FORTALEZAS Y SUS TIPOS

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coventin
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AUTOR: matlacoatl

FORTALEZAS Y SUS TIPOS

aparte de los castillos  hay  otras  fortificaciones como fortalezas en las formas de defendeserse y sobrevivr en  un buen largo tiempo

aqui estan los tipos de  fortalezas y   bunkers  a atravez de la historia


Entendemos como Fortaleses Catalanes, aquellas obras de fortificación construidas en el espacio cultural catalán durante el periodo histórico que abarca, de manera general, desde 1500 hasta 1945.

Este conjunto de construcciones forman aquello que hemos convenido en llamar patrimonio fortificado de la Edad Moderna y Contemporánea. Este patrimonio se halla dotado de unas características diferenciales, propias y definidas, y tanto por parte de la legislación específica estatal como por la autonómica, gozan de la calificación genérica e individual de Bien de Interés Cultural (BIC) o Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN). Esta es la situación sobre el papel, pero la realidad es otra bien distinta.

¿Cuáles son estos monumentos? ¿En qué lugares se encuentran? ¿Cómo son? ¿Qué papel jugaron en nuestra historia? Vd. mismo juzgará sobre sus propias dificultades para responder a estas cuestiones. Al mismo tiempo que, suponemos, convendrá con nosotros que parece increíble que exista, en una sociedad tan bien informada como la nuestra, un conocimiento tan superficial e impreciso de una parte de su patrimonio monumental. Parece como si el tema, por su origen, fuese exclusivo del mundo de la milicia, como si dicho patrimonio no nos afectara a todos en la misma medida en que lo puede hacer cualquier otro.

Los monumentos, militares o no, son testimonios documentales de la historia de nuestro País. Documentos que podemos marginar todo lo que queramos, pero ahí están. Cierto es que los ejércitos profesionales fueron los usuarios habituales de estos recintos fortificados, tan cierto como que no fueron los únicos. Tras los parapetos también estuvo cuando fue preciso la población civil, con las armas en la mano, defendiendo sus tradiciones, sus derechos y, en resumen, su tierra. Nuestra historia no es escasa en ejemplos. Por otra parte, a este primer título de pertenencia moral se viene a añadir otro de orden económico. Las fortificaciones de Estado fueron construidas con las rentas fiscales de nuestros antepasados, son patrimonio monumental público y, por tanto, cosa de todos y monopolio de nadie.


Estas reflexiones, tan solo tienen por objeto nuestro deseo de llamar la atención sobre la existencia de un patrimonio cultural que no nos es ajeno en absoluto y, sobre todo, despertar la curiosidad que lleve a su conocimiento. No pretendemos ningún compromiso de afecto ni trato de favor, tan solo el derecho a ocupar su lugar dentro del espacio cultural del país y disfrutar de la oportunidad de obtener la protección verdaderamente efectiva: la de la sociedad.

Para saber con certeza si una cosa nos gusta o no, primero hemos de aproximarnos a ella para verla bien. Para conocerla, tenemos que probarla. Una vez hecho esto podremos realizar nuestros juicios personales. En infinidad de ocasiones, la vida nos enseña que la valoración sobre las cosas o las personas cambia, para bien o para mal, desde el momento que las hemos podido conocer con una cierta profundidad. Le invitamos a comprobar si esta experiencia es válida con las Fortalezas Catalanas.

LOS MONUMENTOS MILITARES MODERNOS Y CONTEMPORÁNEOS.


Cualquier esfuerzo de comprensión de los monumentos militares modernos y contemporáneos, tendría muy pocas posibilidades de éxito sin antes definir unos conceptos básicos. Son éstos muy elementales, pero en ocasiones las cosas aparentemente más simples, y que se dan por sabidas, requieren más atención de lo que parece. Veámoslo.

Si a una obra de fortificación, construida en el espacio cultural catalán entre el siglo XVI y la II Guerra Mundial, le aplicamos el término castillo, o los conceptos fortaleza militar o arquitectura militar, no estaremos nombrándola ni definiéndola correctamente. No estamos empleando un sinónimo, no es lo mismo. Los castillos fueron obras adaptadas a la tecnología bélica y a las necesidades estratégicas de la Edad Media y daban servicio a los intereses políticos de la sociedad feudal. Al contrario, las fortificaciones modernas –las que denominamos fortalezas– así como los demás tipos aparecidos hasta nuestros días, han obedecido tecnológicamente a las necesidades propias de la evolución de la artillería y han estado al servicio exclusivo de los intereses políticos y estratégicos de los estados modernos.


¿De dónde vienen estas confusiones? Hay diferentes respuestas. La falta de rigor en el uso de los términos técnicos por parte de algunos de los antiguos ingenieros. El respeto a la tradición propio de la institución militar. Y, por otra parte, la escasa inquietud cultural que la temática castrense encuentra en el País. Todo ello ha dado forma de dogma a la costumbre de aplicar el nombre de castillo a las obras de fortificación diseñadas específicamente para las piezas de artillería modernas.

No se ha de buscar el origen de la fortaleza en un pretendido proceso evolutivo del castillo. Sería algo como considerar el automóvil como una evolución tecnológica del carruaje de caballos. Tanto la una como el otro son episodios de la larga historia de la fortificación, que comienza con el parapeto de piedras prehistórico y finaliza en el Muro Atlántico. Son soluciones puntuales a un mismo problema, que cada época ha presentado de diferentes formas.


Para entender el por qué de la aparición de las fortalezas modernas no tenemos más remedio que seguir el proceso evolutivo de la artillería. Se dice frecuentemente que la aparición de la pólvora dejó obsoletos los castillos y que éstos para sobrevivir rebajaron sus murallas y sus torres y dieron mayor grosor a sus muros. Esta afirmación, sin más, no deja de ser un agradable y cómodo tópico. Los efectos de los impactos producidos por las primeras bocas de fuego, que fueron apareciendo a partir de una fecha indeterminada del s. XIV, no iban mucho más allá de los causados por las grandes máquinas de guerra de la época. Tanto los unos como las otras disparaban un tipo semejante de proyectiles de piedra y todos impactaban sobre gruesos muros de mampostería, construidos teniendo en cuenta esta circunstancia.

La verdadera gran ventaja que sobre las máquinas de guerra tenían aquellos peligrosos tubos, humeantes y ruidosos, no debe buscarse en la potencia destructora de sus disparos, sino en su simplicidad constructiva y en la comodidad de uso y transporte. La sencillez era total. Un tubo de hierro forjado que, una vez en su emplazamiento, se podía utilizar de inmediato. Cierto es que su fabricación era una largo y delicado trabajo. Era una pieza muy cara, pero por el contrario podía ser amortizada en diferentes campañas. La comparación no ofrecía dudas y las máquinas de guerra fueron substituidas por las bocas de fuego a muy corto plazo.


A pesar de todo ello el castillo feudal no desapareció ante la artillería medieval, sino que convivió con ella largo tiempo. La gran virtud y el gran defecto de los cañones primitivos fue que se cargaran por su parte posterior mediante una recámara portátil. Ello significaba que el tubo no precisaba moverse de lugar y por tanto se requería un espacio reducido para su emplazamiento. Así la artillería medieval se adoptó sin demasiados problemas a los castillos, abriendo en los muros cañoneras bajas o bien situándose en las almenas.

Hacia la segunda mitad del siglo XV el progreso de la metalurgia dio paso al proyectil esférico de hierro colado. El proyectil medieval de piedra se fragmentaba al impactar contra la muralla, mientas que el de hierro la rompía, y será este último quien dará el primer paso para dejar obsoletas las estructuras defensivas antiguas. De forma paralela, la recuperación y mejora de las técnicas de fundición de bronce de la Antigüedad permitían ya la fabricación de cañones más ligeros y fiables, y capaces de soportar cargas razonables. Estas nuevas piezas ya no se cargaban por la parte posterior, lo hacían por la boca. El nuevo sistema mejoraba el aprovechamiento de los gases de combustión de la pólvora, pero con el inconveniente de que requería el retroceso de las piezas para su limpieza y carga y ello comportaba un espacio que no daba la estrechez de torres y murallas.


El castillo no pudo seguir adaptándose más y dio paso definitivamente a la fortaleza moderna, no tan solo ante la amenaza del proyectil de hierro, sino también ante la elemental simplicidad de no poder ubicar los nuevos cañones. Entrado el s. XVI, las nuevas fortificaciones abaluartadas –las fortalezas– serían las primeras fortificaciones capaces de alojar cómodamente, y con un rendimiento efectivo, las piezas de artillería moderna hasta entrada la segunda mitad del s. XIX. El sistema de fortificación abaluartado nació en Italia y de hecho dicha técnica fue llamada “a la italiana”. Pero, pese a ello, se le viene conociendo de forma incorrecta como Estilo o Sistema Vauban, al relacionarlo con la obra del famoso ingeniero militar de Luis XIV de Francia.

Hemos dedicado un largo espacio para deshacer el binomio castillo-fortaleza, pero debemos reconocer que la complejidad técnica del tema lo requería. Seremos mucho más diligentes al analizar conceptos como fortaleza militar o arquitectura militar.


La expresión fortaleza militar no deja de ser un discreto pleonasmo empleado con frecuencia cuando se desea definir una obra de fortificación moderna. No conocemos en Cataluña ninguna fortaleza construida con fines civiles, pero tampoco es posible bajar hacia arriba y, en ocasiones sin darnos cuenta, aceptamos que es preciso remarcarlo.

Una situación similar a la anterior se da con la costumbre de adjetivar la arquitectura como militar de la mano de su relación con el mundo de las fortificaciones modernas y contemporáneas. Estas construcciones poco tienen que ver con los edificios civiles y religiosos y, tanto técnica como conceptualmente, no son obras de arquitectura, sino verdaderas obras de ingeniería. Ingenieros fueron quienes las proyectaron y construyeron, quienes dirigieron sus asedios y defensas, y quienes las rehacían o reparaban. Otro caso son los ingenieros militares actuando como arquitectos. 

LA GUERRA DE FORTALEZAS
EN EL PERIODO NAPOLEÓNICO (1796-1815)

