TERCIOS ESPAÑOLES, las mejores tropas del mundo

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coventin
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AUTOR: pablo_44

TERCIOS ESPAÑOLES, las mejores tropas del mundo

Hola amigos;

Mirando papeles, encuentro este breve apunte de las mejores tropas del mundo en su momento y me permito pasarlos por si a alguien le interesa.

Lo tengo dividido en varios capítulos que colgaré proximamente.

 

Un tercio era una unidad militar del Ejército español durante la época de la Casa de Austria. Los tercios fueron famosos por su resistencia en el campo de batalla, formando la élite de las unidades militares disponibles para los reyes de España de la época. Los tercios fueron la pieza esencial del ejército que en 1525 venció y capturó a Francisco I de Francia en la Batalla de Pavía..

Aunque fueron oficialmente creados por Carlos I de España tras la reforma del ejército de 1534 como guarnición de las posesiones españolas en Italia y para operaciones expedicionarias en el Mediterráneo, sus orígenes se remontan probablemente a las tropas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia, organizadas en coronelías que agrupaban a las capitanías. En realidad, se comenzaron a gestar en la península. Durante el reinado de los Reyes Católicos y a consecuencia de la guerra de Granada, se adoptó el modelo de piqueros suizos, poco después se repartían las tropas en tres clases: piqueros, escudados (espadachines) y ballesteros mezclados con las primeras armas de fuego portátiles (espingarderos y escopeteros). No tardaron mucho en desaparecer los escudados y pasar los hombres con armas de fuego de ser un complemento de las ballestas a sustituirlas por completo. Las victorias españolas en Italia frente a los poderosos ejércitos franceses tuvieron lugar cuando todavía no se había completado el proceso. Los tres primeros tercios, creados a partir de las tropas estacionadas en Italia, fueron el Tercio Viejo de Sicilia, el Tercio Viejo de Nápoles y el Tercio Viejo de Lombardia. Poco después se crearon el Tercio Viejo de Cerdeña y el Tercio de Galeras (que fue la primera unidad de infantería de marina de la Historia). Todos los tercios posteriores se conocerían como Tercios nuevos. A diferencia del sistema de levas o mercenarios, reclutados para una guerra en concreto, típica de la Edad Media, los tercios se formaron de soldados profesionales y voluntarios que estaban en filas de forma permanente.

El objetivo del Tercio era poder contar con cuerpos móviles y poderosos para afrontar las múltiples campañas militares a las que se enfrentaban los gobernantes españoles de la época.

Estaban inspirados en la Legión romana, por lo que algunos historiadores creen que pudieron ser bautizados así debido a la tercia, la legión romana que operaba en Hispania. Eran unidades regulares siempre en pie de guerra, aunque no existiera amenaza inminente. Otros se crearían más tarde en campañas concretas, y se identificaban por el nombre de su maestre de campo o por el escenario de su actuación. El origen del término “tercio” resulta dudoso. Algunos piensan que fue porque, en su origen, cada tercio representaba una tercera parte de los efectivos totales destinados en Italia. Otros sostienen a que se debían incluir a tres tipos de combatientes (piqueros, arcabuceros y mosqueteros). Y también hay quienes consideran que el nombre proviene de los tres mil hombres, divididos en doce compañías, que constituían su primitiva dotación. Esta última explicación parece la más acertada, ya que es la que recoge el maestre de campo Sancho Londoño en un informe dirigido al duque de Alba a principios del siglo XVI:

“Los tercios, aunque fueron instituidos a imitación de las legiones (romanas), en pocas cosas se pueden comparar a ellas, que el número es la mitad, y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por lo cual se llamaban tercios y no legiones, ya se dice así aunque no tengan más de mil hombres”.

Entonces el nombre de Tercio puede venir del hecho de que los primeros tercios italianos estuvieran compuestos por 3.000 hombres. Lo más probable es que se refiriese simplemente a una parte de las tropas, como en los abordajes, donde se dividian los hombres en tres "tercios" o "trozos".

 

Historia y primeros combates

La estructura militar española, innovada por los Reyes Católicos en la conquista de Granada y en sus campañas por Italia, estuvo fuertemente influenciada por el llamado “modelo suizo”. Los triunfos de la firme infantería suiza frente a la caballería pesada de Borgoña en una serie de batallas campales revolucionaron los métodos de guerra medievales. Era bastante lógico que en España se aprendiese la lección de que unos cuadros de piqueros bien formados podían derrotar a cualquier caballería que se les pusiese delante. El número se imponía sobre el esfuerzo inútil de los orgullosos caballeros, como ya precisó Maquiavelo en su Del arte de la guerra.

La eficacia de combate de los tercios hispánicos estuvo basada en un sistema de armamento que unía el arma blanca (la pica) con el potencial de fuego del arcabuz, tomando una síntesis completa de dualidad de infantería pertrechada con armas de fuego portátiles. La superioridad del tercio sobre el modelo del cuadro compacto suizo estaba, por otra parte, en su mayor capacidad de dividirse en unidades más móviles hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual. La fluidez táctica que favorecía la predisposición combativa del infante español.

Lo cierto es que desde la conquista de Granada (1492) a las campañas del Gran Capitán en el reino de Nápoles (1495), tres ordenanzas sentaban ya las bases de la administración militar de los ejércitos españoles. En 1503, la Gran Ordenanza reflejó la adopción de la pica larga y la distribución de peones en compañías especializadas. En 1534 se creaba el primer tercio oficial, el de Lombardía, y un año después ayudó en la conquista del Milanesado español. Los tercios de Nápoles y Sicilia se crearon en 1536.

En la Batalla de Mühlberg, en 1547, las tropas imperiales de Carlos V vencieron en Alemania a una liga de príncipes protestantes gracias, sobre todo, a la actuación de los piqueros imperiales.

Diez años después, en 1557, el ejército español derrotó por completo al francés en la Batalla de San Quintín, hecho que se repitió con idéntico resultado en Gravelinas en 1558, lo que condujo a la paz entre ambos estados con grandes ventajas para España. Y en todas estas batallas primó muchísimo la eficaz actuación de los ya afamados tercios.

 

Organización de los Tercios

La organización de los tercios varió muchísimo durante su existencia (1534-1704). La estructura original, propia de los Tercios de Italia, dividía cada tercio en 10 capitanías o compañías, 8 de piqueros y 2 de arcabuceros, de 300 hombres cada una. Cada compañía, aparte del capitán, tenía otros oficiales: un alférez, un sargento y 10 cabos (cada uno de los cuales mandaba a 30 hombres de la compañía); aparte de los oficiales, en cada compañía había un cierto número de auxiliares (oficial de intendencia o furriel, capellan, músicos, paje del capitán, etc).

Posteriormente, los Tercios de Flandes adoptaron una estructura de 12 compañías, 10 de piqueros y 2 de arcabuceros, cada una de ellas formada por 250 hombres. Cada grupo de 4 compañías se llamaba coronelía. El estado mayor de un tercio de Flandes tenía como oficiales principales a los coroneles (uno por cada coronelía), un Maestre de Campo (jefe supremo del tercio nombrado directamente por la autoridad real) y un Sargento Mayor, o segundo al mando del Maestre de Campo.

Los tercios solían presentarse en el campo de batalla agrupando a los piqueros en el centro de la formación, escoltados por los arcabuceros y dejando libres a algunos de estos últimos en lo que se denominaban mangas, para hostigar y molestar al enemigo.

El personal de cada unidad era siempre voluntario y entrenado especialmente en el propio tercio, lo que convierte a estas unidades en el germen del ejército profesional moderno. Los ejércitos españoles de aquel tiempo estaban formados por soldados reclutados en todos los dominios de los Habsburgo hispánicos y alemanes, amén de otros territorios donde abundaban los soldados de fortuna y los mercenarios: alemanes, italianos, valones, suizos, borgoñones, flamencos, ingleses, irlandeses, españoles... En el conjunto del ejército la proporción de efectivos españoles propiamente dichos solía ser inferior al 50%, e incluso menos aún: hasta un 10-15% a lo largo de casi toda la guerra de Flandes. Sin embargo, eran considerados el núcleo combatiente por excelencia, selecto, encargado de las tareas más duras y arriesgadas (y consecuentemente, con las mejores pagas). Inicialmente sólo los españoles originarios de la Península Ibérica estaban agrupados en Tercios y durante todo el período de funcionamiento de estas unidades se mantuvo vigente la prohibición de que en dichos tercios formaran soldados de otras nacionalidades; en los años 80 del XVI se formaron los primeros tercios de italianos cuya calidad rivalizaba con la de los españoles, y a principios del siglo XVII se crearon los tercios de valones, considerados de peor calidad. Los lansquenetes alemanes en servicio del rey hispano, no llegaron nunca a ser encuadrados en tercios y combatían formando compañías.

