descontentos de sus antiguos gobiernos, de modo que la llegada de los ejércitos republicanos franceses produjo una gran excitación en el norte de Italia, donde las ciudades venecianas se levantaron contra Venecia, Bolonia contra el Papa, Milán contra Austria y la monarquía sarda se vio amenazada por levantamientos de sus propios súbditos. De acuerdo con algunos de aquellos revolucionarios, Bonaparte, estableció una República Cisalpina en el valle del Po, modelada según el sistema francés, con Milán como capital.

 

Los austriacos negociaron con Bonaparte, porque él era quien les había vencido. También los ingleses, en conferencias con los franceses en Lille, discutieron la paz entre 1796-1797. La guerra se había desarrollado con signo adverso para Inglaterra. Las cosechas eran malas y el pan escaso y caro. Inglaterra estaba aquejada también por la inflación porque Pitt financió la guerra con importantes empréstitos y una gran cantidad de oro fue embarcada para el continente, con el fin de atender los ejércitos aliados. En febrero de 1797, el Banco de Inglaterra suspendió los pagos los ciudadanos particulares. El hambre amenazaba, el pueblo estaba inquieto, y había incluso motines en la armada. Irlanda estaba en rebeldía y los franceses se hallaban a punto de desembarcar allí un ejército republicano. Los únicos aliados que les quedaban a los ingleses eran los austriacos y fueron derrotados por Bonaparte y los ingleses no podían seguir subvencionándolos. Por lo tanto los ingleses tenían razones más que suficientes para pedir la paz.

 

Las perspectivas de paz eran buenas en el verano de 1797, pero bajo ciertas condiciones. En Francia eran los realistas los que formaban el partido de la paz ya que un rey restaurado podría devolver fácilmente el territorio conquistado. Los republicanos del gobierno francés difícilmente podrían hacer la paz. Iban perdiendo el control de sus generales y además, si volviera Luis XVIII, se retornaría al Antiguo Régimen, tal y como había prometido.

 

El golpe de Estado del 4 de septiembre de 1797 resolvió todas aquellas cuestiones. Fue un punto crítico de la república constitucional y resultó decisivo para toda Europa. El directorio pidió ayuda a Bonaparte, quién envió a uno de sus generales y mientras este los apoyaba con la fuerza de sus soldados, los Consejos anularon la mayor parte de las elecciones de la primavera anterior. Fueron los antiguos republicanos de la Convención los que se aseguraron en el poder. Su justificación era que estaban defendiendo la Revolución contra el Antiguo Régimen, pero para ello tenían que violar su propia Constitución y anular la primera elección libre que se hubiera celebrado nunca en Francia. Además pasaron a depender del ejército, más que nunca.

 

Tras el golpe de Estado, el gobierno rompió las negociaciones con Inglaterra. Firmó con Austria el tratado de Campo Formio, el 17 de octubre de 1797, de acuerdo con las ideas de Bonaparte. Por lo tanto la paz era la predominante en el continente, pues solo Francia y Gran Bretaña estaban en guerra. Mediante el nuevo tratado, Austria reconocía la anexión francesa de Bélgica, el derecho francés a incorporarse la orilla izquierda del Rhin y la República Cisalpina de Italia. A cambio de ello se les permitía a los austriacos la anexión de Venecia y la mayor parte del Veneto.

 

En los meses siguientes el republicanismo revolucionario se extendió por una parte de Italia. Génova se convirtió en una república al estilo francés. En Roma, el Papa fue depuesto temporalmente y se estableció una república romana. En la Italia meridional se instauró una república napolitana. En Suiza los reformadores cooperaron con los franceses para crear una nuevo República Helvética.

 

La orilla izquierda del Rhin estaba ocupada por un gran número de príncipes alemanes que ahora tenían que abandonarla. El tratado estipulaba que serían compensados con territorios de la Iglesia en Alemania, al este del Rhin, y que Francia intervendría en la redistribución. Los príncipes alemanes miraban con ojos codiciosos a los obispos y priores alemanes.