Logística, estrategia e innovación napoleónica

La guerra de asedios ha sido considerada tradicionalmente la mayor víctima de la transformación de la guerra en el periodo napoleónico. Las más celebradas campañas de Napoleón, breves, intensas y decisivas, contrastan con las largas sucesiones de tediosos, casi ritualizados, asedios que son uno de los rasgos más notorios (si no el que más) de la guerra desde comienzos de la Edad Moderna hasta la década de 1790. Muchos tratadistas post-napoleónicos han resaltado especialmente el contraste entre los ejércitos franceses de la era de Napoleón y sus inmediatos antecesores del siglo XVIII. Estos últimos son descritos normalmente como fuerzas lentas, cargadas con voluminosos trenes de bagaje, y dependientes de una línea de almacenes y convoyes de abastecimiento. La seguridad de almacenes y convoyes requería la toma de las fortalezas situadas en la línea de avance, pero también hacía de las campañas militares acciones limitadas y apenas decisorias, porque los ejércitos pasaban la mayor parte del tiempo en asedios, en vez de enfrentarse en el campo de batalla. La poliorcética era, pues, la forma suprema del arte militar en el Antiguo Régimen.
Por el contrario, los ejércitos franceses de la República y el Imperio rompieron las tiránicas cadenas de la logística y, viviendo del territorio en que operaban, fueron capaces de aplastar a sus enemigos mediante ofensivas a fondo destinadas a la derrota total de éstos sin limitarse a la captura de un puñado de plazas fuertes para el posterior regateo en las negociaciones de paz. Podía prescindirse de la poliorcética. Aunque hay una parte de verdad en esta visión tradicional, está basada en una incorrecta interpretación de las realidades de la logística y la guerra de asedios antes y durante el periodo napoleónico.
Antes de la Revolución francesa, los ejércitos trataban de ser tan independientes de las embarazosas "colas" logísticas como era posible. De hecho, uno de los desiderata básicos para cualquier campaña era ejecutarla movilizando la menor cantidad posible de recursos administrativos propios. La carga de alimentar a las tropas debía recaer en la población del territorio enemigo; el grado de rigor en la obtención de víveres dependía de la potencial "anexionabilidad" del territorio en cuestión. Porque la guerra, sobre todo desde el último tercio del siglo XVII, era considerada como un instrumento político-económico para la obtención de objetivos concretos y definidos. En la práctica, esto significaba la ocupación de territorios y, por consiguiente, de sus plazas fuertes. Además, la ocupación debía lograrse del modo más barato posible (es decir, el ejército debía vivir a costa de los recursos del vecino y no de los propios). Todo esto se traducía en la práctica en una combinación de asedios mas requisa, pero el problema para el ejército invasor era que este procedimiento de operaciones era casi una contradicción de términos.
Un ejército que avanzase por un territorio relativamente fértil podía ser alimentado con bastante facilidad porque se estaba moviendo diariamente hacia nuevas zonas cultivadas. Sin embargo, cuando la naturaleza de las operaciones era sedentaria -por ejemplo, durante un asedio- las fuentes locales de abastecimiento se agotaban tarde o temprano, y el fantasma del hambre aparecía cada vez que un asedio se prolongaba más de lo esperado. Capturar una fortaleza antes de que los recursos de la comarca circundante se terminasen era un problema fundamental de la guerra. Cuando ésto no era posible, se hacía necesario montar las aparatosas organizaciones de abastecimiento que han sido el hazmerreír de muchos críticos posteriores. Por tanto, la guerra de asedios no era la consecuencia de la dependencia de un cordón umbilical de suministros, sino la causa de ésta.
En ese caso, ¿por qué los ejércitos desde finales del siglo XVII, si no antes, hasta la Revolución francesa mostraron una preferencia por los asedios, pese a que éstos eran tan exigentes desde el punto de vista logístico? Ya hemos mencionado anteriormente el carácter político-económico de la guerra en este periodo. Los monarcas estaban más interesados en arrebatarse provincias unos a otros que en el derrocamiento de sus pares o en la libera-ción de los súbditos del vecino (objetivos de guerra que necesitaban una justificación moral o ideológica). Por otra parte, esta limitación de objetivos era también resultado de los medios disponibles, no de una concepción "ilustrada" de la guerra. Unas comunicaciones adecuadas son vitales para cualquier ejército, pero en aquella época las carreteras y vías navegables en buenas condiciones eran escasas. Por consiguiente, actuaban como embudos por los que tenían que pasar los ejércitos y que revelaban al enemigo su probable ruta de avance.
Así pues, un estado podía tomar precauciones mediante la construcción de fortalezas en las confluencias de ríos, en los pasos montañosos y en las encrucijadas de carreteras. El resultado era que las penetraciones profundas en territorio enemigo tenían que ser descartadas, ya que los ejércitos no podían abrirse paso a través de un sistema de fortalezas sin recurrir a los asedios. Pero su incapacidad no se debía a una gran dependencia de almace-nes y convoyes. La dificultad para las grandes marchas estratégicas era que con ejércitos de campaña pequeños -como lo eran generalmente los ejércitos dinásticos- resultaba imposible cercar fortalezas mientras el grueso del ejército proseguía el avance. En la práctica, el avance se asemejaba a lentos saltos de una fortaleza a otra, lo cual era suficiente para desanimar a monarcas demasiado ambiciosos. Además, una marcha estratégica hacia el corazón del país enemigo -a menos que el ejército defensor decidiera plantear una batalla campal- era probable que sólo golpease en el vacío en una época en la que los puntos vitales de un estado se encontraban protegidos por sus fortalezas.
Otro factor que favorecía la preferencia por los asedios era el sistema militar de los ejércitos dinásticos, que hacía de los soldados algo demasiado costoso como para arriesgarlos a la ligera en batallas campales. El asedio, convertido en una ciencia casi exacta por Vauban y Coehorn, era una forma menos azarosa de usar un ejército. Finalmente, los avatares de la Historia convirtieron a los Países Bajos y Flandes (los territorios europeos más densamente fortificados) en escenario de muchas de las principales campañas militares de la época. Era inevitable que los asedios asumieran un papel fundamental en ellas. En las campañas en Europa central y oriental, donde la densidad de fortalezas era menor, los asedios fueron menos frecuentes.
No obstante, un especialista en la historia de las fortalezas, Christopher Duffy, ha señalado que, en vísperas de la Revolución francesa, la guerra de asedios ya había perdido importancia respecto a la denominada "edad clásica" de la poliorcética y la fortaleza, que se extendió de Vauban a Federico el Grande. Una razón de este declive fue el papel menor como teatro estratégico de operaciones de los Países Bajos a medida que avanzó el siglo XVIII. Una segunda razón fue un cierto desarrollo técnico de la artillería, que aumentó la ventaja relativa del ataque (era posible disparar más balas con la misma cantidad de pólvora, lo que permitía una relación entre coste y eficacia más favorable para el sitiador). En tercer lugar, la consolidación de los ejércitos permanentes ofrecía al mundo militar un nuevo punto de referencia, tan duradero como los muros de las fortalezas, para evaluar e incrementar el poder bélico de un estado. Esto se produjo en paralelo a una tendencia, lenta pero continua, de aumento del tamaño de los ejércitos, que alcanzaría su clímax con la movilización masiva de la Francia republicana en la década de 1790.
Por otra parte, el desarrollo de la denominada "revolución agrícola" del siglo XVIII hizo posible la producción de sustanciales excedentes de alimentos. El transporte de tales excedentes a los núcleos urbanos requería unas vías de comunicación mejoradas, lo cual condujo a una expansión de buenas carreteras pavimentadas en Europa occidental y central. Ambos factores hicieron más fácil para los ejércitos recurrir a la requisa y mantener la movilidad.
Hacia el final del Antiguo Régimen se introdujeron, además, los medios para poner en práctica las ideas de los teóricos franceses Bourcet y Guibert sobre el sistema divisionario. Los ejércitos dinásticos avanzaban por la misma ruta formando casi un bloque compacto, en parte por la escasez de buenas carreteras, pero también porque carecían de una artillería de campaña que pudiera mantener el ritmo de avance de la infantería. Una división de infantería, sin artillería y separada del grueso del ejército, podía ser arrollada por un enemigo ligeramente superior en número, o no podía fijar mediante un ataque una fuerza enemiga superior (en cierto sentido, las fortalezas habían sido las "divisiones" estáticas de los ejércitos dinásticos, protegiendo sus flancos o actuando como una cortina para proteger sus maniobras). Sin embargo, el desarrollo de nuevas piezas de artillería más móviles (por ejemplo, el sistema Gribeauval, adoptado por el ejército francés en 1774) proporcionó la capacidad para formar divisiones de armas combinadas que podían operar de forma independiente si era necesario, y mejoró la movilidad estratégica del ejército en conjunto: en adelante, sería posible avanzar por separado sobre un frente extenso y combatir concentrado.
La Revolución francesa fue un catalizador de muchos de los factores que hemos citado, pero en lo que se refiere a la logística no hubo un cambio radical respecto al Antiguo Régimen. Ciertamente, la toma de fortalezas por su valor intrínseco no fue el objetivo de los ejércitos revolucionarios franceses, que se proponían extender los ideales de liberté, egalité y fraternité. Pero si, por cualquier razón, dejaban de avanzar, una vez consumidos los recursos alimenticios de los alrededores, dependían tanto de los almacenes y los convoyes como sus adversarios dinásticos.
Napoleón nunca estuvo muy interesado en los asedios. Pero no se debía a que sus ejércitos fueran capaces de prescindir de complejas "colas" logísticas -los ejércitos del Antiguo Régimen también podían hacerlo-. De hecho, como Martin van Creveld ha argumentado convincentemente, Napoleón prestaba una cuidadosa atención a la organización logística, ya que era correctamente consciente de los límites de vivir del país cuando un gran ejército estaba concentrado. Las fuerzas de Napoleón se encontraron con problemas de suministros cada vez que se detenían durante demasiado tiempo en un lugar determinado. Había dos soluciones para esta situación: Una era establecer una línea de abastecimiento, segura pero embarazosa (la solución tradicional). La otra (la contribución innovadora de Napoleón al arte de la guerra) era la inversión de la relación entre asedios y batallas: el objetivo primordial de la estrategia ya no era las fortalezas del enemigo, sino sus ejércitos de campaña. Como concluye van Creveld:
Napoleón, en resumen, se dio cuenta de que era la predilección dieciochesca por la guerra de asedios lo que llevaba a interminables dificultades logísticas. Como él era capaz, gracias al tamaño de las fuerzas bajo su mando, de prescindir de los asedios, hizo en gran medida superfluo el aparato logístico del siglo XVIII.
La clave del talento de Napoleón como general era su capacidad para pasar directamente de una marcha estratégica a la batalla campal y después a la persecución, sin pausas. Ciertamente, podía encontrar plazas fuertes en su camino, pero sus ejércitos eran ahora lo bastante grandes para cercar una fortaleza -más de una, si era necesario- y seguir su avance. Una vez que el ejército de campaña enemigo era derrotado, la caída de cualquier fortaleza era cuestión de tiempo. Por ejemplo, en 1800, aunque los austríacos todavía poseían muchas de las fortalezas en el Norte de Italia, la victoria de Marengo decidió la campaña; en 1806 las fortalezas del Elba no impidieron a Napoleón penetrar en el reino de Prusia y arrollarlo hasta más allá  del Oder.
Todo lo anterior no significa que Napoleón se desinteresara de las fortalezas. Él mismo escribió: Las plazas fuertes son útiles para la guerra defensiva como para la guerra ofensiva; sin duda, ellas solas no pueden reemplazar un ejército; pero son el único medio que hay para retardar, obstaculizar, debilitar, hostigar a un enemigo victorioso... Reconocía el valor de las fortificaciones permanentes y no descuidó su mantenimiento o su construcción. El general Foy escribió sobre esto último: Alessandría, Amberes, Jülich -y quinientas plazas más construidas, restauradas o ampliadas-; estos logros demuestran que las artes de Vauban no han caído en decadencia en manos de los Marescots, los Chasseloups y los Haxos. Toda Europa ha sido cubierta por nuestros reductos y atrincheramientos... Napoleón no sólo se preocupó de fortificar las fronteras; también era partidario de que se construyeran fortalezas en el interior, especialmente en torno a la capital (aunque, paradójicamente, en la práctica descuidó la fortificación de París). Llevar a cabo un asedio al final de una larga línea de abastecimiento en territorio hostil inevitablemente causaría dificultades logísticas a un invasor. Por otro lado, como podían ser guarnecidas por tropas de segunda línea o guardias nacionales, las fortalezas contribuían a reforzar el ejército de campaña dejando disponible para operaciones móviles al grueso de las tropas de primera línea.
Las campañas de Napoleón en Italia en 1796-1797 y 1800 proporcionan buenos ejemplos para evaluar la influencia de las fortalezas en la guerra napoleónica y el empleo que Napoleón hacía de ellas. En la campaña de 1796-1797, el dominio francés sobre Lombardía resultaba precario mientras la fortaleza de Mantua permaneciese en poder austriaco. Incapaz de avanzar dejando una plaza fuerte tan importante a sus espaldas, Napoleón se vio obligado a adoptar una estrategia defensiva desde mayo de 1796 a febrero de 1797. Incluso después de brillantes victorias tácticas (como en Arcola), el ejército francés no pudo perseguir a los austríacos el tiempo suficiente para asegurar su aniquilamiento. El resultado de esta situación fueron cuatro ofensivas austriacas para socorrer Mantua, las cuales obligaron a Napoleón a levantar por dos veces el asedio de la plaza y a emplearse a fondo en orden a mantener su posición en el norte de Italia. Por otro lado, el prolongado sitio forzó a Napoleón a establecer una línea de abastecimiento a través de una zona de retaguardia que todavía no estaba completamente pacificada. No obstante, para ser exactos, hay que precisar que esta campaña no fue del todo "napoleónica", en el sentido de que era el Directorio, y no el brillante general corso, el que ejercía la dirección estratégica de la guerra, en la cual el teatro de operaciones italiano tuvo -al menos, inicialmente- una importancia secundaria.
Los papeles se invirtieron en 1800. El ejército austriaco de Melas estaba tratando de tomar Génova para consolidar su posición en la Italia septentrional, antes de invadir Francia. Napoleón poseía la iniciativa estratégica mientras el enemigo estuviera retenido en el asedio. Pero si el objetivo primario de los generales austriacos en 1796-1797 había sido el rescate de Mantua, el propósito de Napoleón era la destrucción del ejército de campaña enemigo, con el socorro de Génova en un lugar secundario. Este contraste de prioridades demuestra claramente la función que las fortalezas desempeñaban en el arte napoleónico de la guerra. De hecho, Génova capituló finalmente ante los austriacos, pero su guarnición ganó un tiempo inestimable para el ejército principal de Napoleón, que pudo completar sus preparativos y penetrar en Italia a través de los Alpes sin interferencias del enemigo. En la práctica, la acción de Génova demostró ser la clave de la campaña.
Durante las grandes campañas napoleónicas en Europa central y oriental, los asedios desempeñaron un papel muy secundario. Napoleón fue capaz de ejecutar sus planes sin la interferencia de fortalezas. De hecho, el único asedio memorable de 1805 a 1812 fue el de Danzig (1807), y fue una acción relativamente menor dentro del conjunto de la campaña en Prusia oriental y Polonia de 1806-1807. Irónicamente, durante sus años de declive, Napoleón da la impresión de ser una víctima de sus propios métodos. Porque cuando se vio obligado a luchar estratégicamente a la defensiva en 1813, dejó efectivos considerables en fortalezas alemanas y polacas, en la esperanza de usar tales plazas como bases de maniobra para su reconstituido ejército. Sin embargo, sus esperanzas no se materializaron y algunos estudiosos de sus campañas han argumentado que fue un grave error, ya que las tropas bloqueadas en aquellas fortalezas podrían haber reforzado de forma signifi-cativa su ejército a finales de 1813. Por otro lado, en 1814, la línea de fortalezas en la frontera oriental de Francia no retrasó a los ejércitos aliados. Es cierto que algunas plazas fijaron contingentes importantes de los ejércitos invasores, pero éstos eran ahora de tal tamaño que, al igual que podían hacer los franceses algunos años antes, estaban en condiciones de proseguir sus maniobras estratégicas. Los enemigos de Napoleón también habían aprendido con el paso del tiempo.