El ejército del duque de Alba en Flandes, en su totalidad, lo componían 5000 españoles, 6000 alemanes y 4000 italianos. Cuando el tercio necesitaba alistar soldados, el rey concedía un permiso especial firmado de propia mano (“conducta”) a los capitanes designados, que tenían señalado un distrito de reclutamiento y debían tener el número de hombres suficiente para componer una compañía. El capitán, entonces, desplegaba bandera en el lugar convenido y alistaba a los voluntarios, que acudían en tropel gracias a la gran fama de los tercios, donde pensaban labrarse carrera y fortuna. Estos voluntarios iban desde humildes labriegos y campesinos hasta hidalgos arruinados o segundones de familias nobles con ambición de fama militar, pero normalmente no se admitían ni menores de 20 años ni ancianos, y estaba prohibido reclutar tanto a frailes o clérigos como a enfermos contagiosos. Los reclutas pasaban una revista de inspección en la que el veedor comprobaba sus cualidades y admitía o expulsaba a los que servían o no para el combate. A diferencia de otros ejércitos, el de los tercios el soldado no estaba obligado a jurar fidelidad y lealtad al rey.

El alistamiento era por tiempo indefinido, hasta que el rey concedía la licencia y establecía una especie de contrato tácito entre la Corona y el soldado, aunque aparte del rey también los capitanes generales podían licenciar a la tropa. Se daba por hecho que el juramento era tácito y efectivo desde este reclutamiento. Los agraciados con su entrada en el tercio cobraban ya al empezar un sueldo por adelantado para equiparse, y los que ya disponían de equipo propio recibían un “socorro” a cuenta de su primer mes de sueldo.

No hay duda de que estas condiciones se pasaban a veces por alto a causa de la picaresca personal o de las necesidades temporales del ejército, pero en general siempre se exigió que el soldado estuviese sano y fuerte, y que contara con una buena dentadura para poder alimentarse del duro bizcocho que se repartía entre la tropa. En España las mayores zonas de reclutamiento fueron Castilla, Andalucía, el Levante, Navarra y Aragón. Honor y servicio eran conceptos muy valorados en la sociedad española de la época, basada en el carácter hidalgo y cortés, sencillo pero valiente y arrojado de todo buen soldado. Aunque hay que añadir que no hubo escasez de voluntarios alistados mientras las arcas reales rebosaron de dinero, es decir, hasta las primeras décadas del siglo XVII. No existían centros de instrucción, porque el adiestramiento era responsabilidad de los sargentos y cabos de escuadra, aunque la verdad es que los soldados novatos y los escuderos se formaban sobre la marcha. Se procuraba repartir a los novatos entre todas las compañías para que aprendieran mejor de las técnicas de los veteranos y no pusieran en peligro la vida del conjunto. Era también común que en las compañías de formaran grupos de camaradas, es decir de cinco o seis soldados unidos por lazos especiales de amistad que compartían los pormenores de la campaña. Este tipo de fraternidad unía las fuerzas y la moral en combate hasta el extremo de ser muy favorecida por el mando, que prohibió incluso que los soldados vivieran solos. El ascenso se debía a aptitud y méritos, pero primaban también mucho la antigüedad y el rango social. Para ascender se solía tardar como mínimo 5 años de soldado a cabo, 1 de cabo a sargento, 2 de sargento a alférez y 3 de alférez a capitán. El capitán de una compañía de tercio era el mando supremo que debía rendir cuentas ante el sargento mayor, que a su vez era el brazo derecho del maestre de campo (designado directamente por el rey y con total competencia militar, administrativa y legislativa).

 

Posteriormente, los Tercios de Flandes adoptaron una estructura de 12 compañías, 10 de piqueros y 2 de arcabuceros, cada una de ellas formada por 250 hombres. Cada grupo de 4 compañías se llamaba coronelía. El estado mayor de un tercio de Flandes tenía como oficiales principales a los coroneles (uno por cada coronelía), un Maestre de Campo (jefe supremo del tercio nombrado directamente por la autoridad real) y un Sargento Mayor, o segundo al mando del Maestre de Campo.

Los tercios solían presentarse en el campo de batalla agrupando a los piqueros en el centro de la formación, escoltados por los arcabuceros y dejando libres a algunos de estos últimos en lo que se denominaban mangas, para hostigar y molestar al enemigo.

El personal de cada unidad era siempre voluntario y entrenado especialmente en el propio tercio, lo que convierte a estas unidades en el germen del ejército profesional moderno. Los ejércitos españoles de aquel tiempo estaban formados por soldados reclutados en todos los dominios de los Habsburgo hispánicos y alemanes, amén de otros territorios donde abundaban los soldados de fortuna y los mercenarios: alemanes, italianos, valones, suizos, borgoñones, flamencos, ingleses, irlandeses, españoles... En el conjunto del ejército la proporción de efectivos españoles propiamente dichos solía ser inferior al 50%, e incluso menos aún: hasta un 10-15% a lo largo de casi toda la guerra de Flandes. Sin embargo, eran considerados el núcleo combatiente por excelencia, selecto, encargado de las tareas más duras y arriesgadas (y consecuentemente, con las mejores pagas). Inicialmente sólo los españoles originarios de la Península Ibérica estaban agrupados en Tercios y durante todo el período de funcionamiento de estas unidades se mantuvo vigente la prohibición de que en dichos tercios formaran soldados de otras nacionalidades; en los años 80 del XVI se formaron los primeros tercios de italianos cuya calidad rivalizaba con la de los españoles, y a principios del siglo XVII se crearon los tercios de valones, considerados de peor calidad. Los lansquenetes alemanes en servicio del rey hispano, no llegaron nunca a ser encuadrados en tercios y combatían formando compañías.

El ejército del duque de Alba en Flandes, en su totalidad, lo componían 5000 españoles, 6000 alemanes y 4000 italianos. Cuando el tercio necesitaba alistar soldados, el rey concedía un permiso especial firmado de propia mano (“conducta”) a los capitanes designados, que tenían señalado un distrito de reclutamiento y debían tener el número de hombres suficiente para componer una compañía. El capitán, entonces, desplegaba bandera en el lugar convenido y alistaba a los voluntarios, que acudían en tropel gracias a la gran fama de los tercios, donde pensaban labrarse carrera y fortuna. Estos voluntarios iban desde humildes labriegos y campesinos hasta hidalgos arruinados o segundones de familias nobles con ambición de fama militar, pero normalmente no se admitían ni menores de 20 años ni ancianos, y estaba prohibido reclutar tanto a frailes o clérigos como a enfermos contagiosos. Los reclutas pasaban una revista de inspección en la que el veedor comprobaba sus cualidades y admitía o expulsaba a los que servían o no para el combate. A diferencia de otros ejércitos, el de los tercios el soldado no estaba obligado a jurar fidelidad y lealtad al rey.El alistamiento era por tiempo indefinido, hasta que el rey concedía la licencia y establecía una especie de contrato tácito entre la Corona y el soldado, aunque aparte del rey también los capitanes generales podían licenciar a la tropa. Se daba por hecho que el juramento era tácito y efectivo desde este reclutamiento. Los agraciados con su entrada en el tercio cobraban ya al empezar un sueldo por adelantado para equiparse, y los que ya disponían de equipo propio recibían un “socorro” a cuenta de su primer mes de sueldo.

No hay duda de que estas condiciones se pasaban a veces por alto a causa de la picaresca personal o de las necesidades temporales del ejército, pero en general siempre se exigió que el soldado estuviese sano y fuerte, y que contara con una buena dentadura para poder alimentarse del duro bizcocho que se repartía entre la tropa. En España las mayores zonas de reclutamiento fueron Castilla, Andalucía, el Levante, Navarra y Aragón. Honor y servicio eran conceptos muy valorados en la sociedad española de la época, basada en el carácter hidalgo y cortés, sencillo pero valiente y arrojado de todo buen soldado. Aunque hay que añadir que no hubo escasez de voluntarios alistados mientras las arcas reales rebosaron de dinero, es decir, hasta las primeras décadas del siglo XVII. No existían centros de instrucción, porque el adiestramiento era responsabilidad de los sargentos y cabos de escuadra, aunque la verdad es que los soldados novatos y los escuderos se formaban sobre la marcha. Se procuraba repartir a los novatos entre todas las compañías para que aprendieran mejor de las técnicas de los veteranos y no pusieran en peligro la vida del conjunto. Era también común que en las compañías de formaran grupos de camaradas, es decir de cinco o seis soldados unidos por lazos especiales de amistad que compartían los pormenores de la campaña. Este tipo de fraternidad unía las fuerzas y la moral en combate hasta el extremo de ser muy favorecida por el mando, que prohibió incluso que los soldados vivieran solos. El ascenso se debía a aptitud y méritos, pero primaban también mucho la antigüedad y el rango social. Para ascender se solía tardar como mínimo 5 años de soldado a cabo, 1 de cabo a sargento, 2 de sargento a alférez y 3 de alférez a capitán. El capitán de una compañía de tercio era el mando supremo que debía rendir cuentas ante el sargento mayor, que a su vez era el brazo derecho del maestre de campo (designado directamente por el rey y con total competencia militar, administrativa y legislativa).