 

 

El golpe de estado de 1799: Bonaparte

 

 

Después del golpe de Estado se abandonó la idea de mantener la república como un gobierno libre o constitucional. El Directorio se convirtió en una especie de dictadura ineficaz. Repudió la mayor parte de la deuda, pero no pudo restaurar la confianza o estabilidad financiera. La actividad guerrillera se encendió nuevamente en el oeste de Francia. El cisma religioso se agudizó y el Directorio adoptó severas medidas respecto al clero refractario.

 

Mientras tanto Bonaparte esperaba que la situación madurase. Al volver de Italia como un héroe conquistador, fue destinado al mando del ejército que se preparaba para invadir Inglaterra. Pero llegó a la conclusión de que la invasión era prematura y decidió golpear indirectamente a Inglaterra amenazado a la India mediante una espectacular invasión de Egipto.
En 1798, burlado a la flota británica, consiguió desembarcar un ejército francés en la desembocadura del Nilo. Pero los rusos se sintieron amenazados y los austriacos no estaban de acuerdo con la reorganización francesa en Alemania. Año y medio después de la firma de Campo Formio, Rusia y Austria formaron junto a Inglaterra una alianza conocida como la segunda coalición. Otra vez la República Francesa se vio envuelta en otra guerra general y además se desarrolló desfavorablemente porque en agosto de 1798 la flota inglesa había aislado al ejército francés en Egipto y en 1799 las fuerzas rusas llegaron a operar  hasta Suiza y el norte de Italia donde la república cisalpina se derrumbó.

 

Había llegado el momento del general Bonaparte. Dejó su ejército en Egipto y deslizándose de nuevo entre la armada británica reapareció inesperadamente en Francia. Descubrió que ciertos dirigentes civiles del Directorio estaban proyectando un cambio. Aquel grupo estaba buscando un general y su elección recayó en el brillante joven Bonaparte, que aún no tenía más que treinta años. La dictadura de un militar repugnaba a la mayoría de los republicanos de las dos cámaras. Bonaparte y los otros recurrieron a la fuerza, dando el golpe de estado de Brumario (9 de noviembre  de 1799), en el que los legisladores fueron expulsados de las cámaras por los soldados armados. Estos proclamaron una nueva forma de república, a la que Bonaparte llamó el Consulado. Estaba dirigida por tres cónsules, siendo Bonaparte el primer cónsul. 



 


 


O Fortuna, velut Luna, statu variabilis.    Semper crescis aut decrescis, vita detestabilis.    Nunc obdurat et tunc curat, ludo mentis aciem.
Egestatem, potestatem, dissolvit ut glaciem.   Sors immanis et inanis, rota tu volubilis. Status malus, vana salus semper dissolubilis.  Obumbrata et velata, midhi quo que niteris. Nunc per ludum dorsum nudum, fero tui sceleris.  Sors salutis et virtutis, midhi nunc contraria, est affectus et defectus, semper in angaria.     Hac in hora, sine mora, corde pulsum tangite. Quod per sortem, sternit fortem, mecum omnes plangite.

 

africanus34
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Legionario Inmunis
Desde: 19 Oct 2010

Justamente estoy estudiando este tema. Fue la frustración de una enriquecida burguesía que no podía obtener cargos la que encaminó la revolución, y la crisis enorme que pusiste.

Pero quizás la chispa la dio la aristocracia, que negándose a pagar los impustos que el rey les quería poner, le hizo convocar los Estados Generales, donde el Tercer Estado puso reclamar el voto personal, la deliberación conjunta y la doble representación de los que no gozaban.

 

 


       

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Legionario Inmunis
Desde: 19 Oct 2010

En cuanto al golpe del 18 de Brumario, Francia ya veía al joven bonaparte como su salvador, porque su vuelta a Francia había sido muy efusiva desde su desembarco en Frejus. Así, una persona pudo alzar Francia a lo más alto.

Los jacobinos se mostraron bastante hostiles con Bonaparte y su hermano Luciano, pero con una buena estrategia para obligar a aceptar el Consulado, lo logró.