Fortalezas  napoleonicas ll parte
No obstante, las fortalezas mantuvieron mucho de su antiguo valor en un teatro de operaciones: la Península Ibérica. España y Portugal son países de orografía difícil, en los que, a comienzos del siglo XIX, las principales comunicaciones terrestres consistían en unas pocas carreteras descuidadas, que eran aún peores en periodos de mal tiempo. Como la Península Ibérica era también una de las zonas agrícolas menos fértiles y desarrolladas de Europa, los ejércitos dependían en gran medida de almacenes y convoyes de abastecimiento y, por consiguiente, de líneas de comunicaciones seguras.
La limitada red de carreteras y el terreno quebrado hacían esencial la posesión de ciertas plazas fuertes. San Sebastián y Pamplona controlaban la ruta Bayona-Vitoria; Figueras y Gerona, las comunicaciones de Perpignan a Barcelona; Jaca, el principal paso por los Pirineos centrales. Plazas fuertes cubrían por ambos lados los principales punto de paso de la frontera hispano-lusa: Ciudad Rodrigo tenía su contraparte en Almeida, y lo mismo ocurría con Badajoz y Elvas. Por otro lado, algunas ciudades importantes (por ejemplo, Zaragoza, Lérida, Tarragona) eran focos de la resistencia nacional al invasor, que debían ser tomados como un requisito para controlar las comarcas circundantes. Por tanto, no es sorprendente que los dos comandantes con más éxito en la península -el británico Wellington y el francés Suchet- se vieran implicados en casi tantos asedios como batallas campales.
Pero las fortalezas por sí solas no lo eran todo. Alcanzaban su máximo valor estratégico cuando apoyaban las operaciones de un ejército de campaña. Los mandos españoles, por el contrario, cayeron en varias ocasiones en la tentación de introducir todas sus tropas en las plazas fuertes, seducidos por una falsa apariencia de seguridad. Por ejemplo, la caída de Zaragoza demostró ser un golpe demoledor para los españoles. Prácticamente todas las tropas disponibles en Aragón habían sido enviadas a la defensa de la ciudad, y habían sucumbido allí. Como resultado, Aragón quedó virtualmente desprovisto de fuerzas organizadas españolas a comienzos de 1809. De igual modo, los éxitos de Suchet en el Bajo Ebro y Levante en 1810 y 1811 se vieron facilitados por la defectuosa estrategia del general Blake, quien no supo coordinar la defensa de las plazas fuertes con operaciones de su ejército de campaña contra la vulnerable línea de comunicaciones francesa. El caso con-trario se produjo en 1812. Wellington, pese a su gran victoria en Salamanca (Los Arapiles), tuvo que detener su ejército para acometer el asedio del castillo de Burgos. Esta situación fue aprovechada por los franceses para reagrupar sus fuerzas y emprender una contraofensiva que obligó al ejército aliado a retirarse hacia Ciudad Rodrigo. Las fortalezas ya no poseían el monopolio de las operaciones de defensa.

La experiencia de la guerra de fortalezas

Acabamos de ver los aspectos estratégicos de la guerra de fortalezas en el periodo napoleónico. En la segunda parte de este artículo nos aproximaremos a ella desde el punto de vista de los combatientes, exami-nando en qué condiciones combatían sitiadores y sitiados, cómo les afectaban las características de ese tipo de guerra. Lo haremos siguiendo las fases habituales en la conducción de un asedio. Y también nos referiremos en las siguientes líneas tanto a los combatientes como a quienes no lo eran, porque, con raras excepciones, las fortalezas asediadas incluían población civil.
Hemos visto en la primera parte de este artículo que, pese a la relativa pérdida de importancia estratégica de las fortalezas, los ejércitos del periodo napoleónico no pudieron prescindir completamente de las operaciones de asedio. Las fortalezas tenían que ser tomadas tarde o temprano, ya fuera como requisito para proseguir el avance o en una operación de limpieza (por ejemplo, la campaña del general Vandamme en Silesia durante los primeros meses de 1807). Pero antes de proseguir, describiremos de forma sucinta cómo eran las defensas de una plaza fuerte de la época. La mayor parte de las fortalezas del periodo napoleónico estaban construidas según los principios de la fortificación abaluartada, que había sido configurada a comienzos del siglo XVI y perfeccionada por Vauban en las últimas décadas del XVII. Tales principios permanecieron vigentes hasta después de las guerras napoleónicas, debido a la ausencia de grandes innovaciones tecnológicas.
La columna vertebral de una fortaleza o plaza fuerte era su recinto amurallado continuo. La muralla estaba formada por tramos rectos (llamados cortinas) y salientes angulares (baluartes); estos últimos permitían a los defensores efectuar fuego cruzado. La muralla era construida con tierra, sillería o una combinación de ambas, y tenía un revestimiento (escarpa) de piedra o ladrillo en su cara exterior. No resistía el fuego de artillería mucho tiempo, pero cumplía muy bien el objetivo primario de impedir que la infantería enemiga irrumpiese en la fortaleza por algún medio que no fuese la escalada o el asalto a una brecha. También era la plataforma principal de la artillería de la fortaleza, e incluía una banqueta -una especie de escalón para el fuego de la infantería-. Respecto a los baluartes, nos limitaremos a decir que sus flancos debían ser lo bastante espaciosos para emplazar al menos dos cañones pues de lo contrario una fuerza de escalada enemiga podría ascender por la cara del baluarte adyacente y rebasarla antes de que la dotación de un único cañón tuviera tiempo de recargar.
El foso era otro de los elementos principales de una fortaleza. Se extendía desde la base de la muralla hasta el camino cubierto y podía incluir obras defensivas adicionales (rebellín, contraguardia, tenaza, hornabeque, luneta...). El lado exterior del foso era sostenido por la contraescarpa, una pared continua que reproducía los salientes y entrantes de los baluartes y cualesquiera otras obras que se alzaran en el foso. En su construcción y su forma era como una escarpa en escala reducida, y debía tener altura suficiente para disuadir a los infantes enemigos de saltar demasiado alegre-mente al fondo del foso. Una posición externa de infantería, el camino cubierto, se extendía desde lo alto de la contraescarpa y formaba un reborde en el glacis.
El glacis era una zona de terreno despejado en torno a todo el períme-tro de la fortaleza. Empezando a una distancia de unos setenta u ochenta metros de la cresta del camino cubierto, ascendía gradualmente hacia la fortaleza con una pendiente muy suave. El glacis era muy importante para obligar al enemigo a emprender el prolongado y laborioso proceso del asedio regular. En primer lugar, obligaba a los sitiadores a excavar trincheras para que el fuego sin obstáculos desde la fortaleza no produjera una matanza. Y, en segundo lugar, el glacis, a medida que ascendía hacia la cresta del camino cubierto, ocultaba la escarpa de la vista, obligando a los sitiadores a desplazar sus cañones de batir toda la distancia hasta el borde del foso (recuérdese que estamos hablando de una época en la que los cañones eran armas de tiro tenso, por lo que la trayectoria de sus proyectiles coincidía con la línea visual).
Además de las defensas básicas que acabamos de describir sucintamente, una fortaleza podía ser una ciudadela. Ésta era una obra de cuatro o cinco lados, compacta, independiente y muy sólida, y situada habitualmente junto al recinto de una plaza fuerte. Las ciudadelas habían sido construidas con uno de dos propósitos en mente (cuando no ambos): proporcionar a la guarnición un lugar para ofrecer una resistencia después de que la fortaleza principal hubiera caído, o mantener a los ciudadanos de la plaza en un temor reverencial.
Pero por muy bien construida y armada que estuviera una fortaleza, su auténtico poderío se hallaba en su guarnición. Si los defensores estaban desmoralizados y carecían de la voluntad de resistir, todas las fortificaciones y piezas de artillería eran inútiles. Esto quedó demostrado en Prusia en 1806 durante el periodo inmediatamente posterior a Jena y Auerstädt, cuando varias fortalezas en buenas condiciones de resistencia se rindieron a las fuer-zas francesas con sorprendente -incluso ignominiosa- facilidad. La situación opuesta se produjo en España, donde no pocas guarniciones resistieron tenazmente en circunstancias desfavorables. Un caso destacado es el de Zaragoza durante el primer sitio. En 1808 la capital aragonesa no podía considerarse una plaza fuerte en el sentido genuino del término. Sus murallas eran débiles y casi ruinosas, carecían de parapetos adecuados y estaban hechas principalmente de una mezcla de barro, yeso y fragmentos de ladrillo. No había escasez de artillería y mosquetes, pero el número de tropas regulares eran pequeño: unos mil hombres en una guarnición de ocho mil. Sin embargo, aquella guarnición mixta de soldados y civiles armados, ayudada por una ciudadanía muy valerosa, rechazó dos asaltos directos y continuó luchando después de que los franceses penetrasen en la ciudad; esto último ocurrió de nuevo en el segundo sitio. Todo ello llevó a un oficial francés a escribir que el espesor de las murallas de Zaragoza debía medirse por el espacio cubierto por la ciudad entera. Otro ejemplo, a mucha menor escala y menos conocido, de resistencia decidida es la defensa del castillo de Monzón en 1813-1814, donde una pequeña guarnición francesa (un centenar de hombres), bajo la dirección de facto de un simple -aunque experimentado- soldado de ingenieros, hizo frente con éxito notable a una fuerza española veinte veces superior.