 

Escuadrón y técnicas

El armazón del tercio contaba con tres clases de combatientes: piqueros, arcabuceros y mosqueteros.Asimismo, contaba con artillería, y en ocasiones, con apoyo de caballería( ej. : batalla de Ceriñola).

Los piqueros usaban la pica, de entre 3 y 5 m de longitud, y portaban también su espada atada al cinto. Según su armamento defensivo se dividían en “picas secas” y “picas armadas” (coseletes o piqueros pesados). Los primeros llevaban media armadura y a veces capacete o morrión. Los segundos se protegían con celada o morrión, peto, espaldar y escarcelas que cubrían los muslos colgando del peto. La espada era su gran baza en cualquier combate cuerpo a cuerpo, y en su manejo tenían los españoles una acreditadísima fama. Normalmente era de doble filo y no solía medir más de un metro para hacerse más ligera y transportable.

Los mosqueteros llevaban un equipo muy similar al de los arcabuceros, pero se diferenciaban en que en vez de arcabuz usaban un mosquete, o sea de mayor alcance y calibre, lo que también requería dispararlo con el apoyo de una horquilla montada en el suelo. Su alcance les permitía salir de la formación cerrada y refugiarse en el escuadrón después de abrir fuego. Fueron una innovación extraordinaria en su época gracias a la inteligencia del duque de Alba, que decidió introducir los mosquetes en los tercios en 1567 cuando antes sólo servían en la defensa de plazas amuralladas, en especial en los presidios de Berbería, en el norte de África.

Los españoles conservaron la hegemonía militar durante el siglo XVI y gran parte del XVII, aunque sus enemigos se inspiraron en sus mismas técnicas para hacerles frente. Los ejércitos incrementaron sus efectivos y pasaron a sufrir enormes bajas. Los generales de la época optaban entonces por no plantear grandes batallas, sino dedicarse a concentrar esfuerzos en las tomas de ciudades importantes para forzar un tratado que condujese al final de la guerra, fuese éste temporal o a largo plazo. Un aforismo de los lansquenetes de aquellos tiempos decía muy oportunamente: Dios nos dé cien años de guerra y ni un solo día de batalla.

Las grandes formaciones de los tercios surgieron según la técnica bautizada por los españoles como arte de escuadronar, y los tratados de la época están llenos de fórmulas y tablas para componer escuadrones de hasta 8000 hombres. Por aquel entonces ya habían desaparecido totalmente las hazañas individuales que en la Edad Media gozaron de tanta fama y prestigio para el soldado, pues la infantería se basaba enteramente en el anonimato. Los oficiales y los soldados distinguidos disponían de algún caballo para las marchas largas, pero todos combatían pie a tierra, integrados en grandes formaciones cuadradas o rectangulares, con una disciplina estrictamente impuesta en movimientos de alineación y maniobra. Durante los trayectos, las tropas acostumbraban a viajar siempre en columna, pero luego combatían agrupadas en bloques geométricos.

Estos bloques rechazaban fácilmente a la caballería y luchaban hábilmente combinados con el resto de la infantería, pero debían evitar ponerse al alcance de los cañones, ya que entonces podían sufrir graves destrozos y bajas. La amenaza de la artillería enemiga en una batalla quedó bien patente para todos los ejércitos de la época sobre todo a partir de la batalla de Marignano, en la que la artillería francesa machacó a los cuadros suizos. Todos los generales tuvieron entonces presente este factor, aunque de hecho las piezas artilleras eran de poco alcance y muy difíciles de mover en terrenos abruptos o fangosos, como por ejemplo en los campos de Flandes. Hay que destacar, sin embargo, que la infantería era la única que mejor podía moverse en los estrechos espacios que dejaban canales, diques, puentes o murallas en Flandes.

El tercio acostumbraba a formar como formación más típica el llamado escuadrón de picas. El resto de efectivos –caballería y arcabuceros- debían apoyar su acción situándose en sus mangas o flancos para evitar que el enemigo lo envolviese, aunque a veces también formaban pequeños cuadros en sus esquinas. Esta táctica era la más empleada en campo abierto, transmitiéndose las órdenes a través del sargento mayor a los sargentos de compañía y sus capitanes, que desplazaban a la tropa. Todos los movimientos se realizaban en absoluto silencio, de modo que sólo en el momento del choque estaba permitido gritar “¡Santiago!” o “¡España!”.

La doctrina de la época establecía oponer picas a caballos, enfrentar la arcabucería a los piqueros y lanzar caballería sobre los arcabuceros enemigos, ya que éstos, una vez efectuado el primer disparo, eran muy vulnerables hasta que cargaban otra vez el arma. Los arcabuceros adquirieron mucha importancia en los tercios: llevaban un capacete, gola de malla y chaleco de cuero (coleto), a veces peto y espaldar. Su gran arma era el arcabuz, un cañón de hierro montado sobre caja de madera con culata. El equipo les incluía también una bandolera para las cargas de pólvora y una mochila para las balas, la mecha y el mechero. El arcabucero recibía cierta cantidad de plomo y un molde en el que debía fundir sus propias balas. A finales de siglo XVI, cada tercio tenía dos o tres compañías de arcabuceros (lo que da una idea de su elitismo), formadas por soldados jóvenes y resistentes a los duros trabajos. También por ese mismo motivo estaban agraciados por un trato de favor especial que les dispensaba de hacer guardias de noche (a diferencia del resto de compañías) y les garantizaba un ducado más de paga al mes. Se disponía de artillería cuando las circunstancias así lo exigían: desde cañones de bronce o hierro colado, medios cañones, culebrinas y falconetes.

Durante los primeros disparos, para que las bajas no dejasen demasiados huecos en el escuadrón de picas, los soldados adelantaban su puesto cuando el anterior quedaba vacío, lo que permitía seguir dando una imagen compacta donde toda la compañía se apoyaba en un solo bloque. El escuadrón de picas tenía cuatro formaciones: el escuadrón cuadrado (mismo frente que fondo); prolongado (tres cuadrados unidos), con la variante de media luna o cornuto, en que las alas de curvaban para proteger el centro; en cuña o triangular, que adquiría forma de tenaza o sierra cuando se unía a otros por la base; y en rombo.

Si se trataba de un asedio, los tercios realizaban obras de atrincheramiento para rodear la plaza y aproximar los cañones y minas a los muros. Uno de los escuadrones se mantenía en reserva para rechazar cualquier tentativa de contraataque de los sitiados. Incluso si era necesario retirarse, se procuraba llevar a cabo el repliegue con sumo secreto, con un escuadrón de seguridad cubriendo siempre la retaguardia.

Armamento y vestimenta

No existió nunca una verdadera uniformidad en vestimenta. El equipo más habitual comprendía una ropilla (vestidura corta sobre el jubón), unos calzones, dos camisas, un jubón, dos medias calzas, un sombrero de ala ancha y un par de zapatos, pero cada hombre podía vestir como quisiera si se lo pagaba de su bolsillo. En cuanto a las armas, los soldados recibían las que les daba el rey (Munición Real), que se descontaban de futuras pagas, pero además podían adquirir y utilizar cualquier otra que les conviniera: espadas, ballestas, picas, mosquetones, arcabuces... y así se ejercitaban a base de destreza y mucha práctica.

Todo soldado podía llevarse los mozos y criados que pudiera costear para su posición social y recursos. Eran una especie de escuderos que aprendían de sus superiores el arte de la guerra y el cuidado de las armas y los caballos. Un gran número de protegidos y de no combatientes acompañaba al ejército de tercios en su marcha, desde mochileros para transportar los equipajes hasta comerciantes con carros de comestibles y bebida, cantineros, sirvientes... y hasta prostitutas. Éstas últimas, aunque bastante numerosas, no podían pernoctar con la tropa porque se debían seguir cierto límite de medidas de control del orden, por lo que debían marcharse del campamento al caer la tarde.

A medida que trascurrieron los años, los tercios fueron tanto disminuyendo en número de hombres como aumentando la proporción de arcabuceros y mosqueteros sobre la de piqueros, eliminando cualquier vestigio de algunas armas aún comunes en el momento de creación del tercio (por ejemplo, la ballestas o el escudo redondo o rodela). En la práctica los tercios nunca tenían sus plazas cubiertas, y a menudo las compañías tenían solo la mitad o menos de sus efectivos teóricos. Frecuentemente se disolvían compañías ("reformaban") para cubrir un mínimo de plazas en las demás. Los capitanes de las desaparecidas se veían reducidos al papel de soldados, si bien de élite. Debido a esto su estructua nunca fue rígida, sino más bien muy adaptable a las circunstancias del momento.

Estaba relativamente consentida la deserción si era para unirse a otra compañía más prestigiosa. La huída a España no era muy mal vista, aunque no era común. Sin embargo, pasarse al enemigo era otra cosa, las pocas veces que sucedió, y si los desertores tenían la desgracia de caer en manos de sus antiguos compañeros, no podían esperar clemencia.

Muchas de las acciones de guerra no eran grandes batallas, si no una sucesión de golpes de mano, escaramuzas, pequeñas batallas y asedios. En todos estos casos los tercios resultaron muy eficientes. Especialmente en los ataque por sorpresa ("encamisadas").

Alimentación y sanidad

La comida del soldado raso comprendía un kilo aproximado de pan o bizcocho, una libra de carne y media de pescado y una pinta de vino, más aceite y vinagre, lo que aportaba de 3300 a 3900 kilocalorías diarias. Hay que saber que el soldado se tenía que preparar su propia comida, aunque la preparación de algunos alimentos corría a cargo de cada uno de las camaradas en los fogones del campamento.

Cada tercio disponía de un médico, un cirujano y un boticario. Todas las compañías disponían de barbero para los primeros auxilios, y los heridos graves se trasladaban al hospital general, donde había enfermeros, médicos y cirujanos. Este hospital corría a cargo de los propios soldados mediante el llamado “real de limosna” (una cantidad que se les descontaba del sueldo), la venta de los efectos personales de los enfermos que fallecían sin hacer testamento o las donaciones que alguien hacía voluntariamente. Había aproximadamente un médico o cirujano por cada 2.200 soldados, aunque los heridos podían llegar a ser tantos que desbordaran la capacidad de éstos. Lo cierto era que la mayoría de soldados veteranos estaba cubierto de cicatrices, y muchos acababan lisiados o mutilados sin ninguna compensación. Las amputaciones iban seguidas de la cauterización, y las curas de las heridas se hacían con maceraciones de vino o aguardiente y algunos ungüentos, pero eso no frenaba a veces la infección o las supuraciones, lo que acababa por degenerar en gangrena.

La importancia de la religión

Los tercios mantenían su enorme moral de combate mediante un implícito apoyo de la religión en campaña. Su mejor general, Alejandro Farnesio, no dudaba por ejemplo en hacer arrodillar día a día a sus soldados antes de combatir para rezar el Avemaría o una prédica a Santiago, patrón de España.

Asimismo cada mañana se saludaba a la Virgen María con tres toques de corneta y cuando era preciso también se oficiaban varias misas de difuntos y numerosos funerales. Cada tercio contaba con un capellán mayor y un predicador, y cada compañía con un capellán.

 

 

La mala fama de los tercios españoles forma parte inseparable de la Leyenda Negra difundida por la historiografía anglosajona y francesa para perjudicar la imagen política de España a partir –sobre todo- de Felipe II. Esos prejuicios se basan en hechos ciertamente lamentables que fueron obra de los rudos y feroces soldados en algunos episodios de desorden y saqueo indiscriminado acompañado de crueles matanzas. Durante el desempeño del cargo de jefe de los tercios que hizo el tercer Duque de Alba los odios se exacerbaron, sobre todo a raíz de la política de mano dura y represión que impulsó el noble, considerado todavía hoy una auténtica bestia negra por los flamencos y holandeses protestantes. Aunque todos los ejércitos anteriores y posteriores a la época cometieron y cometerían los mismos excesos, la mala fama de los tercios españoles fue aumentada por el odio holandés y protestante a un invasor que veían como una doble amenaza: política (acusando a España de imperialismo) y religiosa (luchando contra el catolicismo que los Austrias querían imponer a toda costa en los territorios donde caló profundamente la Reforma Protestante). Los peores desmanes de los tercios los ocasionaban los continuos atrasos en el envío de la paga. Los sueldos ya de por sí eran bajos, pero con ese salario hay que tener en cuenta que el soldado pagaba la ropa, su manutención, las armas, y hasta a veces el alojamiento, aunque excepcionalmente algunos nobles se ofrecieron a costear los gastos de una guerra concreta para ganar méritos y prestigio ante el rey de España.

Si la paga llegaba a tardar más de 30 meses (como ocurrió en algunos momentos), los tercios se amotinaban y eran capaces de lo peor, aunque jamás pusieran en duda su plena fidelidad a España y al rey. Era entonces cuando el saqueo descontrolado pasaba a ser el único sistema para resarcirse de la falta de dinero, y ese saqueo podía proceder tanto de la captura de bagajes enemigos como del pillaje en pueblos y ciudades. El botín estaba prohibido cuando una ciudad pactaba voluntariamente una rendición antes de que los sitiadores instalaran la artillería, pero si esto no se producía la plaza quedaba entonces a merced del vencedor. Uno de los episodios más negros de los tercios se produjo en el saqueo de Amberes en 1576, que duró más de tres días y llegó hasta extremos inhumanos de barbarie y devastación. El 4 de noviembre de 1576 las calles quedaron sembradas de cadáveres de toda clase y condición con los dedos y las orejas cortados para llevarse las joyas personales que los soldados tanto ansiaban. Familias enteras fueron torturadas en busca de dinero.

Episodios similares se vivieron tanto en Cataluña como en Portugal, territorios que se rebelaron contra la Corona de los Austrias a causa de la falta de acuerdo en materia de política económica interna y, sobre todo, del mantenimiento costosísimo que representaban los tercios en campaña. El estacionamiento de los tercios en la frontera catalana con Francia y la polémica (pero tal vez necesaria) Unión de Armas que proyectaba hacer el valido de Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, reuniendo el dinero y los efectivos humanos de todos los reinos y señoríos hispánicos, acabaron por encender la mecha del polvorín en el que se habían convertido el Principado de Cataluña y el Reino de Portugal, totalmente contrarios a tales medidas porque perjudicaban de forma grave sus expectativas económicas a la vez que violaban sus privilegiados fueros de origen medieval. Los tercios eran una olla de presión allá donde se dirigían, y sumándole a esto la falta de tacto del valido y el tozudo autoritarismo real de Felipe IV, más la también tozuda reticencia y desconfianza de las cortes catalanas y portuguesas, el resultado fue tan caótico que sumió simultáneamente a la Península Ibérica en dos frentes rebeldes al rey. Los tercios estacionados en Cataluña pesaban como una losa sobre las posibilidades de las clases humildes y populares a causa de sus gastos y excesos. El amotinamiento de los soldados se sumó a la rebelión popular en respuesta de sus atrocidades. Pueblos enteros fueron saqueados e incendiados en el Principado catalán en 1640, dando inicio a la llamada Guerra de los Segadores y a la temporal escisión de Cataluña del Imperio gracias a las calculadas maniobras políticas del cardenal Richelieu, valido de Luis XIII. Tras varias negociaciones y la pérdida resignada de Portugal, independizado con los Braganza como nueva dinastía nacional, el gobierno de Madrid logró encauzar la situación a costa de aceptar todas las condiciones fijadas por la Generalidad catalana y dejar que Francia consolidase sus anexiones al norte de los Pirineos, donde ocupó varias comarcas catalanas.

La Batalla de Rocroi, el 19 de mayo de 1643, marcó un antes y un después en la legendaria historia de los tercios españoles. Fue una auténtica derrota moral, en mitad de la Guerra de los Treinta Años, que sumió en el desconcierto y el desánimo a los soldados hasta el punto de impactar en todo el continente deshaciendo el mito de que los tercios españoles eran invencibles.