Había procedimientos para intentar tomar una plaza fuerte por la vía rápida: el bombardeo artillero, el asalto directo y la escalada. El primer procedimiento consistía en intentar que la guarnición se rindiera amedren-tándola mediante un bombardeo relativamente breve, pero violento; en 1799 los austriacos redujeron así Turín en veinticuatro horas, y los británicos forzaron a los daneses a rendirse en 1807 tras bombardear Copenhague durante tres días, incendiando media ciudad. El asalto directo era usado contra fortificaciones anticuadas o débiles, como en Lübeck (1806) y Ratisbona (1809) -con éxito-, o en Zaragoza, Valencia (ambas en 1808) y Smoliensk (1812) -sin él-. Una escalada era el intento de subir con escaleras de mano por una muralla, por medio de una acción por sorpresa. En la época de las guerras napoleónicas, era considerada una empresa arriesgada, como comprobaron a su costa los franceses en su intento nocturno contra un baluarte en Gerona (1808) y los británicos en Bergen-op-Zoom (1814); las escaladas británicas en Badajoz (1812) se pueden considerar a mitad de camino entre la sorpresa y el asalto formal, pues fueron ejecutadas al mismo tiempo que el asalto a las brechas.
Si los procedimientos rápidos fracasaban o eran desestimados, el ejército atacante tenía que amoldarse a las servidumbres de un asedio regular, que podía prolongarse durante mucho tiempo. El hambre era uno de los peligros que acechaban a las resistencias demasiado prolongadas. De hecho, cuando tenían mucho tiempo a su disposición, o los demás métodos resultaban infructuosos, los sitiadores podían limitarse a mantener un estrecho bloqueo y someter a la guarnición por hambre. Génova (1800), Figueras (1811) y Pamplona (1813) capitularon después de que se agotaran sus suministros de víveres. El problema del acopio de víveres era agravado por las dificultades para conservar alimentos en una época anterior al almacena-miento en frío y las conservas. No era extraño, por tanto, que las raciones de guarniciones muy tenaces acabasen por incluir carne de perro y rata, una vez consumidas las provisiones almacenadas. Por supuesto, las tropas tenían prioridad en la distribución sobre los civiles; de ahí que éstos tuvieran mayores probabilidades de morir por desnutrición (se ha estimado que quince mil civiles murieron principalmente por el hambre durante el sitio de Génova).
A su vez, los sitiadores, si no disponían de una línea de abastecimiento regular, también podían sufrir escasez de víveres -por las razones que expusimos en la primera parte-. Esto le ocurrió al ejército francés durante las primeras semanas del segundo sitio de Zaragoza: la ración de pan fue reemplazada a menudo por un puñado de arroz o judías, y de hecho estuvo reducida a la mitad durante algún tiempo; las partidas de forrajeo regresaban de vacío muchas veces -habiendo sido atacadas a menudo por guerrilleros-. Otra escasez muy lamentada también por los sitiadores de Zaragoza fue la de sal, y algunos soldados recurrían al salitre de sus cartuchos para hacer comestible su sopa.
Una alimentación inadecuada no era lo mejor para hacer frente a las enfermedades que podían propagarse durante un asedio, particularmente entre los sitiados. La escasez de comida, la falta de disciplina e instalaciones sanitarias, el hacinamiento, los cadáveres insepultos, provocaban y extendían enfermedades como el tifus, el escorbuto y la disentería, que normalmente eran más letales que cualquier fuego de artillería y mosquete. Diecinueve mil de los veinticuatro mil soldados franceses bloqueados en Torgau (1813-1814) murieron de epidemias. Las enfermedades se cobraron durante el segundo sitio de Zaragoza quizás cuarenta mil de los aproximadamente cincuenta mil españoles muertos (civiles en su mayoría) y la mitad de las diez mil bajas francesas. El emplazamiento de la fortaleza también era un factor importante. Mantua, situada en medio de una zona pantanosa, era famosa como plaza fuerte y como uno de los focos infecciosos de Europa. Durante el asedio de 1796-1797, dieciocho mil soldados austriacos y seis mil civiles murieron allí de hambre y enfermedades, y estas últimas se cobraron la mayoría de los siete mil sitiadores franceses fallecidos. A ésto se añadía el hecho de que los ejércitos y la medicina de aquella época tenían una capacidad relativamente limitada para atender a heridos y enfermos, y, con cifras diarias de bajas por heridas y enfermedad que podían llegar a varios centenares, no debe sorprender que los servicios médicos no siempre pudieran proporcionar un tratamiento adecuado. Un oficial polaco escribió que el hospital francés donde fue internado en el segundo sitio de Zaragoza se parecía más a una cueva de asesinos que a un lugar donde uno tenía alguna esperanza de ser curado.
El hambre y la enfermedad no eran desconocidas por los soldados que participaban en operaciones de movimiento. Sin embargo, se libraban de un componente que hacía a la guerra de asedio penosamente "moderna" para el soldado corriente: la presencia constante del peligro. Porque, entre batalla y batalla (y las batallas de la época solían ser acontecimientos que duraban sólo un día y eran relativamente distantes entre sí en el tiempo), un soldado corría un riesgo relativamente pequeño de ser baja por acción enemiga (a menos que sirviera en el ejército francés y estuviera destinado en la Península Ibérica). Pero en un sitio, el soldado que servía en las defensas de la fortaleza o en las obras de asedio podía ser alcanzado en cualquier momento por el fuego enemigo.
Un sitio formal progresaba hacia la fortaleza mediante dos tipos de trincheras: las paralelas (trincheras transversales de apoyo) y los zigzags (trincheras de aproximación). La paralela era una trinchera ancha y profunda que se trazaba en arco alrededor de la fortaleza, por lo que estaba equidis-tante de las obras de ésta en toda su longitud. Servía como camino cubierto entre uno y otro lado de las obras de asedio y como punto fuerte desde el que la infantería podía rechazar salidas además de apoyar a los zigzags por delan-te de ella. El peligro comenzaba para el sitiador ya en la primera noche, durante la apertura de la primera paralela. Ésta se "abría" (comenzaba) con la debida precaución a una distancia de la fortaleza que podía ir de unos doscientos metros a cerca de los seiscientos. En la noche escogida y bajo la protección de destacamentos de infantería, los soldados-trabajadores (la infantería proporcionaba la mayor parte de la mano de obra no cualificada) se desplegaban a lo largo del trazado previsto para la paralela, bajo la super-visión de los ingenieros. A continuación, se ponían a excavar una trinchera durante las horas de oscuridad restantes. Si todo iba bien, la guarnición no sabría nada de la apertura de las trincheras hasta que el amanecer revelase una cicatriz de tierra removida que se extendía a lo largo de varios centenares de metros alrededor del lado amenazado de la fortaleza. Después, la trinche-ra era reforzada en los días siguientes hasta que llegaba a ser una verdadera paralela. Pero si los defensores se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo, los resultados podían ser horribles para las cuadrillas de trabajo: Las plataformas de madera de las baterías, empapadas con la sangre de nuestros artilleros, o los troncos decapitados de nuestros dedicados ingenieros, daban testimonio del mortífero fuego opuesto a nosotros. Los sitiadores podían responder con un bombardeo general, pero, aparte del efecto moral, era improbable que causara muchas bajas en la guarnición y la población civil; de todas formas, la segunda era la más perjudicada, debido a los daños sufridos por sus viviendas.
En la primera o segunda noche después de la apertura de las trincheras, los sitiadores abrían brechas en dos o tres lugares del parapeto y empeza-ban a avanzar hacia la fortaleza mediante la primera serie de zigzags. Cada tramo de ellos se extendía unos treinta o cuarenta metros (si bien esa distancia se reducía a medida que los aproches se acercaban a la fortaleza) y terminaba en un "corchete" o paralela en miniatura. El trazado en zigzag permitía ganar terreno hacia la fortaleza e impedir que la trinchera fuera enfilada desde las fortificaciones. Los zigzags eran excavados más o menos como la primera paralela, aunque las dimensiones finales eran más modestas, puesto que los zigzags no eran una posición de combate.
A mitad de la distancia hasta el camino cubierto, aproximadamente, los sitiadores excavaban la segunda paralela. Aunque era idéntica a la primera en propósito y diseño, la segunda paralela era establecida mediante la técnica de zapa volante (que describiremos más adelante). Los zigzags desde la segunda paralela eran excavados mediante zapas, debido al más letal fuego defensivo. La cabeza de una zapa era hecha avanzar por una escuadra de cuatro zapadores que excavaban una pequeña trinchera y construían un parapeto de gaviones, sacos terreros y tierra hasta que era lo bastante sólido para resistir la mayoría de las balas de cañón. Entonces, trabajadores menos cualificados ensanchaban la zapa hasta que llegaba a ser una trinchera propiamente dicha. Durante el periodo napoleónico, el ritmo habitual de progreso de una cabeza de zapa era de unos setenta metros en veinticuatro horas. En una "zapa volante", los zapadores plantaban y rellenaban una fila entera de gaviones simultáneamente. Una vez que los zigzags habían llegado al pie del glacis, se abrían zapas transversales a izquierda y derecha para establecer la tercera paralela. Después, nuevas trincheras de aproche podían ser excavadas en el glacis para comunicar con las baterías de batir y para establecer posiciones avanzados para el asalto.