Los tercios, que sitiaban la ciudad francesa de Rocroi, partieron con varias desventajas al enfrentarse con las tropas que aparecieron para auxiliar la plaza sitiada. Lucharon, para empezar, en inferioridad numérica, y otro de los errores que sufrieron fue su imprevisión o su exceso de confianza ante un enemigo que subestimaron cuando un simple espía habría podido detectar la llegada de las fuerzas galas. La hegemonía francesa en Europa estaba decidida a partir de aquel episodio, aunque la derrota no fue tan abrumadora como la propaganda francesa ha hecho creer siempre, dado que los tercios recuperaron otra vez Rocroi y siguieron igualmente combatiendo en Flandes durante la segunda mitad del siglo XVII.

Para enviar sus refuerzos a la zona, España tuvo que poner en funcionamiento el llamado Camino Español, un itinerario vital que discurría por ruta terrestre (la marítima estaba cortada por ingleses, franceses y holandeses) desde el Milanesado a través del Franco Condado, Alsacia, Alemania, Suiza y Lorena hasta llegar a Flandes. El duque de Alba (1507-1582) fue el primero que utilizó este recorrido en 1566, y fue tan exitoso que logró mantenerse hasta 1622. Fue en ese año cuando Francia logró estrangular el Camino llegando a un pacto de intereses con el duque de Saboya, que se alió con los galos para evitar el paso de tropas hispánicas por su territorio. Este hecho obligó a los españoles a buscar una nueva alternativa, y la encontraron en un itinerario que discurría algo más al este partiendo también de Milán y cruzando los valles suizos de Engandina y Valtelina hasta Landeck, en el Tirol, y de ahí, bordeando el sur de Alemania, cruzaba el Rin por Breisach (Alsacia) y alcanzaba los Países Bajos por Lorena. Este segundo Camino Español aguantó hasta que los franceses invadieron la Valtelina y Alsacia y ocuparon también Lorena. Se intentó entonces arribar a la costa de Flandes por vía marítima desde los puertos gallegos y cántabros, pero la derrota naval en la batalla de las Dunas sentenció definitivamente el eje vital que permitía al Imperio avituallar sus efectivos en Flandes. La última victoria de los tercios sería en la batalla de Valenciennes (1656), frente a los franceses.

Otros historiadores dan por más grave la derrota terrestre y naval que sufrieron los españoles en la batalla de las Dunas de Dunkerque (1658), donde el mariscal francés Turenne tuvo el apoyo de la flota inglesa del dictador Cromwell en la costa flamenca.

El declive militar del Imperio Español era ya visible a consecuencia de la falta de replanteamiento de estructura y de instrucción de los tercios, que habían quedado inevitablemente obsoletos ante unas rápidas renovaciones de armamento que ya seguían muy por delante tanto Francia como Holanda o Inglaterra. España había sufrido una sangría imparable de dinero, hombres y todo tipo de recursos con tal de aniquilar a los protestantes y mantener sus dominios de Flandes e Italia frente al expansionismo holandés y francés. Las bajas de los combates, las enfermedades, las deserciones, causaron que el organigrama de los tercios se viniera totalmente abajo. Era imposible sufragar una renovación de técnicas y armamento porque el déficit, que tragaba todo el oro y casi toda la plata que cada vez costaba más extraer de las colonias americanas españolas (se iba agotando), resultaba simplemente demoledor. El tercio era una tropa muy cara, y dado que la economía de los reinos hispánicos estaba demasiado descentralizada y no tenía intereses fáciles de conciliar, los Austrias menores (Felipe III, Felipe IV, Carlos II) cada vez lo tuvieron peor para lograr un pacto económico con las Cortes de cada Estado del que eran reyes. Los banqueros del rey solían adelantar el dinero en forma de préstamo, pero cuando el dinero del Estado se acababa... los banqueros cerraban su bolsa y las consecuencias eran irremediables. La guerra en Flandes, por ejemplo, duró de 1568 a 1609 y de 1621 a 1648 (Paz de Westfalia), con tan sólo un frío interludio con la Tregua de los Doce Años que logró Felipe III. Durante más de 80 años ese conflicto devoró el Tesoro Real para nada: las Provincias Unidas se independizaron del Imperio y fueron compensadas con dos provincias más (al norte del río Escalda, lo que arruinó la salida fluvial de Amberes) aparte de las colonias que ya había ocupado en las Indias Orientales.

Tras 1648 fue Francia la que invadió paulatinamente territorios al sur, acabando por forzar en 1659 la Paz de los Pirineos, que supuso ya la pérdida de una parte considerable de territorios al sur y al este de Bélgica. Y España tenía frentes abiertos con casi todas las potencias: franceses, ingleses, holandeses, protestantes alemanes y suecos.

Los banqueros genoveses y los mercenarios extranjeros que apoyaban a los ejércitos hispánicos cada vez exigían prestaciones más elevadas, viéndose la Corona ahogada ya de por sí en el despilfarro de la Corte, la falta de visión política de los monarcas y sus cada vez más incompetentes validos y en una serie de interminables guerras que asolaron Europa hasta hundir del todo la política de un imperio multinacional y católico como era el de los Austrias.

Bajo el reinado de Carlos II el Hechizado continuaron los ataques franceses para acabar con lo poco que quedaba del Flandes hispánico. Mediante la Paz de Aquisgrán (1668), España volvía a perder plazas en la región. Cinco años más tarde, Luis XIV propuso intercambiar Flandes por el Rosellón y la mitad de la Cerdaña, comarcas perdidas al norte de los Pirineos en 1659, pero Carlos II se negó en redondo, lo que significó nuevamente el estallido de la guerra. La Paz de Nimega volvió a mermar los dominios hispánicos, que acabaron desapareciendo a principios de siglo XVIIII con la Paz de Utrech que ponía fin a la Guerra de Sucesión entre Felipe V y el archiduque Carlos de Austria por el trono español. El Sacro Imperio fue el nuevo dueño de Flandes en lo sucesivo, de modo que Austria tomó el relevo de España en una lucha que había durado casi 150 años de estériles esfuerzos.

Aunque Felipe V disolvió el tercio en su reforma de 1704, este nombre se conserva aún hoy día en unidades tipo regimiento de la legión y de la infantería de marina españolas, heredera ésta ultima de los viejos tercios de mar. Con la llegada de los Borbones se impuso el modelo francés de ejército que se desarrolló durante el siglo XVIII. Oxidados y acabados, los tercios fueron suprimidos con la llegada de los Borbones al trono español. Felipe V los sustituyó por regimientos al mando de coroneles, según los modernos modelos francés, prusiano y austriaco, aunque la vieja cruz de San Andrés ondea aún como insignia de la mayoría de las unidades de infanteria española.

Anécdotas de los tercios

Irse a la porra

El sargento mayor de cada tercio dirigía los compases de sus hombres moviendo un gran garrote, una especie de antecedente de la batuta de orquestra que recibía el explícito nombre de porra. Cuando una columna en marcha hacía un alto prolongado, el sargento mayor hincaba en el suelo el extremo inferior de su porra distintiva para simbolizar la parada. En su inmediación se establecía rápidamente la guardia, encargada de custodiar los símbolos más preciados del tercio: la bandera y el carro donde se llevaban (cuando había) los caudales. También quedaban bajo su vigilancia los soldados arrestados, que durante ese descanso debían permanecer sentados en torno a la porra que el sargento había clavado al principio. Eso equivalía por tanto a enviar a alguien a la porra como sinónimo de arrestarle. Esta irónica pero curiosa locución tuvo bastante éxito, por lo que pasó a engrosar la riqueza léxica del español originando el actual y despectivo ¡vete a la porra!

Expresiones de Flandes

Otras expresiones directamente relacionadas con las guerras de Flandes y los tercios han marcado profundamente la lengua española. Por ejemplo en el caso de frases tan comúnmente usadas por los hispanohablantes como Se armó (o se armará) la de San Quintín (que alude a la batalla que tuvo lugar el día de San Lorenzo –10 de agosto- de 1557, ganada por las armas españolas de Felipe II contra los franceses, y en la que los tercios estuvieron dirigidos por Manuel Filiberto, duque de Saboya) o pasar por los bancos de Flandes (que significaría superar una dificultad, lo que vendría de su similitud con una zona peligrosa en el mar de Flandes, las casas bancarias flamencas y los muebles fabricados con pino de Flandes). Recordemos, también, la que expresa poner una pica en Flandes (como sinónimo de algo sumamente dificultoso o costoso, refiriéndose a los gastos y esfuerzos que suponía el envío de los tercios). Cervantes usó (y tal vez legó definitivamente al español) varias expresiones similares en El Quijote: la expresión que utiliza el personaje de Sancho Panza cuando afirma que pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaré yo aquí como en Flandes, lo que equivale a decir “en cualquier parte”. Finalmente, la expresión en Flandes se ha puesto el sol proviene del título de una obra teatral firmada por Eduardo Marquina (1879-1946), y viene a simbolizar el ocaso del poderío hispánico en los Países Bajos tras la crisis económica y social que desataron los conflictos bélicos y religiosos durantes más de dos siglos.

 

Les adjunto un listado de los Tercios Españoles que combatieron por la Europa de la época, gastando aunque no se lo crean muchos el "oro de América"

Cre que estan todos, pero debo revisarlo po si se me queda alguno atras:

Listado de los Tercios

  • Viejo de Lombardía
  • Viejo de Sicilia
  • Viejo de Nápoles
  • Viejo de Brabante
  • Viejo de Cartagena o de Ambrosio Spinola
  • Saavedra
  • Alvaro de Sande
  • Flandes
  • Fuenclara
  • Caracena
  • Mortora
  • Garciez
  • Alburquerque
  • Bonifacio
  • Meneses
  • Seralvo
  • Cordobas
  • Casco de Granada
  • Nuevo de Toledo
  • Nuevo de Valladolid
  • Azules Viejo
  • Fijo del reino de Nápoles
  • Zapena
  • Villar
  • Monroy
  • Morados Viejos (Sevilla)
  • Amarillos Viejos
  • Azules Viejos (Toledo)
  • Viejo Lesaca
  • Castilla
  • Guipúzcoa
  • los Arcos
  • Idiáquez
  • Aragón
  • Valencias y Conde de Garcies
  • Verdes Viejos
  • Diputación de Cataluña
  • Ciudad de Barcelona
  • Collorados Viejo
  • Amarillo Nuevo (tercio provincial de Léon)
  • Amarillos Viejos
  • Costa de Granada
  • Azules Nuevos (tercio provincial de Murcia)
  • Los Blancos (tercio provincial de Segovia)
  • Colorados Nuevos (tercio provincial de Gibraltar)
  • Morados Nuevos (tercio provincial de Toledo)

tercios de la Armada Viejo de la Armada Mar Oceano

  • Viejo Armada
  • Fijo de la Mar de Napoles

tercios italianos Toraldo

  • Cardenas
  • Avalos-Aquino
  • Torrecusa
  • Guasco
  • Lunato
  • Paniguerola
  • Torralto (napolitano)
  • San Severo (napolitano)
  • Torrecusa (napolitano)
  • Cardenas (napolitano)
  • Lunato (lombardo)
  • Paniguerola (lombardo)
  • Guasco (lombardo)
  • tercio vecchio de Nápoles (napolitano)

tercios irlandeses Tyron

  • Bostock

tercios alemanes (6 a 9 en 1701) tercios des Grisons (suizos, 2 en 1701)

tercios valones (8 en 1701)

  • Beaumont
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Desde: 30 Ago 2009

Autor: pablo_44, 14/Ago/2007 21:45 GMT+1:


 

Hola amigos;

Paso un artículo parami muy interesante sobre la batalla de Rocrix, y las razones de cual es la razon de las consecuencias que esta batalla ha tenido sobre el ejercito, iniciando su "declive". El artículo está sacado de Researching y Dragona

Si les interesa, diganmelo y paso un breve resumen de la batalla y sus prolegómenos.

   Rocroi, "roca del rey", era una plaza fuerte fronteriza de las Ardenas, cerca del valle del Mosa, que vigilaba el extremo sudoriental del condado de Hainaut y constituía el antemural defensivo de Rethel y Reims. Su nombre ha adquirido fama legendaria debido a  la batalla dada en sus campos, generalmente relacionada con un gran desastre; el primero de su magnitud, se dice, que sufrían los tercios españoles. Por ello, suele usarse como hito o mojón en la Historia militar: el que marca el final de la supremacía española.

     Sin embargo, la batalla de Rocroi no pasó de ser un mero accidente, una derrota in-
sustancial como otras del pasado —las Dunas de Nieuwpoort (1600) o Avein (1635) [1],
por ejemplo— cuyas heridas restañaron pronto porque no aparejaron consecuencias graves ni decisivas. Derrotas decisivas tambien las sufrieron los tercios de Flandes, por eso no se ganó la guerra contra Francia. Una guerra que, pese a las sublevaciones de Cataluña, Portugal y Nápoles, la pérdida de las antiguas alianzas con grisones, saboyanos y modeneses, la inconstancia del Imperio y la defección final de loreneses y wirtemburgueses, España estuvo más cerca de ganar que Francia. En 1654, cuando en Rocroi ondeaba ya el pendón hispano y Condé, antaño vencedor sobre misma la plaza, militaba en las filas de la Casa de Austria, los plenipotenciarios franceses trataban de cerrar en Madrid un satisfactorio acuerdo de paz. Barcelona y la mayor parte de Cataluña habian vuelto al Rey, excepto el Rosellón, como Nápoles y todo lo que Francia habia tomado anteriormente en Flandes, Hainaut,  Artois y Luxemburgo excepto Arras, Hesdin, Thionville y poco más; si acaso, menudo. Precísamente, la peculiar situación de Condé, cuya rehabilitación en Francia constituía un escollo, fue demorando el acuerdo mientras que el ejército de Flan- des progresaba sobre Arras. La reconquista de la plaza hubiera sellado una paz a cual - quier precio pero, contra todo pronóstico, un ejército de socorro francés fue capaz de romper el triple cordón defensivo de los sitiadores (25 de agosto), obligándoles a huir con tanta precipitación que abandonaron su artillería y bagajes. Aquella fue una derrota decisiva, muy parecida a la de Turín, en 1706, que —siendo exclusivamente francesa— supuso
el final de la presencia española en Lombardía.

      Francia, como España en 1648, sacó fuerzas de flaqueza y se aprestó a mejorar su
posición por la fuerza de las armas, pero bien sabía que no lo conseguiría por sí misma. Desde que la pacificación europea la dejara sola frente a España había ido perdiendo todo lo que antes le ganara, de manera que buscó afanosamente restar aliados a su enemigo y procurarse otros para sí. Tras lograr que los duques de Lorena y Württenberg abandonaran la causa del rey de España y se unieran a la suya, intentaron una aproximación a Cromwell, el regicida aislado que precisaba en el exterior de una válvula de escape para sus crecientes problemas internos. Francia apoyaba hasta entonces a Carlos II, exiliado y acogido por Luis XIV, pero la situación no se prestaba a escrúpulos de conciencia. El rey depuesto fue despedido y, aunque España le recibió enseguida, Mazarino sacó adelante su alianza con quien, en todas las cortes europeas, era apodado "el Tirano".

     Inglaterra concibió entonces aquel vasto "Western Design" que se redujo a mansio-
narse de las deshabitadas islas de Jamaica y San Cristóbal,  aunque su flota se apoderó parcialmente del tesoro indiano en 1655. Todavía pudieron los tercios vencer a los mariscales La Ferté y Turenne ante Valenciennes (17.VII.1656), pero la armada inglesa volvió a ser decisiva en 1658, en la batalla de las Dunas de Dunkerque [2]  y en el mar, tomando parte de otra flota indiana y forzando a España a negociar una paz en desventaja. Las derrotas de Arras y de las Dunas de Dunkerque, en tierra, y las de la Armada en la mar, resultaron decisivas por sus consecuencias irreversibles aunque ninguna de ellas haya al- canzado pareja resonancia histórica a la de Rocroi.

 Lo mínimo que puede predicarse de la batalla de Rocroi, por chirriante que parezca, es que fue una pírrica victoria francesa. Su ejército resultó más castigado que el de Melo
y quedó tan desorganizado que hubo de replegarse al interior de Francia, a Guise, en Pi cardía, para rehacerse «como si hubiera sido vencido» [.  Cierto que logró su objetivo de socorrer la plaza sitiada y que ganó el campo, pero no lo es menos que, para conseguirlo, hubo de apelar a una solución que constituye, a mi juicio, la mayor originalidad táctica de todas las atribuídas en la jornada al duque de Enghien: ofrecer la capitulación, en plena batalla campal, a una fracción de un ejército vencido a la que no puede doblegar. Claro que, en las condiciones en que había quedado el suyo, y ante la amenaza cierta de un inminente socorro enemigo, pocas opciones convencionales le quedaban a quien no había logrado sofocar, con todo el peso y la moral de un ejército vencedor, la titánica resistentencia de los últimos españoles que combatieron en Rocroi.