FORTALEZAS NAPOLEONICAS lll  parte


Las zapas eran una de las tareas más peligrosas en un asedio, por lo que cada escuadra de zapadores era relevada al cabo de una hora, y sus miembros llevaban a veces coraza y enormes morriones con carrilleras. La actuación especializada de los zapadores nos hace recordar la necesidad de tropas de ingenieros en un ejército implicado en un sitio formal. En la época napoleónica, el arma de ingenieros era en gran medida un cuerpo de oficia-les, complementado por unas pocas unidades orgánicas. No resulta sorprendente que, siendo los maestros en ingeniería militar desde los tiempos de Vauban, los franceses tuvieran la mejor dotación, con diferencia, de ingenieros militares, aunque hubo una escasez temporal en el periodo republicano. Durante el Imperio llegaron a existir hasta ocho batallones de zapadores y dos de minadores (unos diez mil hombres); también había un nutrido cuadro de oficiales de ingenieros destinados en los estados mayores de las grandes unidades. En otros ejércitos, los contingentes de tropas de ingenieros eran modestos. Austria tenía cuatro batallones de zapadores y minadores hacia 1810; Prusia y Rusia contaban cada una con un par de batallones. Y el ejército peninsular de Wellington sufrió una desesperada escasez de ingenieros: sólo unas pocas docenas entre oficiales y tropa durante la mayor parte de sus campañas (diecinueve suboficiales y soldados constituyeron toda la fuerza de ingenieros durante el primer asedio aliado de Badajoz). Sólo en 1813 hubo un incremento apreciable con la llegada de varias compañías de los Reales Zapadores y Minadores. Por otra parte, el número de ingenieros militares era afectado por cifras de bajas relativamente elevadas, especialmente entre la oficialidad: veintisiete de los cuarenta oficiales de ingenieros franceses presentes en el segundo sitio de Zaragoza fueron matados o heridos (incluyendo a su comandante, el general Lacoste), y once de los dieciocho oficiales británicos del arma que intervinieron en el asedio de San Sebastián fueron baja (incluyendo al jefe de ingenieros de Wellington, el coronel Fletcher).
Mientras las trincheras eran excavadas, la artillería estaba ocupada en su propia batalla. Se instalaban baterías de cañones, obuses y morteros -protegidas por sólidos parapetos- delante de la primera paralela, en o cerca de la segunda, y delante de la tercera. Su misión era silenciar la artillería enemiga en las murallas y obras exteriores. Una vez logrado esto, se emplazaban las baterías de piezas de batir en las posiciones más favorables y cercanas para abrir brechas en las murallas. Para silenciar a la artillería enemiga, los cañones de 18, 16, 12 y 8 libras servían bastante bien, mientras el cañón de 24 era la pieza más efectiva para abrir brecha.
Los morteros eran útiles piezas de asedio por su capacidad para lanzar granadas al interior de las fortificaciones. Las proyectiles de mortero produ-cían sus efectos más espectaculares cuando lograban hacer volar un polvorín de la fortaleza. Ese fue el caso en Almeida (1810), donde la explosión destruyó casi todas las municiones de la guarnición, mató a setecientas personas -en su mayoría soldados-, y arrasó el centro de la ciudad; todo ello supuso el final de la resistencia.
La ruptura de la escarpa podía realizarse mediante fuego de cañón o mediante minado. Cuando era escogida la artillería, el objetivo no era abrir a cañonazos un hueco que atravesase toda la muralla. Bastaba con derruir el revestimiento de piedra para que sus escombros rellenasen parcialmente el foso y formasen una rampa lo bastante suave para ser definida "practicable", es decir, en condiciones de ser ascendida sin necesidad de apoyarse en el suelo con las manos. La técnica ideal era batir el revestimiento lo más cerca posible, pero si era necesario, los cañones de la época eran capaces de crear una brecha a distancias de doscientos o trescientos metros, como demostraron los franceses en Ciudad Rodrigo (1810) y los británicos en Badajoz (1811). Sin embargo, estas proezas artilleras fueron de muy poco provecho, ya que las obras de asedio estaban demasiado alejadas para permitir a la infantería aproximarse a cubierto a las brechas.
Como alternativa o complemento de las obras de asedio descritas hasta ahora, los sitiadores podían recurrir al minado subterráneo. Consistía en la excavación de una galería bajo tierra desde una obra de asedio convenien-temente cercana hasta los cimientos de la muralla. Cuando éstos eran alcan-zados, el final de la galería (hornillo) se ampliaba para colocar en ella la carga de pólvora. El efecto de la detonación de la mina era volar físicamente por los aires la escarpa y parte de la fortificación asociada. Por su parte, los defensores podían responder excavando contraminas para destruir las obras de minado de los sitiadores. Una variante bastante excepcional y peligrosa del minado consistía en enviar minadores a través del foso para que abrieran una pequeña galería en la base de la muralla y colocaran en el núcleo de ésta la carga explosiva. Era una técnica usada sólo en circunstancias muy favorables (los franceses la emplearon en Tortosa en 1810-1811).
Durante la excavación de aproches y la construcción de baterías, los zapadores, los trabajadores y las tropas que protegían las obras contra cualquier posible salida de los defensores, estaban expuestos a balas de cañón y granadas de artillería que podían llegar en cualquier momento, sin más protección, en muchos casos, que un endeble parapeto de gaviones, sacos terreros y tierra. A medida que los sitiadores se aproximaban a la fortaleza, el fuego generalizado de mosquetería y el paqueo también comenzaban a cobrarse su tributo diario. Cualquier soldado que expusiera descuidada-mente la cabeza por encima del parapeto recibiría casi seguro un disparo tarde o temprano. También los defensores podían sufrir paqueo desde las obras de asedio, y en varios casos se vieron imposibilitados para asomar sus cabezas ante los intensos fuegos de mosquetería de los sitiadores.
Pero, normalmente, la guarnición llevaba ventaja hasta que las baterías de asedio estaban en plena acción. De hecho, el fuego de los defensores podía llegar a ser tan peligroso que las obras sólo podían progresar de noche. Tras el crepúsculo, las tropas eran conducidas en silencio a las trincheras, donde excavaban durante varias horas en total oscuridad, sabiendo que cualquier ruido -incluso una tos- podía atraer fuego de artillería y mosquete. Si el asedio tenía lugar en invierno, la experiencia podía ser muy desagradable para las tropas ubicadas en las trincheras, pero sin intervenir en los trabajos: imposibilitadas de mantener hogueras, envidiaban a quienes estaban excavan-do, los cuales al menos mantenían su sangre en circulación. A fin de reducir la fatiga, la práctica habitual era turnar las unidades sitiadoras en las trincheras en periodos de veinticuatro horas. Pero en algunas de las obras de asedio en el segundo sitio de Zaragoza, los soldados franceses no eran relevados en setenta y dos horas, y, al amanecer, los hombres que habían estado excavando durante toda la noche caían dormidos tras los montones de tierra que habían acumulado delante de la trinchera, demasiado agotados para regresar a la seguridad de la retaguardia.
A veces, los sitiadores también tenían que luchar contra el terreno. En Danzig (1807), la tierra helada fue muy difícil de excavar hasta un deshielo primaveral. En Gerona (1809), los franceses fueron incapaces de excavar trincheras en la piedra desnuda de la meseta de Montjuich. En el segundo asedio aliado de Badajoz (1811), los zapadores de Wellington encontraron el pétreo terreno delante del fuerte de San Cristóbal aún más duro de excavar que los de Beresford durante el primero, porque el general Phillipon, el inge-nioso gobernador francés de la plaza, había quitado la delgada capa superficial de suelo que había. Y durante la fase de aproches en el primer sitio de Zaragoza, el general Verdier informó de que el terreno es tan cortado, boscoso, y está tan atravesado en todas direcciones por muros, que sólo podemos ver cuatro pasos por delante de nosotros cada vez, y cada vez que cubrimos esos cuatro pasos, tenemos que atrincherarnos a fin de salvar las vidas de los soldados.
No obstante, si el asedio era conducido con éxito, el fuego de la guarnición se debilitaba y se incrementaba la tensión para los defensores, que tenían que reparar en condiciones bastantes peligrosas los daños producidos en las defensas (por ejemplo, retirando escombros del foso). Otra tarea vital para la guarnición era la de obstruir las brechas abiertas en las murallas por la artillería de sitio. La solidez de las obstrucciones dependía tanto de la reso-lución e ingenio de los defensores como de los recursos disponibles. El con-junto de obstáculos más completo instalado en una brecha durante las guerras napoleónicas fue el ideado en Badajoz en 1812 por el general Phillipon, gobernador francés de la plaza, y su jefe de ingenieros, Lamare. Incluía mi-nas y barriles explosivos plantados al pie de la contraescarpa, y conectados con la muralla mediante mechas de pólvora cubiertas; en el fondo del foso, y al pie de las brechas, había toda clase de obstáculos grandes y molestos, como carros volcados al revés, varios grandes botes dañados, algunas mara-ñas de cuerda, y montones de gaviones y fajinas rotos; las pendientes de las brechas habían sido sembradas de abrojos, cubiertas con vigas tachonadas de clavos (pero no fijadas, sino colgando suspendidas de cuerdas desde el "labio"-el extremo superior- de la brecha), y se habían plantado en ellas gradas y puertas tachonadas con escarpias. Y en lo más alto de cada brecha había caballos de frisia, construidos con hojas de sable de caballería hincados en vigas, y encadenados por sus extremos.
La guarnición también debía construir defensas detrás y en ambos lados de la brecha: parapetos de tierra, sacos terreros y pacas de lana, barri-cadas entre las casas más próximas (que también eran fortificadas y aspi-lleradas)... Cuando era posible, se emplazaban cañones para disparar metralla contra los asaltantes; en Badajoz y San Sebastián, los gobernadores franceses aumentaron la potencia de fuego de su infantería entregando a cada hombre tres mosquetes cargados. Si las defensas de la brecha eran arrolladas, un gobernador muy resuelto podía intentar una defensa en profundidad. Tal fue el caso del general francés Rey, que levantó barricadas -que se apoyaban mutuamente- en las calles interiores de San Sebastián (1813); desafortunadamente para sus propósitos, no dispuso de tropas suficientes para mantener todos los puntos de defensa. Zaragoza, durante sus asedios en el periodo 1808-1809, es el ejemplo por excelencia de una ciudad defendida en profundidad, si bien presenta además algunos rasgos excepcionales que comentaremos más adelante. Aunque tal vez fue mejor para la población civil que tal tipo de defensa fuera muy poco habitual, ya de lo contrario, bien podrían haberse dado más casos similares al de Lérida (1810). Una vez tomado el casco urbano, el general Suchet, decidido a concluir rápidamente el asedio, ordenó a sus tropas enviar a la población civil a la ciudadela, todavía en manos españolas. Una vez que estuvo repleta de personal militar y civiles inocentes, los franceses batieron la ciudadela con fuego de obús. Consternado por la matanza entre soldados y civiles por igual el comandante español se rindió al día siguiente.
Una vez que la brecha era declarada practicable, la artillería de asedio concentraba su fuego contra la brecha y la zona inmediatamente posterior, para reducir los escombros a fragmentos más pequeños y disuadir a los defensores de construir nuevas defensas o levantar obstrucciones. Pero ese fuego tenía que cesar justo antes del asalto, y cuanto más durase esa pausa, mayores eran las posibilidades de que la guarnición reparase las defensas. Mientras tanto, las tropas de asalto formaban en columnas en las trincheras.
El clímax dramático de un asedio era el asalto del recinto amurallado, bien mediante la escalada o por medio de un asalto formal a una brecha. Las motivaciones para hacer frente a un asalto que podemos encontrar entre los defensores eran de naturaleza más bien instintiva. Ya que tenía lugar a muy corta distancia (y, de hecho, era a veces cuerpo a cuerpo), la lucha durante el asalto adquiría un carácter intensamente "territorial" para la guarnición; es decir, estaba orientada a preservar la integridad absoluta de límites espa-ciales muy precisos. Los asaltantes también desencadenaban entre los defen-sores una "reacción crítica": los primeros constituían una amenaza tan próxima que obligaba a los segundos a matar por puro instinto. Además, la relativa indefensión de los atacantes si quedaban detenidos en el foso o la pendiente de la brecha, o mientras estaban subiendo por oscilantes escaleras, podía provocar un incontrolable impulso de matar entre los defensores.
El asalto de una fortaleza era una dura prueba para las tropas atacan-tes; en particular, el asalto a una brecha era, sin duda, el lance más espeluz-nante en la vida de un soldado de infantería. Ya vimos anteriormente los obstáculos y peligros afrontados por los asaltantes. Acometerlos de frente significaba, la mayoría de las veces, pérdidas muy graves -al menos para la primera oleada de tropas de asalto-. Por ello, el elemento de cabeza de las columnas de asalto estaba compuesto por voluntarios o tropas selectas; el ejército británico empleaba como vanguardia para el asalto a una brecha una unidad creada ad hoc y denominada ominosamente la forlorn hope ("empresa desesperada"): una tropa de voluntarios formada por un subalterno, dos sar-gentos y unos veinticinco soldados. A veces, las columnas de asalto eran acompañadas por zapadores con herramientas para retirar obstáculos o con materiales para rellenar fosos.
Algunos hombres simplemente no podían acometer el trabajo sobrios, ha escrito el historiador Geoffrey Best sobre este momento. Y, ciertamente, muchos soldados se lanzaban al asalto con su valor marcial reforzado por la variedad báquica del coraje. El deseo de gloria y reconocimiento público de la valentía propia era también un incentivo poderoso: en la mayoría de los ejércitos, los supervivientes de la tropa que encabezaba un asalto tenían mu-chas probabilidades de recibir una condecoración, o incluso ser ascendidos (el ejército británico era la excepción negativa en este aspecto). Por otra parte, una vez comenzada la lucha, el asalto podía transformarse en una "huida hacia delante": avanzar contra el fuego enemigo podía parecer menos peligroso que dar media vuelta y sortear otra vez aquellos odiosos obstáculos mientras uno era tiroteado y menos capaz de defenderse.