    Esta solución es ya de por sí lo suficientemente notable como para que la batalla de
Rocroi ocupara un puesto en la Historia, pero sucede que los franceses ocultaron y tergiversaron estos hechos —como tantos otros en torno al acontecimiento—, hasta el punto de que resulta muy complicado reconstruir su desarrollo. No porque no pueda hacerse o intentarse, sino porque la percepción historiográfica de lo sucedido es tan distinta a lo que realmente ocurrió que no puede limitarse uno a cambiar el discurso sin correr el riesgo de ser tomado por un majadero. Hay que invertir el método. Antes es preciso desmontar el mito, comparar lo que se ha dicho y viene admitiéndose por cierto con lo que se infiere de los testimonios de actores, memoristas o historiadores coetáneos; identificar y aislar las diferencias y resolverlas, en la medida de lo posible, con el auxilio de documen- tación incontrovertible. Como veremos, ésta también existe. No se ha utilizado todavía, de ahi la larga permanencia del mito, pero existe, como todavía subsisten algunas dudas.
El empeño de resolverlas ha venido demorando demasiado tiempo la continuación de un trabajo que empendí hace 7 años, precísamente a raiz del artículo publicado en Dragona no. 3 con ocasión del 350º aniversario de la batalla. Lo retomo ahora en el punto donde quedó, pero ya no hablo de incógnitas porque muchas se han despejado y, desde luego, ha cambiado mi percepción goblal de aquel exámen sobre los hechos. Actualmente estoy en situación de poder enunciar  claramente lo que Rocroi fue y debe significar en el contexto historiobélico: un montaje, una victoria propagandística; un pequeño éxito militar que, en aras de la coyuntura política del momento, fue convertido en un triunfo resonante.

  Tan prontamente como el 27 de mayo de 1643, Téophraste Renaudot [5], escribía en la Gazette de France  el siguiente preámbulo a la relación que, sobre la batalla, compuso  hasta su muerte en 1650:
 
Researching & Dragona
 
«Una victoria es siempre bienvenida, pero cuando es de la más grandes de su siglo, cuando llega al comienzo de un reinado, de un gobierno y de una campaña entonces se asemeja a los rayos del sol, cuya simple luz es hermosa cada dia pero cuyos efectos se multiplican tantas veces como se reflejan en los espejos que los reciben. Por sí misma, la victoria es tan gloriosa como grande. Es de muy buen augurio para el Rey, bajo cuyos auspicios sirve de primera muestra y pedestal a sus triunfos; remarca la felicidad de una regencia, de la cual el éxito se declara partidario, y el valor y
la conducta de un general que comienza su carrera por donde otros vendrían a terminar las suyas. Sobre todo, nos ha dado una tal esperanza de acabar bien esta campaña, que el gran golpe que han recibido los enemigos les hace temer que ésta no llegue a su conclusión»
 
    No es sorprendente que algo así se escriba apenas una semana después de una batalla cuyo relato compuso La Moussaie ad maiorem gloriam de su señor. Lo sorprendente es que siguiera calando cuando la ganancia de aquella campaña que iba a concluir antes de tiempo —obviamente con la caída de Bruselas— se redujo a la toma de las periféricas Thionville y Sierck, que poco o nada comprometían la seguridad de los Países Bajos. Lo sorprendente es que un relato adulterado, compuesto por un deudo parcial del vencedor y contestado desde muchas otras fuentes contemporáneas, siga impregnando los libros y artículos que tratan, con mayor o menor generalidad, sobre el suceso. La Moussaie publicó en la Gazette que, de los 26.000 hombres que componían el ejército de Melo, más de 8.000 perecieron en el campo de batalla y casi 7.000 cayeron prisioneros. John Childs,  en un recentísimo  trabajo divulgativo [6], repite las mismas cifras aunque trocando los muertos por prisioneros.

    El problema de los caídos en los campos de batalla del siglo XVII es que, cuando podían inhumarse, no llevaban nada encima que permitiera distinguirles como propios o enemigos. Los muertos carecían de valor, incluso del sentimental que posteriormente tu- vieron, excepto para la legión de merodeadores que se cernían sobre sus despojos. Natu- ralmente, cada soldado ocupaba una plaza singular en los libros de asiento de su compa- ñía, que era preciso "aclarar" —como se decía entonces— caso por caso. Muchos de esos libros se conservan, de manera que podría dimensionarse muy aproximadamente el es- trago que causó la batalla tanto en uno como el otro ejército, pero a costa de un trabajo tan árduo que no creo que llegue a hacerse nunca, incluso contando con un mayor interés por estos temas del que gozan al presente. Como cuesta menos repetir lo ya dicho, por desmesurado que se quiera, las exageraciones sobre Rocroi tienen abonado el camino pa- ra seguir propagándose ad nauseam.

     Aquí se ha seguido otra vía para llegar a resultados más aproximados, pero mucho
más válidos que las vagas estimaciones tradicionales. Se trata de la comparación de
muestras a nivel de unidades. El problema es que muchas de las unidades presentes en Rocroi no llevaban todas sus compañías y desconocemos el número e identidad de las presentes; puede colegirse, como he hecho, que las más intactas no asistieran a la jornada, pero no deja de ser una inferencia. No es importante para precisar el número de bajas reales, que resultan de la sustracción de efectivos entre dos muestras, pero desenfoca la relatividad de las mismas porque no es lo mismo que una unidad registrara 200 bajas sobre unos efectivos de 800, 1000, 1500 ó 2000 hombres presentes. Otro problema consiste en la distancia entre las muestras. Disponemos de la inmediatamente posterior a la batalla, que es fundamental, pero por el extremo opuesto las carencias son mayores; a veces, para buscar la exhustividad de una revista de compañías habrá que remontarse a 1640, aunque disponemos de algunas cifras de 1642. Por último, lo que podemos precisar es un número muy aproximado a la realidad de las bajas, pero sin distinguir entre muer- tos, prisioneros o  desaparecidos. Como veremos en su momento, el número total de éstas
fue de unos 8.500 hombres. Aun siendo enormes, próximas al 40% de los efectivos, supo nen la mitad de las que difundió La Moussaie y no han cesado de repetir caprichosamente otros, sin perjuicio de su veracidad e incluso corrigiéndolas al alza. En cambio, para mitigar su impacto, basta recordar que casi la mitad de aquella cifra corresponde a los prisioneros, cuya cifra cabal conocemos.

     Los prisioneros eran moneda de canje o rescate, por lo tanto importaba mucho con-
trolar su número y calidad. Las relaciones eran nominales, agrupadas por unidades y
graduaciones, tanto para oficiales vivos y reformados como soldados aventajados u ofi -
ciales que sirvieran como tales en calidad de voluntarios; del resto de la tropa se consig- naba solamente el número. Las de Rocroi se conservan, pero pueden llamar a equívoco pues no he podido documentar aún si parte de los rendidos capitularon su evacuación a Fuenterrabía o solamente "el salvo de la vida". En todo caso, del campo de batalla salieron bajo escolta francesa 578 oficiales y 3.895 soldados del rey de España;  es decir, casi 4.500 hombres [8]. Por lo tanto, no muchos más de 3.500 pudieron perecer en el campo de batalla y eso estimando la deserción en 500 hombres, una cifra excepcionalmente baja para las facilidades de hacerlo tras una derrota sobrevenida en un campo de batalla ro-
deado de bosques. En Honnecourt, el año anterior, los franceses tuvieron el mismo nú-
mero de muertos, en torno a 3.500, aunque menos prisioneros, unos 2.500 [9],  porque el cuartel fue discrecional mientras que en Rocroi se pactó. Pero dado que el tamaño de los ejércitos enfrentados fue ligeramente superior a la mitad, la mortandad francesa superó la cota del 30%, un valor altísimo para la época que, obviamente, duplica al de las tropas españolas en Rocroi (14%). No obstante, es difícil hallar alguna noticia sobre la batalla de Honnecourt en ningún estudio generalista. Childs ni la menciona.