FORTALEZAS IV PARTE



Mas, sin perjuicio de otras motivaciones, los asaltantes también tenían un incentivo que no iba la zaga a los otros, y que explica la suerte corrida por las plazas asaltadas con éxito. Porque en lo que el soldado pensaba con ilusión más allá de la supervivencia y la gloria era el saqueo. Y éste era una ambición legítima, pues el derecho de guerra heredado de épocas anteriores permitía a los soldados enriquecerse con los despojos de la ciudad como recompensa por un valor más allá de lo que exigía el deber. El asalto de las brechas había sido considerado antes de las guerras napoleónicas una desa-gradable conclusión de un asedio tanto para el sitiador como para el sitiado. Era una acción sangrienta, y podía acarrear consecuencias aún más san-grientas para la población civil. Sin embargo, un gobernador podía estimar que tenía buenas probabilidades de rechazar asaltos sucesivos hasta que fuera socorrido desde el exterior. Pero como muy a menudo no había tales pers-pectivas de ayuda exterior o resistencia prolongada, llegó a ser una regla aceptada que la ultimación de una brecha practicable se consideraría como una señal de que era el momento de capitular. Una capitulación no era una mera rendición, con todo lo que ésta se identifica con una victoria rotunda. Era un prudente acuerdo entre una fuerza que parecía segura de vencer y otra que parecía segura de perder, que concedía a la primera la esencia de la victoria (la posesión de la plaza fuerte) sin exigirle el precio completo en sangre, y reconocía (mediante términos más o menos liberales) que la segunda había cumplido con su deber de forma honorable. De hecho, muchos asaltos se realizaban sólo para lograr establecerse en una o más obras vitales cuya pérdida podía persuadir a la guarnición para que entregase la fortaleza mediante acuerdo.
No obstante, un manual español de ingenieros militares exponía en 1801 lo siguiente: Cuando el enemigo esté definitivamente instalado en la brecha, si el gobernador creyera que puede sobrepasar los límites de una resistencia honorable, elevándola al grado de heroica, defendiendo las calles y las casas, tendrá entonces derecho a Nuestra Real Gratitud. ¿Era este ensalzamiento explícito de la resistencia a ultranza una derivación de una tendencia hacia la "guerra total" iniciada con las guerras de la Revolución francesa? El régimen republicano francés ciertamente rompió con la conven-ción aceptada al ordenar en una ley de 1792 que una brecha debía ser defendida al menos contra un asalto. Napoleón compartía completamente este criterio. Escribió que los comandantes de fortaleza tenían instrucciones de defender un puesto, y tienen que hacer esto hasta el grado extremo... Innegablemente, sus gobernadores siguieron sus instrucciones muchas veces. A su vez, la determinación de rechazar al invasor fue la motivación de muchas porfiadas defensas realizadas por guarniciones españolas. Estos factores incrementaron las probabilidades de que un asedio en la época napoleónica culminase con un asalto a la brecha, y de que las tropas de asalto no tuvieran más alternativa para terminar rápidamente la lucha que seguir presionando más allá de la muralla, lo que también aumentaba sus posibi-lidades de disfrutar de placeres inmoderados en el posterior saqueo. El pro-blema radicaba en que la búsqueda de botín era, de hecho, indistinguible de, y casi imposible de impedir que se convirtiera en, agresiones inhumanas, robos y violaciones, excesos de embriaguez y reyertas. Los oficiales podían tratar de poner límites al saqueo cuando se produjera, pero las circunstancias no les ayudaban:
En el ruido, el humo, la confusión y el peligro de una ciudad asaltada con éxito e incendiada en parte, ¿cómo podían controlar los oficiales a su febril, hipernerviosa, y enfurecida soldadesca, parte de ella ya borra- cha y toda codiciando el saqueo y, a menos que fuera bastante inusual, también bebida y sexo? No podían; y algunos no lo intentaban mucho, de todas formas.
Así, pues, un asalto victorioso era seguido por una orgía de saqueo, bebida, violación y atiborramiento de comida, en la que la disciplina y la jerarquía desaparecían, así como cualquier distinción entre combatiente y no combatiente, amigo y enemigo. Algunos de los saqueadores incluso podían ser matados accidentalmente por sus camaradas borrachos, o deliberadamente si se producía una desavenencia en medio del saqueo.
Pero quienes más daño sufrían eran los desafortunados residentes civi-les. Los incendios iniciados después del asalto podían causarles más pérdidas materiales que los bombardeos previos. Animosidades nacionales exacerbadas podían agravar el sufrimiento de los civiles a manos de los soldados atacan-tes, pero era simplemente una cuestión de grado (las ciudades españolas sufrieron destinos similares ya fueran asaltadas por ejércitos franceses o anglo-portugueses). Los soldados defensores salían mucho mejor librados: las amenazas de "pasar la guarnición a cuchillo" raramente eran cumplidas. En las guerras napoleónicas hubo varios casos de prisioneros matados por tropas aún excitadas por el calor del combate en los momentos inmediatamente posteriores a la captura de la muralla -y probablemente las víctimas habían estado disparando hasta el instante previo a su rendición-. No obstante, en la mayoría de las ocasiones, los supervivientes de la guarnición eran hechos prisioneros (una excepción fue Tarragona, donde una parte de la guarnición murió después de que los franceses penetrasen profundamente en la ciudad).
Los civiles, en cambio, estaban para aprovecharse de ellos. Era proba-ble que una familia de una ciudad asaltada tuviera alguna experiencia de allanamiento de morada, vandalismo, robo, violación, lesiones graves o asesinato. Como explica Geoffrey Best:
En resumen, el problema consistía en que, pese a los intentos de abolir aquel espantoso y tradicional incidente de la guerra, las ideas de botín (legítimo) y de saqueo (ilegítimo) estaban tan hermanadas e implantadas por igual en las mentes de los soldados y en las prácticas del asalto que no podía haber todavía lugar a actuar para negar el derecho de los soldados al botín en aquellas situaciones concretas.
De hecho, en Tortosa que se había rendido justo antes de que comen-zara el asalto, el barrio adyacente a la brecha fue saqueado por tropas france-sas que no querían verse privadas de lo que consideraban su "legítima" recompensa.
No obstante, las demostraciones de humanidad y valentía altruista también tenían cabida en un asedio. No faltaron los oficiales que se arries-gaban para salvar el honor o la vida (o ambos) de los civiles durante los saqueos. En Zaragoza, tras destruir las obras de minado españolas, los franceses hicieron a veces esfuerzos para rescatar a los supervivientes. En San Sebastián, inmediatamente después de que terminase la lucha en el pri-mer y fallido asalto británico, los franceses rescataron a los heridos enemigos que estaban amenazados por la marea alta (el asalto había tenido que cruzar la desembocadura del río Urumea). En Bergen-op-Zoom, los franceses bajaron escaleras para salvar a los británicos del foso inundado. La humani-dad también podía manifestarse mediante la práctica del "vivir y dejar vivir": los franceses que trabajaban en las obras de asedio delante de Zaragoza notaban que el fuego de mosquete español cesaba a las horas de las comidas...
De todos modos, incluso con su aspecto "científico" y su violencia menos espectacular antes del asalto y sus derivaciones, un asedio podía llegar a presentar un rostro de la guerra lo bastante amargo para hacer escribir al mariscal Lannes en una carta a Napoleón, durante el segundo sitio de Zara-goza: Su Majestad, ésta es una guerra que le llena a uno de horror...


fortalezas de la primera guerra mundial y en la segunda guerra mundial


Durante la Primera Guerra Mundial, la Siegfriedstellun o Línea Siegfried estuvo formada por una serie de construcciones defensivas creadas por el Coronel Fritz von Lossberg. Él pensaba que construyendo esa línea de defensa, que en realidad eran pequeñas líneas defensivas escalonadas con las posteriores más poderosas que las primeras, se podía detener un ataque enemigo y debilitarlo, aislándolo en bolsones vulnerables que podían ser fácilmente destruidos. Se construyeron varias de esas líneas, que los Aliados llamaron por igual Línea Hindenburg y que tuvieron éxito durante los primeros años del conflicto. Pero, luego de cuatro agotadores años de lucha, las líneas se debilitaron y con la llegada de los estadounidenses finalmente colapsaron y fueron rebasadas.
Línea Maginot contra la Westwall
En 1929 Francia comenzó la construcción de la Línea Maginot y el tema nuevamente se puso en el tapete. Un año después, con la retirada del Ejército de Ocupación Aliado y ante las obras emprendidas por los franceses, las discusiones sobre la factibilidad de levantar posiciones defensivas similares eran el tema obligado entre los mandos militares alemanes. En 1933, al convertirse Hitler en Canciller de Alemania, el futuro del sistema de defensa pasa a ser discutido en las más altas esferas del poder y sólo un año después se toma la decisión de construir un sistema integral de defensa fronteriza, con el nombre de Westwall, comenzando con la Línea Neckar-Enz.

La decisión de Hitler fue más allá. En 1935 se iniciaron también los trabajos de construcción de la Línea Wetterau-Main-Tauber, mientras las obras de la Maginot en la frontera francesa avanzaban a pasos acelerados. La construcción de la Westwall, o "Muralla Occidental", con defensas estáticas al estilo de Maginot, obviamente no se encontraba dentro de los planes de la reorganización de las fuerzas armadas alemanas y de sus nuevas metodologías de ataque y defensa. Habiendo optado por el nuevo concepto de guerra de movimientos a base de grupos de carros de combate cooperando con unidades de infantería, artillería motorizada y aviación, el concepto de una defensa estática al estilo de 1918, no tenía cabida, a menos que formara parte de la nueva metodología militar.

Lebensraun y Blitzkrieg
Como los planes militares alemanes estaban dirigidos a respaldar las nuevas políticas expansionistas del Lebensraun (Espacio Vital) en el este, los estrategas alemanes abogaban por una línea defensiva en la frontera occidental para detener cualquier intento anglo-francés con fuerzas superiores, utilizando una defensa efectiva con medios reducidos. El escenario era el siguiente, Alemania utilizaría métodos persuasivos para expandir su influencia en el este y recuperar antiguos territorios alemanes y utilizando la fuerza cuando ello fuera necesario. Como Alemania no podía sostener una guerra en dos frentes, era necesario utilizar todos los recursos disponibles, en una guerra relámpago (Blitzkrieg), para ocupar y consolidar los nuevos territorios ocupados de manera rápida y contundente, antes que los Aliados anglo-franceses tuvieran el tiempo de reaccionar. Si lo hacían, obviamente con fuerzas numéricamente superiores, entonces era necesario contenerlos hasta que pudieran trasladarse las fuerzas necesarias del este al oeste. La Wehrmacht estaba consciente de que no contaba con un número suficiente de divisiones para luchar en dos frentes, de eso no tenían duda, pero tendrían el equipo mecanizado y la organización necesaria para trasladar rápidamente las divisiones que se requirieran en la frontera occidental, mientras la superioridad aérea de la Luftwaffe y la Westwall se encargaban de contener la invasión anglo-francesa.

Hitler se dirige a los trabajadores de la Westwall
La Westwall
La Westwall corría a lo largo del Rin, el río Sarre y la frontera con Luxemburgo y Bélgica. Desde un punto al norte de Aachen al sur del Bosque de Hurtgen se interrumpía formando dos cinturones separados, la Línea Scharnhorst, que corría a lo largo del borde occidental del bosque Hurtgen, no era muy fortificada pero estaba reforzada con dientes de dragón y otros obstáculos antitanque. La otra posición defensiva era la Línea Schill que a 8 Km. de distancia penetraba en Hurtgen. Aunque en 1944 la Westwall resultaba obsoleta ante las armas Aliadas de entonces, constituía un obstáculo importante a ser sorteado por las fuerzas anglo-americanas. Adicionalmente, los cuatro años, de 1939 a 1944, que la línea de defensa estuvo abandonada, permitió que la vegetación creciera a su alrededor actuando como un efectivo camuflaje. Los búnkeres y obstáculos antitanque no podían ser detectados a distancia, ni desde el aire, porque se mantenía mimetizada en el terreno circundante. Adicionalmente, desde antes de la ofensiva aliada contra la frontera germana, los alemanes construyeron un enorme número de obstáculos en el Bosque de Hurtgen incluyendo casamatas, alambradas, pozos anticarro, campos de minas, trincheras, búnkeres y nidos de ametralladoras, amén de un sin fin de trampas cazabobos.
Plan de construcciones
Pero antes, en 1938, sólo se habían construidos 640 búnkeres y casamatas y de acuerdo a los planes se esperaba que la línea sólo podría estar lista en un plazo de diez años, es decir en 1948. A comienzos de 1938, Hitler opta por seguir un plan más agresivo ordenando la construcción de 10 mil búnkeres y 1800 casamatas que deben completarse para el 01 de octubre de 1938, la fecha en que planeaba la invasión de Checoslovaquia. La construcción de esa línea recibió el nombre oficial de Limes Programme y se inició de manera secreta el 20 de mayo de 1939 aprovechando una serie de trabajos arqueológicos ya concluidos, para despistar a la inteligencia francesa. Los programas de construcción tenían varias fases, la Aachen-Saar Programme (1938), la línea Geldern entre Brüggen y Kleve (1939-1940) y la Lufverteidigunszone (1938). Esta última tenía un concepto diferente como consecuencia de los efectos del bombardeo de Guernica en España. Hitler ordenó la construcción de la zona de defensa antiaérea (Lufverteidigunszone), situada al este de la línea fortificada, para impedir que la aviación Aliada alcanzara los centros industriales alemanes.

Bunker típico de la Westwall
Diseño de la Westwall
Al inicio de los programas de reconstrucción, se hicieron diseños de los diferentes tipos de búnkeres y casamatas que luego fueron construidos por millares. La construcción en serie permitió optimizar el uso de materiales, transporte y trabajadores. Sin embargo, los primeros búnkeres no tenían defensa anti-gases, ni facilidades de alojamiento, pues los soldados tenían que dormir en hamacas. Los más pequeños búnkeres contaban con algún tipo de armadura como protección y en los techos había algunas facilidades para vigilancia camuflada. Al momento de ser construida, esa línea ya se consideraba obsoleta, a pesar de la protección que ofrecía contra los ataques aéreos.
El Limes Programme mejoró los búnkeres que fueron más grandes y mejor fortificados. Los búnkeres Tipo 10, de este proyecto, tomaron unos 20 años-hombre y demandaron unos 287 metros cúbicos de concreto armado. Los techos y paredes eran de 1,5 m de espesor, pero fueron considerados insuficientes por los expertos alemanes en artillería. Aún así, se construyeron 3471 búnkeres tipo 10, a lo largo de toda la línea. Cada bunker contaba con una habitación central, hermética a los gases, para albergar a una dotación de diez a doce hombres. Las paredes exteriores tenían adaptaciones para fijar una ametralladora, poseían también una entrada reforzada con puerta de acero.
El éxito en el cumplimiento de los plazos de construcción complació a Hitler, quien ordenó en octubre de 1938 más defensas alrededor de Aachen y el Sarre, programa que fue bautizado como Aachen-Saar Programme. Pero, la fase final del programa comenzó en 1939, muy tarde para ser terminado antes del inicio de las hostilidades y debió continuar al año siguiente.
El costo de la Westwall
La Westwall, Línea Siegfried para los Aliados, fue mucho menos fortificada que la Línea Maginot y fue construida acorde con el concepto de la guerra ofensiva de alta velocidad. La Línea, a lo largo de sus 630 Km., estaba erizada de "dientes de dragón" cuyo propósito era detener a los vehículos blindados y tanques. A lo largo de las defensas se encontraban 18 mil búnkeres, túneles, trampas antitanque, puestos de observación y puestos de comando, que se interconectaban unos con otros para brindarse apoyo mutuo. Para su construcción se requirieron enormes cantidades de materia prima, cemento, arena, hierro etc, Sólo de concreto se usaron 3 millones y medio de metros cúbicos. Para eso se requerían 7 millones de toneladas de grava y arena más medio millón de toneladas de piedra y mas de un millón de toneladas de cemento. Lo peor era que esos materiales no se encontraban en la zona de construcción sino que debían ser transportados desde Bavaria, Turingia y Stetting.
Materias primas y equipo
Para la construcción se requería agua y mezcladoras de concreto, elementos que debían transportarse a los más remotos lugares. La construcción demandó el uso de 40% de todas las mezcladoras de más de 250 litros existentes en Alemania. De igual forma se emplearon el 60% de todos los compresores de aire para la perforación de roca y la abertura de túneles. La demanda de hierro y acero para el concreto armado, las puertas, blindajes y troneras, hicieron tambalear a la industria siderúrgica, empeñada en la construcción de buques, tanques, vehículos blindados y armamento. La construcción de 11.860 búnkeres requirió de 472.000 toneladas de acero, aparte de 170.000 toneladas necesarias para la construcción de obstáculos y material de comunicaciones, que sumo un total de 642.000 toneladas.

En 1940 los alemanes usaban las compuertas para dirigirse
a Francia. Compárelo con la foto al final de la página.
Cuando Hitler ordenó la construcción de las defensas alrededor de Aachen y Saarbrucken, requirieron 1064 nuevas estructuras y 46 kms de "dientes de dragón" adicionales. Para eso fue necesario contar con 100.000 toneladas más de hierro. Para entonces, la demanda de latón sumaba 300.000 metros cúbicos de material al cual se añadieron también dos millones de estacas, usadas como obstáculos y para soporte de las alambradas. A fines de 1939 se redujeron las cantidades dispositivos defensivos a construir, pero aún así, sumaron 150.000 metros cúbicos y 120.000 estacas más, que se usarían como obstáculos antitanques.
Transporte
Para el transporte de las materias primas, en 1938 se requirieron 4500 vagones de tren diarios y 7500 camionadas de material acarreados por día. El costo total estimado entonces, fue de 520 millones de marcos, a los cual se sumaron 32 millones de marcos para expandir y modernizar los sistemas de telecomunicaciones, 64 millones para la construcción de nuevos obstáculos y 20 millones de marcos para instalar 190 campamentos para los trabajadores de construcción.
Armamento
Como parte de Limes Programme, se construyeron casamatas con grandes cañones navales. Cada una con dos cañones de 24cm y dos de 30cm. Las defensas antiaéreas de la Luftverteidigigunzone tenían ametralladoras antiaéreas múltiples y cañones antiaéreos 88. Estos cañones podían ser usados como arma antiaérea o como antitanques, lo que les daba una multiplicidad de función que no tenían los Aliados. Las grandes fortalezas tipo B-Werke estaban equipadas con morteros de 5cm, con capacidad de hacer 120 disparos por minuto a una distancia de 600 metros. Para la protección cercana las defensas estaban equipados con lanzallamas en los techos de los búnkeres podían esparcir fuego en 360 grados. Las fortalezas B-Werke estaban equipadas con material redundante para garantizar la efectividad de fuego que de ellas se esperaba. Luego de la desintegración de Checoslovaquia, fueron incorporados los antitanques checos de 4.7cm y los antiaéreos de 8.35cm. Esas armas se usaban en casamatas especialmente diseñadas para ellas. A partir de 1944 se incrementó el número de cañones 88 con cureña giratoria y torretas de tanques Panther con cañones de 75mm montados en casamatas de concreto, hierro o incluso de madera.
Otros dispositivos simples de defensa fueron incorporados durante los dos últimos años de la guerra, tales como el refugio "Koch" supuestamente creado por el Gauleiter Koch que era un simple tubo de concreto que podía albergar a un sólo hombre, o los refugios "Tobruk" que tenían una ametralladora o torretas de tanques obsoletos.

Torreta de Panther
Obstáculos
Al frente de las fortificaciones fueron construidas una serie de obstáculos para bloquear el avance del enemigo. Alambradas, minas antitanque, zanjas antitanque, obstáculos de hierro y madera y los famosos Höckerhindernis (Dientes de Dragón) que eran unas pirámides de concreto armado. Todas esas defensas fueron construidas cuando no había estallado la guerra y por tanto era necesario incluir compuertas de acceso para que el tráfico civil pudiera trasladarse salvando los obstáculos. Detrás de esas compuertas de acero o estructuras de concreto, se construyeron todo tipo de casamatas y búnkeres. Las puertas eran de acero, muchas de ellas herméticas a los gases, aunque en los últimos años de escasez de hierro usaron puertas de madera. Pero hasta 1941, se construyeron 192.725 puertas de acero. Había puertas de 1 metros de alto y otras de 2 metros, con 60 a 80 cm de espesor, que pesaban un promedio de 1 tonelada. Para poder entrar y salir, durante un ataque con gases, había compartimentos estancos con dos compuertas selladas, cada una de las cuales sólo se podían abrir cuando la otra estaba cerrada. Para abastecer de aire en el compartimiento estanco, se usaba una bomba manual con un sistema compensador de la presión. Un sistema de filtros se usaba para detectar el gas al teñirse de colores, según el gas existente. Salidas de emergencia, que sólo se podían abrir desde el interior, permitían el escape en caso de emergencia.
Comodidades
Las facilidades para las dotaciones constaban de camastros de 0,70m por 1.90m, tipo camarote hechos de tubo metálico con malla de alambre. Cada uno llevaba un colchón, una sábana y una almohada. Un lado del catre estaba asegurado a la pared con bisagras y el otro se aseguraba al techo mediante unas cadenas. Durante el día los catres se plegaban para permitir el paso en los corredores. Cada sección contaba con una mesa plegable para seis hombres. Los soldados usaban taburetes y los oficiales sillas plegables. Las mesas y las camas no podían usarse simultáneamente. Un mínimo de espacio era empleado para guardar objetos personales y ropa. Los uniformes podían colgarse en barras fijas a las paredes. Una pequeña repisa junto a cada cama se podía usar para colocar los efectos personales. Contaban también con lavatorio, espejo y otros accesorios para el aseo. Las dotaciones contaban con espacio para almacenar alimentos secos y líquidos, muchos de ellos a prueba de gases; además de espacio para armas, municiones, mapas, suministros médicos, e instrumentos de ferretería como palas, picos, martillos, hachas, clavos, cuerdas etc.
Habitabilidad
La mayoría de las casamatas no estaban provistas de servicios sanitarios cosa que no era muy grave en tiempos de paz, pero ante un ataque se convertía en un serio problema. Cuando se cerraban los búnkeres, se usaba un retrete o excusado hecho directamente en la tierra, formando un pozo séptico. Los excrementos se cubrían con turba. Normalmente se usaba un retrete para cada 8 hombres. La mayoría de los búnkeres no contaban con luz eléctrica. La iluminación se hacía con lámparas de petróleo y velas colocadas en huecos hechos para ese propósito en las paredes. El número de lámparas dependía del uso que se le daba al compartimiento. Los búnkeres más grandes contaban con dos a cuatro estufas para calentar el ambiente en invierno y para cocinar los alimentos. La estufa Wt 80K estaba construida de tal forma, que en caso de ataque no emitía ningún gas, evitando así que los gases se acumularan en el interior o que el humo saliera al exterior divulgando la existencia del bunker. Los gases acumulados se almacenaban en la propia estufa, que estaba construida para soportar la presión. Las chimeneas estaban construidas de manera que no era posible introducir una granada al interior o que llegara a la propia estufa.
Reservas vitales
Todas las fortificaciones estaban diseñadas para permitir vivir sin asistencia exterior durante 7 días como mínimo. En las B-Werke era posible sobrevivir mucho más tiempo, pero en las Tipo D era posible sólo permanecer corto tiempo pues no contaban con ningún elemento de supervivencia. El suministro de agua era primordial. Algunas fortificaciones tenían pozos y bombas para extraer agua, pero la mayoría sólo contaban con depósitos de varios tipos incluyendo a prueba de gases. El agua debía ser recolectada del exterior, en las cercanías y era un dolor de cabeza para los comandantes del puesto y una preocupación para las tropas, que constantemente protestaban por esa limitación, que ponía en riesgo su vida. La otra prioridad era la comida. Normalmente era repartida desde el exterior y como reserva contaban con carne y pescado enlatado, queso, pan, café, te, azúcar, sal y chocolate suficiente, para sostener a la dotación durante una semana, tiempo calculados para llevar los refuerzos mecanizados necesarios para rechazar cualquier ataque.  Por su parte, los comandantes de las dotaciones incentivaban la plantación de vegetales comestibles en los alrededores de las fortalezas para su propio consumo.
Personal de construcción
Durante los primeros años de construcción en los años 30, los trabajadores vivieron en los búnkeres que construían y eso era motivo de preocupación para los comandantes, pues se trataba de obreros de construcción de las autopistas, que de mala gana viajaban desde muy lejos, o de obreros contratados localmente, muchos de ellos de los estratos más bajos de la sociedad, hasta delincuentes y presos comunes y políticos. El comportamiento de esos civiles, la mayoría muy mal pagados, eran un mal ejemplo para las tropas y causaban muchos problemas de convivencia. Muchos vivían en barracas provisionales levantadas en las cercanías de los puestos militares y pese a que el régimen laboral de la Organización Todt era estricto, no era suficiente para controlar a esos civiles con algo parecido a una rígida disciplina militar. El Deutsche Arbeitsfront supervisaba los campos de trabajadores y alquilaba casas y habitaciones para los empleados, en los pueblos cercanos. Los alquileres eran bajos, pero los habitantes ofrecían servicios y bienes extras a los trabajadores, desarrollando una actividad comercial en beneficio de la localidad. Finalmente fueron construidas barracas para alojamiento, oficinas, servicios sanitarios y comedores, pero no tenían suficientes comodidades como agua caliente y calefacción en invierno.
Utilidad en combate
Durante los primeros meses de guerra, los alemanes no tuvieron que usar la llamada Línea Siegfried por los Aliados. Las defensas se quedaron sin ser probadas, hasta cuando los Aliados lanzaron su llamada Ofensiva del Sarre, que se inició poco después de la declaración de guerra con gran despliegue publicitario y titulares de "gran victoria", pero que no fue tal porque los franceses ocuparon una zona que previamente había sido desocupada por los alemanes al no tener ningún valor, ni táctico ni estratégico.
Incapaces de atacar la Línea Siegfried con posibilidades de éxito, los franceses sólo optaron por atrincherarse y esperar. El combate se limitó a tímidos intentos que no pusieron a prueba las defensas porque la infantería francesa resultaba diezmada sólo por efecto de las minas. Los que no eran presas de las minas eran diezmados con las ametralladoras. Los ataques aéreos no hicieron tampoco ningún daño. Entre combates, los zapadores alemanes sembraban más minas y trampas cazabobos. La Westwall cumplió su objetivo pues los franceses no arriesgaron un ataque en serio contra la Línea Siegfried. En el ínterin, la Wehrmacht movió sus divisiones en preparación para el ataque de primavera, aún antes de que todas las tropas polacas rindieran las armas.

Camino hecho con tierra sobre los dientes de dragón
Una vez que en 1940 comenzó la Campaña de Francia con el ataque por Las Ardenas, la línea no tuvo utilidad táctica sino estratégica. Los giros que dio la guerra, hicieron que el programa finalmente fuera cancelado y sólo se reanudó en 1944, cuando ya la suerte de Alemania estaba sellada. Los búnkeres no terminados fueron destruidos y el resto desmantelado. Los grandes cañones navales fueron trasladados a la costa al construir la Muralla Atlántica, primero como apoyo para la planificada invasión de Inglaterra y luego para detener la invasión aliada en las costas del canal, que tampoco tuvo mayor efecto sobre la invasión de las fuerzas Aliadas. De haberse concluido la Westwall, dotada con los 250 mil soldados que Alemania perdió en la Batalla del Bulga, esas defensas habrían sido, si no inexpugnables, al menos hubieran impedido el rápido avance anglo-americano.