     Rocroi hubiera debido ocupar en la historia de los conflictos bélicos un papel análo -
go al de Honnecourt, pero los franceses la idealizaron por los móviles que tan tempranamente apuntó Renaudot. Era necesaria para afirmar un nuevo reinado, una balbuceante regencia y un gobierno, el de Mazarino, malquisto y enfrentado a los príncipes y al Parlamento. La voluntad divina venía a sancionar con ella las disposiciones testamentarias de Luis XIII y convalidaba la política exterior de Richelieu al dar Francia una victoria que constituía el basamento del nuevo reinado y el halagüeño presagio de otras muchas. En realidad, la victoria no fue tan resplandeciente como el sol que pronto se convertiría en la divisa y sobrenombre del rey, ni necesariamente implicaba que fuera a enlazar con otras; pero lo cierto es que éstas, al menos temporalmente, se produjeron. De no haber sido así, quizá la mítica sobre Rocroi no habría alcanzado los niveles que hoy conocemos ni Victor Cousin hubiera podido escribir lo que sigue:

 

 

 

 

 

 

«Francia no cuenta en su historia años mas gloriosos que los seis primeros de la regencia de Ana de Austria y del gobierno de Mazarino. Tranquila en el interior, tras la derrota del partido de los importantes, triunfante en todos los campos de batalla desde 1643 a 1648, desde la victoria de Rocroi a la de Lens, unidas entre sí por otras tantas y coronadas por el Tratado de Westfalia.»
 
      El siglo de Cousin, y él mismo, contribuyeron sobremanera a conformar definitiva-
mente el mito. Pero el siglo del romanticismo, de los ideales y de la revolución industrial no hizo más que redondear una obra que comenzó a gestarse apenas cesó el fragor de la lucha aquel martes 19 de mayo de 1643. La Moussaie escribió el libreto pero toda Fran- cia lo cantó a coro. Así se comprende que el Cardenal de Retz, un frondista enemigo de Mazarino, pero francés al cabo, escribiera en sus Memorias (I, 231): «La batalla de Rocroi, cuyos laureles cubrieron al rey en su cuna, dio tanta seguridad al reino como le aportó prestigio destruyendo para siempre el de la infanteria española.»
 

      Lo curioso del caso es que él ni estuvo allí ni podía creer entonces en lo que llegó a
escribir. Al menos, una década más tarde confiaba en que esa infantería española pudie- ra salvar a Burdeos, el último bastión frondista. Sin duda, la propaganda había cargado su mano como 60 años atrás había armado ideológicamente a los rebeldes holandeses.
Las herramientas fueron las mismas: grabados para las masas analfabetas; relaciones
impresas, gacetas, avisos y libelos, incluso rimas y poemas, para los instruídos. Pero el caso de Rocroi constituye un ejemplo único de machaconería y perseverancia. La batalla, produjo más de medio centenar de piezas iconográficas, un registro casi 2 veces superior al de Waterloo y cinco veces mayor a los inmediatamente siguientes de la época que estudiamos, incluyendo la napoleónica.

 

Autor: TlTO, 01/Sep/2007 14:42 GMT+1:


 

no olvides la sangre española que circula entre los charros. Bueno al tema...

El tercio surgiría de las "coronelías" de infantería de tiempos de los Reyes católicos y el Gran Capitán. En España, a comienzos de siglo XVI, el regimiento era conocido como coronelía, y posteriormente cuando se transformó en tercio, fue más pequeño y ligero que en otros países. Las compañías por su parte eran llamadas en España: banderas o capitanías, y el número de soldados de cada una era similar en todos los países: unos 400 o 500 hombres (oficialmente).   


Autor: TlTO, 01/Sep/2007 14:43 GMT+1:


 

El equipo de los arcabuceros era muy ligero para permitirles gran movilidad; su armamento defensivo se reducía al mínimo. Los arreos que llevaban para el arcabuz se conocían con el nombre de "los doce apóstoles", cada uno consistía en un frasco que llevaba la medida de pólvora necesaria para cargar una vez el arma, además portaban una bolsa donde guardaban las pelotas fundidas por ellos mismos y mecha de reserva. Su táctica consistía en formar mangas, grupos a los lados de los cuadros que formaban las picas o bien luchaban integrados en la formación. El resto de los soldados estaban armados con picas y algunos con espada y rodela o alabarda (aunque ésta nunca fue apreciada mucho por el soldado español, excepto por los sargentos o las guardias). Los piqueros se dividían entre coseletes y en picas secas. Los primeros usaban armadura, normalmente completa y los segundos no la portaban, o bien utilizaban una mínima protección. Otra diferencia era el tipo de pica utilizada: los coseletes llevaban picas de unos 5 o 6 metros de largo, los picas secas portaban una más corta y ligera. Formaban en densos cuadros, contra los cuales no podía cargar la caballería pesada, parecían grandes erizos. Pero estas formaciones no eran estáticas, siendo capaces de cargar contra otros cuadros y a una velocidad considerable, espoleadas por el batir de los tambores. Al llegar al contacto preocupaba más la moral que la fuerza en sí. La única arma común a todos era la espada, con la que los españoles eran imbatibles; las mejores eran fabricadas en Toledo. Con las mismas se hicieron célebres los rodeleros, soldados armados con espada y escudo pequeño y redondo. Dichos infantes, al chocar un bloque de picas contra otro, se introducían en el grupo enemigo y diezmaban las filas contrarias gracias a su armamento más ligero y liviano, pudiendo hacer lo mismo los alabarderos. El ejército imperial se distinguía del enemigo por el uso del aspa roja en sus ropas y en sus banderas, la primera vez que se utilizó esta diferenciación fue en la batalla de Pavía.

 


Autor: TlTO, 01/Sep/2007 14:44 GMT+1:


 

 

 

      Durante unos años Carlos V estuvo pensando en la reorganización del ejército español, y al finalizar la campaña de la Provenza, en 1536, la llevó a cabo. Por "la orden de Génova" se estructura a las fuerzas destacadas en Italia en tercios: el de Lombardia, el de Nápoles y el de Sicilia, que luego serían los "Tercios Viejos", por ser los más antiguos. Al mismo tiempo aparecieron los no permanentes, como el de Niza, levantados para una campaña. El tercio, de unos 3.000 soldados, se dividía en doce compañías. Las compañías serían de 250 o 300 hombres (mas reducidas que las anteriores); 4 de estas unidades formaban una coronelía, y 3 de éstas integrarían un tercio al mando de un maestre de campo. Hay varias teorías sobre la procedencia del nombre de tercio, pero la más lógica parece que se debe a los tres tipos de infantes que lo integraban: los piqueros (divididos en coseletes y picas secas), los rodeleros (armados con espada y escudo) y los arcabuceros (a partir de 1567 convivieron con los mosqueteros). A comienzos del siglo siguiente los rodeleros dejaron de utilizarse, pero los mosqueteros y los arcabuceros fueron armados también con daga y espada para la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que los primeros se volvieron  innecesarios.


Autor: TlTO, 01/Sep/2007 14:50 GMT+1:


 

A diferencia de la Coronelía de comienzos de siglo, el Tercio se estructuraba de la siguiente manera: todos los soldados de infantería del Tercio formaban en un gran cuadro, en el centro se situaban las compañías de piqueros, y a su alrededor los soldados armados con espada y arcabuz; además, las cuatro esquinas del Tercio estaban reforzadas por otros cuatro pequeños cuadros de mosqueteros. Se movían lentamente, en una formación compacta, y aunque el Tercio perdió bastante movilidad, ganó en solidez, ya que era prácticamente  impenetrable por el enemigo, ya fuera caballería o infantería; y en caso de ser derrotados, podían retirarse en formación sin sufrir demasiadas bajas. Pero esta disposición también tuvo otra debilidad: la artillería enemiga podía batirlos a placer sin que sus hombres pudieran moverse del puesto. Para contrarrestar eso se emplazaban cañones a sus lados, y las compañías de caballería se situaban tras ellos, en espera de atacar con gran velocidad la artillería enemiga, desbaratarla y volver a su puesto detrás del Tercio.

 

 

      En un primer momento esta reorganización del ejército español se debió más a causas económicas y burocráticas que a un intento de mejorar su capacidad combativa, ya que ésta estaba fuera de toda duda. Poco a poco dichas unidades fueron tomando más cuerpo y tradición, los soldados estaban orgullosos de pertenecer a su Tercio, mirando con aire de superioridad a los que no formaban parte del mismo. Otra de las razones de su creación, es que el progresivo perfeccionamiento de los cañones provocó la disminución de las masas combatientes para ofrecer menos blanco, y se ampliaron los frentes de combate. Donde estos Tercios se labraron su mayor fama de invencibles fue durante las guerras de Flandes, en la segunda mitad del siglo XVI y la primera del siguiente. El tercio pasó a ser la máquina de guerra sobre la que se sustentó la monarquía española, y fueron estas unidades las que derramaron su sangre por casi toda Europa, enfrentándose a todos los enemigos de la Cristiandad, de su Emperador y de sus Reyes, saliendo vencedores siempre, hasta que llegó la decadencia de la Casa de Austria en la segunda mitad del siglo XVII.