En 1945 las tropas estadounidenses cruzaban
las compuertas para ingresar a Alemania
En 1944-1945 los alemanes se hicieron fuertes en la Línea Siegfried, pero sólo en el sector del Bosque de Hurtgen, donde causaron gran número de bajas a los estadounidenses y británicos, aparte de eso, en general las defensas a lo largo del Westwall no fueron un serio obstáculo para los tanques, pues la mayor parte de las instalaciones estaban abandonadas. No obstante, el ataque del Teniente General Courtney Hodges, contra la Línea Siegfried fue retrasado innecesariamente, tal vez Hodges, como experimentado veterano de la Primera Guerra Mundial, esperaba una batalla al estilo de 1914 y por eso se entretuvo demasiado en preparativos que eran innecesarios, pues los servicios de inteligencia no aseguraban que se vislumbrara una gran resistencia en la línea fortificada. Definitivamente, los alemanes optaron por lo más lógico, que era establecer una línea de defensa en el Rin. Finalmente, para realizar el primer cruce de la Línea Siegfried, las fuerzas estadounidenses la inutilizaron con el simple expediente de usar un buldozer para cubrir con tierra los "dientes de dragón." Mejores obstáculos resultaron ser el propio río Rin, el crudo invierno durante la Batalla del Bulga y las lluvias de otoño durante la ofensiva Aliada contra el corazón de Alemania.



TERMINOS MILITARES ALEMANES

TERMINO EN ALEMAN / TERMINO EN ESPAÑOL
Artillerie / Artilleria
Aufklaerung / Reconocimiento
Ausbildungs / Entrenamiento
Achtradwagen / Vehiculo de 8 ruedas
Anhänger / Remolque
Art.Pz.Beob.Wg / Vehiculo blindado para observacion de artilleria
Aufbau / Cuerpo de un vehiculo, superestructura
Ausführung o Ausf / Modelo
Ballistik-Messfahrzeug / Vehiculo de reconocimiento para artilleria
Bataillonswagen / Vehiculo de batallon; nombre incial para el PzKpfw IV
Befehlswagen o Bef.Wg / Vehiculo de mando
Beobachtungspanzerwagen / Vehiculo blindado de observacion
Beobachtungswagen / Vehiculo de observacion
Bergegerät / Equipo de recuperacion
Bergepanzer o Bergepanzerwagen / Vehiculo de recuperacion
Brückenkampfwagen / Vehiculo blindado portapuentes
Brückenleger / Vehiculo tiendepuentes
Baupionier / Ingeniero de construcciones
Brueckenbau / Ingeniero de puentes
Durchbruchwagen / Vehiculo de ruptura, nombre cifrado para los PzKpfw V y VI
Eisenbhan / Ferroviario
Ersatz / Reemplazo
Einheitswaffenträger / Vehiculo para transporte de armas
Fallschirm / Paracaidistas
Fahrgestell / Chasis, bastidor
Fahrprammboote / Barcaza para desembarco de vehiculos blindados
Fahrschulefahrzeug / Vehiculo escuela
Fahrschulwanne / Vehiculo escuela sin torreta
Fahrzeug / Vehiculo
Feld / Campo - Usado con otros terminos para distinguir unidades enviadas al frente
Festungs / Fortaleza
Fla (Fliegerabwehr) / Antiaerea ligera
Flak (Fligerabwehrkanone) / Artilleria antiaerea, cañones antiaereos de gran calibre
Feldkabelträger / Vehiculo para tendido de cables telefonicos
Fernsprechpanzerwagen / Vehiculo usado como central telefonica
Feuerleipanzerfarzeug / Vehiculo de control de fuego
Flakpanzer / Artilleria antiaerea autopropulsada
Flammpanzerwagen / Vehiculo blindado lanzallamas
Funklenkwagen / Vehiculo radiocontrolado
Funkwagen / Vehiculo de radio
Freiwillige / Voluntarios. Termino usado por las Waffen Ss para identificar unidades compuestas de voluntarios extranjeros.
Fuesilier / Fusileros, infanteria pesada. Formacion de infanteria con capacidades de reconocimiento.
Granatwerfer / Morteros
Gebirs / Montaña
Grenadier / Granaderos. Termino usado por los alemanes a partir de 1942 en sus unidades de infanteria para reforzar la moral.
Gefechtwagen / Transporte de suministros de combate
Gepanzerter Lastkraftwagen / Vehiculo acorazado
Gepanzeter Mannschaftstransportwagen / Vehiculo acorazado pata transporte de personal
Gepanzerter Munitionsschlepper / Vehiculo acorazado para transporte de municion
Geschützenwagen / Montaje de cañon autopropulsado
Grosse Panzer Befehlhaben / Vehiculo de comando muy acorazado
Grosstraktor / Tractor grande, nombre codigo dado a los proyectos de carros pesados
Hilfswillige o Hiwis / Voluntarios auxiliares, ciudadanos sovieticos voluntarios y no voluntarios usados en el ejercito aleman
Hochgebirgs / Unidades especiales de montaña
Halbkettenfahrzeug / Vehiculo semioruga
Hängenlafette / Torreta para carro blindado
Infanterie / Infanteria
Instandsetzungskraftwagen / Vehiculo de mantenimiento
Jagdpanzer o Jd.Pz / Cazacarros
Jaeger Infanteria ligera. Usado con otros terminos indicab diversos tipos de unidad, por ejemplo: Fallschirmjager=Infanteria paracaidista; Gebirsjaeger=Infanteria de montaña
KwK / Cañon montado en un tanque (kampfwagenkanone)
Kettenkrafttrad / Motocicleta semioruga
Kommandeurwagen / Vehiculo de mando
Kommandopanzerwagen / Vehiculo acorazado de mando
Kradschützen / Motorcicleta
Kraftfahrpark / Sitio para mantenimiento de vehiculos
Kraftfahrzeug o Kfz / Vehiculo propulsado con motor
Kraftwagen o Kw / Automovil
Kraftwagenwerkstattzug / Vehiculo para personal de mantenimiento
Kavallerie / Caballeria
Kosaken / Cosacos, casi siempre una unidad de caballeria de cosacos
Kriegesgefangen / Prisioneros de guerra
Kuesten / Costera
Krakenkraftwagen / Ambulancia
Krankenpanzerwagen / Ambulancia blindada
Kugelblitz / Tipo de tanque antiaereo desarrollado al final de la guerra
Ladungsleger / Vehiculo porta y lanza explosivos
Ladungsträger / Vehiculo para transporte de explosivos
Land-Wasser Schlepper / Tractor anfibio
Landwirtschaftlicher Schlepper / Tractor de agricultura; nombre codigo para los PzKpfw I y II
Lastkraftwagen / Camion de transporte
Landesschützen / Infanteria de segunda linea, usada para seguridad en territorio ocupado
Landwehr / Infanteria de segunda clase
Landsturm / Infanteria de tercera clase, milicias.
Leicht / Ligera; usado con el nombre de una unidad denitaba la version ligera de la misma.
Leichte / Ligera blindada. Inicialmente se crearon divisiones ligeras para desempeñar el papel de la caballeria
Luftlande / Aerotransportada; solo existio una unidad en el ejercito aleman de este tipo, la 22° Division de Infanteria.
Lichttauwertepanzerwagen / Carro blindado para observacion de tiro
Marine / Marina
Mannschaftstranportwagen / Vehiculo para transporte de tropas
Maschinengewehr / Ametralladora
Messtruppanzerwagen / Vehiculo para tropas de reconocimiento
Mörserträger / Portamorteros
Muskettier / Usado como Grenadier, titulo tomado del ejercito prusiano
Munitions panzerwagen / Vehiculo blindado para transporte de municion
Munitions Schlepper / Transporte de municion
Nachrichten Krafwagen / Vehiculo para señales
Nebel / unidades con lanza cohetes
Nebelwerfer / Unidad de lanzacohetes

Osttruppen / Tropas del Este. Unidades creadas dentro del ejercito aleman con voluntarios de los territorios del Este
Pak o Panzerabwehrkanone / Antitanque
Panzer / Blindado, se usa comunmente para designar las tropas blindadas alemanas de la II guerra Mundial
Panzerabwwehr / Antitanque blindado
Panzergrenadier / Infanteria acorazada
Panzerjaeger / Cazacarros
Panzerjagd / Cazacarros
Panzerzerstoerer / Destructor de tanques
Panzer Selbsfahrlafette / Montaje acorazado para cañon autopropulsado
Panzerbefellswagen / Vehiculo acorazado de mando
Panzerbeobachtungswagen / Vehiculo acorazado para observacion de artilleria
Panzerbergeanker / Vehiculo de recuperacion para vehiculos ligeros
Panzerbergewagen / Vehiclo para recuperacion de carros de combate
Panzerfähre / Transporte acorazado
Panzerfunkwagen / Vehiculo acorazado para transporte de radio
Panzerjager / Cazacarros
Panzerkampfwagen (PzKpfw) / Carro blindado de combate
Panzerwerfer / Vehiculo acorazado lanzacohetes
Personenkraftwagen / Vehiculo de pasajeros
Pionier / Ingenieros, zapadores
Pionierpanzerwagen / Vehiculo acorazado para ingenieros
Polizei Panzerwagen / Vehiculo blindado para la policia
Panzerspähwagen Pz.Sp.Wg / Vehiculo blindado de reconocimiento
Radfahr / Bicicleta
Radfahrzeug / Vehiculo con ruedas
Raupe / Tractor con orugas
Rauper rader / Tractor combinado, orugas y ruedas
Reiter / Caballeria
Reserve / Reserva
sPzB / rifle antitanque pesado
Sankra o Sanitätskraftwagen / Ambulancia
Saukopfblende / Cabeza de jabali, se aplicaba al blindaje que cubria los cañones de lagunos vehiculos blindados
Schallaufnahmepanzerwagen / Vehiculo acorazado para la grabacion de sonidos
Schienen Ketten Fahrzeug / Vehiculo a orugas para ferrocarril
Schnelle / Rapida o movil; por ejemplo:Schnellentruppen=tropas motorizadas
Schwere / Pesado, fuerte
Sicherung / Seguridad
Sturm / Asalto. Para desiganr una unidad ofensiva
Sturmartillerie / Cañon de asalto.
Sturmgeschütz o StuG / Cañon de asalto; generalmente usado en papel antitanque
Sturmpionier / Ingeniero de asalto
Schützenpanzerwagen o SPW / Vehiculo blindado para transporte de tropas
Schürze / Placas de blindaje colocadas a los lados de los tanques para darles proteccion contra proyectiles antitanque de carga hueca.
Schwere Panzerspähwagen o sPz.Sp.Wg. / Vehiculo pesado de reconocimiento
Schwere Wagen / Nombre codigo para designar proyectos de carros pesados
Schwimmkampfwagen / Carro de combate anfibio
Sonder Anhäger / Remolque para usos especiales
Sonderausführung / Modelo especial
Sonderfahrgestell / Chasis para proposito especiales
Sonderkraftfahrzeug o SdKfz / Vehiculo para propositos especiales
StiG o Sturm Infanteriegeschütz / Cañon de asalto de infanteria
StuH o Sturmhaubitze / Obus de asalto autopropulsado
Sturmmörser o Stu.Mrs / Mortero de asalto autopropulsado
Sturmppanzer o Stu.Pz / Carro blindado de asalto
Tauchpanzer / Carro blindado sumergible
Träger / Transporte
Volksgrenadier / Infanteria del pueblo.
Volksstrum / Infanteria de tercera clase
Vollkettenaufklärer / Vehiculo con orugas para reconocimiento
Vorwamer Kw / Vehiculo de observacion para artilleria
Werewolf / Luchadores de la guerrilla alemana
Werfer / Unidad con artilleria lanzacohetes
Zugkraftwagen o Zgkw / Vehiculo para remolque
Zugführerwagen / Vehiculo de comandante de peloton, nombre codigo para el PzKpfw III
Zwitterfahrzeug / Vehiculo semioruga



Contracciones usadas en los articulos
PzKpfw I Panzerkampfwagen I Sd Kfz 101
PzKpfw II Panzerkampfwagen II Sd Kfz 121
PzKpfw III Panzerkampfwagen III Sd Kfz 141 L/45
PzKpfw III (50) Panzerkampfwagen III 141 L/42 cañon 50mm
PzKpfw III (largo) Panzerkampfwagen III J Sd Kfz 141 L/60 cañon 50mm
PzKpfw IV Panzerkampfwagen IV Sd Kfz 161 L/24 corto 75mm
PzKpfw IV (largo) Panzerkampfwagen IV Sd Kfz 161 L/43 largo 75mm
PzKpfw VI Panzerkampfwagen VI Sd Kfz 181 L/56 88mm
PzBu 39 rifle antitanque ligero Modelo 39
PzBu 41 rifle antitanque pesado Modelo 41 (28mm)
leFH howitzer ligero de 105mm
leIG cañon ligero de soporte a infanteria 75mm
sFH howitzer pesado, generalmente K18
sIG cañon pesado de soporte a la infanteria 150mm